lunes, 7 de mayo de 2018

Crónica Vaticana



La periodista Irene Pozo, responsable de la producción  del área socio religiosa en TRECE TV y conductora del espacio “Crónica Vaticana”, entrevistó a don Ángel Pérez teniendo como fondo del programa la reciente Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate” del Papa Francisco.
 1.- Don Ángel, la llamada a la santidad no es nada nuevo. ¿Por qué cree que el Papa ha considerado recordarlo ahora con esta Exhortación?
Como muy bien dice nuestro refranero: «después de los años mil, las aguas vuelven por donde solían ir» Imagino que el Papa, como tantos otros, está persuadido de que la enfermedad más grave que aqueja al ser humano en el siglo XXI es la miopía, esto es, no distinguir en las personas a tus hermanos. Y en ellos a Dios. El objetivo es, por tanto, restituir el orden de la creación soñada por Dios, donde el ser humano es imagen de Dios, el centro de la creación. De lo que se trata es de recordar a la humanidad cuál es su verdadero origen y destino: «el haber sido llamados a vivir eternamente de la plenitud del AMOR de AQUEL que un día nos creó».
2.- ¿Algunas claves de esta Exhortación Apostólica?
Es una Exhortación que utiliza un lenguaje coloquial, cercano, familiar.
Es una Exhortación que va dirigida a todos. Y a cada uno en particular.
La santidad no es exclusiva de un grupo de selectos.
No se necesitan títulos ni Votos religiosos especiales.
Basta sólo tener abierto el corazón.
Intentar que gane el amor.
Vivir el espíritu de las bienaventuranzas.
Entrar en contacto personal con Jesús.
3.-Cada uno tiene su propio camino de santidad y no debemos conformarnos con una existencia mediocre, como indica el Papa. A pesar de ser tan imperfectos, tan pecadores… ¿realmente estamos llamados a la santidad?
¡Más vale…! Nacimos para ser felices, no para ser perfectos. Menos mal. Somos criaturas y por lo tanto sujetas al espacio y al tiempo, vulnerables y frágiles. Imperfectas. Jocosamente suelo decir a la gente cuando me pregunta si ellos también son dignos del perdón y de la misericordia que «el pluscuamperfecto es un tiempo verbal que solo conjuga Dios. Nosotros, el imperfecto y gracias».
4.- Hay una propuesta del Papa que me encanta en esta exhortación. Cuando habla de fijarnos en los “santos de la puerta de al lado”: los padres que crían con amor a sus hijos, hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, enfermos… ¿Se trata en cierto modo de buscar esa llamada a la santidad en nuestro día a día?
Ser santo, según refiere el Papa, está al alcance de tu mano y de la mía… aunque muchos exclamen: «¡anda ya!» «¡de qué vas!»
Basta, refiere el Papa Francisco, con que aciertes a conectar con Dios, es decir, a entrar en relación personal con Jesucristo. Él es quien ofrece a cada persona, hoy igual que ayer, plenitud de sentido en su vida, autenticidad, alegría, libertad, creatividad, fecundidad, sinceridad, felicidad… Son los valores que Él mismo encarnó en su vida. Y que siguen siendo tan actuales como necesarios hoy día.
5.- Y cuando perdemos los nervios, cuando salen las malas palabras (muchas veces con las personas que más queremos), cuando dejamos de ser un ejemplo… ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo retomamos el camino?
Pedir perdón. El perdón nos ennoblece. No es de seres inferiores. Basta con “resetear” tu disco duro, tu corazón. Es a través del perdón constante como llegamos a ser como el Padre. Perdonar de corazón es muy difícil. El perdón de Dios es incondicional, surge de un corazón que no reclama nada para sí. El perdón me permite ver más allá de mi muro y saltar ese muro y acoger a los otros en mi corazón sin esperar nada a cambio.
6.- Hace poco escuché de usted unas palabras muy bellas que como consejo creo que son un gran ejemplo: “si notas que te bloqueas con mucha frecuencia, que andas muy estresado, irascible, que tu sistema se cuelga y has perdido el brillo de tus ojos… necesitas “resetear” tu corazón. ¿Cuál es la contraseña para hacerlo?
¿No crees que Dios hace las cosas muy sencillas y que a los humanos nos encanta complicarlas…? Sé tú mismo, siempre. Y trasparentarás al Dios que llevas dentro de ti.
7.- También hay peligros contra los que advierte el Santo Padre en su Exhortación. El consumismo o una espiritualidad sin encuentro con Dios, son algunos de ellos.
¡Qué grande el Papa Francisco que pone el dedo en la llaga! No es lo mismo hombres de rezos que hombres de oración. No es lo mismo hablar de Dios que hablar desde Dios. No es lo mismo buscar la salvación a través del poder de las ideas o del esfuerzo humano (la ley, las normas, la doctrina, los ritos, el prestigio, etc.) que a través de la GRACIA que Dios otorga a todos los que están lejos del hogar para que puedan regresar a él. La santidad es otro modo de mirar el mundo.  
8.-  La vida cristiana, como señala el Papa en el último capítulo, es un combate permanente. Se requiere fuerza y valentía: no se trata solo de una lucha contra el mundo y la mentalidad mundana, ni contra nuestra propia fragilidad (la pereza, los celos) sino que es también una lucha constante contra el mal… ¿qué herramientas podemos usar para esta lucha en nuestro día a día?
Te voy a contestar como respondía siempre el tío Manolo de mi pueblo cuando la gente le preguntada qué iba a tocar esa tarde con la banda: «lo de siempre, pero con más bombo» La herramienta, como siempre, es el encuentro personal con el Señor concretado a través de su Palabra, de los Sacramentos (los siete momentos más relevantes de la vida) y sobre todo de las personas, más desheredadas.


