sábado, 14 de noviembre de 2020

Domingo XXXIII T. O.

 

                                                 Los talentos y el Evangelio

Leemos en este Evangelio que un hombre se ausentó y que dejó sus bienes a cargo de sus siervos a quien dio 5, 2 y 1 talento para que los negociaran. Veamos el sentido alegórico de esta parábola.

El hombre es el mismo Jesús que confía sus bienes a sus discípulos.

Sus bienes son sus palabras que da a quien a ellas se abran a la vida eterna. (Jn 6, 68). La cuestión es qué criterio tiene Jesús para confiar los bienes eternos de su Evangelio a sus discípulos. Bueno, según nuestra perspectiva pragmática, criterio ninguno. Fijémonos por ejemplo en Pedro; es un bocazas: "¡Aunque todos se escandalicen… yo no te negaré!" (Mt 26, 33-35). A la primera de cambio le negó tres veces. ¿Cuál fue la reacción de Jesús ante un hombre tan poco o nada de fiar? ¡Confiarle sus ovejas rescatadas al precio de su sangre! Le pidió que las apacentara (Jn 21, 15). Así hace con todos y todos somos tan poco de fiar como Pedro.

 ¿Qué podemos decir de Pablo? Soberbio hasta la médula, perseguidor y asesino de cristianos (Hch 26, 10-11). Jesús le llamó. Me pregunto cómo temblaría todo su cuerpo cuando escribió: "Se fió de mí, me hizo capaz y me confío su Evangelio" (1 Tm 1, 12).

 Entendemos ahora lo necio que fue el que enterró el talento. Representa a quien se desvive por mil cosas, incluso dentro de la Iglesia y no sabe para qué sirve el Evangelio, quizás una pieza más en su puzle "de perfeccionismo"… eso es enterrarlo, pasar de él. 

 P. Antonio Pavía

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jueves, 12 de noviembre de 2020

Con Dios y contra nadie

 

 Vuelven a estar las calles vacías, tantos comercios y establecimientos cerrados, dibujándose un escenario de patente desolación. Estamos viviendo un tiempo insólito con ocasión de esta circunstancia que mundialmente nos tiene en vilo, y que todavía no despeja todas las consecuencias en la salud pública y de cada persona, en las familias, el mundo del trabajo y la economía. Todo un vendaval huracanado e imprevisto que está poniendo a prueba lo mejor de nosotros mismos, y está valorando la consistencia de cuanto en la vida realmente vale la pena, dejando al pairo tantas cosas innecesarias, superfluas, secundarias, que, sin embargo, no pocas veces nos hurtan el tiempo, el afecto del corazón y la misma vida en su más verdadero significado.

La comunidad cristiana no ha estado al margen de todo cuanto ha implicado esta pandemia, sino que ha podido expresar de muchos modos y con increíble creatividad, la cercanía hacia las personas, a todas ellas, pero especialmente las más vulnerables. Hemos podido redescubrir cuánto necesitamos de la iglesia como lugar de encuentro con Dios y con los hermanos. Nos ha dolido en el alma el “ayuno” de la Eucaristía y otros sacramentos que habitualmente recibíamos y dábamos por supuesto. Las mismas relaciones humanas en el ámbito de la familia, en los círculos de amigos y hasta los mismos vecinos más próximos, de repente se hicieron huraños en su cercanía imponiéndonos una distancia severa, marcando los centímetros que nos separan y la sospecha que nos extraña.

Los creyentes no estamos fuera de esta realidad, no vivimos en un búnker parapetados como si no nos pudiera afectar lo que en el fondo ha tronchado la alegría, la esperanza y hasta la misma vida de tantos hermanos. Por eso, en medio de la pandemia ha emergido un nuevo rostro cristiano, una desconocida faceta de la parroquia, un novedoso modo de estar con arrojo valiente y generosidad caritativa, en medio de esta especie de diluvio que no ceja y que pone en nuestros deseos el anhelo de ver cuanto antes la paloma que lleve en su pico el olivo de la paz en medio de nuestras aguas turbulentas.

Es así que, en la celebración del día de la Iglesia diocesana, este año cobre un especial interés lo que ha supuesto la circunstancia que nos asola, la que nos ha purificado, la que ha empujado para que se exprese la bondad y la belleza que, en medio de nuestro mundo plural y complejo, representa la vida cristiana. El lema de este año tiene varias lecturas. Las dos primeras frases son una oración de los fieles al Señor: “somos lo que tú nos ayudas a ser. Somos una gran familia contigo”. Porque como ya decía el salmista, “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!” (Sal 126). Todos nuestros afanes, proyectos, todas nuestras pretensiones y citas, han cedido ante el huracán y sus vientos, para que quede en pie sólo lo verdadero y bello.

