domingo, 16 de abril de 2017

«Llamados a vivir eternamente, en la LUZ del amor de Aquel que un día me creó»

Lo que fue «tabú» en mi juventud era hablar de sexo. Hoy, en cambio, lo que está realmente prohibido es hablar del dolor, de la enfermedad o de la muerte. Tratan de ocultar, ignorar o suplantar este misterio -tan humano como natural- con la supuesta «sociedad del bienestar». Muchos se autoengañan. Se creen más modernos, libres y felices. El paso de la vida nos ayuda a relativizar y confesar que aquellas promesas no lograron realmente saciar el anhelo de eternidad y trascendencia que todo ser humano lleva impreso en su corazón. Tratan de engañarnos, ocultándonos nuestro verdadero origen y destino: «Llamados a vivir eternamente, en la LUZ del amor de Aquel que un día me creó».
Permitidme que, con todo respeto y humildad, pero con toda claridad, os comparta mi pobre verdad que traté de evocar en el entierro de mi padre:
−¿A dónde van -preguntó Martina a su abuelo- los que se mueren?
−Al cielo
−Y ¿dónde está el cielo?
−El cielo es un «lugar» (ámbito) lejano y a la vez muy cercano. Bellísimo, de grandes y hermosas praderas, donde viven las personas transparentes.
−«¡TRANSPARENTES!»
−Sí, «transparentes»
−Mira, Martina, todo lo que existe, en un cierto momento, cambia de estado… pasa por una «puerta» a otro mundo, el mundo de la LUZ y allí vive para siempre. Allí todo vive en la LUZ del amor de AQUEL que las ha creado.
−¡Entonces…!
−Nada se pierde para siempre.
El abuelo de Martina, según refiere Susana Tamaro en su bellísimo libro: «Tobías y el ángel», tiene razón. En la vida no sólo existe lo que se ve… Hay unas «puertas» que cuando las abres, te trasladan a un mundo real aunque invisible. Te ofrecen una mirada nueva, un lenguaje nuevo, una sensibilidad nueva… Con frecuencia, las personas no las abren porque no logran verlas. Si acertaran a descubrirlas y traspasar su dintel, percibirían la vida desde abajo y desde adentro, en toda su profundidad y trascendencia. Y se sorprenderían cómo la propia vida pende de una mirada divina que todo lo ilumina.
¿Será por ello, como acabamos de proclamar en la Palabra de Dios, que los hombres y mujeres de nuestro pueblo (tantos lázaros, martas y marías), desde su humildad y sencillez, son muy sensibles para adentrarse en el MISTERIO y desentrañar los secretos de Dios y descubrir, a través de la resurrección de Lázaro, que hemos sido creados con un corazón inmortal que sólo puede ser llenado y satisfecho por Aquel que lo ha creado?
A medida que voy teniendo más años descubro y agradezco no sólo el don de la vida que Dios me regalara por mediación de mis padres sino, sobre todo, el don de la FE desde la que supieron construir su vida. A través de su humilde testimonio he podido aprender que cuando nadie te entiende o algunos te «ningunean», cuando todo se tuerce o fracasa… sólo la fidelidad al Padre, el abandono de fe, la entrega en obediencia que vivió Jesús, te ayudan a descubrir paradójicamente cómo también se puede «perder» y, sin embargo, «ganar».
Esta ha sido, sin duda, la gran lección de la que Dios se ha valido, por mediación de mi padre Rodrigo, para ayudarme a crecer por dentro, sustentando mi vida desde Dios. Estoy seguro que cualquiera de vosotros, cambiando las circunstancias concretas de vuestros seres queridos que ya están en el cielo, os sentiréis igualmente identificados y agradecidos por tan privilegiada mediación de la que Dios se vale en cada caso:
Hombre recio: huérfano de padre en su infancia (criado en casa de sus tíos), se abre camino (sale de su pueblo, Santa Eulalia de Gállego, en busca de trabajo, Ayerbe y Ejea, donde conoció a mi madre y constituyó una familia), la enfermedad de su hija Conchita a los catorce meses de nacer (poliomielitis), las cuarenta operaciones y su muerte a los 42 años, la operación de su hijo, la muerte de su esposa…
Esposo fiel: «Me volvería a casar con tu madre -me confesaba pocos meses antes de morir- aunque tuviera que pasar por las mismas tribulaciones…» Era muy frecuente, durante su convalecencia, llamarla en sueños y preguntar a unos y a otros por ella…
Padre solícito: con su hija a la que cuidó y protegió hasta su muerte. Respetuoso con la vocación sacerdotal de su hijo y su posterior vinculación a la Hermandad de Sacerdotes Operarios (la cruz en la solapa del traje cuando entré en el Seminario)…
Creyente auténtico: consciente de que la fe no le libraría de ninguna contrariedad pero sí le permitiría mirar las cosas y afrontarlas desde otras coordenadas invisibles…
Desde que Rodrigo se marchara el 29 de febrero de 2012 a la «ciudad de la luz», a las vastas y hermosas praderas donde viven eternamente los hombres y mujeres «trans­parentes», donde se reencontraría con su chica y su esposa del alma,  me ha permitido abrir los ojos con los que mirar la vida desde adentro y desde arriba, en toda su profundidad y anchura. Me ha enseñado que nada se pierde para siempre… Que me espera en el cielo cuando, el día menos pensado, cambie también yo de estado para vivir eternamente en la LUZ del amor de Aquel que un día me creó.
Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón


