jueves, 7 de diciembre de 2017

«La In­ma­cu­la­da Con­cep­ción de la Vir­gen Ma­ría»


Con el Ad­vien­to, ini­cia­mos un nue­vo año li­túr­gi­co, un nue­vo ca­mino del Pue­blo de Dios con Je­su­cris­to y acom­pa­ña­dos de Ma­ría. Ella nos en­se­ña a es­pe­rar la ve­ni­da de su Hijo. Es el mo­men­to de de­jar­nos guiar por Ma­ría.

La Vir­gen apa­re­ce en la pe­num­bra del Ad­vien­to como la flor más lu­mi­no­sa que nos da es­pe­ran­za. El Ad­vien­to es el tiem­po ma­riano por ex­ce­len­cia. En este sen­ti­do, en el inicio de este tiem­po li­túr­gi­co ce­le­bra­mos la so­lem­ni­dad de la In­ma­cu­la­da Con­cep­ción, en la que el pue­blo cris­tiano ce­le­bra que Ma­ría fue pre­ser­va­da de cual­quier man­cha de pe­ca­do ori­gi­nal y en­ri­que­ci­da con la ple­ni­tud de la gra­cia des­de el pri­mer mo­men­to de su con­cep­ción. El año 1854, el papa Pío IX pro­cla­mó el dog­ma de la In­ma­cu­la­da Con­cep­ción fun­da­men­tán­do­se en la fe de la Igle­sia so­bre este mis­te­rio ma­riano. Ma­ría fue In­ma­cu­la­da por­que se con­ver­ti­ría en ma­dre del Hijo de Dios. El Es­pí­ri­tu San­to fue en­via­do para san­ti­fi­car su seno, para dis­po­ner­lo a aco­ger al Hijo. San So­fro­nio, obis­po, de­cía a Ma­ría en un ser­món: «Real­men­te eres ben­di­ta en­tre to­das las mu­je­res, ya que si por na­tu­ra­le­za fuis­te mu­jer, en ver­dad te con­ver­tis­te en ma­dre de Dios.» Para ser la Ma­dre del Sal­va­dor, Ma­ría fue «do­ta­da con unos do­nes a la me­di­da de una mi­sión tan im­por­tan­te” (cf. LG 56). Ma­ría fue guia­da en todo mo­men­to por la gra­cia de Dios.

La fi­gu­ra de Ma­ría de Na­za­ret toma un re­lie­ve es­pe­cial en el co­ra­zón del Ad­vien­to. Ella ha aco­gi­do la Pa­la­bra en su co­ra­zón de vir­gen y en su seno ma­ter­nal, la Pa­la­bra que se ha he­cho car­ne de sal­va­ción. Real­men­te, Ma­ría es el arca de la nue­va y eter­na alian­za. Des­de en­ton­ces, Dios es el Em­ma­nuel, el Dios-con-no­so­tros.
En esta ce­le­bra­ción y en este tiem­po de Ad­vien­to to­dos so­mos in­vi­ta­dos a fi­jar nues­tra mi­ra­da so­bre la hu­mil­dad, so­bre el es­pí­ri­tu ge­ne­ro­so de ser­vi­cio y so­bre la ex­qui­si­ta ca­ri­dad de san­ta Ma­ría. Y so­mos es­pon­tá­nea­men­te in­cli­na­dos a su­mer­gir­nos en la dul­zu­ra inefa­ble de aque­llos nue­ve me­ses en que Ma­ría fue sa­gra­rio vivo de la es­pe­ran­za, he­cha ya pre­sen­cia en ella.
El poe­ta Joan Ma­ra­gall lo ex­pre­só be­lla­men­te en su poe­sía La nit de la Pu­rís­si­ma, en la que dice:

Esta noche es bien una noche Divina
La Purísima, del cielo
va bajando por este azul que ella ilumina,
dejando más resplandor en cada camino …
Por la noche de diciembre ella baja,
el aire se calma, el mundo calla.
baja silenciosa.
Ahh, que noche más clara y más hermosa