domingo, 6 de mayo de 2018

Mayo y más días de amor



                                               
Éste es el mes de aquella Niña piadosa de Nazaret y que Dios elegiría para ser Madre de su Hijo. Era una Niña preciosa y preciosa en virtud y santidad.

No fue fácil en absoluto su vida de mujer:

José (el pretendiente al que le nacieron flores en su báculo), desposado con Ella, casi la repudia… Pues (muerta de miedo) fue avisada de un embarazo del Espíritu Santo.

La huida de su ciudad, en cinta y a término, la hizo en un burrito atravesando desiertos pedregosos (157 km), temores incalculables y noches heladoras.

Nace su Hijo en el fulgor de una luz desconocida que invade el establo, mientras José queda “paralizado”.

A los 8 días en la presentación del Niño en el Templo, le dicen que una espada le atravesará el corazón… Y en verdad que todo fue así y mucho más.

Enviuda antes de morir su Hijo… Tendría unos 46 años. Todo acontecimiento es aceptado con una insólita humildad.

Su Hijo Santo en bondad, es torturado y Crucificado delante de sus ojos.
A los 64 años fallece y es Asunta al cielo: El principio del fin de una tremenda vida.

Gracias María por tu ejemplo de FE, silencios y lágrimas; por amarnos después de lo que hicimos con tu Hijo y por los que tu Hijo Murió. (Los Dos hacéis lo mismo). 

Antes tenías un Hijo, hoy, miles de millones haciendo salvajadas día y noche... Pero ahí estás, intentando guiar nuestras almas al cielo, consolando las del purgatorio que son más aún…  

Yo estuve en el lugar de las ruinas hundidas de la casa de Joaquín y Ana, sus padres Santos. El pueblito se llama Séforis y allí imaginé sus vidas, su niñez. El entorno era tranquilo, algo escondido y solitario.

Emma Díez Lobo

sábado, 5 de mayo de 2018

VI Domingo de Pascua




El amor transforma nuestro cuerpo mortal en glorioso

La liturgia de este domingo continúa profundizando en lo que significa e implica que Cristo ha resucitado y que nosotros resucitaremos con él: lo mismo que la naturaleza humana de Jesús se fue transformando por el amor hasta llegar a la resurrección y glorificación, igualmente la nuestra, unida a Jesús y siguiendo el mismo camino, se irá transformando hasta llegar a la resurrección. Por eso la vida cristiana se resume en amor. Las tres lecturas coinciden en este mensaje, central para el cristiano.