sábado, 15 de abril de 2017

Hemos resucitado con Cristo

          



Hoy celebra la Iglesia la resurrección de Jesús y la nuestra con él. Son dos facetas inseparables del misterio de la resurrección, centro de la fe cristiana. Sin ella, vana es nuestra fe, como dice san Pablo. Por ello hay que insistir en ella y debe ser objeto de nuestra proclamación durante los cincuenta días del tiempo de Pascua.

Jesús, Hijo de Dios, se ha hecho hombre, compartiendo nuestra condición débil, sufriente y mortal, sometida a las limitaciones del tiempo y del espacio, exactamente igual que nosotros menos en el pecado. Hoy celebramos que ha conseguido transformarla, divinizándola y haciéndola partícipe de la condición divina, sin dolor ni muerte, sino plenamente feliz y perfecta. Es un acontecimiento real, pero perteneciente al misterio, pues nuestro conocimiento humano está limitado por nuestra condición de seres sometidos al tiempo y al espacio, de forma que somos incapaces de imaginar algo que no tenga un tiempo y un lugar. De aquí la dificultad para aproximarnos a la transformación que ha experimentado la humanidad de Jesús, que ahora pertenece a la condición divina y, al igual que Dios Padre, está por encima del tiempo y el espacio, en todos los tiempos y lugares. Y puesto que Dios es la fuente y origen del amor, el gozo y el poder, Jesús ha conseguido esta plenitud. En él la naturaleza humana queda divinizada para siempre, unidos a él también nosotros tenemos acceso a esta divinización y plenitud.

Es importante recordar cómo ha llegado Jesús a esta meta: puesto que Dios es amor, Jesús consagró toda su existencia humana a hacer la voluntad del Padre por amor total. Realmente este era el camino dispuesto por el Padre para llegar a él y regresar al Paraíso. Lo que sucedía era que el hombre era incapaz de una vida consagrada totalmente al amor. Por eso el Hijo de Dios se hace hombre y, con ello nuestro representante a los ojos del Padre, y recorrió este camino en nombre propio y de toda la humanidad. En su resurrección todos tenemos derecho a resucitar. Para hacerlo posible nos envió su Espíritu, que nos capacita para vivir amando en nuestra existencia concreta.

Jesús ha querido que se dé a conocer a todos esta buena noticia para hagan uso de su derecho a ser felices, pero ha querido que se dé a conocer con medios pobres, que fueron los que él usó en su ministerio terreno. Por eso nos dejó como rastros históricos de su resurrección el sepulcro vacío y el testimonio apostólico. Dos realidades pobres, pero poderosas cuando son fecundadas por el Espíritu.   
La liturgia de hoy recuerda los comienzos de la fe apostólica: Pedro y Juan creen por la gracia de Dios ante el sepulcro vacío a la luz de la Escritura (Evangelio), por otro lado, la primera lectura nos ofrece el comienzo del testimonio de la fe apostólica, que ha llegado hasta nosotros y por el que también compartimos la fe en la resurrección por la gracia de Dios.

