lunes, 19 de diciembre de 2016

Alegría y solidaridad en Navidad



En 1843 Charles Dickens visitó a su hermana en Manchester y aprovechó esos días para encontrarse con representantes de organizaciones de caridad que ayudaban a las clases más desposeídas en esa ciudad industrial. Como periodista que era, además de escritor, pensaba publicar un reportaje denunciando la extrema pobreza que albergan las ciudades y la explotación de los niños en el mercado laboral. Pero un amigo le convenció para que escribiera una pieza literaria, en vez de un artículo, y en una semana se inventó el «Cuento de Navidad».

El éxito fue rotundo. Inmortalizó a Scrooge, un anciano avaro que aborrecía la Navidad y la alegría callejera que se vivía en estas fechas. Un hombre que recibe la visita de los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura, visión que le hace cambiar de vida y arrepentirse de haber sido insolidario.

Como en tantos personajes de Dickens, el modelo existe realmente, aunque en grado menos dramático. Hay poca gente que aborrezca la Navidad, pero sí hay mucha que no la vive con pleno sentido de lo que se celebra: el nacimiento de Jesucristo, el mayor acontecimiento de la historia humana.

Está muy bien que se coloquen luces en las calles, que los escaparates de las tiendas ofrezcan la posibilidad de hacernos regalos unos a otros, pero la alegría de la Navidad tiene un contenido espiritual que los cristianos debemos tener presente. Es el momento de mirarnos a nuestro interior, y a la vez de mirar a las personas que nos rodean, que son nuestros hermanos.

La solidaridad es el segundo nombre de la Navidad. Es bonito ver cómo las familias celebran estas fiestas, como se organizan comidas de empresa con compañeros de trabajo. Esto no debe hacernos olvidar a quienes no tienen nada porque no llegan a fin de mes y no pueden hacer unos mínimos gastos extras.

También debemos tener en la memoria a tantas personas que son víctimas de la guerra en lugares como Irak y Siria, donde ir a misa es en ocasiones un acto heroico porque supone desafiar peligros mortales. Y, por supuesto, nuestras Navidades han de ser solidarias con los refugiados.

Recordemos que María y José no encontraron posada para que naciera Jesús, y que los tres tuvieron que refugiarse en Egipto cuando Herodes determinó la matanza de inocentes. ¡Cuántos niños vagan ahora con sus padres o sin ellos por los países en conflicto, o incluso por Europa tratando de encontrar un lugar seguro!

Que a todos ellos los tengamos muy presentes en esta Navidad ya cercana.

+ Jaume Pujol Bacells


viernes, 16 de diciembre de 2016

IV Domingo de Adviento



María virgen, modelo de la iglesia

         Las tres lecturas recuerdan el nacimiento virginal de Jesús, descendiente de David. El Evangelio, la anunciación a José, recuerda que el nacimiento de Jesús, por una parte, fue virginal, y, por otra, le convirtió en hijo de David de una forma especial, por adopción de José, de acuerdo con el plan de Dios. El evangelista ve un anuncio de la concepción virginal en el antiguo oráculo de Isaías (primera  lectura) en que anunciaba al rey Acaz que su joven mujer  había concebido un hijo, cuyo nacimiento será signo de que Dios continuará acompañando a la amenazada dinastía de David, seguirá siendo Dios-con-nosotros, Enmanuel. Históricamente se trataba de la concepción natural del futuro rey Ezequías, pero Mt  reinterpreta el oráculo a la luz de la revelación cristiana.

        Hoy día hay en ciertos sectores cristianos reticencias para aceptar el hecho de la concepción virginal de Jesús, olvidando que el dato está presente en las confesiones de fe desde la antigüedad. Las reticencias se deben  a varios motivos, por una parte, a desconocimiento del sentido teológico de la concepción virginal, y, por otra, a la revalorización de la sexualidad humana y del matrimonio.

