viernes, 15 de diciembre de 2017
jueves, 14 de diciembre de 2017
Te vuelvo a contar
¡Qué poco tardaste en contestar! Me has
enviado unas palabras de luz ¿Sabes?, me dijo de Tu parte que había personas a
las que les gustaba mi modo de escribir para decir lo que hablo Contigo o de Ti.
¡Ya ves, mi bombilla es ahora de 40
watios! No es que irradie ráfagas ya lo sé, pero me emociona, pues con los años
los “rebuscamientos palabriles ex cátedra” desaparecen como los calcetines, nunca
más los vuelves a ver.
Ese “enviado” dice que no quieres hacer
un pacto de paz en su dolor, y ¿eso?, porfa Dios, manda a decirle que no desespere
que llegará un día genial (pero aquí en la tierra, no Te vayas a lo celestial
aún) que verá una nueva Gracia grandiosa como puede ser la felicidad en el sufrimiento
(no creo que Tú lo pasaras genial). Yo Te doy una idea, después Tú… Ya sabes
que llevar las penas con alegría, pues como que no nos sale. Sería un verdadero
milagro.
¡Pero espeeeera, que no queremos sufrir
siempre ¿eh?! A ver si me vas a entender mal y nos pasamos el día hechos polvo
pero contentos… No, no, Te digo que lo que venga sea un poco temporal, como la
corriente alterna, Tú me entiendes.
-¡MARÍÍÍÍÍA!,
que dice Dios que las peticiones a Ti
-
¡Dios!, María lleva la petición del pacto para mi amigo.
Sería el “más mejor” regalo de Navidad
para los que sufren sin tregua.
Gracias a los Dos.
Emma
Díez Lobo
lunes, 11 de diciembre de 2017
Voces que gritan al hombre actual
Nos encontramos en un momento de nuestra historia en el que estamos
escuchando diversas voces que gritan a nuestros oídos y a nuestra conciencia
mensajes tantas veces contradictorios, que nos hacen estar continuamente
en vela para saber hacer un discernimiento, y poder decidirnos acertadamente
por las que están de acuerdo con nuestros principios más profundos y personales
y con las creencias más arraigadas en nosotros.
Voces que gritan mensajes materialistas, que ponen en lo material
el mayor, e incluso el único, de los valores por los que luchar; modelos
existenciales para quienes lo único, o al menos lo más importante, es
lo material, tener más, el enriquecimiento fácil, aunque sea a costa
de lo que sea.
Voces que tratan
de orientar nuestra vida hacia el más radical de los individualismos
y de los egoísmos.
Nos aturden
las voces de un mundo sin Dios, que infravalora y desprecia todo cuanto
se refiera a Dios, a la fe, a la trascendencia, a la
otra vida, etc.
Voces que embotan
nuestra mente y nuestra vida con la llamada al placer, a pasarlo bien a
costa de lo que sea, incluso a pasar por encima de todos los demás valores,
a pasar por encima de los derechos y el respeto que debemos a los demás,
con tal de que nosotros logremos nuestra comodidad, unos pocos momentos
de felicidad, de placer, aunque luego el vacío que deja en nuestro corazón
sea mucho mayor que la felicidad y el placer del que hemos disfrutado.
Voces y voces,
gritos y gritos que se han empeñado en hacer olvidar al hombre su origen
y su destino; hacer olvidar al ser humano que viene de Dios que le ha
creado, le ha redimido y sigue ofreciéndole su amor, a pesar de sus infidelidades y pecados.
Pero junto a estas voces procedentes de un mundo y de una sociedad
indiferente a Dios y a la fe en Él, recibimos también, aunque sea en medio
de la espesura de un bosque mundano que las reduce y las hace sonar con
menos potencia e intensidad, las
voces que nos vienen del Evangelio, la voz del que grita en el desierto:
«Preparad el camino al Señor» (Mc 1, 1–2); la voz que nos llega de la Iglesia
que nos llama a dejar entrar a Dios en nuestra vida personal, familiar y social.
Es la voz de
tantos mártires actuales que defienden su fe frente a quienes quieren
acallarla o llevarlos por otros caminos, que gritan al corazón del hombre
al que solo el encuentro con Jesús les ha dado sentido a su vida y no están
dispuestos a renunciar a Él por nada ni por nadie.
Es la voz de
tantos cristianos actuales, silenciosos, que, junto a nosotros, gritan
con su testimonio de vida que su fe en Cristo es lo más importante para ellos.