Por eso las dos frases siguientes del lema de este año, serían la respuesta que ese Dios con el que debemos contar siempre, nos dirige a nosotros como Iglesia para contar con nosotros: “Con tu tiempo, tus cualidades, tu apoyo económico y tu oración”. Todo lo que somos y tenemos, lo que soñamos y deseamos para bien, se hace cauce y puente para arrimar nuestro hombro a lo que realmente vale la pena vivir y construir: mi tiempo abierto a la disponibilidad de los hermanos, las cualidades que se ponen al servicio de los demás, mi dinero como ayuda solidaria, mi plegaria como oración que intercede.

Es una hermosa parábola de la verdadera vida cristiana: con Dios y contra nadie, construyendo juntos la Iglesia diocesana desde nuestro barrio y nuestra ciudad.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

 

 


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Mi Casa de oración

 

"Mi Casa será llamada Casa de oración" (Mt 21,13)

 Jesús no se refiere a una casa concreta sino a "SU CASA", la edificada por Él, que prevalece ante el poder destructor del Mal. Alguien objetase que la Historia contradice la presunta prevalencia de la Casa del Señor, dado que la lista de iglesias destruidas por terremotos, incendios, vandalismos... es enorme; de acuerdo pero el Señor no está hablando de iglesias  construidas por el hombre, lo que es encomiable, sino la contenida por Él y su Padre: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14,23).

 Es la Casa interior, invisible que permanece erguida ante todo poder visible. Casa interior, verdadero Santuario en el que podemos afirmar a Dios "En espíritu y verdad" (Jn 4,24). Casa firme frente a cualquier desastre y calamidad porque Él es la Roca sobre la que se ha construido (Mt 7,25).

 Bellísima esta promesa del Señor, que lleva cumpliéndose 2000 años… y es que como dice Pablo hablando de los discípulos de Jesús que cada cual con su carisma, anuncia su Evangelio: "Atribulados en todo mas no aplastados... derribados mas no aniquilados. Llevamos en nuestro cuerpo el morir de Jesús para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2Co 4,8-10). Este es nuestro Santuario indestructible y en él nos gloriamos.

 P. Antonio Pavía

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martes, 10 de noviembre de 2020

La ofrenda más valiosa es dar la vida (III)

 


Con el afecto y gratitud a nuestros ancianos y enfermos, seguimos hoy desgranando esos tópicos sociales imperantes que tantas veces nos impiden gozar de una vida plena y feliz.

LA SEGURIDAD Estamos demasiado apegados a las cosas materiales. Éstas, en el mejor de los casos, logran satisfacer nuestras necesidades pero no siempre proporcionan la felicidad. Sólo cuando uno ha estado gravemente enfermo o ha tenido una dificultad o un problema serio se llega a descubrir otra verdad. La pandemia del Covid19 nos ha ratificado que nuestra familia sigue siendo todavía hoy nuestra base más segura. Si no tienes el apoyo, el amor, el cariño, la dedicación, que te ofrece tu familia, amigos o comunidad de fe, no tienes gran cosa. Sin amor somos pájaros con alas rotas. Tu familia, ojalá también tu parroquia, te ofrece además de amor, seguridad. Nada en el mundo, que yo sepa, podrá ofrecerte esto. Ni el dinero, ni la fama, ni el trabajo ni el éxito personal…

EL DESLIGARSE En esta vida es muy importante aprender también a «desligarse» de las vivencias pasadas. Todo es temporal. Sin embargo, el desapego no significa que la vivencia no penetre, al contrario, hay que dejar que penetre plenamente. Sólo así se es capaz de dejarla. Si contienes las emociones, si no te permites a ti mismo llevarlas hasta el final, nunca podrás llegar a estar desligado, siempre estarás demasiado ocupado con tu miedo. En cambio, si te sumerges hasta el final, las vives de una manera plena y completa puedes llegar a saber lo que te está pasando, a aceptarlo, a vivirlo con paz y serenidad y a poder “soltarte”.