La segunda lectura invita a vivir la vida bautismal como medio necesario para tomar posesión de esta nueva vida que Jesús nos ha conseguido. Ya hemos comenzado el proceso de resurrección, lo que implica que tenemos que vivir de acuerdo con las leyes del mundo del Padre, especialmente el amor concreto, que fue el camino que condujo a Jesús a la resurrección. Aunque en la liturgia de este domingo no se invite explítamente a renovar las promesas bautismales, como se hace en la Vigilia pascual, es conveniente aludir a ello, pues la segunda lectura es una invitación a vivir como bautizados y, por otra parte, muchos de los participantes en estas Eucaristías del domingo, no han tomado parte en la Vigilia.


En este contexto tiene sentido la celebración de la Eucaristía En ella damos gracias al Padre por la obra de Cristo y nos unimos a la vida de Cristo, una existencia consagrada al amor, como forma concreta de ratificar el camino nuevo que nos ha abierto y que conduce a nuestra participación en la resurrección. 

D. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 14 de abril de 2017

¡Claro, ahora!

                                                     

                                           
  
- “Abba Pater, si es posible aparta de Mí éste cáliz, pero que no sea mi voluntad sino la Tuya”. Es lo que dijo Jesús a su Padre, sudando sangre de angustia en el jardín de Getsemaní.  

¡Qué momento más terrorífico! Tan joven, tan triste, tan amante del hombre, tan sólo en aquél Monte, tan amado por muchos de nosotros (¡claro, ahora!).

¿Es que todos somos Israel? Pues me temo que sí, pero, ¡lo siento!, yo ya no quiero ser Israel (¡claro, ahora!)… No me gustan las masas ni un pelo y aquello fue una jauría sublevada y loca.  

¿Quiénes hubiéramos sido nosotros?... ¿Un seguidor de Jesús?, ¿uno que tira piedras, escupe y vocifera ¡Crucifícale, crucifícale!?

Gracias papá, tú siempre me decías: “Tú, hija mía, masa gris. Huye de los que alborotan a la muchedumbre”; y gracias Dios, por haberme traído dos mil años después, lejos en el tiempo y lugar de donde no Te reconocieron.  
   
Espero que los “israeles” se den cuenta de aquella locura y cambien, porque muchos siguen como antes de Venir y Morir. ¡Jopé! Arrampló con toda la maldad humana (firmante de su ejecución) para poder abrirnos el cielo. ¿No es para pensarlo?   

- ¡Sí, piénsalo, Todo Fue Hecho por ti para que NO te condenaras, no por Mí!  

- ¡Qué fuerte! Lo sé y me siento fatal; pero Tú sabes que desde muchos rincones del mundo, Te damos millones de gracias.

- Es cierto y “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mateo 8:20).

- Encima eso, a mi lado todos los días… ¡Eres genial!!!   

- ¡Claro, ahora!, ya os vale…

  Emma Díez Lobo


jueves, 13 de abril de 2017

Viernes Santo: Celebración de la Pasión del Señor


      
valorar la pasión de Jesús y compadecerlo en sus miembros que sufren hoy

Las lecturas de esta celebración están centradas en la pasión de Jesús: la primera es el cuarto poema del Siervo de Yahvé, el más desarrollado, donde se le presenta como cordero inocente, representante de la humanidad, en cuyo favor sufre y muere.

La carta a los Hebreos ofrece un comentario profundo de la muerte de Jesús y de sus consecuencias: muere anhelando la plenitud de la vida y la consigue para él y para nosotros. Ahora el Señor resucitado nos comprende, pues, aunque no puede sufrir, tiene la experiencia de lo que es una existencia humana amando y sirviendo a los demás.