Es el grito de
todas esas personas que luchan por la defensa de la vida, por la justicia
en medo de un mundo injusto, por la honradez en medio de un mundo de trapicheos,
por la autenticidad en medio de un mundo de corrupción.
Todo este cúmulo
de gritos que percibimos de un lado y de otro, que provienen de las más
variadas situaciones de la vida, nos hacen a nosotros como cristianos
una llamada a discernir dónde estamos nosotros y dónde queremos estar.
Si queremos vivir una Navidad tan pagana como la vive gran parte de
nuestro mundo, o queremos obedecer la voz de quien nos invita a preparar
el camino al Señor que quiere venir a nosotros. Si queremos que Dios
nazca en nuestro corazón o siga siendo el gran ausente de nuestra vida,
porque nuestro corazón está lleno de otras cosas que no dejan cabida a
Dios ni a nuestra fe en Él.
+ Gerardo Melgar
Obispo de Ciudad Real
domingo, 10 de diciembre de 2017
Te cuento
Señor mío ¿sabes? Estoy cansada y no sé
cómo animar mi esperanza, mi desazón, mi “caminar por la misma calle” un día
tras otro, sin cambios, sin novedad, sin amor cómplice, sin que te agarren la
mano o te den un beso.
Estoy cansada de “soledad” y de
esfuerzo en el trabajo, cuando a mi edad debería descansar y disfrutar de la
compañía de quien compartió mi vida (nos abandonó).
Señor, estoy cansada, no veo una luz
que me emocione… Es un revivir las necesidades de la primera independencia,
pero ahora sin fuerzas ni ganas.
Rezo y me mantengo en la línea plana de
la vida… ¿Cuándo me darás una ilusión?, ¿Cuándo una esperanza?
¿Sabes? Quiero tener alegría dentro de
mí sin dejar de darte las gracias por no tener graves amarguras. Sé y reconozco
que es un regalo de paz, pero quisiera hacer tantas cosas en compañía…
Es verdad, dijiste “Paz a vosotros” y por
varios lados la tengo, pero me siento gris, llana, lacia, sin luz ¡Qué
desastre!, debería ser luz del mundo y no soy más que una bombilla de 15 watios.
Tal vez es lo que toca, tal vez no sea
así y sucede para mirarte más de cerca, tal vez… Sé que lo averiguaré cuando Tú
quieras.
Lléname de esperanza ya que todo lo ves
y sabes el por qué. Gracias por escuchar mis “tonterías” después de lo que pasa
en el mundo, que es brutal.
Madrid, Diciembre 2017
Emma
Díez Lobo
sábado, 9 de diciembre de 2017
II Domingo de Adviento
Preparad un camino al Señor: esperanza y conversión
Juan Bautista fue precursor de Jesús y lo sigue
siendo en todos los tiempos. La razón es que recuerda a todas las generaciones
la importancia de la esperanza y la conversión para conocer y aceptar a Jesús.
El Evangelio presenta a Juan a la luz de una promesa del AT (cf. 1ª lectura)
con lo que se está diciendo al lector que su actuación es cumplimiento de lo
que Dios ha prometido y que por tanto Dios es fiel y vale la pena fiarse y
esperar en él. La misma presencia de Juan es una enseñanza de esperanza. Por
otra parte, el mensaje de Juan es conversión como condición para recibir al
Mesías.
Por un lado, la
esperanza es fundamental en la vida
cristiana, junto con la fe y el amor, que están fundadas unas sobre otras: amo
y me entrego a los demás porque espero y
creo; espero porque creo.
Humanamente la persona humana es un ser finito, pero con sed
de infinito y abierto a él, y suple las
carencias actuales con la esperanza y la ilusión de un futuro mejor. Una
persona que no espera es una persona muerta. La esperanza cristiana confirma y
potencia esta apertura a la plenitud. Su fundamento es la promesa divina que ha
prometido la plena felicidad. No una plena felicidad abstracta, sino concreta y
personalizada en la persona de Jesucristo resucitado que nos une al Padre. Así
somos felices los humanos: nos alegra la perspectiva del volver a la casa, no
tanto por los bienes que pueda tener consigo la casa sino porque en ella vamos
a encontrar las personas que amamos y nos aman; igualmente deseamos el cielo
porque allí amaremos plenamente a Jesús y seremos plenamente amados por él.
Para Pablo el cielo es “estar siempre con el Señor” (1 Tes 4,18).