Sin embargo hay personas cristianas, que creen en la resurrección de Jesús, pero no en la nuestra, ¿cómo puede transformarse la naturaleza humana, que una vez muerta, se corrompe? El Espíritu Santo (primera lectura) la puede ir transformando por el amor en dos fases, durante la vida terrena la va disponiendo y después de la muerte la transformará.

La última razón es que Dios es amor (2º lectura y Evangelio). Los diversos atributos de Dios no son más que diversas caras de la misma realidad: Dios es santo, omnipotente, perfecto, paz, alegría, felicidad, amor. Este último atributo los resume todos y está presente en todos: la santidad de Dios es su amor, el poder divino es su amor... Dios es amor. Su esencia es amar y amar es un darse continuo.  Por eso el único camino para llegar a Dios, fuente de la felicidad, la alegría, la paz, la perfección, es corresponder a este amor.

Pero la humanidad es débil, más aún, culpablemente débil e incapaz de llegar a Dios por este camino. Saliendo al paso de esta situación, Dios-amor envió a su Hijo que asumió la naturaleza humana para transformarla, y lo consiguió Jesús viviendo una vida  animada por el Espíritu Santo y consagrada a hacer la voluntad del Padre por amor. Una vida consagrada al amor llega a Dios Amor. Por eso el Padre lo acogió, resucitándolo y acogiendo en él la naturaleza humana, que desde entonces, unida a Cristo resucitado, tiene capacidad para llegar a Dios.

El cristiano, unido a Cristo por el bautismo y animado por el Espíritu Santo, está capacitado para llegar a Dios-Amor, viviendo también una existencia consagrada al amor. Es este amor el que irá transformando poco a poco nuestro ser para hacerlo capaz de la futura resurrección.  Por ello con toda lógica al final seremos examinados de amor.

Si Dios es permanentemente amor, la vida del cristiano es igualmente amar, es decir, todos los actos de la vida deben estar permanentemente inspirados y animados por el amor. Este amor no es sentimiento, que puede estar o no presente en las obras; es darse, entregarse, buscar el bien concreto del otro. En primer lugar, es una opción fundamental, una orientación básica de la existencia, y después su concreción en las circunstancias concretas en que se encuentra cada uno, circunstancias políticas, sociales, familiares, eclesiales. Todo esto exige permanecer constantemente unidos por el Espíritu a Jesús, que nos pide permanecer en su amor. El amor del cristiano debe ser presencia histórica del amor de Jesús.

        La Eucaristía es celebración del amor del Padre que nos entrega a su Hijo, celebración del amor del Hijo que se entrega por nosotros y celebración del amor que hemos recibido y nos capacita para amar a Dios y a los hermanos en el presente y en el futuro.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona.



Pas­cua del En­fer­mo




Cele­bra­mos en este do­min­go VI del tiem­po pas­cual la lla­ma­da Pas­cua del En­fer­mo, jor­na­da muy apta para ha­cer vi­si­ble la cer­ca­nía de la co­mu­ni­dad cris­tia­na a nues­tros her­ma­nos en­fer­mos, y para alen­tar a to­dos a prac­ti­car la pri­me­ra de las obras de mi­se­ri­cor­dia cor­po­ra­les: vi­si­tar y cui­dar a los en­fer­mos. Sa­lu­do con mu­cho afec­to a quie­nes vi­vís la ex­pe­rien­cia del su­fri­mien­to, uni­dos a la car­ne de Cris­to su­frien­te. Sa­lu­do tam­bién a los pro­fe­sio­na­les de la me­di­ci­na, a los que agra­dez­co su de­di­ca­ción, su es­tu­dio cons­tan­te y su com­pe­ten­cia pro­fe­sio­nal; a los fa­mi­lia­res de los en­fer­mos, es­pe­cial­men­te de los cró­ni­cos o de lar­ga du­ra­ción, so­bre todo si los cui­dáis en vues­tras ca­sas. Sa­lu­do ade­más a los vo­lun­ta­rios que tra­ba­jan en la pas­to­ral de la sa­lud en la Ar­chi­dió­ce­sis y en las pa­rro­quias, a los ca­pe­lla­nes y pá­rro­cos. A to­dos os in­vi­to a dar gra­cias por la pre­cio­sa vo­ca­ción que el Se­ñor os ha con­ce­di­do de acom­pa­ñar y ser­vir a los en­fer­mos, un as­pec­to esen­cial en la vida de la Igle­sia, cuya mi­sión in­clu­ye el ser­vi­cio a los úl­ti­mos, a los que su­fren, a los ex­clui­dos y mar­gi­na­dos.