Finalmente la pasión según san Juan es el relato más sublimado de la pasión de Jesús, en el que la presenta como el camino regio de un rey hacia su trono. Jesús aparece consciente, libre y dueño de su destino y de los acontecimientos: cuando lo van a detener se revela como Yo soy (nombre divino), da permiso para que lo detengan y ordena que dejen en libertad a sus discípulos. En la escena ante Anás se comporta con plena dignidad y libertad. En el diálogo con Pilatos no se sabe quién es el juez y quién el reo, pues Jesús está en el centro de la escena junto a Pilato. Estos diálogos culminan en dos grandes revelaciones: he aquí el hombre, es decir, hasta donde es capaz de llegar el Hijo de Dios encarnado por amor a los hombres, y he aquí vuestro rey, es decir, Jesús es verdaderamente rey pero en su total entrega y humillación. En la cruz Jesús aparece con su título de rey de los judíos en todas las lenguas conocidas, presentándose así a todo el mundo; hasta el último momento vive cuidadoso de cumplir la voluntad del Padre hasta en los últimos detalles. Y finalmente, a la hora de morir, lo hace libremente: Jn lo subraya escribiendo e inclinando la cabeza, entregó el espíritu; normalmente un moribundo muere y después, como consecuencia, inclina la cabeza, pero aquí es al revés: Jesús muere libremente y nos entrega su espíritu.

La celebración es muy rica de contenido. Invita:

* a agradecer el amor del Padre que nos entrega a su Hijo;
* agradecer el amor de Jesús que se entrega por nosotros;
* valorar los sufrimientos anejos a la condición humana y a la vida cristiana como camino para la resurrección. El cristiano está unido por el bautismo a Cristo que muere y resucita. Ahora toca actualizar su pasión para después actualizar su resurrección.

Jesús ahora no sufre, pero sufre en sus miembros. Por eso celebrar su pasión se tiene que concretar en la compasión de todo sufrimiento humano: las personas que sufren por enfermedad, los que sufren perseguidos por su fe y por el servicio a la justicia.

D. Antonio Rodríguez Carmona



miércoles, 12 de abril de 2017

Jueves Santo: Misa Vespertina de la Cena del Señor



la eucaristía, misterio de amor y de unidad

La primera lectura ofrece un telón de fondo a la Eucaristía: es el memorial de la Pascua. El memorial es una creación del AT que sólo es posible por el poder de Dios: se trata de recordar un acontecimiento del pasado y a la vez hacerlo presente para aprovecharse de sus virtualidades. De esta forma todas las generaciones pueden participar de las grandes intervenciones de Dios en favor de su pueblo. Ahora en Pascua se trata de actualizar la acción liberadora de Dios, el paso de la esclavitud a la libertad y la creación del pueblo de Dios. Es una fiesta de liberación y solidaridad. Jesús celebró este memorial y le dio un sentido nuevo, de cumplimiento: ha llegado la hora de pasar de este mundo al Padre (Evangelio) por su muerte y resurrección. Este es el verdadero paso que libera y salva al pueblo. Jesús quiso dejar un signo sacramental de esta realidad en la Eucaristía.

Los evangelios sinópticos y 1 Corintios (segunda lectura) narran en este contexto la institución de la Eucaristía y el mandato de celebrarla como verdadero memorial que sustituye al antiguo y lleva a su perfección la solidaridad y liberación que significaba. En su lugar san Juan (Evangelio) narra el lavatorio de los pies y el mandato de repetirlo. Para Juan ambas realidades son equivalentes. La Eucaristía es presencia de la muerte y resurrección de Jesús y equivale al  lavatorio de pies, tarea de esclavos, que Jesús realiza en favor nuestro. Por eso celebrar el memorial de la Eucaristía implica en la vida de cada día unirse a Jesús que muere y resucita y esto se tiene que traducir en el amor fraternal o lavatorio mutuo de pies.

Realmente en la Eucaristía está sacramentalmente presente Jesús en acto de amar, es decir, entregándose totalmente por nosotros al Padre y uniéndonos de esta forma en él. Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Esto significa que participar la Eucaristía es unirse a este dinamismo de amor y de unidad, remedio que nos ayuda a combatir y neutralizar las tendencias negativas existentes en nosotros y alimento que ayuda a crecer en amor y unidad.

Hoy invita la Iglesia a la adoración de la Eucaristía, que sólo tiene sentido como prolongación de lo que hacemos en la celebración de la misma: ponerse en presencia de Jesús que se entrega al Padre y a nosotros y unirnos a él con nuestra vida concreta adorando al Padre, dando gracias y pidiendo por nosotros y los demás.