LA AUTONOMÍA En general, las personas mayores, por el estilo de vida que llevan, suelen ser autónomas e independientes. Se resisten, de ordinario, a que les ayuden. Se sienten de menos, siguiendo las pautas culturales estándar, si les tienen que bañar, vestir, dar de comer, llevar de un sitio a otro, incluso limpiarles el «trasero». Y sin embargo, es preciso educarse para llegar a disfrutar de nuestra dependencia. Es como volver a ser niños. Y todos sabemos ser niños. Cuando nuestras madres nos tenían en brazos, nos acunaban, nos acariciaban… a nadie le parecía excesivo ni se cansaba de tanta ternura. De pequeños, sabíamos descubrir su amor y atención incondicional. También las personas mayores son sensibles a la ternura y al final es ante lo único que reaccionan.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

lunes, 9 de noviembre de 2020

Nuestro Buen Pastor

 


Jesús, el Buen Pastor sale en búsqueda de cada oveja que se le pierde. Creo que todos los que leemos este texto, nos hemos perdido y marcado distancias más de una vez con Él. Al encontrarnos, gozoso nos ha cargado sobre sus hombros llevándonos hacia el Padre ya que como dijo a Tomás: "Nadie va al Padre sino es por mí" (Jn 14, 6). Es así como los discípulos de Jesús traspasamos el umbral de la muerte; la sortea porque Él es la Vida y nos introduce en el seno del Padre con Él (Jn 1, 18). Este glorioso desenlace está preanunciado en la parábola del hijo pródigo. Recordemos cómo le recibió su padre: "conmovido corrió, se le echó al cuello y le besó efusivamente" (Lc 15, 20b). Así es como nos recibe en nuestra muerte.

Dice Jesús en el pasaje de la oveja perdida (Lc 15, 4) que hay una gran fiesta en el Cielo por cada oveja que se deja encontrar y cargar por El Buen Pastor. Sí, una gran Fiesta, y para que nos hagamos una idea de cómo será ésta, un Jesús nos habla de la que mandó celebrar el padre del hijo pródigo ante su vuelta: "¡Aprisa, traedle el mejor vestido, ponedle el anillo, matad el novillo cebado... celebremos una gran fiesta!” (Lc 15, 22). Fiesta, cuyos primeros compases y agasajos resuenan en todo nuestro ser cuando nos hemos dejado encontrar, amar y llevar por Jesús, El Buen Pastor.

 P. Antonio Pavía

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domingo, 8 de noviembre de 2020

“Pandemia”

 

                                                            

 Ya lo creo, pero no una de bichos como la que tenemos ahora sino una del alma ¡Madre mía! ha llegado a toda la humanidad, sin fronteras, sin epis, sin respiradores… Esta sí que mata y es de las graves gravísimas, lo peor es que lleva infectando décadas y hoy tenemos miles de millones al encuentro de una muerte segura si no se remedia.   

Me estremezco y me enfado… “Este otro bicho” es totalmente visible, se hace oír, infecta, se ríe, te miente y te liquida… Literal. Infectados que marchan a lomos del ángel de la destrucción… Señor, Tú aún no vengas ¿eh?, que como está el mundo tiene toda la pinta, espera un poco más a ver si se endereza esto porque no es normal.

Pero ¡Oh Gracia!, para esta pandemia de Espíritu hay “hospitales especializados” de donde sales en media hora hecho una rosa hasta la próxima infección… Es grandioso el sistema. Te dan Sabiduría y mascarillas de 50 puntadas tipo “Rosario” o modelo “Coronilla” que ponen a raya la “carga viral”. Señor pon luz a esa flecha amarilla que indica el camino de tu Consulta para “pandémicos”, a ver si van esos que dicen que tus “medicamentos” no funcionan.  

¡Pues funcionan!!! Así que proveámonos de todas las mascarillas a nuestro alcance con la esperanza de no ser contagiados por ninguna de las dos pandemias; pero si una de las dos nos ataca que la otra con la Gracia de Dios, nos ilumine.  

Emma Diez Lobo

 

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Domingo XXXII del T.O.

 

                                                                               Tu Alma en Dios.

 

Parábola de las diez vírgenes; cinco sensatas y cinco necias.

 Todas portan su lámpara, que simboliza el alma, más sólo las sensatas llevan consigo el aceite que hacen posible que en sus almas prenda una "llama de amor viva", como dice San Juan de la Cruz.

 Nos fijamos en las necias. No se preocupan de llevar aceite, tan solo de su lámpara creyendo que ya es suficiente para "contentar a Dios". Son los que viven de apariencias, incluso su relación con el Señor Jesús. Se les cierran las puertas del banquete. Los que creen en un Dios justiciero piensan que ahí acaba todo. Pues no, esta parábola de Jesús, como todas, está abierta a la inconcebible Misericordia de Dios.

 Que se hayan cerrado las puertas del banquete no impide que Jesús golpee en las tuyas y si se las abres, le dejamos hablar a Él: "Mira que estoy a la puerta y llamo; quien oiga mi voz y me abra… cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). Cenaremos juntos; velada íntima que sondeamos a la luz, nuevamente de San Juan de la Cruz:

"Quedeme y olvideme,

el rostro recliné sobre mi Amado,

cesó todo y déjeme,

dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado"

 

P. Antonio Pavía

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