Efec­ti­va­men­te, el cui­da­do de los en­fer­mos es algo que per­te­ne­ce a la co­lum­na ver­te­bral del Evan­ge­lio y a la me­jor tra­di­ción cris­tia­na. La Igle­sia siem­pre ha vi­vi­do la so­li­ci­tud por los en­fer­mos imi­tan­do a su Maes­tro, a quien los San­tos Pa­dres ca­li­fi­can como el Mé­di­co di­vino y el Buen Sa­ma­ri­tano de la hu­ma­ni­dad. Je­sús, en efec­to, al mis­mo tiem­po que anun­cia el Evan­ge­lio del Reino de Dios, acom­pa­ña su pre­di­ca­ción con sig­nos y pro­di­gios en fa­vor de quie­nes son pri­sio­ne­ros de todo tipo de en­fer­me­da­des y do­len­cias. El Se­ñor tra­ta a los en­fer­mos con in­fi­ni­ta ter­nu­ra, pues las per­so­nas a las que la sa­lud ha aban­do­na­do, lo mis­mo que las su­fren una gra­ve dis­ca­pa­ci­dad, con­ser­van ín­te­gra su dig­ni­dad, nun­ca son sim­ples ob­je­tos y me­re­cen todo nues­tro res­pe­to y ca­ri­ño.

Mu­chos cris­tia­nos, hom­bres y mu­je­res, como fru­to de su fe re­cia y con­se­cuen­te, se brin­dan a es­tar jun­to a los en­fer­mos que tie­nen ne­ce­si­dad de una asis­ten­cia con­ti­nua­da para asear­se, para ves­tir­se y para ali­men­tar­se. Este ser­vi­cio, cuan­do se pro­lon­ga en el tiem­po, se pue­de vol­ver fa­ti­go­so y pe­sa­do, pues es re­la­ti­va­men­te fá­cil ser­vir a un en­fer­mo por unas ho­ras o unos días, pero es más di­fí­cil cui­dar de una per­so­na du­ran­te me­ses o du­ran­te años, in­clu­so cuan­do ella ya no es ca­paz de agra­de­cer­lo. No cabe duda de que éste es un sor­pren­den­te ca­mino de san­ti­fi­ca­ción per­so­nal, en el que se ex­pe­ri­men­ta de un modo ex­tra­or­di­na­rio la ayu­da del Se­ñor, como mu­chos he­mos po­di­do com­pro­bar a lo lar­go de nues­tra vida. Por otra par­te, cons­ti­tu­ye una fuen­te pro­di­gio­sa de ener­gía so­bre­na­tu­ral para la Igle­sia, si quien está jun­to al en­fer­mo ofre­ce al Se­ñor su en­tre­ga por tan­tas in­ten­cio­nes pre­cio­sas que to­dos lle­va­mos en el co­ra­zón.
El tiem­po que pa­sa­mos jun­to al en­fer­mo es un tiem­po san­to por­que nos hace pa­re­cer­nos a Aquel que «no ha ve­ni­do a ser ser­vi­do, sino a ser­vir y a dar su vida como res­ca­te por mu­chos»(Mt 20,28), a Aquel que nos dijo tam­bién: «Yo es­toy en me­dio de vo­so­tros como el que sir­ve»(Lc 22,27). A ve­ces acu­cia­dos por las pri­sas, por el fre­ne­sí del ha­cer y del pro­du­cir, nos ol­vi­da­mos del va­lor de la gra­tui­dad, de ocu­par­nos del otro, de ha­cer­nos car­go de él, y es­pe­cial­men­te del va­lor sin­gu­lar del tiem­po em­plea­do jun­to a la ca­be­ce­ra del en­fer­mo.