Hoy también recuerda la Iglesia el sacerdocio ministerial, instituido por Jesús al servicio de la Eucaristía, que es su tarea fundamental, pues toda su actividad se reduce a anunciar la palabra de Dios al pueblo para que se una al sacrificio de Cristo, celebrar el memorial del sacrificio, uniéndose a él junto con el pueblo,  y ayudar a éste en la vivencia diaria de este sacrificio.

D. Antonio Rodríguez Carmona


martes, 11 de abril de 2017

Co­fra­des de la mis­ma co­fra­día


Lle­van me­ses en­sa­yan­do. Aca­so los oí­mos a las ho­ras dis­cre­tas del atar­de­cer cuan­do ellos apro­ve­chan al­gún rin­cón es­pa­cio­so para apren­der el rit­mo de sus cor­ne­tas y tam­bo­res sin­cro­ni­zan­do el paso pau­sa­do de sus pies. Me es­toy re­fi­rien­do a nues­tros co­fra­des que en las di­ver­sas co­fra­días y her­man­da­des se es­me­ran para es­ce­ni­fi­car lue­go por ca­lles y pla­zas lo que re­pre­sen­ta la ima­gen de Cris­to o de Ma­ría que se hon­ran en pro­ce­sio­nar.
Debe­mos mu­cho a las co­fra­días como ex­pre­sión no­ble de una re­li­gio­si­dad po­pu­lar y es jus­to re­co­no­cer­lo con gra­ti­tud no sólo por lo que su­po­ne de gus­to es­té­ti­co este no­ble alar­de re­li­gio­so que tie­ne la au­da­cia y la li­ber­tad de sa­car a la ca­lle una ex­pre­sión de la fe. Sino tam­bién por­que, jun­to al arte que se ex­hi­be en el paso que ellos sa­can en pro­ce­sión con la so­bria ar­mo­nía de sus tú­ni­cas y ca­pi­sa­yos, está tam­bién el ges­to so­li­da­rio con el que unas y otras co­fra­días se com­pro­me­ten con la ca­ri­dad so­cial ayu­dan­do a nues­tros cau­ces del amor fra­terno como son Cá­ri­tas, Ma­nos Uni­das, Con­fe­ren­cias de San Vi­cen­te de Paúl, etc. Y al lado de es­tas dos ex­pre­sio­nes, está tam­bién algo im­por­tan­te que rea­li­zan bien las co­fra­días: la for­ma­ción cris­tia­na de sus co­fra­des. Con di­ver­sa mo­da­li­dad, tam­bién re­pre­sen­ta un modo ade­cua­do de acom­pa­ñar y ma­du­rar la fe de los co­fra­des a tra­vés de ca­te­que­sis, de re­ti­ros es­pi­ri­tua­les, de pre­pa­ra­ción para al­gu­nos sa­cra­men­tos.

La vida cris­tia­na que tie­ne sa­bor co­fra­de no se re­du­ce a la pro­ce­sión que con tan­to tiem­po y es­me­ro pre­pa­ran du­ran­te lar­gos me­ses, sino que es la vida cris­tia­na como tal la que en­tra en jue­go y se pone a prue­ba con la ver­dad por de­lan­te. Per­so­nas ale­ja­das de la fe tie­nen este pun­to de en­tron­que y para no po­cos co­mien­za o in­clu­so se es­tre­na un modo nue­vo de mi­rar las co­sas cuan­do se con­tem­plan con ojos cris­tia­nos des­de el ho­ri­zon­te que se vis­lum­bra en el bal­cón de la co­mu­ni­dad cris­tia­na que es la Igle­sia de Je­sús.

Pre­ci­sa­men­te la Igle­sia es una gran co­fra­día, tal y como se­ña­la el sig­ni­fi­ca­do de esta ex­pre­sión: una con­fra­ter­ni­dad, una co­mu­ni­dad de her­ma­nos que te­nien­do cada uno su edad, su sen­si­bi­li­dad re­li­gio­sa, su com­pro­mi­so so­cial, su pre­pa­ra­ción cul­tu­ral, su si­tua­ción eco­nó­mi­ca, su vo­ca­ción en la vida, to­dos par­ti­ci­pa­mos de esa per­te­nen­cia ecle­sial que nos hace ser au­tén­ti­ca­men­te her­ma­nos for­man­do una co­mu­ni­dad viva.