En efec­to, Dios qui­so que la In­ma­cu­la­da fue­ra be­lla ante sus ojos y per­fec­ta ante los hom­bres. Pero qui­so esto sin que de­ja­ra de ser una mu­jer, sin qui­tar nada a su fe­mi­ni­dad; al con­tra­rio, su­bli­man­do su amor, su de­li­ca­de­za, su sen­si­bi­li­dad y su en­tre­ga ge­ne­ro­sa a los de­más. El papa Pa­blo VI de­cía al fi­ló­so­fo cris­tiano Jean Guit­ton: “En Ma­ría se rea­li­za la in­ten­ción di­vi­na de ha­cer del ser hu­mano el re­fle­jo, la ima­gen, la fo­to­gra­fía, la se­me­jan­za de Dios”. Cuan­do las mu­je­res, las es­po­sas y las ma­dres se mi­ran en Ma­ría, rea­li­zan ade­cua­da­men­te su gran vo­ca­ción, como la reali­zó ella.
Que de la mano de Ma­ría po­da­mos apro­ve­char este tiem­po de Ad­vien­to para dis­po­ner­nos in­te­rior­men­te a aco­ger a Dios que se hace pre­sen­te en nues­tras vi­das.
+ Car­de­nal Juan José Ome­lla
Ar­zo­bis­po de Bar­ce­lo­na

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Apetecible a la vista



“…Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos…” (Gen 3, 6-7)

Este muy conocido texto del Génesis, pone al descubierto muchas de las tentaciones del hombre de todo tiempo. ¡Qué necesidad tenían de comer nuestros padres, si tenían todo tipo de frutas a su alcance…! Es el sabor de lo prohibido lo que incita a Eva, sabor que no se ha disipado aún en la humanidad caída.

Pero es que, además, es apetecible a la vista. ¡Cuántas cosas en el mundo son apetecibles a la vista! Ya nos dirá el Mateo: “El ojo es la lámpara de tu cuerpo; si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está sano, pero si tu ojo está enfermo, ¡cuánta oscuridad tendrás…!” (Mt 6,22)

En otro lugar nos dirá la Escritura: “…no podré mis ojos en intenciones viles…” (Sal 101,3)
 “…Ojos engreídos, corazones arrogantes no los soportaré…”  continuará el Salmo más adelante.

Incluso Eva observó que el fruto prohibido era excelente para lograr sabiduría…sabiduría que no procedía de Dios.

Nos recordará el libro de la Sabiduría, en su capítulo 9: “…pues aunque uno sea perfecto ante los hijos de los hombres, sin la Sabiduría que procede de Ti será estimado en nada…” (Sb 9,6) Esta era la Sabiduría que le faltaba a Eva, la que procedía de Dios.

Y hay un detalle que no puede pasar desapercibido. Cometido el pecado de desobediencia a Dios, y de idolatría por querer ser como Él, se dieron cuenta que estaban desnudos.

Estar desnudos es estar en pecado, en la espiritualidad bíblica. Recordemos que Pedro, en la barca, después de la muerte de Jesús, y su consiguiente traición se considera en pecado. Y ha vuelto a su vida anterior. Dice textualmente: “…Dice Pedro: voy a pescar. Le contestan: vamos también nosotros…” (Jn 21,3)

Para Pedro ha sido todo un desastre. Un sueño hermoso, terminado en tragedia. Un fracaso por pensar que Jesús era el Mesías libertador… Y quiere volver a su vida anterior. Y no consiguen pescar nada…Nuevamente se aparecerá Jesús, en la orilla, en actitud de espera, no de reproche. Jesús sabe que no pueden aún “beber del cáliz que él les iba a dar”, a pesar de que en el episodio de la madre de las Zebedeos dijeran rotundamente: “…Sí, podemos beber el cáliz que Tú has de beber…” (Mt 20,22).

Solo lo reconoce Juan: “Es el Maestro”. Las ganas de volver a encontrarse con Él le hacen impetuosamente lanzarse al mar.  Dice el Evangelio: “…Cuando Simón Pedro oyó: “es el Señor”, se puso el vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al mar…” (Jn 21, 7), como Adán y Eva, conscientes de su pecado.

Todo el capítulo 21 es muy enriquecedor, y dejamos al lector el placer de “escrutar” la Escritura, buceando en el texto.

Pues no tomemos ejemplo de nuestros padres, no escuchemos las voces del mundo, escuchemos la Voz de Jesús en su santo Evangelio, única Voz segura y fiable.

