martes, 26 de mayo de 2020

LÍNEA ASCENDENTE O DESCENDENTE.



En general la sociedad  mide a las personas según su rendimiento y eficacia y esto tiene su Talón de Aquiles. De hecho todo hombre por muy productivo que haya sido en su quehacer profesional, en el mundo empresarial e incluso en el ámbito de la política llegada una cierta edad o por otras causas su línea ascendente entra en declive... su eficacia no es la misma y poco a poco va siendo relegado hasta que llega un día en el que en medio de agradecimientos, homenajes y demás, se le da elegantemente el adiós. No es así ni mucho menos para aquellos que incluso inmersos en el mundo laboral se preocuparon de buscarse su tiempo para realizar en el mundo su misión como discípulos de Jesús.

Estos jamás conocerán el declive, la curva descendente en su vida. Efectivamente los discípulos de Jesús también en la ancianidad llena de la Sabiduría que da el Discipulado dan abundancia de frutos. Nos lo dice Dios por medio del salmista: "...Aún en la ancianidad seguirán dando fruto, se mantienen frescos y lozanos para anunciar que Dios es recto... (Sl 92,15-16) Son estos  frutos los que testifican que Dios no les ha mentido ni fallado...su línea vital siempre ascendente lo demuestra.

P. Antonio Pavía
comunidadmariamadreapostoles.com


Buscarte



Desear encontrarte es ya estar en tu camino porque para querer buscarte uno se debe desprender de la arrogancia del saber y confiar en ti para caminar por lugares desconocidos donde Tú ciñes la cintura y abres las puertas para entrar.

Buscarte  implica cansancio de la vida vieja y anhelo de una vida nueva.

Buscarte es un riesgo, riesgo de perder la vida y osadía para ganar la tuya.

Buscarte es abrazar la incertidumbre, es salir de casa cada día a encontrarse en una cita donde ni siquiera tenemos la certeza de que acudirás.

Buscarte es ya amarte, anhelarte. Es haber construido en nuestra mente una vida contigo.

Buscarte es la renuncia de buscar otras cosas, es volver de un mundo donde hemos encontrado todo y hemos descubierto “nada”.

Buscarte es responder al instinto de respirar, de volar alto, de no conformarse con el suelo que uno pisa con sus pies.

Buscarte es la antesala, la preparación del encuentro.

Buscarte es ya pertenecerte, es haber sido embriagados por el perfume de nuestro Dios y no poder renunciar a perseguir ese aroma.

Buscarte es ya poseerte y en esa búsqueda ser ya parte de ti porque hemos sometido nuestra voluntad a la tuya y hemos elegido soltar amarras y salir…….salir a buscarte.

(Olga) 
comunidadmariamadreapostoles.com


lunes, 25 de mayo de 2020

DAME SEÑOR " TUS " PALABRAS



Juan escribe en el Prólogo de su Evangelio que " En la Palabra de Dios estaba la Vida" Este anuncio ante tanto clamor de negativismo y desánimo que nos invade nos debería de llenar de esperanza. El Evangelio rebosa como dijo Pedro a Jesús de " Palabras de Vida Eterna " (Jn 6,68) por eso no debemos de leerlo como se lee un libro piadoso sino para encontrar en sus páginas la Vida. Jeremías comparte con nosotros a este respecto una experiencia testimonial que nos ilumina, conmueve y arrastra. Oigamosle conversando con Dios: "Cuando encontraba " tus" palabras las devoraba; eran para mí la alegría y el gozo de mi corazón…" (Jr 15,16).

El Evangelio no se lee de corrido como se lee el periódico sino en actitud de búsqueda esperando que Dios nos revele algo de su Misterio que navega oculto en sus palabras…a esto se refería Jeremías a decirnos " cuando encontraba " tus " palabras. Tenemos que leer el Evangelio como pobres de espíritu…con las manos del alma tendidas a Dios esperando su Alimento. Leer la Palabra con el espíritu del salmista: "Como la cierva sedienta...así mi alma te busca a ti mi Dios vivo"(Sl 42,2-3).

P.Antonio Pavía
comunidadmariamadreapostoles.


domingo, 24 de mayo de 2020

Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza...



Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar sin desconfianza; te amo, Señor, pero ayúdame a demostrarte que te quiero; estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a ofenderte. 

Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi fin; te alabo, porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector. 

Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda. 

Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en Ti; te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de Ti; te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad; te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por Ti. 

Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, como Tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras. 

Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu. 

Hazme llorar, Señor, mis pecados, rechazar las tentaciones, vencer mis inclinaciones al mal y cultivar las virtudes. 

Dame tu gracia, Señor, para amarte y olvidarme de mí, para buscar el bien de mi prójimo sin tenerle miedo al mundo. 

Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, comprensivo con mis inferiores, solícito con mis amigos y generoso con mis enemigos. 

Ayúdame, Señor, a superar con austeridad el placer, con generosidad la avaricia, con amabilidad la ira, con fervor la tibieza. 

Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor en los peligros, paciencia en las dificultades, sencillez en los éxitos. 

Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos. 

Ayúdame a conservar la pureza de alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mi trato con el prójimo y verdaderamente cristiano en mi conducta. 

Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener mi salvación. 

Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad futura. 

Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y obtener tu gloria.  

Por Cristo nuestro Señor. Amén. 

(Papa Clemente XI - 1649 +1721) 






sábado, 23 de mayo de 2020

REFLEXIÓN AL EVANGELIO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR



Antes de abordar el texto de Mateo, veamos cómo describe Lucas la Ascensión de Jesús. Dice que mientras iba subiendo al Padre bendecía a sus discípulos. Tengamos en cuenta que etimológicamente bendecir en términos bíblicos significa decir  algo bueno sobre alguien… y Dios hace lo que dice (Ez 37,14). En este sentido, Jesús al subir al Padre está dejando a sus discípulos el Evangelio como herencia; el Evangelio que es la Plenitud de la Bendición sobre el hombre.

 Es la Bendición que alcanza nuestra alma llenándola de palabras de "Espíritu y Vida" (Jn 6,63). Quien las acoge y se hace con ellas está en disposición de relacionarse con Dios "de espíritu a Espíritu" inmensamente superior a  nuestra cercanía cara a cara. Con este don, con la Bendición de Jesús en todo su ser, los discípulos de Jesús recorren el mundo entero sabiendo que ofrecen a los hombres que así lo deseen las riquezas divinas: el Evangelio de la Fuerza y Sabiduría de Dios como diría el Apóstol Pablo (1Co 1,23-24). Todo esto es el  Evangelio de Jesús, la Bendición de todas las bendiciones. Y...el Evangelio es el cumplimiento de la promesa de Jesús a sus discípulos al subir al Padre: "Sabed que estoy con vosotros hasta el fin del mundo"

P. Antonio Pavia
comunidadmariamadreapostoles.com


Catequesis

https://youtu.be/ZSpCCjNGikM

viernes, 22 de mayo de 2020

Casa encendida, donde somos esperados



Poco a poco, se restablece la vuelta al hogar donde encontramos la luz que disipa nuestras penumbras y el horizonte que dilata la frontera del desánimo. Volver a la iglesia está significando para tantos creyentes saber que Dios no sólo está “entre los pucheros”, como decía nuestra santa de Ávila, Santa Teresa, en medio de todos los vaivenes y encrucijadas que determinan nuestros pasos. Él está en ese espacio sagrado que es su casa entre nosotros, la de un Dios vecino que ha querido ser uno más sin ser uno cualquiera.

La historia de la humanidad representa el viaje de vuelta desde que salimos de aquella casa con forma de jardín, en el edén de la primera mañana. Aquella belleza y bondad, quedaron trucadas y truncadas por un pecado de origen cuando el hombre porfió al mismo Dios queriendo ser como Él, como colega que mercadea, en vez de hijo que agradece. Ante la belleza manchada y la bondad envilecida, Dios no se fue a otra galaxia para probar mejor suerte con otras criaturas debidas a sus manos creadoras, sino que se quedó con nosotros reconstruyendo nuestra historia.

Siglos y siglos de compañía, haciéndonos ver el sueño del inicio que se cambió en fatal pesadilla, rehaciendo lo que torpemente se había desbaratado con aquella triple ruptura de la que nos habla el libro del Génesis: Dios dejó de ser el amigo que cada tarde venía a hablar con el hombre y la mujer a la hora de la brisa, y hubo que esconderse de Él y taparse las vergüenzas cuando se perdió el pudor de la inocencia. Pero no sólo se rompió la relación con Dios, sino con el prójimo más próximo que se dio para salir de la nociva soledad solitaria: Adán y Eva dejaron de ser complementarios y empezaron a ser rivales alcahuetes de la mentira y del engaño. La tercera ruptura correspondió a la misma vida como tal, esa que el texto bíblico dibuja en términos de sudor en la frente del varón trabajador y en términos de dolor de la mujer en el parto de la vida. Tres rupturas que ponen fatiga e incertidumbre en la historia que a partir de ese momento se inaugura.