Hay una cita es­pe­cial ter­mi­nan­do la cua­res­ma, que es la se­ma­na san­ta y den­tro de ella el tri­duo pas­cual. Ahí con­flu­yen to­das nues­tras pro­ce­sio­nes: las que van por fue­ra con la vis­to­si­dad co­fra­de, y las que van por den­tro con la en­tra­ña de cuan­to vi­vi­mos de be­llo y es­pe­ran­za­do o de duro que pone a prue­ba nues­tra es­pe­ran­za. Son días in­ten­sos y es­pe­cia­les en los que nos aso­ma­mos a aque­lla pri­me­ra pro­ce­sión –tam­bién por fue­ra y por den­tro– que le tocó vi­vir al Maes­tro, a Je­sús el Se­ñor. Mi­rán­do­le a Él, apren­de­mos a vi­vir nues­tras pro­ce­sio­nes to­das en la vida co­ti­dia­na de cada día.

Toda una pa­sión vi­vi­da apa­sio­na­da­men­te, en la que se nos se­ña­lan y pro­po­nen los ver­da­de­ros re­gis­tros de una hu­ma­ni­dad que acier­ta a vi­vir­se con paz y res­pe­to, con mi­se­ri­cor­dia y per­dón, con au­da­cia y arro­jo, con li­ber­tad y pa­cien­cia. Son los pa­sos de la vida por don­de pasa la pro­ce­sión de cada exis­ten­cia hu­ma­na y cris­tia­na. To­dos so­mos co­fra­des de esta her­mo­sa co­fra­día. Y esto es lo que vol­ve­mos a vi­vir los cris­tia­nos lle­gan­do es­tos días san­tos se­ma­na­san­te­ros: pre­go­nes, pro­ce­sio­nes, ofi­cios y li­tur­gias va­rias, para que Dios vuel­va a en­cen­der en nues­tras pe­num­bras mor­te­ci­nas la Luz re­su­ci­ta­da que nun­ca se apa­ga. Os de­seo una san­ta Se­ma­na San­ta.

+ Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm
Ar­zo­bis­po de Ovie­do


lunes, 10 de abril de 2017

La Semana Santa


La Semana Santa que vamos a empezar es una semana donde pasa de todo. Resulta curioso que en siete u ocho días sucedan tantas cosas. Y no sé si llamarla la “Semana Grande de Dios”, o la “Semana Grande de los hombres”, porque, a decir verdad, es la semana central de la vida de Jesús y también la semana central de los hombres. Dios y los hombres son los grandes personajes de esta semana. Aunque la peor parte la lleva Dios.