Alabado sea Jesucristo,


Tomas Cremades Moreno

martes, 5 de diciembre de 2017

Detectives del Dios escondido





Hermanos,
hemos ido muchas veces a la enorme estación
y se nos ha dicho por el altavoz:
Llega inmediatamente por la vía 12
o llega por la vía 4.

Pero no.
No llegaba Dios.

Era una estrella o un estrello del cine,
o un magnate de las finanzas,
o un general de la OTAN,
o un gran político,
o una gran figura eclesial,
quizás hasta un visionario religioso...

Pero no era,
no,
no era Dios.

¡Tantos advientos!
¡Tantas esperas ya...!
Y volvíamos a casa con el mal sabor de boca
de la tomadura de pelo,
o de nuestra ingenua candidez,
prometiéndonos que otra vez iban a engañar a su tía...

Pero, vamos a ver, hermanos:
¿Dónde podemos encontrar a Dios?
Todo el Antiguo Testamento esperándole los reyes,
los sabios,
los importantes.
Quizás esperándole en la torre del templo,
o en el palacio real,
en la clase de los teólogos.
Y luego les hace trampa.
Se esconde entre los analfabetos y los animales,
que a tantos les parece casi lo mismo.
¡Dios tiene unas bromas!

¿Dónde esperas a Dios en este adviento, hermano?
¿No piensas que estará en tu barrio,
en tu asociación de vecinos con larga lista de problemas,
en el dolor humilde y rutinario de tu vecino
o en tu misma casa,
en medio de tu problemas, de tus luchas y de ti mismo?

Este adviento sería un buen momento
para hacer de detectives de Dios.
Veríamos entonces qué cerca está.
Pero a su manera.
Esa manera que es la nuestra,
porque lo chocante es que Dios nos "imita",
se hace vida nuestra en toda su vulgaridad,
y eso es lo que más desconcierta a los miserables,
hambrientos de magia y milagrería.

Sepamos capaces de descubrir a Dios
en la rutina de todos los días
en la enorme grandeza de nuestra vulgaridad.

Vuestro hermano en la esperanza,

Alberto Iniesta
Obispo auxiliar emérito de Madrid
Texto escrito en 1976

 

lunes, 4 de diciembre de 2017

Vi­vir des­pier­tos para en­con­trar es­pe­ran­za



El úl­ti­mo mes nos ofre­ce pers­pec­ti­va de todo el año. Re­cor­da­mos, agra­de­ce­mos, pe­di­mos per­dón, nos en­tris­te­ce­mos y nos ale­gra­mos. Re­ci­bir pron­to un año nue­vo tam­bién nos ilu­sio­na, al tiem­po que nos trae al­gún ló­gi­co te­mor. La Igle­sia nos ofre­ce el tiem­po de Ad­vien­to y, con él, un nue­vo año li­túr­gi­co, que se an­ti­ci­pa al ci­vil, con sus ce­le­bra­cio­nes y un ci­clo nue­vo de lec­tu­ra de la Pa­la­bra de Dios. An­tes de la Na­vi­dad, te­ne­mos unas se­ma­nas co­lo­rea­das por la es­pe­ra del na­ci­mien­to del Sal­va­dor, el Hijo de Dios he­cho hom­bre, na­ci­do de Ma­ría Vir­gen y en­vuel­to en po­bre­za y fra­gi­li­dad. El Ad­vien­to nos va mos­tran­do la es­pe­ran­za que ne­ce­si­ta y an­sía la hu­ma­ni­dad des­de siem­pre.

La es­pe­ran­za cris­tia­na fija la mi­ra­da en la lle­ga­da del reino de Dios, en el cum­pli­mien­to pleno de su pro­me­sa. Mien­tras va lle­gan­do, va­mos dis­fru­tan­do an­ti­ci­pos de ese reino. No nos de­te­ne­mos, no de­ses­pe­ra­mos. Para un cris­tiano siem­pre hay es­pe­ran­za, aun cuan­do se vean po­cos sig­nos e in­clu­so cuan­do todo pa­rez­ca en con­tra. Por­que nues­tra es­pe­ran­za se fun­da­men­ta so­la­men­te en Dios to­do­po­de­ro­so. En con­se­cuen­cia, con­fia­mos en su po­der pa­cien­te, sua­ve, si­gi­lo­so, que al mis­mo tiem­po es eterno, fir­me, lleno de sa­cu­di­das y trans­for­ma­dor. Un po­der muy di­fe­ren­te a los po­de­res hu­ma­nos que co­no­ce­mos.