Dios no quiso abandonar a su criatura más querida y mejor creada: sólo ella se parecía a Él siendo su más cabal semejanza. Entonces comenzó una historia de regreso, una vuelta al hogar entrañable de una casa encendida. Así denominaba nuestro poeta Luis Rosales ese espacio particularmente querido y ensoñado: la casa encendida. Sí, encendida por una lumbre que acoge con la calidez de unas brasas para entrar en calor tras tantas intemperies; y encendida por una luz que alumbra sin deslumbrar nuestras andanzas de aquí para allá, yendo a ciegas y a oscuras.

Las iglesias que en estos días reabrimos, son ese espacio para la esperanza, esa casa encendida con su lumbre y su luz que más nos corresponden. Tal vez lo teníamos ahí sin valorar lo mucho que significaban, cuando sus campanarios se levantan en medio de nuestros pueblos y nuestros barrios. Cuando sus capillas nos adentran en el misterio de una Presencia dulce y discreta como un Sagrario. Cuando las imágenes de María y de nuestros Santos, nos recuerdan que hay una compañía que sostiene nuestros pasos, caminen por donde caminen, para ayudarnos a devolvernos de los caminos errados.

¡Cómo agradecemos volver a nuestras parroquias, y recuperar despacio el espacio que llena de lumbre y luz las penumbras que han sembrado de dolor nuestros días imponiéndonos la negrura de nuestra vulnerabilidad más desarmada! No somos dioses, por más que tantas veces nos lo hemos creído. Ha bastado una pandemia de este calibre, para recordarnos el barro del que fuimos hechos. Polvo seremos, más polvo enamorado, como decía nuestro agudo Quevedo. Con el equipaje más ligero hemos vuelto a la casa.


+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo


jueves, 21 de mayo de 2020

A DOS PASOS


A dos pasos, solo a dos pasos estás mi Señor para liberarme de estas cadenas que me atan al pasado, solo dos pasos y me habrás soltado de estos grilletes que me hieren, haciéndole tanto daño…

Ayer…Ayer fue pasado, esta mañana… ya ha pasado y ahora cuando mis ojos parpadeen, en ese mismo instante, también eso se habrá tornado… pasado.

Pero solo hay dos pasos para soltar y fluir. Fluir como pluma que se eleva en la suave brisa de tu aliento, ligera y perfecta ante la mirada de tus vibrantes y ardientes ojos, más, en esos dos pasos ¡qué largo y cansado se me figura solo el hecho de pensarlo!, demasiado estrecho y angosto el camino para dar el primer paso, arrastrando conmigo el peso de mis pecados. Anclada…anclada estoy en este banco, miro mis pies y bajo ellos se ciernen agitadas aguas que tambalean mi corazón angustiado, siento el movimiento de mi pecho el aire que entra y sale despacio…despacio… todo está callado, y Tu al otro lado, pasas delante de mi esperando, pero…que es lo que me detiene, ¿qué es lo que me impide ir a refugiarme entre Tus brazos? Estas cadenas pesan tanto que mis ojos se pierden en el profundo abismo de un pozo silenciado…

Que he hecho mi Señor, ¿porque hago lo que no quiero?

Miro Tu cuerpo y me detengo en Tu hermoso cuerpo sobre Tu Altar Sagrado. Límpiame mi Señor, hazme renacer de nuevo como brote de hierba que crece liviana y fresca junto al arroyo de tus manos, borra mi culpa, limpia mi pecado, dame vida…la vida que sopla de tus labios…os lo ruego. Solo son dos pasos mi Señor, solo dos pasos... pero que agotada estoy de herirte tanto, que cansada estoy de esta carne de pecado.

¡Ay!  mi pecho como las olas en un mar en calma, se agita, aguardándote en lo secreto.

Me postré ante Ti donde Tú me aguardabas y Te oí decir: no temas, soy yo. Con el alma henchida de pena fuiste desprendiendo cada eslabón que me aprisionaba, despacio, muy despacio apartaste mis hombros de la carga y erguida pude dar el primer paso.

Ahora aquí estoy de nuevo mi Señor en este banco anclada, avergonzada. No ha pasado tanto tiempo… y de nuevo debajo se agitan aguas oscuras que hacen tambalear mis pies cansados, frente a un viento impetuoso que no me deja dar el primer paso y tú al otro lado aguardando vuelves a tenderme la mano… lo siento tanto… me aferro a ella con fuerza ¡no me sueltes que me hundo, mi Señor! Caigo y me levantan tus manos y te oigo decir: Soy Yo, no tengas miedo, SIEMPRE te estoy esperando. 

Y de repente se abrió ante mí tu tienda de luz, toda ella resplandecía nítida y serena, y por fin pude escuchar y decir: prendida esta mi alma, mi alma sobre tu pecho, como suave olor a incienso que se eleva hasta las puertas de Tu cielo.

(Loles)