domingo, 7 de mayo de 2017

¡Explícame los bajones, Señor!

          


                                               
- Son “aplastamientos” del ánimo que afectan vuestra vida, lo sé.

- ¡Pues para eso Te tengo ¿no?!  Y a pesar de ello, me dan unas “taquis”…, que no me hace ni el Lexatín.

- Yo soy el Lexatín bien entendido, a ver si me explico. Cuando tú caes en “bajón”, yo estoy más cerca de ti aunque no me veas; te expongo a menos de una décima de segundo de mis angustias vividas y te consuelo en la oración o ¿no? ¿Recuerdas quien vino a consolarme aquél día?, no me quitó ni la pena ni la ansiedad, pero me fortaleció en la Fe de la voluntad de mi Padre.

No es mi voluntad que estés triste, es la humanidad quien te la produce. Pero si te fías de Mí, te aseguro que pase lo que pase, acabarás sonriendo porque deseo tu paz y de mil formas la tendrás.  ¡Qué poca paciencia y que poco “Señor confío en Ti”!

- Pero las “taquis” no se me van…

- ¡Hija, pues vete al médico de Pulmón y Corazón que allí también estoy Yo!
- ¡Jo!  Yo creía…

- ¡Pues deja de creer cosas raras, que para eso he dado inteligencia y conocimiento al hombre y te ayude! Yo soy Cirujano del alma y hazme caso, ése médico te quitará las “taquis”. 

- Bueno, vale,  pero mientras voy y no… ¿Qué hago?

- ¿No estás escribiendo y Yo hablando contigo?

 - Pues sí que es verdad… Ya Te contaré.

- No hace falta, yo estaré allí contigo como hoy y siempre.

Emma Díez Lobo


sábado, 6 de mayo de 2017

IV Domingo de Pascua



El Buen Pastor

La palabra de Dios invita a aproximarnos a lo que significa la obra de Jesús con la comparación del Buen Pastor. El simil procede de un mundo cultural rural, agrícola y ganadero, que para muchos de los actuales oyentes, inmersos en una cultura urbana, ha perdido su viveza natural y se ha convertido en un concepto vago. Pertenece a un mundo en que cada familia solía tener un poco de ganado, pero no el suficiente como para tener un pastor propio que los sacara cada día a pastar. Por eso se solía encomendar a pastores profesionales que se dedicaban a ello y, naturalmente, se procuraba buscar uno bueno, digno de confianza porque trataría el ganado de la mejor manera posible.
 
La alegoría del Buen Pastor supone que todas las ovejas pertenecen al Padre y que éste ha encomendado el cuidado de todas a un pastor de su confianza, Jesús, que por tanto es el que entra legítimamente en el redil (1).  Es más él mismo es la puerta del redil (2). En su pastoreo conoce por su nombre a todas las ovejas (3), va delante de ellas (4), busca en todo su bien (5) y por ello, las ovejas, que tienen intuición instintiva lo siguen (5)En su contexto literario esta alegoría tiene carácter polémico, pues contrapone dos posturas ante el hombre, la de Jesús y la de los fariseos.

       Jesús entra legitimamente en el redil porque es el enviado del Padre y sólo actúa de acuerdo con su voluntad, que consiste en que dé vida abundante. Para eso murió y resucitó. Sólo el que busca el bien de la persona está legitimado ante Dios para ponerse al frente de un grupo humano.

      Es más. Por eso Jesús es la puerta que permite entrar y formar parte del pueblo de Dios. No hay salvación fuera de él. Cuando la humanidad perdió la posibilidad de acercarse a Dios por medio del único camino posible, que es el del amor puro, el Hijo de Dios se hizo hombre, solidario y representante de todos, y en nombre de todos recorrió el camino del amor que acerca a Dios, tarea que culminó en su muerte y resurrección. En Cristo resucitado todos tenemos acceso al Padre. Él es el camino, la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre sin él (Jn 14,6). Por eso Jesús no es mero maestro de moral. Es necesario unirse a él para poder entrar, porque él es la puerta.

Como pastor verdaderamente interesado por las personas las conoce por su nombre,  es decir, con un conocimiento íntimo y real, sintonizando con su situación y necesidades reales, no con un conocimiento frío o indiferente sino con un conocer que es amar. Como el Padre lo conoce a él y él al Padre, así nos conoce y quiere que le correspondamos conociéndolo de igual manera. Conocer a Jesús implica amarlo y seguirlo.

        Va delante de ellas, pues ya ha recorrido el camino que ahora debemos recorrer, actualizando en nuestra vida la suya, actuando como buenos pastores en cada faceta de nuestra vida familiar y profesional.  El seguimiento e imitación de Cristo es básico en la vida cristiana.

