jueves, 14 de diciembre de 2017

Te vuelvo a contar


                                                                                         
¡Qué poco tardaste en contestar! Me has enviado unas palabras de luz ¿Sabes?, me dijo de Tu parte que había personas a las que les gustaba mi modo de escribir para decir lo que hablo Contigo o de Ti.

 ¡Ya ves, mi bombilla es ahora de 40 watios! No es que irradie ráfagas ya lo sé, pero me emociona, pues con los años los “rebuscamientos palabriles ex cátedra” desaparecen como los calcetines, nunca más los vuelves a ver.  

Ese “enviado” dice que no quieres hacer un pacto de paz en su dolor, y ¿eso?, porfa Dios, manda a decirle que no desespere que llegará un día genial (pero aquí en la tierra, no Te vayas a lo celestial aún) que verá una nueva Gracia grandiosa como puede ser la felicidad en el sufrimiento (no creo que Tú lo pasaras genial). Yo Te doy una idea, después Tú… Ya sabes que llevar las penas con alegría, pues como que no nos sale. Sería un verdadero milagro.

¡Pero espeeeera, que no queremos sufrir siempre ¿eh?! A ver si me vas a entender mal y nos pasamos el día hechos polvo pero contentos… No, no, Te digo que lo que venga sea un poco temporal, como la corriente alterna, Tú me entiendes.

-¡MARÍÍÍÍÍA!,  que dice Dios que las peticiones a Ti  

- ¡Dios!, María lleva la petición del pacto para mi amigo.

Sería el “más mejor” regalo de Navidad para los que sufren sin tregua.

Gracias a los Dos.   
      
Emma Díez Lobo





lunes, 11 de diciembre de 2017

Vo­ces que gri­tan al hom­bre ac­tual



Nos en­con­tra­mos en un mo­men­to de nues­tra his­to­ria en el que es­ta­mos es­cu­chan­do di­ver­sas vo­ces que gri­tan a nues­tros oí­dos y a nues­tra con­cien­cia men­sa­jes tan­tas ve­ces con­tra­dic­to­rios, que nos ha­cen es­tar con­ti­nua­men­te en vela para sa­ber ha­cer un dis­cer­ni­mien­to, y po­der de­ci­dir­nos acer­ta­da­men­te por las que es­tán de acuer­do con nues­tros prin­ci­pios más pro­fun­dos y per­so­na­les y con las creen­cias más arrai­ga­das en no­so­tros.

Voces que gri­tan men­sa­jes mate­ria­lis­tas, que po­nen en lo ma­te­rial el ma­yor, e in­clu­so el úni­co, de los valo­res por los que lu­char; mo­de­los exis­ten­cia­les para quie­nes lo úni­co, o al me­nos lo más im­por­tan­te, es lo mate­rial, te­ner más, el en­ri­que­ci­mien­to fá­cil, aun­que sea a cos­ta de lo que sea.