En el fon­do ol­vi­da­mos aque­lla pa­la­bra del Se­ñor, que dice: «lo que hi­cis­teis con uno de es­tos mis hu­mil­des her­ma­nos con­mi­go lo hi­cis­teis» (Mt 25,40). Dios quie­ra que en nues­tra Ar­chi­dió­ce­sis sea­mos mu­chos los que com­pren­da­mos el va­lor que tie­ne de­di­car nues­tro tiem­po al ser­vi­cio y al acom­pa­ña­mien­to, con fre­cuen­cia si­len­cio­so, de nues­tros her­ma­nos en­fer­mos que, gra­cias a ello, se sien­ten más ama­dos y con­so­la­dos.

Esta ta­rea que co­rres­pon­de a todo buen cris­tiano, la rea­li­zan de for­ma emi­nen­te los vo­lun­ta­rios de los equi­pos de pas­to­ral de la sa­lud, que lle­van el con­sue­lo de Dios, el amor y el afec­to de la co­mu­ni­dad pa­rro­quial a los en­fer­mos. Les fe­li­ci­to y agra­dez­co su com­pro­mi­so, lo mis­mo que al De­le­ga­do Dio­ce­sano de Pas­to­ral de la Sa­lud y a los ca­pe­lla­nes de hos­pi­ta­les. Pido al Se­ñor que les con­ce­da for­ta­le­za para cum­plir su her­mo­sí­si­mo queha­cer. A to­dos les in­vi­to a mi­rar a la San­tí­si­ma Vir­gen, Sa­lud de los en­fer­mos. Ella es para to­dos no­so­tros ga­ran­te de la ter­nu­ra del amor de Dios y mo­de­lo de aban­dono a su vo­lun­tad. Ella alien­ta a to­dos los en­tre­ga­dos a esa pas­to­ral pre­cio­sa a que siem­pre en­cuen­tren en la fe, ali­men­ta­da por la Pa­la­bra y los Sa­cra­men­tos, la fuer­za para amar a Dios y a los her­ma­nos que vi­ven la ex­pe­rien­cia de la en­fer­me­dad.

Para to­dos ellos, para el per­so­nal sa­ni­ta­rio y para quie­nes cui­dan en sus ca­sas con in­fi­ni­to amor a sus se­res que­ri­dos en­fer­mos, mi afec­to fra­terno y mi ben­di­ción.
  Juan José Asen­jo Pe­le­gri­na
Ar­zo­bis­po de Se­vi­lla

viernes, 4 de mayo de 2018

Ma­ría, Ma­dre de la Igle­sia





El pró­xi­mo 6 re­ci­bi­rán el Rito de Ad­mi­sión en la Ca­pi­lla del Se­mi­na­rio Ma­yor dos se­mi­na­ris­tas de nues­tra Dió­ce­sis, Ga­briel y Suso. Será un go­zo­so mo­men­to de nues­tra ce­le­bra­ción del mes de mayo. Y han te­ni­do la lu­mi­no­sa idea de in­vi­tar­nos con una es­tam­pa-tar­je­tón con la ima­gen de San­ta Ma­ría Ma­dre ve­ne­ra­da en la Ca­pi­lla del Se­mi­na­rio Ma­yor.

Sin duda, la es­tam­pa de la in­vi­ta­ción de Ga­briel y Suso tie­ne que ver con la de­ci­sión del Papa Fran­cis­co, que ha or­de­na­do la ins­crip­ción de la me­mo­ria de la “Bie­na­ven­tu­ra­da Vir­gen Ma­ría Ma­dre de la Igle­sia” en el Ca­len­da­rio Ro­mano Ge­ne­ral, con de­cre­to del día 11 de fe­bre­ro de 2018, cien­to se­sen­ta aniver­sa­rio de la pri­me­ra apa­ri­ción de la Vir­gen en Lour­des.