        En cuanto al sentido de la virginidad en este momento preciso, en el umbral del Nuevo Testamento, la virginidad es una realidad negativa. En Israel el ideal de la mujer es el matrimonio y la fecundidad, la virginidad es una desgracia. En este momento, la concepción virginal nos revela que Jesús es un don de Dios para el que se sirve de la colaboración de una mujer, cuya aportación básica es su pobreza. María hace presente a Jesús sólo por obra del Espíritu Santo. Por eso es modelo de la Iglesia y del cristiano, llamados a hacer constantemente presentes a Jesús virginalmente, solo por obra del Espíritu Santo, excluyendo todo poder humano coactivo, y sirviéndose de medios pobres. En Navidad vamos a celebrar el comienzo de la presencia humana del “Dios-con-nosotros”, presencia que quiere continuar sirviéndose de nuestra pobre colaboración, que hemos de ejercer con fe, humildad, amor y agradecimiento, como María, nuestra madre y modelo.

        María vivió su vocación como entrega total al servicio del plan salvador de Dios. A partir de ella la virginidad consagrada pasó a tener un sentido positivo en la Iglesia, como expresión y al servicio de la entrega total a Dios.

        Es verdad que la sexualidad humana es positiva y querida por Dios y, por ello, también el matrimonio, que vivido cristianamente, es medio de santificación. Por eso Jesús pudo haber nacido de un matrimonio normal. Si no lo acepta la fe de la Iglesia no es porque hubiera sido menos digno para el Hijo de Dios, sino por fidelidad a la revelación, a los datos del NT interpretados así por toda la tradición de la Iglesia.. En el credo apostólico profesamos: Y fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de María Virgen y en el Niceno-constantinopolitano: Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, Virgen.

        En la Eucaristía Jesús sigue siendo Dios-con-nosotros y Salvador de forma virginal, por obra del Espíritu Santo. Es el regalo que el Padre ofrece a sus hijos para alimentarles y ayudarles a hacer presente a Jesús en medio del mundo de forma virginal.

D. Antonio Rodríguez Carmona


jueves, 15 de diciembre de 2016

El trabajo, ¿castigo o don de Dios?



Planteadas así las cosas, si hacemos una encuesta incluso entre las personas religiosas, pienso que ganaría el considerar el trabajo como un castigo divino.
¿De dónde nos viene, pues,  este castigo?

Si nos vamos a la Biblia, además de libro por excelencia, Palabra revelada por Dios para los creyentes, pero para los no creyentes libro misterioso que contiene infinidad de verdades ciertas, contrastadas por la experiencia humana unas, veladas otras…Algo ha de tener para ser el libro más leído y vendido.

Pues bien, si nos vamos a la Biblia, en el Libro del Génesis se nos relata el principio de los tiempos, con la bellísima imagen de Adán y Eva en el Paraíso. No tienen que trabajar, todo está al alcance de la mano y tienen todas sus necesidades cubiertas, al igual que sus apetencias. No existe la concupiscencia como un deseo desordenado, no sólo en el plano sexual, sino en el plano más general de cualquier deseo.

Es sobradamente conocido el episodio del tentador en forma de serpiente. El hombre ya pecador, que ha desobedecido a Dios, se siente “desnudo”. En el capítulo 3 del Génesis, versículo 8 y ss., dice:”…Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Éste contestó: Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo porque estaba “desnudo”, por eso me he escondido”.

Estar desnudo es estar en pecado, haber transgredido el mandato-palabra-de Dios. Es curiosa esta apreciación.  Si vamos al Evangelio según san Juan, en el Epílogo, hay un dato similar: resulta que el Señor Jesús ha muerto en la Cruz. Los discípulos no entienden nada del por qué han pasado estos acontecimientos. No han comprendido el mensaje de Jesús. Creían en un reino de este mundo donde se peleaban por los primeros puestos; le traicionaron abandonándolo cuando más los necesitaba; se durmieron en el Monte de los Olivos cuando Jesús era tentado para abandonar su Misión, hasta sudar sangre…Pecaron de traición al no reconocerlo en el Sanedrín…estaban en pecado de traición y apostasía…Y eran conscientes de ello. Y se vuelven a su vida anterior, con ese: “Voy a pescar”, “vamos también nosotros” (Jn 1,3). Todo ha sido una horrible experiencia; una horrible pesadilla; y piensan en volver a su vida anterior.

