martes, 1 de marzo de 2016

Cristo, el buen pastor



"Yo soy el buen Pastor, y conozco a mis ovejas, es decir, las amo, y ellas me conocen a mí. Es corno si dijese con toda claridad: «Los que me aman me obedecen.» Pues el que no ama la verdad es que todavía no la conoce.

Ya que habéis oído, hermanos, cuál sea nuestro peligro, pensad también, por estas palabras del Señor, cuál es el vuestro. Ved si sois verdaderamente ovejas suyas, ved si de verdad lo conocéis, ved si percibís la luz de la verdad. Me refiero a la percepción no por la fe, sino por el amor y por las obras. Pues el mismo evangelista Juan, de quien son estas palabras, afirma también: Quien dice: «Yo conozco a Dios», y no guarda sus mandamientos, miente.

Por esto el Señor añade, en este mismo texto: Como el Padre me conoce a mí, yo conozco al Padre y doy mi vida por mis ovejas, lo que equivale a decir: «En esto consiste mi conocimiento del Padre y el conocimiento que el Padre tiene de mí, en que doy mi vida por mis ovejas; esto es, el amor que me hace morir por mis ovejas demuestra hasta qué punto amo al Padre». Referente a sus ovejas, dice también: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Y un poco antes había dicho también acerca de ellas: El que entre por mí se salvará, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. Entrará, en efecto, al abrirse a la fe, saldrá al pasar de la fe a la visión y la contemplación, encontrará pastos en el banquete eterno. 

Sus ovejas encontrarán pastos, porque todo aquel que lo sigue con un corazón sencillo es alimentado con un pasto siempre verde. ¿Y cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios, que, al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre el espíritu con el alimento de vida. Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos, para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino. Que ninguna adversidad nos prive del gozo de esta fiesta interior, porque al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo en su propósito. No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino."  (De las Homilías de San Gregorio Magno, papa) 

lunes, 29 de febrero de 2016

Estamos preocupados



¡Ya lo creo! Menuda la que se ha liado en mí País. De la Imperial España a la más enjuta y dividida… Como siempre.

Un “ejemplillo” os diré que es un País de eternas traiciones: 

A sus Reyes y a su Reino, tal como el condado de Castilla con Fernán González al frente, que después de la victoria de Simancas, pactó con los musulmanes, contra su Rey Ramiro II para apoderarse del Reino de León; impidiendo así la expulsión de los moros y finalizar la Reconquista. Los libros se saltan 300 años de historia con 18 reinados del 910 a 1230 -Joaquín Cuevas Aller-. 
   
Ante la frase: “Castilla  ha hecho España”, un historiador (L. García Valdeavellano) dijo: “Castilla no hacía España, la destruía tal como la venía haciendo León”.  Hasta ahí pudimos llegar y llegamos… ¿Os suena esto trasladado a hoy? Siempre igual, traicionando, ocultando o cambiando nuestra historia, pasada o moderna…

¿Pero a quién se le ocurre disgregar España en territorios autónomos después de una guerra civil y odios ancestrales? Nunca se debió permitir, era demasiado peligroso.  

Ese es mi país, borracho de resentimiento y envidias, dónde gentes a quienes no les importa la desintegración ni la ruina, aleccionan contra la fe y la convivencia; maldad sin desperdicio. 
    
“Pieeeeeel de toro”… ¡Venga!, ¿no veis como queman la bandera, sacan otras, quitan estatuas, nombres de calles o placas de víctimas por su fe cristiana?, ¿esto es una Patria? Vergüenza y pena es lo que siento.  

¡Chicos!, ellos se hunden con su “PROGRESO” anticristiano, anti patria, anti todo porque no ser cristiano (no digo ya, católico) y aborrecernos por serlo, es lo peor que les puede pasar… Bendita palabra, dónde ellos acumulan el odio y el odio, ya sabemos de dónde viene.

¡Alegrémonos de parecernos a Jesús! Y recemos por esta lacra a ver si hacen “plufff” y desaparecen.  

¡Menudos bichos y menuda prueba de fe para nosotros! Ya sabéis, hay que responder como Él lo hacía… A ¡Enfadarse toca!

            
Emma Díez Lobo


domingo, 28 de febrero de 2016

Nunca las cosas a medias



Las cosas a medias sirven de poco.