El de­cre­to de la Con­gra­ga­ción del Cul­to Di­vino y Dis­ci­pli­na de los Sa­cra­men­tos so­bre la ce­le­bra­ción de la Bie­na­ven­tu­ra­da Vir­gen Ma­ría, Ma­dre de la Igle­sia, en el Ca­len­da­rio Ro­mano Ge­ne­ral, co­mien­za con es­tas sig­ni­fi­ca­ti­vas pa­la­bras: “La go­zo­sa ve­ne­ra­ción otor­ga­da a la Ma­dre de Dios por la Igle­sia en los tiem­pos ac­tua­les, a la luz de la re­fle­xión so­bre el mis­te­rio de Cris­to y su na­tu­ra­le­za pro­pia, no po­día ol­vi­dar la fi­gu­ra de aque­lla Mu­jer (Cf. Gal 4,4 ), la Vir­gen Ma­ría, que es Ma­dre de Cris­to y, a la vez, Ma­dre de la Igle­sia”.
En una cor­ta e im­por­tan­te nota, ane­xa a este de­cre­to, el Car­de­nal Ro­bert Sa­rah, Pre­fec­to de la Con­gre­ga­ción del Cul­to Di­vino y la Dis­ci­pli­na de los Sa­cra­men­tos, dice que el mo­ti­vo de la ce­le­bra­ción, des­cri­to bre­ve­men­te en el ci­ta­do de­cre­to, re­cuer­da la ma­du­ra­da ve­ne­ra­ción li­túr­gi­ca a Ma­ría tras una me­jor com­pren­sión de su pre­sen­cia en el mis­te­rio de Cris­to y de la Igle­sia, como ex­pli­ca el ca­pí­tu­lo VIII
de la “Lu­men Gen­tium” del Con­ci­lio Va­ti­cano II. Y aña­de que el, ya pron­to, san­to Pa­blo VI, al pro­mul­gar esta cons­ti­tu­ción con­ci­liar el 21 de no­viem­bre de 1964, qui­so con­ce­der so­lem­ne­men­te a Ma­ría el tí­tu­lo de” Ma­dre de la Igle­sia”.
Dice tam­bién en su nota el car­de­nal Sa­rah, que el Papa Fran­cis­co ha es­ta­ble­ci­do que, el lu­nes de Pen­te­cos­tés, la me­mo­ria de Ma­ría Ma­dre de la Igle­sia sea obli­ga­to­ria para toda la Igle­sia de Rito Ro­mano. De este modo, se hace evi­den­te el nexo en­tre la vi­ta­li­dad de la Igle­sia de Pen­te­cos­tés y la so­li­ci­tud ma­ter­na de Ma­ría ha­cia ella.
Dice fi­nal­men­te la nota del Pre­fec­to algo de gran re­le­van­cia para la Teo­lo­gía de nues­tros días: “Es­pe­ra­mos que esta ce­le­bra­ción, ex­ten­di­da a toda la Igle­sia, re­cuer­de a to­dos los dis­cí­pu­los de Cris­to que, si que­re­mos cre­cer y lle­nar­nos del amor de Dios, es ne­ce­sa­rio fun­da­men­tar nues­tra vida en tres reali­da­des: la Cruz, la Hos­tia y la Vir­gen. Es­tos son los tres mis­te­rios que Dios ha dado al mun­do para
or­de­nar, fe­cun­dar, san­ti­fi­car nues­tra vida in­te­rior y para con­du­cir­nos ha­cia Je­su­cris­to”.
Dice fi­nal­men­te la nota del Pre­fec­to algo de gran re­le­van­cia para la Teo­lo­gía de nues­tros días: “Es­pe­ra­mos que esta ce­le­bra­ción, ex­ten­di­da a toda la Igle­sia, re­cuer­de a to­dos los dis­cí­pu­los de Cris­to que, si que­re­mos cre­cer y lle­nar­nos del amor de Dios, es ne­ce­sa­rio fun­da­men­tar nues­tra vida en tres reali­da­des: la Cruz, la Hos­tia y la Vir­gen. Es­tos son los tres mis­te­rios que Dios ha dado al mun­do para
or­de­nar, fe­cun­dar, san­ti­fi­car nues­tra vida in­te­rior y para con­du­cir­nos ha­cia Je­su­cris­to”.
Esta de­ci­sión del Papa Fran­cis­co ayu­da­rá mu­cho en este ca­mino.
Con todo mi afec­to,
+ Luis Quin­tei­ro Fiu­za
Obis­po de Tui-Vigo