Y por más que los hombres quedemos mal, sin embargo, somos los más beneficiados de esta semana.
Es la peor semana de Dios entre los hombres, porque nos hemos ensañado con Él. En pocos días, lo hemos juzgado, condenado, crucificado y muerto en la Cruz. Uno se pregunta ¿cómo es que Dios se somete al capricho y a la libertad de los hombres? ¿Y cómo los hombres son capaces de tratar así a Dios?
Pero esa es la realidad de esta semana. Los hombres empeñados en eliminar a Dios y Dios empeñado en salvar a los hombres. Los hombres empeñados en juzgar y condenar a Dios y Dios empeñado en amar y salvar a los hombres.
La verdad que no resulta fácil entender el comportamiento de Dios dejándose manejar, dejándose juzgar y condenar a muerte por los hombres. Pero no resulta menos difícil comprender el atrevimiento de los hombres haciéndose jueces de Dios. Por eso, la Semana Santa revela la verdad de Dios de cara a los hombres y la verdad de los hombres de cara a Dios. Es el momento de entrar en el corazón de Dios y también de entrar en el corazón del hombre; de lo que es capaz de hacer Dios por el hombre y lo que es capaz de hacer el hombre con Dios. Claro que los hombres no hablamos de Dios, sino de un revoltoso, de un iluso que dice llamarse Hijo de Dios. Y hasta cierto punto pareciera verdad. Se puede condenar y eliminar a Dios pensando que se trata de un peligro para nosotros. Por algo dijo Jesús en la Cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo hacen”. ¿Sabían de verdad los Sumos Sacerdotes y los escribas que estaban juzgando a Dios? ¿Sabían los hombres, como Pilato que estaban sentenciando a Dios? Es posible que no. Pero no por eso quedan justificados. Aunque no fuese Dios tampoco se puede condenar tan fácilmente a un hombre, y peor todavía cuando se lo reconoce inocente. Además, ¿no había demasiados intereses humanos y religiosos de por medio? No entenderemos el comportamiento de Dios si no conocemos el corazón de Dios, pero tampoco conoceremos al hombre sin conocer la verdad de su corazón.
Por eso, queridos amigos, durante esta semana todos estamos llamados a situarnos dentro del conjunto de personajes que aquí aparecen.
Es posible que el nombre de Pilato hoy pueda llevar tu nombre y mi nombre.
Es posible que el nombre de Herodes hoy pueda llevar tu nombre y también el mío.
Es posible que el nombre de Pedro hoy pueda llevar tu nombre y mi nombre.
Es posible que el nombre de Cireneo hoy pudiera ser mi nombre y el tuyo.
Porque en realidad, los autores de la Pasión de Jesús somos todos. Unos de una manera y otros de otra.
¿Y cuál creen ustedes que debiera ser nuestra experiencia sobre Jesús en estos días de Semana Santa?
En primer lugar, yo les invitaría a todos a olvidarse de todas esas películas que lo único que hacen es destacar los sufrimientos, la sangre, lo terrible de la Pasión. No negamos que la Pasión fue algo de verdad serio y tremendo, sobre todo la crucifixión y muerte.
Pero si nos quedamos sólo con los sufrimientos no habremos descubierto la verdad de la Pasión. Es posible que también aquí el árbol nos impida ver el bosque. El sufrimiento es importante. Pero tenemos que mirar más allá de los sufrimientos.
Porque la verdad de esta semana es la revelación del amor de Dios.
Los sufrimientos pudieran crearnos la conciencia de que el cristianismo es un dolorismo. Y los dolores de la Pasión no son sino la revelación de cuánto nos ama Dios. Si no descubrimos el amor que Dios nos tiene no hemos entendido nada de cuanto celebramos esta semana.
Juan lo dice bien claro: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que el mundo se salve”. Más que Semana Santa, a mí me encantaría pudiéramos llamarla “La Semana del Amor”.
La historia de la Pasión es una historia de amor. Un amor que se expresa en el dolor y el sufrimiento. Pero ni el dolor ni el sufrimiento pueden ser el fin. El fin es que nosotros nos sintamos amados por Dios. Al fin y al cabo, los únicos pedazos de alma y de vida que valen la pena en nosotros son aquellos que hemos entregado por amor a nuestros hermanos. Más que exclamar ¡cuánto sufrió! Sería mejor que todos pudiésemos gritar: ¡Cuánto nos amó y nos ama! Más que lamentarnos de cuánto sufrimos, mejor nos preguntamos ¿cuánto amamos?
Pero, amigos, la Semana Santa no termina en la Cruz. Si terminase en la Cruz, todo terminaría en muerte. Y esto no es verdad. La Semana Santa termina en la Pascua. Y esto nos tendría que llevar a revalorizar las celebraciones litúrgicas de la Vigilia Pascual. Porque es en la Vigilia Pascual donde: Las tinieblas se hacen luz. La muerte comienza a tener sabor de vida.
Es semana de muerte, pero también semana de vida. Es semana que nos habla de muerte y de sepultura, pero también nos habla de un amanecer pascual con un sepulcro vacío y un Cristo nuevo resucitado y con nosotros, hombres y mujeres nuevos resucitados con Él. Que todos podamos amanecer el domingo con un corazón nuevo, transformado por el misterio de su Muerte y Resurrección y que juntos, podamos entonar gozosos el ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA, EL SEÑOR RESUCITO.
J. Jáuregui