Vo­ces que tra­tan de orien­tar nues­tra vida ha­cia el más ra­di­cal de los in­di­vi­dua­lis­mos y de los egoís­mos.
Nos atur­den las vo­ces de un mun­do sin Dios, que in­fra­va­lo­ra y des­pre­cia todo cuan­to se re­fie­ra a Dios, a la fe, a la tras­cen­den­cia, a la otra vida, etc.
Vo­ces que em­bo­tan nues­tra men­te y nues­tra vida con la lla­ma­da al pla­cer, a pa­sar­lo bien a cos­ta de lo que sea, in­clu­so a pa­sar por en­ci­ma de to­dos los de­más va­lo­res, a pa­sar por en­ci­ma de los de­re­chos y el res­peto que de­be­mos a los de­más, con tal de que no­so­tros lo­gre­mos nues­tra co­mo­di­dad, unos po­cos mo­men­tos de fe­li­ci­dad, de pla­cer, aun­que lue­go el va­cío que deja en nues­tro co­ra­zón sea mu­cho ma­yor que la fe­li­ci­dad y el pla­cer del que he­mos dis­fru­ta­do.
Vo­ces y vo­ces, gri­tos y gri­tos que se han em­pe­ña­do en ha­cer ol­vi­dar al hom­bre su ori­gen y su des­tino; ha­cer ol­vi­dar al ser hu­mano que vie­ne de Dios que le ha crea­do, le ha re­di­mi­do y si­gue ofre­cién­do­le su amor, a pe­sar de sus in­fi­de­li­da­des y pe­ca­dos.
Pero jun­to a es­tas vo­ces pro­ce­den­tes de un mun­do y de una so­cie­dad in­di­fe­ren­te a Dios y a la fe en Él, reci­bi­mos tam­bién, aun­que sea en me­dio de la es­pe­su­ra de un bos­que mun­dano que las re­du­ce y las hace so­nar con me­nos po­ten­cia e in­ten­si­dad, las vo­ces que nos vie­nen del Evan­ge­lio, la voz del que gri­ta en el de­sier­to: «Pre­pa­rad el ca­mino al Se­ñor» (Mc 1, 1–2); la voz que nos lle­ga de la Igle­sia que nos lla­ma a de­jar en­trar a Dios en nues­tra vida per­so­nal, fa­mi­liar y so­cial.

Es la voz de tan­tos már­ti­res ac­tua­les que de­fien­den su fe fren­te a quie­nes quie­ren aca­llar­la o lle­var­los por otros ca­mi­nos, que gri­tan al co­ra­zón del hom­bre al que solo el en­cuen­tro con Je­sús les ha dado sen­ti­do a su vida y no es­tán dis­pues­tos a re­nun­ciar a Él por nada ni por na­die.
Es la voz de tan­tos cris­tia­nos ac­tua­les, si­len­cio­sos, que, jun­to a no­so­tros, gri­tan con su tes­ti­mo­nio de vida que su fe en Cris­to es lo más im­por­tan­te para ellos.
Es el gri­to de to­das esas per­so­nas que lu­chan por la de­fen­sa de la vida, por la jus­ti­cia en medo de un mun­do in­jus­to, por la hon­ra­dez en me­dio de un mun­do de tra­pi­cheos, por la au­ten­ti­ci­dad en me­dio de un mun­do de co­rrup­ción.
Todo este cú­mu­lo de gri­tos que per­ci­bi­mos de un lado y de otro, que pro­vie­nen de las más va­ria­das si­tua­cio­nes de la vida, nos ha­cen a noso­tros como cris­tia­nos una lla­ma­da a dis­cer­nir dón­de es­ta­mos no­so­tros y dón­de que­re­mos es­tar. Si que­re­mos vi­vir una Na­vi­dad tan pa­ga­na como la vive gran par­te de nues­tro mun­do, o que­re­mos obe­de­cer la voz de quien nos in­vi­ta a pre­pa­rar el ca­mino al Se­ñor que quie­re ve­nir a no­so­tros. Si que­re­mos que Dios naz­ca en nues­tro co­ra­zón o siga sien­do el gran au­sen­te de nues­tra vida, por­que nues­tro co­ra­zón está lleno de otras co­sas que no de­jan ca­bi­da a Dios ni a nues­tra fe en Él.
 + Ge­rar­do Mel­gar
Obis­po de Ciu­dad Real


domingo, 10 de diciembre de 2017

Te cuento

                                                           
                 

Señor mío ¿sabes? Estoy cansada y no sé cómo animar mi esperanza, mi desazón, mi “caminar por la misma calle” un día tras otro, sin cambios, sin novedad, sin amor cómplice, sin que te agarren la mano o te den un beso.

Estoy cansada de “soledad” y de esfuerzo en el trabajo, cuando a mi edad debería descansar y disfrutar de la compañía de quien compartió mi vida (nos abandonó).

Señor, estoy cansada, no veo una luz que me emocione… Es un revivir las necesidades de la primera independencia, pero ahora sin fuerzas ni ganas.

Rezo y me mantengo en la línea plana de la vida… ¿Cuándo me darás una ilusión?, ¿Cuándo una esperanza?