El cristiano espera porque cree. Por ello es
necesario alimentar la esperanza recordando las promesas divinas contenidas en
la Biblia (lo hace la liturgia en las primeras lecturas del tiempo de
Adviento), y junto a esto, tener siempre presente estas promesas como fundamento de nuestra esperanza, que la
diferencia de las expectativas humanas. En la expectativa se espera de acuerdo
con las posibilidades reales de una situación, en la esperanza se espera porque
Dios fiel y poderoso lo ha prometido. Como Abraham “esperamos contra toda
expectativa humana” (Rom 4,18).
Evitar el peligro de rebajar las metas de la
esperanza: si Dios ha prometido un mundo nuevo, es posible y hay que cooperar
para que venga; si ha prometido nuestra plena transformación personal, hay que
colaborar para que sea realidad, sin rebajas y sin poner imposibles en nuestra
vida; si ha prometido una comunidad eclesial, hay que colaborar para que sea
realidad. Naturalmente, nuestra colaboración se realiza en la pobreza de los
pequeños pasos y así hay que asumirlo, sin desánimos ni rebajas. La experiencia
de las pobres realidades tiende a desanimar y se puede convertir en enemiga de
la esperanza. Tener siempre presente que para las promesas de Dios nada es
imposible (Lc 1,37; 18,27).
Por otro lado, la
conversión. Convertirse significarse
literalmente “dar media vuelta”, dejar de mirar y caminar a un lado para mirar
y caminar al opuesto. Por una parte, es dejar una vida totalmente orientada a
uno mismo, a sus intereses egoístas y al pecado, centrada en la propia
autosuficiencia. Por otra parte, es volverse totalmente a Dios y a sus planes
sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros. Adviento es tiempo de conversión
en que la Iglesia nos invita a una conversión personal y comunitaria que debe culminar en la celebración del
sacramento de la penitencia.
Solamente una persona que espera y se convierte está
en condiciones de recibir a Jesús. El cristiano ya ha aceptado a Jesús. El
ciclo adviento-navidad, recordando la primera venida de Jesús, invita a profundizar en esta tarea de
“cristificarse”, pensando, deseando, hablando y actuando como Jesús, tarea que
culminará en la parusía del Señor.
Cada Eucaristía es una llamada a la conversión y a
la esperanza, pues invita a unirse plenamente a Jesús que se entrega al Padre,
término de la conversión, además hace sacramentalmente
presente el objeto de la esperanza, Cristo resucitado, y alimenta para
conseguirlo.
Dr. don Antonio Rodríguez Carmona
viernes, 8 de diciembre de 2017
El Señor viene
Estos días
todo nos habla de la cercanía de la Navidad. El ambiente de las calles
de nuestros pueblos y ciudades, los planes que las familias se hacen
para poder encontrarse durante estas fiestas, los preparativos para
las celebraciones familiares… todo nos invita a sumergirnos en un
ritmo que tiene algo de especial y que hace que estas fechas sean diferentes
al resto del año.
En algunas
circunstancias de la vida las personas, casi sin darnos cuenta, caemos
muy fácilmente en una tentación: cuando nos preparamos para un acontecimiento
importante, nos preocupamos tanto de los preparativos de la celebración,
que llegamos a ella cansados y con ganas de que termine todo. La excesiva
preocupación en preparar las cosas nos puede impedir disfrutar de lo
que realmente debería ser fundamental. La obsesión por los medios nos
puede llevar a olvidar que lo esencial es el fin. Las celebraciones se
disfrutan más cuando más sencilla es la preparación. Con las fiestas
de Navidad ocurre esto cada vez con más frecuencia: muchos llegan a
ellas cansados y con ganas de que pasen cuanto antes. Una preparación
incorrecta puede desfigurar la celebración.
Ciertamente hemos de reconocer que no es fácil
aislarse de este ambiente, pero los cristianos no deberíamos dejarnos
arrastrar por él. Sin alejarnos del mundo concreto en el que vivimos,
hemos de intentar buscar espacios para no ser engullidos por las cosas,
tanto en estos días que preceden a la Navidad como en los que la liturgia
de la Iglesia nos ayuda a entrar en el misterio del Nacimiento del Señor.
Para ayudarles a vivir las fiestas con ojos de fe me permito ofrecerles
unas sugerencias concretas.