¿De qué te sirve ver las estrellas si luego no ves el camino?
¿De qué te sirve ver el sol si luego no ves al que tienes a tu lado?
¿De qué te sirve buscar siempre las cosas grandes si luego tropiezas con las pequeñas?
¿De qué te sirve decir que amas mucho, y luego no aguantas a nadie a tu lado?
¿De qué te sirve hablar de la verdad si luego vives en la mentira?
¿De qué te sirve tener ojos si luego no tratas de ver al hermano que está contigo?
¿De qué te sirve tener oídos si no tienes tiempo para escuchar a nadie?
¿De qué te sirve tener pies si no caminas por la vida?
¿De qué te sirve tener manos si nunca estrechas las de tu hermano?
¿De qué te sirve tener corazón si luego no amas?
¿De qué te sirve mirar lejos si no ves a los que tienes cerca?
¿De qué te sirve hablar muchas lenguas si luego eres un mudo con el que tienes a tu lado?
¿De qué te sirve conocer el mundo si no conoces a las personas que te rodean?
¿De qué te sirve tener cabeza si luego no piensas?
¿De qué te sirve tener muchas cosas si no las compartes?
¿De qué te sirve tener muchos libros si no lees ninguno?
¿De qué te sirve tener libertad si luego vives esclavo de ti mismo?
¿De qué te sirve tener muchos años si no has vivido a fondo ninguno?
¿De qué te sirve conocer la verdad si vives en la mentira?
¿De qué te sirve comenzar si luego no llegas al final?
¿De qué te sirve decir sí si luego tu vida es un no?
¿De qué te sirve la silla si no te sientas?
¿De qué te sirve la vida si no la vives?
¿De qué te sirve tenerlo todo si luego lo dejas pudrir y no lo compartes?
¿De qué te sirve estar bautizado si luego vives como pagano?
¿De qué te sirve estar confirmado si luego no das testimonio de tu fe?
¿De qué te sirve estar casado por la Iglesia si luego vives como si sólo estuvieses casado por lo civil?
¿De qué te sirve tener una familia si luego vives siempre fuera de casa?
¿De qué te sirve tener hijos si nunca estás con ellos?
«Uno tenía plantada una higuera en su viña».
Crecía y estaba hermosa, pero no daba frutos. Este es el problema que afrontamos todos.
No basta con que Dios nos regale la vida si luego no sabemos vivirla, sino que la malgastamos en bagatelas inútiles.
No basta con que nos bauticen si luego nuestro bautismo queda en el simple recuerdo de unas fotos que, con el tiempo, se ponen amarillas y pierden el color.
No basta con decir que somos cristianos si luego no damos fruto de Evangelio y vivimos como el resto.
Es cierto que Dios tiene suficiente tiempo para no arrancarnos de la viña que es la Iglesia.
Y eso siempre me ha dado una gran satisfacción.
Porque eso de saber que Dios es capaz, cada primero de enero, de regalarnos un año más de posibilidades siempre es un consuelo y siempre nos abre a la esperanza de saber que algún día nuestra vida puede empezar a florecer.
Pero, a la vez, siento cierta nostalgia: de hacer esperar a Dios para recoger los frutos de su amor en mi vida.



viernes, 26 de febrero de 2016

III Domingo de Cuaresma


Todos nos tenemos que convertir

El Evangelio denuncia una trampa de cuño fariseo en que todos podemos caer, el creer que la conversión es algo que no nos afecta. Los que comentan a Jesús lo sucedido a los galileos con Pilato, creen que ha sido un “castigo de Dios”, porque eran pecadores, aunque lo disimulaban y nadie lo sabía; sin embargo Dios lo ve todo y castiga a todos los “malos”. A ellos no les sucede nada porque son “buenos”. Jesús niega radicalmente este planteamiento. No tiene sentido dividir el mundo en “buenos y  malos”. Todos somos pecadores, pues no respondemos a los dones de Dios y todos debemos convertirnos.