¿Sabes? Quiero tener alegría dentro de mí sin dejar de darte las gracias por no tener graves amarguras. Sé y reconozco que es un regalo de paz, pero quisiera hacer tantas cosas en compañía…

Es verdad, dijiste “Paz a vosotros” y por varios lados la tengo, pero me siento gris, llana, lacia, sin luz ¡Qué desastre!, debería ser luz del mundo y no soy más que una bombilla de 15 watios.

Tal vez es lo que toca, tal vez no sea así y sucede para mirarte más de cerca, tal vez… Sé que lo averiguaré cuando Tú quieras.  
  
Lléname de esperanza ya que todo lo ves y sabes el por qué. Gracias por escuchar mis “tonterías” después de lo que pasa en el mundo, que es brutal.

Madrid, Diciembre 2017 


  Emma Díez Lobo

sábado, 9 de diciembre de 2017

II Domingo de Adviento





Preparad un camino al Señor: esperanza y conversión

Juan Bautista fue precursor de Jesús y lo sigue siendo en todos los tiempos. La razón es que recuerda a todas las generaciones la importancia de la esperanza y la conversión para conocer y aceptar a Jesús. El Evangelio presenta a Juan a la luz de una promesa del AT (cf. 1ª lectura) con lo que se está diciendo al lector que su actuación es cumplimiento de lo que Dios ha prometido y que por tanto Dios es fiel y vale la pena fiarse y esperar en él. La misma presencia de Juan es una enseñanza de esperanza. Por otra parte, el mensaje de Juan es conversión como condición para recibir al Mesías.

Por un lado, la esperanza es fundamental en la vida cristiana, junto con la fe y el amor, que están fundadas unas sobre otras: amo y me entrego a los demás  porque espero y creo; espero porque creo.
        Humanamente la persona humana es un ser finito, pero con sed de infinito y  abierto a él, y suple las carencias actuales con la esperanza y la ilusión de un futuro mejor. Una persona que no espera es una persona muerta. La esperanza cristiana confirma y potencia esta apertura a la plenitud. Su fundamento es la promesa divina que ha prometido la plena felicidad. No una plena felicidad abstracta, sino concreta y personalizada en la persona de Jesucristo resucitado que nos une al Padre. Así somos felices los humanos: nos alegra la perspectiva del volver a la casa, no tanto por los bienes que pueda tener consigo la casa sino porque en ella vamos a encontrar las personas que amamos y nos aman; igualmente deseamos el cielo porque allí amaremos plenamente a Jesús y seremos plenamente amados por él. Para Pablo el cielo es “estar siempre con el Señor” (1 Tes 4,18).

El cristiano espera porque cree. Por ello es necesario alimentar la esperanza recordando las promesas divinas contenidas en la Biblia (lo hace la liturgia en las primeras lecturas del tiempo de Adviento), y junto a esto, tener siempre presente estas promesas como  fundamento de nuestra esperanza, que la diferencia de las expectativas humanas. En la expectativa se espera de acuerdo con las posibilidades reales de una situación, en la esperanza se espera porque Dios fiel y poderoso lo ha prometido. Como Abraham “esperamos contra toda expectativa humana” (Rom 4,18).

Evitar el peligro de rebajar las metas de la esperanza: si Dios ha prometido un mundo nuevo, es posible y hay que cooperar para que venga; si ha prometido nuestra plena transformación personal, hay que colaborar para que sea realidad, sin rebajas y sin poner imposibles en nuestra vida; si ha prometido una comunidad eclesial, hay que colaborar para que sea realidad. Naturalmente, nuestra colaboración se realiza en la pobreza de los pequeños pasos y así hay que asumirlo, sin desánimos ni rebajas. La experiencia de las pobres realidades tiende a desanimar y se puede convertir en enemiga de la esperanza. Tener siempre presente que para las promesas de Dios nada es imposible (Lc 1,37; 18,27).