Se parecen al pueblo de Israel por el desierto, mirando los tiempos de esclavitud con nostalgia porque podían comer ajos y cebollas, en vez del maná, que ya les sabía siempre igual…Nosotros también tenemos esa tentación de mirar atrás…
Y aparece Jesús en la orilla preguntándoles por la pesca. Lo reconoce Juan. Y dice: “Es el Señor”. Y Pedro, impetuoso, amante de Jesús, a pesar de todo, se lanza al mar, después de ponerse las ropas. Textualmente es así: “…cuando Simón Pedro oyó: es el Señor, se puso el vestido-pues estaba desnudo- y se lanzó al mar…”

Es la misma frase del Génesis; de ahí que este estar desnudo es la conciencia interior de estar en pecado; es el mismo pensamiento de Adán.

Y bien: sabemos lo que le ocurrió a Adán: perdió la gracia santificante, le vino el estar sujeto a la muerte, a las enfermedades, y un largo etc. Tuvo que ganarse el sustento con su trabajo, y demás problemas que conocemos. ¿Fue castigo de Dios? ¡No! Dios ama, no castiga. Se castiga el hombre con su conducta. Pero si el hombre pecó, Dios, en su infinita Misericordia, le envió a su Hijo Jesucristo para que fuera la Víctima propiciatoria del perdón.

¿Podía haber elegido el Padre un perdón menos cruento, menos doloroso? Podía haberlo hecho. Pero nosotros no podemos entender. Aceptamos este gran misterio de Dios, como “un niño”, porque los que son como niños son herederos del Reino de los Cielos. Y Jesús acepta de buen grado el trabajo de su padre adoptivo José; el trabajo de carpintero. Poco sabemos de la infancia de Jesús, y nada sabemos de la adolescencia de Él desde los doce años a los treinta. Sabemos que aceptó el trabajo de su padre terrenal; no hizo ascos al trabajo.

María su Madre y nuestra Madre, fue un ama de casa tradicional de su época; amó a su marido y a su Hijo con amor de madre y esposa, como una madre de su tiempo, como una madre de nuestro tiempo. Es el ejemplo de Madre por excelencia.

En las cartas de san Pablo, nos recuerda que era curtidor de pieles, para no ser carga para nadie y ganarse el sustento de cada día. “El que no trabaje que no coma” (2 Tes  3,10). Por tanto, tampoco le hizo asco al trabajo. ¿Y nosotros, dónde estamos? San Josemaría Escrivá de Balaguer pone “luz y taquígrafos” al anunciar la santificación en el trabajo. Voy a explicarme mejor: podemos realizar cualquier trabajo, por sencillo que sea, por ejemplo, recoger la mesa, lavar los platos, llevar los niños al colegio…cosas comunes que, aparentemente tienen el cariz de irrelevantes. Si lo hacemos ofreciéndoselo a Dios, es meritorio.
Todo trabajo es digno, no es despreciable, aunque sea “recoger la basura de la calle”. Se puede hacer porque me pagan por ello; pero si se hace por amor a Dios, ofreciéndoselo a Él, se convierte en meritorio; y además, seguro que nos esmeramos más, al tomar conciencia de estar en su Presencia. Y se lo podemos contar a Él mientras lo realizamos. Es la santificación en el trabajo. Así entendido, se convierte en oración permanente, y se realiza con más exquisitez, como merece al estar con Él.