Nues­tra es­pe­ran­za sur­ge de creer con todo nues­tro ser, con­fe­sar con los la­bios y prac­ti­car con las obras que Je­sús es el Hijo de Dios, de modo que Él per­ma­ne­ce en no­so­tros y no­so­tros en Él (cf 1Jn 4,15). Na­die nos pue­de arre­ba­tar esta cer­te­za de fe. Pero en me­dio de todo lo que nos ro­dea, asu­mien­do la bús­que­da y la ne­ce­si­dad que tie­nen tan­tas per­so­nas de en­con­trar ver­da­de­ra es­pe­ran­za, urge vi­vir des­pa­bi­la­dos para ha­llar­la, para aco­ger­la, para re­par­tir­la.

Es Je­sús, Hijo de Dios, na­ci­do de una mu­jer sen­ci­lla, quien nos mues­tra cómo abrir los ojos para vi­vir como bus­ca­do­res de es­pe­ran­za y en­con­trar­la. Lo hace cuan­do Él con­fía su plan a unos sim­ples pes­ca­do­res de Ga­li­lea; cuan­do toca a le­pro­sos, cie­gos y co­jos o se deja to­car para sa­nar; cuan­do se con­mue­ve y has­ta llo­ra ante la muer­te de se­res que­ri­dos. Lo ex­pli­ca de­ta­lla­da­men­te cuan­do dice pa­la­bras bie­na­ven­tu­ra­das que con­sue­lan, sa­cian, en­ri­que­cen, pa­ci­fi­can, lle­nan de mi­se­ri­cor­dia y vi­si­bi­li­zan el ros­tro de Dios. Lo ma­ni­fies­ta, fi­nal y to­tal­men­te, con la es­pe­ran­za­do­ra vic­to­ria so­bre la muer­te, la re­su­rrec­ción.

Las pa­la­bras y los he­chos de Je­sús nos es­pa­bi­lan para “vi­vir des­pier­tos”, en ple­na luz. Es de­cir, para ser hu­mil­des, para lu­char por la paz y la jus­ti­cia, para “mi­se­ri­cor­diar”, para en­con­trar con­sue­lo en el su­fri­mien­to, para to­car lo des­pre­cia­ble de este mun­do y po­ner­lo en ban­de­ja de dig­ni­dad. Las pa­la­bras y los he­chos de Je­sús nos im­pul­san a vi­vir aten­tos para dis­tin­guir al que su­fre; para des­pe­re­zar a quie­nes vi­ven dor­mi­dos so­bre sí mis­mos; para “ac­ci­den­tar­nos” en la de­fen­sa del dé­bil.

“Vi­vir des­pier­tos”, en ple­na luz, es pro­cla­mar que ya lle­ga y ya he­mos re­ci­bi­do la es­pe­ran­za que ne­ce­si­ta la hu­ma­ni­dad: Je­sús, el Hijo de Dios. Anun­ciar y con­fir­mar esta ver­dad nos sos­tie­ne en el que la ha re­ga­la­do y nos da la for­ta­le­za de las gen­tes con es­pe­ran­za, las que tie­nen los ojos del co­ra­zón bien abier­tos, día y no­che, y no des­can­san has­ta que la luz de Dios ilu­mi­ne to­das las ti­nie­blas de la tie­rra, que no son po­cas.

Si bus­cas lle­nar tu vida, ca­mi­na ha­cia Je­sús, el Hijo de Dios, es­pe­ran­za viva del ser hu­mano. Él vie­ne a tu en­cuen­tro en cada per­so­na y en cada acon­te­ci­mien­to. ¡Ten ojos para Dios, ten ojos para los de­más!


+ Luis Ángel de las He­ras, CMF
Obis­po de Mon­do­ñe­do-Fe­rrol


domingo, 3 de diciembre de 2017

José, el hombre



José, el hombre, el casi desconocido, el silencioso. José el Justo, el bienaventurado, el poeta, el músico, que trabajaba con sus manos...

Le llamamos José de Nazaret, aunque era oriundo de Belén. Es el Hijo de David, —según le dijo el angel—, aunque en realidad era el padre del Señor de David, Dios hecho hombre. Es para siempre José, esposo de María, aunque no consumara el matrimonio.