jueves, 3 de mayo de 2018

La con­fian­za que nos hu­ma­ni­za




        Es, qui­zás, una de las ex­pe­rien­cias más gra­ti­fi­can­tes que po­de­mos te­ner en la vida: al­guien en quien po­der­nos apo­yar, al­guien ante el cual no hay que fin­gir con en­ga­ño ni ex­pli­car can­si­na­men­te mil co­sas para que nos pue­da acep­tar. Ca­bal­men­te esta es la ex­pe­rien­cia del pro­pio ho­gar con tu fa­mi­lia, la del pe­que­ño círcu­lo de ami­gos de ver­dad: sa­ben quién eres, co­no­cen tus lí­mi­tes sin des­pre­ciar­te y tam­bién tus ta­len­tos sin apro­ve­char­se de ti.

La cues­tión de la con­fian­za es algo que apren­de­mos ape­nas abri­mos nues­tros ojos. Sien­do como so­mos se­res que na­ce­mos en la más to­tal de­pen­den­cia, nues­tros pri­me­ros pa­sos en la vida son fru­to del mu­cho amor por par­te de quie­nes más nos quie­ren, que de­ci­den por no­so­tros pen­san­do en nues­tro bien. Y a base de de­jar­nos cui­dar, ter­mi­na­mos por apren­der qué sig­ni­fi­ca vi­vir en un des­cui­do; a base de ex­pe­ri­men­tar el co­bi­jo de quien nos pro­te­ge por amor, lle­ga­mos a sa­ber y a va­lo­rar agra­de­ci­da­men­te el re­ga­lo de la con­fian­za.

Esto ha pa­sa­do a nues­tro len­gua­je co­rrien­te, y los pa­dres y los ami­gos nos avi­san su cau­te­la: fía­te o no te fíes, cuan­do algo o al­guien me­ro­dea nues­tra vida. Así, una de las dá­di­vas más her­mo­sas que se nos pue­den dar en la vida, es el te­ner cer­ca a al­guien de quien po­da­mos fiar­nos. Una con­fian­za te­ji­da de ges­tos ama­bles, de pa­la­bras sa­bias, de si­len­cios elo­cuen­tes, de res­pe­to ma­du­ro, de ter­nu­ra de­li­ca­da, de pa­cien­cia in­men­sa, de ale­gría sin­ce­ra. To­dos te­ne­mos esta experiencia junta a las per­so­nas en las que he­mos sido ben­de­ci­dos, las que ver­da­de­ra­men­te nos han que­ri­do.
Así le ocu­rrió a San Pa­blo, tan pa­ga­do de sí mis­mo y tan se­gu­ro de sus in­cer­ti­dum­bres, has­ta que se en­con­tró con Cris­to y sólo en­ton­ces pudo de­cir aque­llo que le va­lió por toda una vida: “sé de quién me he fia­do” (2 Tim 1,12). Bien pudo él com­pa­rar sus fal­sas con­fian­zas de an­ta­ño, con la que en­con­tró en el Se­ñor, cuan­do sin cita pre­via, Je­su­cris­to se le cru­zó en aquel día y hora, en su ca­mino de Da­mas­co, cuan­do des­ca­bal­gó para siem­pre sus des­con­fian­zas para em­pe­zar a fiar­se de Dios como con sus pa­dres ha­cen los ni­ños.