Por otro lado, la conversión. Convertirse significarse literalmente “dar media vuelta”, dejar de mirar y caminar a un lado para mirar y caminar al opuesto. Por una parte, es dejar una vida totalmente orientada a uno mismo, a sus intereses egoístas y al pecado, centrada en la propia autosuficiencia. Por otra parte, es volverse totalmente a Dios y a sus planes sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros. Adviento es tiempo de conversión en que la Iglesia nos invita a una conversión personal y comunitaria  que debe culminar en la celebración del sacramento de la penitencia.

Solamente una persona que espera y se convierte está en condiciones de recibir a Jesús. El cristiano ya ha aceptado a Jesús. El ciclo adviento-navidad, recordando la primera venida de Jesús,  invita a profundizar en esta tarea de “cristificarse”, pensando, deseando, hablando y actuando como Jesús, tarea que culminará en la parusía del Señor.

Cada Eucaristía es una llamada a la conversión y a la esperanza, pues invita a unirse plenamente a Jesús que se entrega al Padre, término de la conversión,  además hace sacramentalmente presente el objeto de la esperanza, Cristo resucitado, y alimenta para conseguirlo.


Dr. don Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 8 de diciembre de 2017

El Se­ñor vie­ne




Es­tos días todo nos ha­bla de la cer­ca­nía de la Na­vi­dad. El am­bien­te de las ca­lles de nues­tros pue­blos y ciu­da­des, los pla­nes que las fa­mi­lias se ha­cen para po­der en­con­trar­se du­ran­te es­tas fies­tas, los pre­pa­ra­ti­vos para las ce­le­bra­cio­nes fa­mi­lia­res… todo nos in­vi­ta a su­mer­gir­nos en un rit­mo que tie­ne algo de es­pe­cial y que hace que es­tas fe­chas sean di­fe­ren­tes al res­to del año.

En al­gu­nas cir­cuns­tan­cias de la vida las per­so­nas, casi sin dar­nos cuen­ta, cae­mos muy fá­cil­men­te en una ten­ta­ción: cuan­do nos pre­pa­ra­mos para un acon­te­ci­mien­to im­por­tan­te, nos preo­cu­pa­mos tan­to de los pre­pa­ra­ti­vos de la ce­le­bra­ción, que lle­ga­mos a ella can­sa­dos y con ga­nas de que ter­mi­ne todo. La ex­ce­si­va preo­cu­pa­ción en pre­pa­rar las co­sas nos pue­de im­pe­dir dis­fru­tar de lo que real­men­te de­be­ría ser fun­da­men­tal. La ob­se­sión por los me­dios nos pue­de lle­var a ol­vi­dar que lo esen­cial es el fin. Las ce­le­bra­cio­nes se dis­fru­tan más cuan­do más sen­ci­lla es la pre­pa­ra­ción. Con las fies­tas de Na­vi­dad ocu­rre esto cada vez con más fre­cuen­cia: mu­chos lle­gan a ellas can­sa­dos y con ga­nas de que pa­sen cuan­to an­tes. Una pre­pa­ra­ción in­co­rrec­ta pue­de des­fi­gu­rar la ce­le­bra­ción.