 Yo he venido para que tengan vida y vida abundante, hasta el punto de que dio su vida por nosotros, en contraposición a tantos que solo buscan aprovecharse del hombre, robando, matando, destruyendo, porque no les interesa el bien de las personas.


Rvdo. don Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 5 de mayo de 2017

Empujados por el Espíritu para la Misión

Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad. Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio.
El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado, y no está llamado a anunciarse a sí mismo, ni a velar los intereses de un negocio; simplemente ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí: «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera» (Exht. Ap. 21).
Por eso, el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.
Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria.
No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión: «Ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?”. Contesté: “Aquí estoy, mándame”» (Is 6,7-8).
Todo discípulo misionero siente en su corazón esta voz divina que lo invita a «pasar» en medio de la gente, como Jesús, «curando y haciendo el bien» a todos (cf. Hch 10,38). En efecto, como ya he recordado en otras ocasiones, todo cristiano, en virtud de su Bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos.
Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.
Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión. Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios.
Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, también hoy podemos volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. Ante la sensación generalizada de una fe cansada o reducida a meros «deberes que cumplir», nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a él, con una vida plenamente humana, dichosa de gastarse amando.

(Del mensaje del Papa Francisco para  la Jornada Mundial de la Oración por las Vocaciones de 2017)

jueves, 4 de mayo de 2017

Los Santos pedacitos


       
                                                                          
Hay cosas que aunque me gustan ver, no las entiendo, son las reliquias: Pedacitos de Santos desmembrados a repartir por medio mundo…

¡Vamos a ver! Cuando tú tienes fe o crees que la tienes, ¿por qué vamos a que nos pasen un “huesecillo” de San Crispín (no sé si tenemos huesecillos) por el pecho?, ¿porqué besamos una estampa y compramos la medalla de Santa Gema o de San José?, ¿por qué nos encanta ver “medio dedo” o rezamos en casa a una imagen (un Santo achicado), para que nos hagan caso?  

Si la fe fuera adulta, yo creo que esto no nos haría falta y los pobres Santos no estarían “hechos polvo”. Lo de Santa Teresa es “de juzgado de guardia”; de  la pobre mujer no sé si quedará algo en su sitio; ¡Bueno! Y si vas al Real Monasterio de la Encarnación, te entra un miedo… No hay más que “pedacitos” de Santines. 
   
Espero que a Juan Pablo II no me lo “estropeen”… Yo tengo una reliquia de él, pero es de su ropa, así, sí.

Yo hablo mucho, pero ¡madre mía! mi colección de estampitas y medallitas … En fin… Más nos valdría tener sus vidas en negro sobre blanco.

Alguien me dijo que había que llevar el escapulario de la Virgen del Carmen encima, porque si te mueres “de golpe”, te salvas… ¡Menudo lío!, se me tiñen las camisetas, me pica el cuello, se me pone “patrás” y me ahogo… No sé.

¡Aumenta mi fe, Señor!!! Porque si vamos con todo a bendecir, el cura sale corriendo…

Emma Diez Lobo



  

miércoles, 3 de mayo de 2017

Las obras de las tinieblas



“…Por ti madrugo…” nos dirá el salmista, “… por ti rechazo las obras de las tinieblas…”, que es lo que significa “madrugar” en la Escritura. Las obras de las tinieblas se hacen presentes en ausencia de Luz. Luz con mayúscula, que es Jesucristo, Luz que es su Palabra, revelada en su santo Evangelio.

Nos lo recuerda el salmo: “...lámpara es tu palabra para mis pasos, Luz en mi sendero…”(Sal 118)

Todos sabemos, o debemos saber, que las obras del demonio se presentan en nuestros pecados, los que recogen las Tablas de la Ley que Dios entregó a  Moisés, los que se recogen posteriormente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Pero son “obras de las tinieblas” las que apartan al hombre de Dios su Creador. Las que abandonan a Dios por otros ídolos, que no pueden salvar. Es la idolatría de la Escritura, que es ahora más actual que nunca. Son obras de las tinieblas los desencuentros entre hermanos, las disputas por alcanzar el mejor puesto a costa de lo que sea…son obras de las tinieblas los desamores entre esposos, que generan separaciones y divorcios, infidelidades… o no las generan en un falso matrimonio que convive en unión de cara al exterior, pero que oculta una total y permanente falta de amor del uno para con el otro.