José patrono del hambre, del trabajo humilde. José de la obediencia inmediatade la oración continua. José, hijo del Padre, compadre de Dios, testigo y gozador de la nueva creatura humana por el nuevo ADN del hombre injertado en el viejo Adán. José, tenido por padre de la Palabra que nos lo enseña todo en los silencios del Evangelio.

Son algunos contrastes de su personalidad que intento apuntar en este libro.

Para un cristiano es imposible no quererlo porque llevó en sí mismo todas las contradicciones que llevamos los hombres, solo por ser hombres, y todas las gracias que nos hacen ser hijos de Dios. José es la persona más cercana que tenían y tienen Jesús y María en su corazón, en su vida de carne y hueso.

José es en la Iglesia y su piedad, su liturgia y teología, piedra fundamental que está en la vida de todos los cristianos sin hacer ruido alguno, solo ayudando a todo, porque es la retaguardia santa. El encuentro con él, inmediato, es un hecho de experiencia según relatan todos los santos, que han escrito la relación de su estado de servicio, con la ayuda efectiva, comprobada, de su patrocinio.

A Jesús le gustaba llamarse a sí mismo “el Hijo del hombre”, y era conocido entre sus paisanos por hijo de un hombre carpintero, José, que representó en su cercanía a todos los hombres del mundo ante el Dios humano, aunque solo los supiera él, María y los ángeles.

El eje de mi estudio-vivencia plasmado en los libros JOSÉ, EL HOMBRE, y en el siguiente JOSÉ, EL HOMBRE DE LOS SALMOS, es la relación íntima de todo hombre con Dios, y para ello, fuera de su hijo Jesús y de su propia esposa María, no hay figura conocida en todas nuestras fuentes, incluyendo Antiguo y Nuevo Testamento, que mane una esencia tan segura y asequible como el Justo José.

José, el hombre
Edita: Bendita María
Páginas: 222
ISBN: 978-84-947097-3-9
PVP: 16,80 €
Pedidos: 91 759 79 68
www.buenanueva.es

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sábado, 2 de diciembre de 2017

I Domingo de Adviento






Aguardar la manifestación gloriosa de Jesucristo
 
La Parusía o venida gloriosa de Cristo resucitado, es uno de los artículos del credo católico: «Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios... se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre... fue crucificado y resucitó al tercer día y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

        La parusía es el culmen de toda la Historia de la salvación. Con su muerte y resurrección Jesús se ha convertido en el Nuevo Adán, comienzo de una nueva humanidad, que tienen acceso al Padre. Ha conseguido para toda la humanidad la posibilidad del perdón de los pecados, de recibir un corazón nuevo, de formar parte de su pueblo, y finalmente de compartir su glorificación final.

Ahora está plenitud está actuando eficazmente, pero en la pobreza y debilidad, para respetar la libertad de los hombres, de forma que todos puedan responder libremente a esta llamada de amor. Se trata de una pobreza de la acción divina en sí y de nuestra forma de percibirla. A veces tenemos la impresión de que Dios está ausente del mundo y de     que no actúa la gracia de Cristo. La Iglesia primitiva enseñaba esta realidad sirviéndose del salmo 110,1: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga tus enemigos como estrado de tus pies. Cristo resucitado está ahora a la derecha del Padre; en este tiempo, el tiempo de la Iglesia, el Padre por medio del Espíritu Santo está sometiendo toda la humanidad, invitándola a aceptar la salvación conseguida por Jesús. La parusía es el momento en que el Padre presentará a toda la humanidad la obra de Cristo, desapareciendo la pobreza en su presentación y en nuestra forma de percibirla. Toda la humanidad será testigo de la gloria de Jesús y los que han acogido su salvación se la agradeceremos. Será la hora del pleno triunfo del amor de Dios manifestado en Jesús, que es a la vez la hora de nuestro pleno triunfo. Por este contenido, la palabra parusía, que de por sí sólo significa “llegada”, la aplicó la Iglesia primitiva en el sentido de “llegada triunfal”, como la que tenía un general victorioso al regresar a la ciudad.