Cier­ta­men­te he­mos de re­co­no­cer que no es fá­cil ais­lar­se de este am­bien­te, pero los cris­tia­nos no de­be­ría­mos de­jar­nos arras­trar por él. Sin ale­jar­nos del mun­do con­cre­to en el que vi­vi­mos, he­mos de in­ten­tar bus­car es­pa­cios para no ser en­gu­lli­dos por las co­sas, tan­to en es­tos días que pre­ce­den a la Na­vi­dad como en los que la li­tur­gia de la Igle­sia nos ayu­da a en­trar en el mis­te­rio del Na­ci­mien­to del Se­ñor. Para ayu­dar­les a vi­vir las fies­tas con ojos de fe me per­mi­to ofre­cer­les unas su­ge­ren­cias con­cre­tas.
En pri­mer lu­gar me gus­ta­ría ani­mar­les a que du­ran­te el tiem­po de ad­vien­to avi­ve­mos cada día en no­so­tros, es­cu­chan­do y me­di­tan­do la Pa­la­bra de Dios, el de­seo de que el Se­ñor en­tre en el co­ra­zón de los hom­bres. Si con­tem­pla­mos la reali­dad que nos ro­dea, cier­ta­men­te ve­mos mu­chos sig­nos de la pre­sen­cia de Cris­to en tan­tos hom­bres y mu­je­res que son un tes­ti­mo­nio de amor, de per­dón y de paz. Pero tam­bién des­cu­bri­mos que Cris­to es para mu­chos al­guien to­tal­men­te des­co­no­ci­do, y que su men­sa­je de mi­se­ri­cor­dia y de re­con­ci­lia­ción no aca­ba de ser reali­dad en nues­tro mun­do. Que el Advien­to sea un tiem­po para cre­cer en el de­seo de que la pre­sen­cia del Se­ñor sea más in­ten­sa en la hu­ma­ni­dad.
No ol­vi­de­mos tam­po­co que las per­so­nas son más im­por­tan­tes que las co­sas, y eso tan­to en nues­tra re­la­ción con el Se­ñor como con los de­más. En Na­vi­dad ce­le­bra­mos que el Hijo de Dios vino al mun­do para ha­cer­se her­mano de to­dos los hom­bres. Para aco­ger a Cris­to, lo im­por­tan­te no es que pre­pa­re­mos mu­chas co­sas, sino que nos pre­pa­re­mos no­so­tros. Y para en­con­trar­nos con nues­tros fa­mi­lia­res y ami­gos, lo real­men­te bo­ni­to se­ría que nos pre­pa­rá­se­mos po­nien­do unión don­de haya di­vi­sio­nes y per­dón don­de haya ha­bi­do ofen­sas.
Con mi ben­di­ción y afec­to,
+ En­ri­que Be­na­vent Vidal
Obis­po de Tor­to­sa

jueves, 7 de diciembre de 2017

In­ma­cu­la­da, una con­cep­ción sin man­cha





El tiem­po de Ad­vien­to ya co­men­za­do, con­tie­ne dos lla­ma­das im­por­tan­tes que afec­tan a la fe con­cre­ta de los ca­tó­li­cos y de aque­llos que nos quie­ran es­cu­char: La ce­le­bra­ción de la Con­cep­ción In­ma­cu­la­da de la Ma­dre de Je­sús y su dis­po­si­ción a re­ci­bir en no­so­tros a Cris­to, siem­pre pero tam­bién en esta Na­vi­dad, y ha­cer­lo no­so­tros como Ella.

No sé si com­par­ti­mos el in­ten­so gozo es­pi­ri­tual que ex­pre­sa el poe­ta Dan­te cuan­do con­tem­pla a la Vir­gen Ma­ría como “La más hu­mil­de y a la vez la más alta de to­das las cria­tu­ras, tér­mino fijo de la vo­lun­tad eter­na” (Pa­raí­so, XXX III, 3). En Ma­ría res­plan­de­ce la eter­na bon­dad del Crea­dor que, en su plan de sal­va­ción, la es­co­gió de an­te­mano para ser Ma­dre de su Hijo Uni­gé­ni­to y, en pre­vi­sión de la muer­te de Él, pre­ser­vó a Ella de toda man­cha de pe­ca­do. Ya sa­be­mos, sin duda, el con­te­ni­do del dog­ma de la In­ma­cu­la­da. Pero tal vez no he­mos sa­ca­do to­das sus con­se­cuen­cias para nues­tra vida. ¿Les im­por­ta con­si­de­rar con­mi­go al­gu­nas de es­tas con­se­cuen­cias con la mi­ra­da so­bre Ma­ría, la In­ma­cu­la­da?