En primer lugar me gustaría animarles a que durante
el tiempo de adviento avivemos cada día en nosotros, escuchando y meditando
la Palabra de Dios, el deseo de que el Señor entre en el corazón de los
hombres. Si contemplamos la realidad que nos rodea, ciertamente vemos
muchos signos de la presencia de Cristo en tantos hombres y mujeres
que son un testimonio de amor, de perdón y de paz. Pero también descubrimos
que Cristo es para muchos alguien totalmente desconocido, y que su
mensaje de misericordia y de reconciliación no acaba de ser realidad
en nuestro mundo. Que el Adviento sea un tiempo para crecer en el deseo de
que la presencia del Señor sea más intensa en la humanidad.
No olvidemos tampoco que las personas son más
importantes que las cosas, y eso tanto en nuestra relación con el Señor
como con los demás. En Navidad celebramos que el Hijo de Dios vino al mundo
para hacerse hermano de todos los hombres. Para acoger a Cristo, lo importante
no es que preparemos muchas cosas, sino que nos preparemos nosotros.
Y para encontrarnos con nuestros familiares y amigos, lo realmente bonito
sería que nos preparásemos poniendo unión donde haya divisiones y
perdón donde haya habido ofensas.
Con mi bendición y afecto,
+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa
Obispo de Tortosa
jueves, 7 de diciembre de 2017
Inmaculada, una concepción sin mancha
El tiempo de Adviento ya comenzado, contiene dos llamadas importantes
que afectan a la fe concreta de los católicos y de aquellos que nos quieran
escuchar: La celebración de la Concepción Inmaculada de la Madre de
Jesús y su disposición a recibir en nosotros a Cristo, siempre pero
también en esta Navidad, y hacerlo nosotros como Ella.
No sé si compartimos el intenso gozo espiritual que expresa el poeta
Dante cuando contempla a la Virgen María como “La más humilde y a la
vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”
(Paraíso, XXX III, 3). En María resplandece la
eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano
para ser Madre de su Hijo Unigénito y, en previsión de la muerte de Él,
preservó a Ella de toda mancha de pecado. Ya sabemos, sin duda, el contenido
del dogma de la Inmaculada. Pero tal vez no hemos sacado todas sus consecuencias
para nuestra vida. ¿Les importa considerar conmigo algunas de estas
consecuencias con la mirada sobre María, la Inmaculada?
En la Madre de
Cristo y Madre nuestra se realizó perfectamente la vocación de todo
ser humano: todos, hombres y mujeres, estamos llamados a ser santos e
inmaculados ante Dios por amor. Pero, ¿quién puede llegar a esta cumbre?
Ciertamente es difícil; y cuando lo comprobamos pueda ser que nos desanimemos:
“Mejor lo dejamos”, dicen muchos. Esto es lo que quiere nuestro mundo,
tremendamente mediocre y tantas veces incapaz de hacer esfuerzo.
No, hermanos, al mirar a la Virgen se aviva en nosotros, sus hijos, la
aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor
celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de
una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con
determinación hacia el auténtico bien, que es fuente de alegría.
Después de celebrar
la fiesta de la Inmaculada, entraremos en esos días de sugestivo clima
de preparación para la Navidad. Clima que, por desgracia, sufre todo
un embate de contaminación comercial, que corre el peligro de alterar
el auténtico espíritu, que ha de caracterizarse por el recogimiento,
la sobriedad y una alegría no exterior sino íntima. Miren ustedes la
iluminación de nuestras ciudades y pueblos y comprobarán que con mucha
frecuencia son luces, adornos… pero que no aluden directamente a la
fiesta que celebramos, pues se quedan en ornamentación que puede valer
para cualquier fiesta de invierno. No acepten, por favor, ese fraude.
En este sentido,
es providencial que la fiesta de la Madre de Jesús se encuentre casi
como puerta de entrada a la Navidad, puesto que Ella mejor que nadie
puede guiarnos a conocer, amar y adorar al Hijo de Dios hecho hombre. Dejemos,
pues, que Ella nos acompañe; que sus sentimientos nos animen, para que
nos preparemos con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a
reconocer en el Niño de Belén al Hijo de Dios que vino a la tierra para
nuestra redención y felicidad. Caminemos juntamente con Ella en la
oración, y acojamos la repetida invitación que la Liturgia de Adviento
nos dirige a permanecer en vela, porque el Señor no tardará: viene a
librar a su pueblo del pecado.
¿Por qué no celebrar
con ese espíritu la fiesta de Santa María, Madre de Dios, el 18 de diciembre,
puesto que es posible hacerlo en la Archidiócesis de Toledo en Rito
Hispano-Mozárabe? Ella nos preparará para tan gran misterio, pues es
Virgen de la Esperanza, Virgen de la O, y estamos seguros que ruega por nosotros.
+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo y Primado de España
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