Hoy día somos alérgicos al tema del pecado. Hay quienes incluso le niegan la existencia, llamándolo error, pero esto en realidad sirve de poco; es como llamar error del organismo a una enfermedad y no hacer caso: seguirá su proceso destructor. Ciertamente, hay que “evangelizar” la idea de pecado, librándola de connotaciones psicológicamente negativas. El pecado en el contexto del Evangelio es incluso una “buena noticia”. Lo es porque se trata de un mal interno en nuestra vida de hijos de Dios y es necesario conocerlo para poderlo erradicar. Lo es porque Dios Padre nos ama y quiere nuestra vida; por ello nos ilumina para ver lo que nos destruye y nos ofrece los medios para superarlo. La primera lectura presenta la revelación de Dios a Moisés como el Dios que no quiere la opresión, la esclavitud ni el mal, el Dios cuyo nombre es “plenitud del ser” y quiere la vida plena de sus hijos. En este contexto nos invita a erradicar de nuestra vida con su ayuda lo que nos esclaviza y destruye.

Porque es el Dios de la vida, el Dios amor, nos quiere hacer hijos suyos. Por la fe y el bautismo lo hemos aceptado y, desde entonces, nos une a él un cordón umbilical permanente, por el que recibimos constantemente la vida-amor de hijos de Dios. Pecado mortal es romper el cordón umbilical, una acción que nos produce la muerte como hijos; pecado venial es acumular “colesterol” en el cordón umbilical, reduciendo el caudal de amor que se recibe, con detrimento de la vida del hijo de Dios que languidece poco a poco en lugar de crecer y madurar en el amor,  que es lo importante, pues al final seremos examinados de amor.

Una de las palabras con que la Biblia designa el pecado es deuda. Si Dios nos ama y nos da sus dones, tenemos que corresponder para que los dones den su fruto (2ª lectura). Dios nos ama con totalidad y nos pide que correspondamos con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y que amemos al prójimo como a uno mismo, es decir, con totalidad, que es como nos amamos. Desgraciadamente no lo realizamos, por lo que todos somos deudores. Lo que falta para llegar al todo es nuestra deuda. El pecado no solo es un mal para uno, es también un mal para los demás. Reducir la deuda es tarea de toda la vida y exige conocerla de forma concreta para irla reduciendo con la ayuda de Dios. De aquí la necesidad de conocernos.

         La Eucaristía es revelación del Dios que quiere la vida y que nos liberemos de esclavitudes. En ella le ofrecemos nuestra debilidad y pedimos ayuda para superar nuestras deudas.


Rvdo. D. Antonio Rodríguez Carmona

sábado, 20 de febrero de 2016

¿Por qué no llega?



Llevamos centenares de años repartiendo la Palabra de Dios y no llega…

Algo sucede en el lenguaje, en las gentes que oyen pero no escuchan, en las aptitudes cotidianas ante el prójimo, ante la Palabra en definitiva.

Un sacerdote me decía el miércoles de Ceniza: Tanto hablar y tanto repetir los Evangelios y ¡No llega, no llega…!!! Gentes piadosas y más piadosas, sin entender la piedad; rezos y más rezos sin entender lo que dicen…  Y además ¿Por qué tanto bombo con la Misericordia? Como si lo fuéramos a descubrir ahora… Dios lo ha sido siempre ¡ES LA BASE!

Realmente estaba enfadado o preocupado y esto me hizo pensar… Es cierto, no llega así hayamos ido a misa toda nuestra vida. ¿Qué ha pasado desde que Jesús se fue de la tierra?

Es triste ver cómo un ser humano Consagrado a este fin, se siente mal ante esta fatal realidad; le preocupan las almas, ¿hará recuento al final de su Ministerio, de las que ha sido capaz de llevar al cielo?  

¿Tal vez demasiado misticismo en un mundo tan profano?, ¿tal vez el lenguaje de los Profetas, Pablo, Evangelistas y sacerdotes, hay que “traducirlo” a palabras más contundentes y coloquiales? Sí, algo terrible pasa que no se pegan como el “Super-Glue”.  

Si Dios nació hombre pará sentir a nuestro nivel (Nacimiento de Jesús); si sus directrices llenas de Sabiduría fueron para nuestra felicidad espiritual y por tanto terrenal (Evangelio); si su dolor y angustia, que es nuestro caminar, fue para que aceptemos la vida con sus penas (Calvario); si su Vivir de nuevo junto al Padre es para decirnos que el cielo se nos abrió (Resurrección)…
 
¿A qué viene que no llegue su mensaje? Yo sabía que éramos duros de mollera, ¿pero tanto?... Y más.