Probemos esta experiencia, aunque solo sea una vez. El trabajo entonces se nos hará menos penoso, tendremos ganas de comenzar por la mañana para volver al encuentro, a la particular “tienda de encuentro”, donde Moisés hablaba con Dios “cara a cara” como un amigo hablaba con su amigo (Ex 33,7). Así el castigo será convertido en gracia a los Ojos de Dios

Alabado sea Jesucristo

Tomás Cremades




miércoles, 14 de diciembre de 2016

Preparad la cuna

                                         


                                                       
Después de un año, Dios vuelve… Es que nos hemos despistado un poco mucho desde el año pasado. Somos humanos y al humano Dios le repite las cosas una y otra vez. Es imprescindible, fundamental que Jesús nazca cada 24 de Diciembre como si fuera la primera vez; que muera y resucite cada  semana Santa y que nos den mil vueltas a los Evangelios. Dios quiso que esa realidad fuera así desde que estuvo aquí, su hogar hace dos milenios.

Vamos por la vez 1.983 que renace, es decir: Te recuerda que vuelvas a nacer mirándote en Él. Jesús No es un Ser ajeno a ti, Él es tu calidad de amar, es tu capacidad de perdón, es tu caridad, es tu fuerza para resistir la pena o el dolor… Ese es el Hijo de Dios que debe ocupar la cuna dentro de ti, Ese Dios que conociste en la tierra.  

Ser católico, no ya cristiano, es el mayor regalo que Dios en su Hijo y, su Hijo en Pedro, nos dio a la humanidad. ¡Nos tocó la papeleta de la Verdad! Ya no necesitamos comprar lotería, tenemos el décimo en blanco para que tú y yo, pongamos el número que saldrá premiado.  

Suerte a todos y pensemos que llegará un día en que no “veamos”  la Navidad de ese año porque será tiempo de partir, por eso debemos llevar cada día la cuna llena de las Gracias de Dios.

¡Qué cada día sea una Navidad, feliz Navidad!!!  

  Emma Díez Lobo



¡Feliz Navidad!


martes, 13 de diciembre de 2016

Gastar la vida



Jesucristo ha dicho: 

“Quien quiera economizar su vida, la perderá; y quien la gaste por Mí, la recobrará en el vida eterna”. 

Pero a nosotros nos da miedo gastar la vida, entregarla sin reservas.

Un terrible instinto de conservación nos lleva hacia el egoísmo, y nos atenaza cuando queremos jugarnos la vida. 

Tenemos seguros por todas partes, para evitar los riesgos. 

Y sobre todo está la cobardía...

Señor Jesucristo, nos da miedo gastar la vida. 

Pero la vida Tú nos la has dado para gastarla; no se la puede economizar en estéril egoísmo.

Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen;
hacer un favor al que no va a devolver; gastar la vida es lanzarse aún al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias; es quemar las naves en bien del prójimo. 

Somos antorchas que solo tenemos sentido cuando nos quemamos;
solamente entonces seremos luz. 

Líbranos de la prudencia cobarde, la que nos hace evitar el sacrificio, y buscar la seguridad. 

Gastar la vida no se hace con gestos ampulosos, y falsa teatralidad. 

La vida se da sencillamente, sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre da el pecho al niño, como el sudor humilde del sembrador. 

Entrénanos, Señor, a lanzarnos a lo imposible, porque detrás de lo imposible está Tú gracia y Tú presencia; no podemos caer en el vacío. 

El futuro es un enigma, nuestro camino se interna en la niebla;
pero queremos seguir dándonos, porque Tú estás esperando en la noche, con mil ojos llenos de lágrimas.

† Vivir amando... para encontrar el Tesoro: ‘Cristo’.

(Luis Espinal)


lunes, 12 de diciembre de 2016

El poder de la tentación



¡Señor, enséñanos a orar! Es la petición que los discípulos hicieron a Jesús, como nos recuerda el Evangelio de Jesucristo según san Lucas (Lc 11,1). Han visto la devoción de Jesús en su oración con el Padre, tan diferente de la que habían visto y practicado antes, que no pueden sino exclamar: “¡Señor, enséñanos a orar”.