Vi­vi­mos des­pia­da­da­men­te en un mun­do que no pro­pi­cia la con­fian­za mu­tua, y ve­mos cómo a dia­rio se dan las trai­cio­nes ven­ga­do­ras, los ren­co­res re­sen­ti­dos, sin que po­da­mos apo­yar­nos en al­guien que val­ga la pena. Está en el con­tro­ver­ti­do ma­re­mág­num de la po­lí­ti­ca cuan­do no es ho­nes­ta. Pero pue­de su­ce­der en otros ám­bi­tos si no cui­da­mos esta de­li­ca­da plan­ta de la con­fian­za. Y cuan­do nos ha­ce­mos des­con­fia­dos, todo se tor­na sos­pe­cha, in­si­dia, ad­ver­si­dad. Ya no es her­mano quien ten­go al lado o en­fren­te, sino que es ri­val que con­mi­go se pe­lea por­fian­do lo que yo he con­quis­ta­do o al que arre­ba­tar lo que yo no ten­go to­da­vía.
En­ton­ces la vida se hace bron­ca, in­cier­ta, im­po­nien­do un des­gas­te en las re­la­cio­nes hu­ma­nas omi­tien­do la hu­mil­de ver­dad de que to­dos so­mos ne­ce­sa­rios y na­die es im­pres­cin­di­ble. Toda his­to­ria de so­ber­bia or­gu­llo­sa que aca­ba en el des­pre­cio del otro, como toda his­to­ria de en­vi­dia co­di­cio­sa que aca­ba en vio­len­cia, bebe de la des­con­fian­za que nos en­fren­ta ol­vi­dan­do que al her­ma­nar­nos Dios que nos creó, nos hizo de­pen­dien­tes unos de otros. No se tra­ta de una de­pen­den­cia que hu­mi­lla y es­cla­vi­za, sino una de­pen­den­cia que com­ple­ta y com­ple­men­ta. Es el mis­mo mis­te­rio del mis­mo Dios: tres Per­so­nas dis­tin­tas que se aman con esa com­ple­men­ta­rie­dad de un Eterno Aman­te que es el Pa­dre, que quie­re a un Eterno Ama­do que es el Hijo, en un Eterno Amor que es el Es­pí­ri­tu San­to. Es la con­fian­za di­vi­na de la que so­mos ima­gen y se­me­jan­za para ha­cer fra­ter­na­men­te un mun­do dis­tin­to y me­jor.
+ Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm
Ar­zo­bis­po de Ovie­do


miércoles, 2 de mayo de 2018

Quería decirte…




                                                                  
Te voy a contar lo que ya sabes pero da igual, Te lo cuento:

- Me ha dicho mi amigo que alguien me lee… ¿Dios, es verdad? Pues será por Ti, porque yo… Me acuerdo de que una Santa (Madre Maravillas) decía que ella era tu lápiz… ¡Qué suerte! Yo no debo ser ni una astilla del lápiz ¡Uy que lástima!

- Bueno, quería decirte que gracias por gustarme escribir pero si tengo algún mérito, es de quien lo difunde; yo me limito a hablar Contigo de las cosas que nos pasan y que Tú conoces.

- Y también quería decirte que me paso el día criticando: A políticos, a…, a… Y así un día y otro; y además para excusarme, me digo: “Es mi opinión”… ¡Qué va!, les pongo verdes…

- ¡Hijaaaaaaa!!!

Pues dime que hago porque me enervan…

- Opinar con templanza no es ilícito, pero si no te sale, no digas nada porque puedes crear más “aversión”. No ataques, ni insultes, ni les pretendas mal alguno ¡no se te ocurra!, porque lo que tú desees para ellos, es lo que Yo haré contigo.

- ¡Espera, espera! Eso sí que es fuerte… ¿Y aunque yo “me porte bien”???

- Aunque tú te portes como una santa… 

- ¡Pues vaya! Yo creía que…

- Jajajaja, ni lo sueñes. Tú debes dar ejemplo en todo, no en lo que te venga en gana.

- Pues me va a costar un riñón porque cada vez que se les ocurre algo, son más bestias…

- ¡Hijaaaaaa!!!

- Jolín, no puedo ni hablar

- ¡Anda y haz algo mejor! Reza para que se acerquen por algún lado a Mí; un día, te lo agradecerán, te lo prometo. Sufro muchísimo por ellos.

- No quiero que sufras por esas sabandijas, rezaré mucho.

- ¡Hijaaaaaa!!!

- No tengo remedio…

Emma Díez Lobo