Debemos empezar por actuar, hablar de Él, defenderle y sobre todo rezar para que esto suceda. ¿A alguien se le ocurre algo mejor? Pues que lo diga.

Emma Díez Lobo


viernes, 19 de febrero de 2016

II Domingo de Cuaresma



Resucitaremos con Jesús

El domingo segundo de Cuaresma se centra en el conocimiento de la meta que nos espera, la transformación de nuestro cuerpo, cuya causa es la resurrección de Jesús. Esto exige asumir el camino de Jesús (2ª lectura y Evangelio).

La escena de la transfiguración tiene sentido como final de una serie de acontecimientos. Pedro acaba de reconocer a Jesús como el mesías. Jesús le manda no decirlo a nadie, no porque no esté de acuerdo con el título sino por la manera cómo lo entiende Pedro, como un mesías político-religioso. Y a partir de ese momento comienza a explicar  cómo es su mesianismo, de muerte y resurrección, e invita a sus discípulos a renovar su seguimiento sabiendo a quién siguen, a uno que va a morir y resucitar. Esto implica negarse a sí mismo, tomar la cruz cada día, y vivir “haciendo el tonto” según las categorías de este mundo. Si uno se avergüenza de esta doctrina y forma de vivir, Jesús se avergonzará de él en el tribunal de Dios Padre en el juicio final. Y para que estén seguros de esto último, algunos de los presentes tendrán experiencia de esto antes de morir. Efectivamente, tres de ellos, Pedro, Santiago y Juan, tienen la experiencia de Jesús resucitado, que se fue transformando conforme oraba. ¡La cara es reflejo del alma! Si el rostro de Moisés se transformó después de hablar con Dios, ¡cuánto más el de Jesús! Está acompañado de los representantes del AT, Moisés, tipo de la Ley, y Elías, tipo de los profetas, que confirman su enseñanza. Y especialmente la confirma el Padre, que invita a escuchar este mensaje de Jesús: Este es mi Hijo, el amado, escuchadle.  Realmente la muerte, asumida en el servicio de Dios, es el camino de la resurrección.

Una meta clara y valiosa es fundamental para el dinamismo humano, que siempre se mueve correcta o equivocadamente buscando la felicidad y la perfección. Nos movemos en busca de valores que nos realizan. Jesús nos muestra que su camino de servicio y entrega total, haciendo la voluntad del Padre, es el camino verdadero que realiza plenamente al hombre. Su resurrección es la divinización y plenitud de la naturaleza humana. ¡Qué bien se está aquí! Fue la reacción de Pedro contemplando la gloria de Jesús. No hay palabras para describirlo porque transciende todas las experiencias humanas.

La segunda lectura nos recuerda que nuestra meta es compartir la resurrección de Jesús, que transformará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso como el suyo. Vale la pena profundizar en un mejor conocimiento del Dios de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha destinado a esta meta, compartir la gloria de su Hijo, siendo hijos suyos: A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él  el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29);  Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (Ef 1,3-5). Es uno de los objetivos de Cuaresma, un mejor conocimiento del don de Dios.

Esta meta tiene que determinar nuestro comportamiento como discípulos seguidores del camino de Jesús, el único que realiza plenamente a la persona. La Cuaresma no es una invitación al masoquismo, sufrir por sufrir, sino a la conversión y a rectificar el camino, a pesar de los sufrimientos que impliquen. De aquí la necesidad de conocernos mejor, viendo hacia dónde caminamos, no sea que estemos perdiendo el tiempo. Es el segundo objetivo de Cuaresma.

En la Eucaristía tenemos una experiencia de Cristo resucitado en la oscuridad de la fe, que con la ayuda del Espíritu Santo, tiene que animar el deseo de llegar a la meta. Es una experiencia para alimentar nuestro caminar cada día en pos de Jesús, llevando nuestra cruz.


Rvdo. Don Antonio Rodríguez Carmona

jueves, 18 de febrero de 2016

Oración, ayuno y misericordia son inseparables



La oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.

El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica.

Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a él. Es un indigno suplicante quien pide para si lo que niega a otro.

Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.

En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.

Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a sí mismo para darse.

Más, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.

Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.

De los sermones de San Pedro Crisólogo,

Obispo y Padre de la Iglesia