Y ante esta petición, llena de humildad, reconociéndose incapaces de llegar a Dios con sus oraciones, Jesucristo desgrana la más bella oración, la oración de oraciones, el Padrenuestro. Y en ella, entre muchas peticiones y alabanzas al Padre, me detengo en una: “…no nos dejes caer en la tentación…”

Es decir, no pedimos, como nos enseña Jesús, que nos quite la tentación, sino que no nos dejemos engañar por el Maligno. Por tanto la tentación, el tener la tentación, el sufrir la tentación, no es malo, sino todo lo contrario: es bueno. Dios ha dejado libre al hombre, y, como tal, quiere que el hombre le ame con libertad. En toda tentación hay un combate; es el combate en el que el hombre se enfrenta a la seducción del mundo representada por Satanás, con sus mentiras y engaños, y, por otro lado, al Amor que Dios le propone. En la tentación, nosotros elegimos a quién queremos seguir; es así de simple: no podemos tener dos señores, pues seguiremos a uno y dejaremos al otro. Elegimos entre el amor a Dios o el amor al mundo, con sus seducciones. Dios nos creó libres y quiere ser amado con libertad. Y en la victoria sobre la tentación, le decimos al Señor que le amamos, que somos suyos y ovejas de su rebaño.

Por eso le pedimos que no se nuble nuestro corazón, que no discutamos con la tentación, que huyamos del peligro. Imaginemos un perro atado con una cuerda al cuello; el perro es un perro feroz, y es tal, que si nos acercamos nos muerde. Mientras estemos fuera del radio de alcance, no nos pillará, pero si estamos tan cerca de él que puede alcanzarnos, nos destrozará. Así es la tentación; no podemos discutir con ella, sino salir huyendo poniéndonos en las Manos de Dios.

El mejor ejemplo es ver cómo fue tentado Nuestro Señor. Cuando Él comenzó su vida pública, nos relata Lucas que fue llevado por el Espíritu al desierto. (Lc 4, 1-13) Y allí, después de cuarenta días de ayuno Jesús sintió hambre. Ya sabemos que este número es simbólico, pero en esencia, lo importante es que Jesús sintió la necesidad de su cuerpo: el hambre.

Y es hermosísimo este ejemplo. ¡Qué humildad la de Jesús la de sentir, como hombre, la necesidad! ¡Qué ejemplo de Jesús, pasando por todas las situaciones por las que pasa el ser humano! Y aparece el Tentador. El Padre no le quita la tentación, deja que Jesús se enfrente al diablo. Y, en esta tentación, ante la necesidad humana, el diablo arremete: “…ya que eres Dios, di que estas piedras se conviertan en pan…”

 Es decir: como eres Dios y todo lo puedes, ¡no pases hambre! ¡Haz el milagro! ¡El sufrimiento no es para ti! ¡No hagas la Voluntad del Padre! Eso no es para ti…

Y Jesús contesta con sabiduría: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios; es decir, el hombre, la persona, la que un día resucitará-no resucita el alma, sino el alma+ el cuerpo-, necesita el alimento del pan, pero sobre todo, del PAN DE LA PALABRA. No en vano dirá, más adelante: “…mi Cuerpo es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida…” (Jn 6,55)

La Palabra, pues, es el alimento del alma; la Palabra representada por su Santo Evangelio. Como nos dirá Juan en el Prólogo del Evangelio: “…en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…”.

Jesucristo, Palabra Eterna del Padre, y Sabiduría del Padre, se hace PAN para nosotros en el Misterio Eucarístico.

En el episodio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana en el pozo de Jacob, cuando los discípulos vuelven para traer la comida a Jesús, éste les contesta: “…Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado…” (Jn 4,31-35)

Así nos enseña el Divino Maestro, Jesucristo, cómo espantar al demonio de nuestras vidas, cómo responde el discípulo ante la tentación.

Alabado sea Jesucristo


Tomas Cremades