Son obras de las tinieblas el desentendimiento total de los Sacramentos, el no procurar el Bautismo de los hijos con la falsa convicción de que ellos nacen libres – cosa que es cierta- , y si quieren, de mayores, ya se bautizarán. Y son obras de las tinieblas el falso rito de comunión civil que tiene la osadía de organizar una fiesta infantil, de blanco, sin Comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo, solamente para que su niño @ tenga la misma fiesta que sus compañeros católicos.

El poder de las tinieblas es de tal magnitud, que arrasa a la familia, arrasando con ella toda la sociedad. Estemos, pues, atentos a las “obras de las tinieblas” que nublan el corazón del hombre, y pertrechémonos con las “armas de la Luz” (Rom 13, 11-12)

Por la entrañable Misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo Alto –Jesucristo- , para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte (Canto del Benedictus)

Alabado sea Jesucristo


Tomas Cremades Moreno 

martes, 2 de mayo de 2017

Ámame tal como eres



Conozco tu pobreza, conozco las luchas y preocupaciones de tu alma, la fragilidad y las enfermedades de tu cuerpo; conozco tu cobardía, tus desfallecimientos. Pero a pesar de todo te digo: DAME TU CORAZÓN, ÁMAME TAL COMO ERES.

Si esperas ser perfecto para amar, no me amarás jamás. Aun cuando caigas a menudo en las mismas faltas que quisieras no cometer nunca, aun cuando fueras cobarde en la práctica de la virtud, NO ME NIEGUES TU AMOR.

Ámame tal como eres, a cada instante y en cualquier situación en que te encuentres: en el fervor o en la aridez espiritual, en la felicidad y hasta en la misma infelicidad. Ámame, Tal como eres. QUIERO EL AMOR DE TU CORAZÓN HUMILDE.

Si para amarme esperas ser perfecto no me amarías nunca. ¿No podría Yo hacer que cada grano de arena sea un ser radiante, lleno de pureza, de nobleza y de amor? ¿No podría Yo, con el menor designo de mi voluntad, hacer surgir de la nada miles de santos, mil veces más perfectos y más encendidos en amor que los que he creado? ¿No soy Yo, el Omnipotente? ¿Y si quisiera dejar para siempre en la nada a estos seres maravillosos, y preferir, a ellos, tu amor?

Hijo Mío, DÉJAME QUE TE AME.

Quiero tu corazón, quiero formarte, pero mientras tanto, TE AMO COMO ERES. Y anhelo que tú hagas lo mismo. Deseo ver, desde el fondo de tu ser, elevarse y crecer como tu amor.

AMO EN TI HASTA TU MISMA DEBILIDAD.

Amo el amor de tus imperfectos. Quiero que desde tu pobreza, se eleve continuamente este grito: "Señor, te amo". Es el canto de tu corazón el que más me agrada. ¿Necesito, acaso, de tu ciencia, de tus talentos? Es algo más que virtudes lo que busco. Si te las concediera, tu amor propio, pronto las debilitaría. Por ello no te inquietes. Acepto de ti lo poco que tienes porque te amo. Yo te he creado para el amor. ¡AMA! El amor te impulsará a hacer lo que tengas que hacer, aún sin que lo pienses. No pretendas otra cosa sino llenar de amor el momento presente. HOY ME TIENES A LA PUERTA DE TU CORAZÓN COMO UN MENDIGO. Llamo y espero. Apresúrate a abrirme. No te excuses de tu pobreza. Si la conocieras plenamente, morirías de dolor. 

LO QUE MAS HIERE MI CORAZÓN ES VERTE DUDAR, CARECER DE MI CONFIANZA, Y RECHAZAR MI AMOR.

Quiero que pienses en Mí cada instante del día y de la noche. No hagas nada, ni la acción más insignificante, sino es por AMOR A MI. Cuando tengas que sufrir, Yo te daré mi gracia. Tú dame tu amor y conocerás un amor tan grande como jamás podrías soñar. Pero no te olvides: ÁMAME, TAL C0MO ERES. Y no esperes a ser santo para entregarte al amor. De lo contrario, no amarás jamás".

(San Agustín)


lunes, 1 de mayo de 2017

Acoger la fuerza del evangelio


                                       Recuperar su frescura (Lucas 24,13-35)

Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. En su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en Jesús, cuando lo han visto morir en la cruz. Sin embargo, continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?

Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado tal vez con pasión, les parece ahora un caminante extraño.

Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué. Más tarde dirán: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”

Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarlo marchar: “Quédate con nosotros”. Durante la cena, se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el primer mensaje del relato: Cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.

Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco, se les ha convertido en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.

Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.

¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?

Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio.


(Ed. Buenas Noticias)