        Mientras tanto, el Señor, que vino históricamente en el s. I, y vendrá al final de la historia, viene constantemente en su palabra, en los necesitados, en su Iglesia... Por eso se nos invita a animarnos con la esperanza de su última venida y desearla vivamente y a pedir que cada día se haga dinámicamente más presente el poder salvador de Jesús (primera lectura).
La fe en la parusía implica tomar conciencia de la situación de nuestro tiempo, que no es el tiempo absoluto y definitivo. Creer en la parusía implica creer que Jesús resucitado tiene la última palabra en la historia y que destruirá todo tipo de males. Esto ciertamente relativiza el tiempo presente, pero a la vez lo revaloriza, pues el presente condiciona el futuro. La Historia de la salvación se realiza en la historia de cada día. Por eso hay que vivir vigilando las constantes venidas de Jesús en el presente para poder acogerlo en el futuro (segunda lectura).

Ahora es el tiempo de la paciencia de Dios, invitando a la conversión, a deshacerse de todo aquello que impide acogerle (segunda lectura).

La celebración de la Eucaristía nos ayuda vivir nuestra situación en la Historia de la salvación: viene ahora el Señor resucitado eficazmente, pero en la pobreza de la celebración eclesial, el mismo que vendrá gloriosamente en su parusía. Ahora viene para alentar nuestra esperanza y vigilancia.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 1 de diciembre de 2017

Ad­vien­to o el an­he­lo de un mun­do me­jor




Este do­min­go co­men­za­mos el tiem­po de Ad­vien­to y de­seo acer­car­me a vo­so­tros para re­cor­da­ros la im­por­tan­cia de es­tar dis­pues­tos a aco­ger a quien es el úni­co que hace po­si­ble un mun­do me­jor. La lle­ga­da de Dios a esta his­to­ria por la En­car­na­ción en Ma­ría es sin­gu­lar, pues nos ayu­da a en­ten­der que no so­la­men­te exis­te la úl­ti­ma ve­ni­da al fi­nal de los tiem­pos: Él desea ve­nir siem­pre a tra­vés de no­so­tros. Hoy si­gue lla­man­do a la puer­ta de nues­tro co­ra­zón y nos hace las mis­mas pre­gun­tas que hizo a su San­tí­si­ma Ma­dre, fi­gu­ra pri­vi­le­gia­da del Ad­vien­to: ¿es­tás dis­pues­to a dar­me tu tiem­po, tu car­ne, tu vida, tu amor, lo que eres y sa­bes, es de­cir, tu vida en­te­ra? El Se­ñor quie­re en­trar en la his­to­ria hu­ma­na a tra­vés de no­so­tros. Esto es lo que os in­vi­to a vi­vir, a apren­der de nue­vo en el tiem­po de Ad­vien­to.

El com­pro­mi­so del Ad­vien­to ha de ser lle­var la ale­gría a los de­más, aque­lla que lle­vó la Vir­gen Ma­ría a su pri­ma Isa­bel, que hizo po­si­ble que Juan Bau­tis­ta, aún en el vien­tre de su ma­dre, sal­ta­se de gozo y que la pro­pia Isa­bel sin­tie­se la ne­ce­si­dad de re­co­no­cer la di­cha de quien cree en Dios y se pone en sus ma­nos con to­das las con­se­cuen­cias. Lle­var la ale­gría de Dios a los hom­bres de nues­tro tiem­po es el ver­da­de­ro re­ga­lo de Na­vi­dad; lle­ve­mos la ale­gría de ha­ber co­no­ci­do a Dios en Cris­to.