En la Ma­dre de Cris­to y Ma­dre nues­tra se reali­zó per­fec­ta­men­te la vo­ca­ción de todo ser hu­mano: to­dos, hom­bres y mu­je­res, es­ta­mos lla­ma­dos a ser san­tos e in­ma­cu­la­dos ante Dios por amor. Pero, ¿quién pue­de lle­gar a esta cum­bre? Cier­ta­men­te es di­fí­cil; y cuan­do lo com­pro­ba­mos pue­da ser que nos des­ani­me­mos: “Me­jor lo de­ja­mos”, di­cen mu­chos. Esto es lo que quie­re nues­tro mun­do, tre­men­da­men­te me­dio­cre y tan­tas ve­ces in­ca­paz de ha­cer es­fuer­zo. No, her­ma­nos, al mi­rar a la Vir­gen se avi­va en no­so­tros, sus hi­jos, la as­pi­ra­ción a la be­lle­za, a la bon­dad y a la pu­re­za de co­ra­zón. Su can­dor ce­les­tial nos atrae ha­cia Dios, ayu­dán­do­nos a su­perar la ten­ta­ción de una vida me­dio­cre, he­cha de com­po­nen­das con el mal, para orien­tar­nos con de­ter­mi­na­ción ha­cia el au­tén­ti­co bien, que es fuen­te de ale­gría.
Des­pués de ce­le­brar la fies­ta de la In­ma­cu­la­da, en­tra­re­mos en esos días de su­ges­ti­vo cli­ma de pre­pa­ra­ción para la Na­vi­dad. Cli­ma que, por des­gra­cia, su­fre todo un em­ba­te de con­ta­mi­na­ción co­mer­cial, que co­rre el pe­li­gro de al­te­rar el au­tén­ti­co es­pí­ri­tu, que ha de ca­rac­te­ri­zar­se por el re­co­gi­mien­to, la so­brie­dad y una ale­gría no ex­te­rior sino ín­ti­ma. Mi­ren us­te­des la ilu­mi­na­ción de nues­tras ciu­da­des y pue­blos y com­pro­ba­rán que con mu­cha fre­cuen­cia son lu­ces, ador­nos… pero que no alu­den di­rec­ta­men­te a la fies­ta que ce­le­bra­mos, pues se que­dan en or­na­men­ta­ción que pue­de va­ler para cual­quier fies­ta de in­vierno. No acep­ten, por fa­vor, ese frau­de.
En este sen­ti­do, es pro­vi­den­cial que la fies­ta de la Ma­dre de Je­sús se en­cuen­tre casi como puer­ta de en­tra­da a la Na­vi­dad, pues­to que Ella me­jor que na­die pue­de guiar­nos a co­no­cer, amar y ado­rar al Hijo de Dios he­cho hom­bre. De­je­mos, pues, que Ella nos acom­pa­ñe; que sus sen­ti­mien­tos nos ani­men, para que nos pre­pa­re­mos con sin­ce­ri­dad de co­ra­zón y aper­tu­ra de es­pí­ri­tu a re­co­no­cer en el Niño de Be­lén al Hijo de Dios que vino a la tie­rra para nues­tra re­den­ción y fe­li­ci­dad. Ca­mi­ne­mos jun­ta­men­te con Ella en la ora­ción, y aco­ja­mos la re­pe­ti­da in­vi­ta­ción que la Li­tur­gia de Ad­vien­to nos di­ri­ge a per­ma­ne­cer en vela, por­que el Se­ñor no tar­da­rá: vie­ne a li­brar a su pue­blo del pe­ca­do.
¿Por qué no ce­le­brar con ese es­pí­ri­tu la fies­ta de San­ta Ma­ría, Ma­dre de Dios, el 18 de di­ciem­bre, pues­to que es po­si­ble ha­cer­lo en la Ar­chi­dió­ce­sis de To­le­do en Rito His­pano-Mo­zá­ra­be? Ella nos pre­pa­ra­rá para tan gran mis­te­rio, pues es Vir­gen de la Es­pe­ran­za, Vir­gen de la O, y es­ta­mos se­gu­ros que rue­ga por no­so­tros.
 + Brau­lio Ro­drí­guez Pla­za
Ar­zo­bis­po de To­le­do y Pri­ma­do de Es­pa­ña