Por otra par­te, en el Ad­vien­to lle­ga una ver­dad, un ca­mino, una vida, una paz ab­so­lu­ta a nues­tra vida; pues la no­ti­cia de que Dios se in­tere­sa por no­so­tros, so­bre­co­ge. Tie­ne tal tras­cen­den­cia en nues­tra vida que no te­ne­mos pa­la­bras para des­cri­bir­lo. Pen­sar que el Dios de Abraham, de Isaac y de Ja­cob no es un Dios que se que­da en el cie­lo, de­sin­te­re­sán­do­se de no­so­tros y de nues­tra his­to­ria, sino que es un Dios que vie­ne, que no deja nun­ca de pen­sar en el ser hu­mano, que res­pe­ta to­tal­men­te nues­tra li­ber­tad, que desea en­con­trar­se con no­so­tros y vi­si­tar­nos, que quie­re ve­nir y vi­vir en me­dio de los hom­bres, per­ma­ne­cer a nues­tro lado; que eli­mi­na y nos li­be­ra del mal y de la muer­te y de todo aque­llo que nos im­pi­de ser fe­li­ces. Que, en de­fi­ni­ti­va, vie­ne a sal­var­nos, nos lle­na de tal ale­gría que, ne­ce­sa­ria­men­te, sur­ge des­de lo más pro­fun­do del co­ra­zón el pre­pa­rar­nos y es­pe­rar­lo ac­ti­va­men­te.
Vi­vi­mos un tiem­po de la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad en el que el pro­ta­go­nis­mo de los cris­tia­nos es ne­ce­sa­rio y ur­gen­te. Ayu­de­mos a la hu­ma­ni­dad a sa­lir al en­cuen­tro de Dios que vie­ne y quie­re a los hom­bres, uná­mo­nos a to­dos los que de for­mas di­fe­ren­tes, en to­das las la­ti­tu­des de la tie­rra, an­he­lan un mun­do me­jor, pleno de fra­ter­ni­dad, de jus­ti­cia. El Ad­vien­to es un tiem­po opor­tuno para que los cris­tia­nos nos una­mos a to­dos los hom­bres que bus­can, que quie­ren y tra­ba­jan por un mun­do más jus­to y fra­terno, de cual­quier na­ción, cul­tu­ra, raza y re­li­gión, con mo­ti­va­cio­nes di­fe­ren­tes, pero to­dos al­ber­gan­do el de­seo de la jus­ti­cia y de la paz.
La pa­la­bra Ad­ven­tus tie­ne su im­por­tan­cia cuan­do la tra­du­ci­mos y ve­mos su sig­ni­fi­ca­do: pre­sen­cia, lle­ga­da, ve­ni­da… Era re­fe­ri­da a gran­des per­so­na­jes e in­clu­so a la di­vi­ni­dad. Los cris­tia­nos la co­men­za­mos a usar des­de el prin­ci­pio para ex­pre­sar la re­la­ción con Je­su­cris­to, Dios mis­mo, el Rey que en­tró en la tie­rra para vi­si­tar a to­dos los hom­bres. Can­ta­mos, vi­vi­mos, es­pe­ra­mos la vi­si­ta de Dios. Os in­vi­to a pre­pa­rar­nos para aco­ger­lo y cap­tar su pre­sen­cia:

1.    Per­ma­ne­cien­do des­pier­tos y vi­gi­lan­tes (Cfr. Lc 13, 33-37): mi­re­mos los sig­nos del tiem­po. Vi­gi­le­mos la vida de los hom­bres, sus ne­ce­si­da­des, sus mie­dos, sus ar­mas para de­fen­der­se. ¿Aca­so no ve­mos la ne­ce­si­dad que te­ne­mos de que el Se­ñor ven­ga a nues­tra casa, que es este mun­do? Y lo haga para de­cir­nos nues­tra ta­rea, la que te­ne­mos como imá­ge­nes que so­mos de Dios, y así con­ver­tir nues­tra casa en una casa en la que to­dos ten­gan vida, amor ne­ce­sa­rio para cre­cer y desa­rro­llar­se como per­so­nas –pues sin él so­mos unos des­co­no­ci­dos– y la ca­pa­ci­dad de en­tre­ga don­de apren­da­mos una y otra vez que nues­tra vida no es para re­te­ner­la sino para dar­la… Una casa en la que to­dos ten­gan un lu­gar y sean re­co­no­ci­dos como her­ma­nos. Esto so­la­men­te es po­si­ble si vi­vi­mos en es­pe­ra, en la es­pe­ra del Se­ñor, al igual que vi­vie­ron Ma­ría y José: en es­pe­ran­za. En­ten­dien­do el sen­ti­do del tiem­po y de la his­to­ria como oca­sión pro­pi­cia para la sal­va­ción, para que lle­gue el reino de Dios, reino de jus­ti­cia de amor y de paz. ¿So­mos ob­ser­va­do­res des­pier­tos y vi­gi­lan­tes? ¿Qué ve­mos?
2.    Sien­do men­sa­je­ros, tes­ti­gos de la luz, sien­do su voz y pre­pa­ran­do el ca­mino (Cfr. Mc 1, 1-8 y Jn 1, 6-8. 19-28): Hay que avi­sar que es un tiem­po de pre­sen­cia y de es­pe­ra de lo eterno, que es tiem­po de ale­gría, que la luz lle­ga a los hom­bres, que to­das las os­cu­ri­da­des que hay en esta his­to­ria, en la vida per­so­nal y co­lec­ti­va de to­dos los pue­blos, tie­nen sa­li­das. En el pre­sen­te vi­vi­mos pro­yec­ta­dos ha­cia el fu­tu­ro que está lleno de es­pe­ran­za con el Sal­va­dor que anun­cia­mos. Pre­pa­re­mos el ca­mino al Se­ñor que desea es­tar en me­dio de no­so­tros. Des­pier­te en no­so­tros el ver­da­de­ro sen­ti­do de la es­pe­ra; no es una es­pe­ra pa­si­va, vol­va­mos el co­ra­zón a nues­tra fe, vol­va­mos el co­ra­zón a Cris­to, el Me­sías es­pe­ra­do du­ran­te si­glos que na­ció en la po­bre­za de Be­lén y en­ri­que­ció a to­dos los hom­bres ofre­cien­do el don de su amor y sal­va­ción. ¿Nos sa­be­mos en­via­dos a pre­pa­rar el ca­mino para que el Se­ñor se haga pre­sen­te? ¿So­mos tes­ti­gos de la luz, voz que la anun­cia, es de­cir, con­ven­ci­dos de que no so­mos la luz, sino que la he­mos vis­to y da­mos tes­ti­mo­nio de la mis­ma?
3.    Sa­bién­do­nos ele­gi­dos para dar ros­tro a Je­su­cris­to en esta his­to­ria (Cfr. Lc 1, 26-38): Por gra­cia he­mos sido lla­ma­dos a la per­te­nen­cia ecle­sial, so­mos miem­bros vi­vos de la Igle­sia, te­ne­mos la mi­sión de anun­ciar la ale­gría del Evan­ge­lio, de mos­trar el ros­tro del Se­ñor que es da­dor de vida a to­dos los hom­bres; he­mos de re­ga­lar el amor que tie­ne un nom­bre en Je­su­cris­to: su mi­se­ri­cor­dia a los hom­bres. Un amor que va más al fon­do, más ade­lan­te, más allá y más atrás de to­das las si­tua­cio­nes que viva cual­quier ser hu­mano. Y siem­pre para ser con­se­cuen­tes con el plan­tea­mien­to de Je­sús en la pa­rá­bo­la del jui­cio fi­nal: «Se­ñor, ¿cuán­do te vi­mos con ham­bre o con sed, ham­brien­to o des­nu­do, en­fer­mo o en la cár­cel, cuán­do te vi­mos solo y sin te­ner un lu­gar don­de apo­sen­tar­te?». Y la res­pues­ta del Se­ñor fue: «Cada vez que se lo hi­cis­teis a uno de es­tos mis her­ma­nos, a mí me lo hi­cis­teis». Al igual que Ma­ría, no­so­tros he­mos sido sor­pren­di­dos por Dios, nos ha lla­ma­do, nos pide que lo si­ga­mos, que mos­tre­mos el ros­tro de Je­su­cris­to. Con el gus­to, la gra­cia, el amor, la in­me­dia­tez con que lo hizo Ma­ría cuan­do se lo pi­dió el án­gel de par­te de Dios. Como Ma­ría, di­ga­mos: «Aquí es­toy, há­ga­se en mí como me pi­des y me has di­cho». Es la res­pues­ta que se me­re­ce un Dios que ha con­ta­do con los hom­bres para anun­ciar su Reino, para dar y re­ga­lar es­pe­ran­za a esta hu­ma­ni­dad que, muy a me­nu­do, tie­ne mo­ti­vos para es­tar tris­te y sin es­pe­ran­za: tan­tas gue­rras, lu­chas, dis­cri­mi­na­cio­nes, po­bre­zas, so­le­da­des, en­fer­me­da­des, he­ri­das en lo más hon­do de la dig­ni­dad hu­ma­na… ¿Cómo dar ros­tro al Se­ñor en to­dos los lu­ga­res don­de me mue­vo: fa­mi­lia, tra­ba­jo, ami­gos? ¿Cómo lo vivo con los que más ne­ce­si­tan?

Con gran afec­to, os ben­di­ce,
+Car­los Card. Oso­ro Sie­rra,
Ar­zo­bis­po de Ma­drid