domingo, 15 de marzo de 2020

San José, Protector de la Iglesia



Todo ministerio de san José tiene una proyección eclesial. Si en vida defendió a María y protegió a Jesús, desde el cielo seguirá defendiendo a todos los «cristos» y protegiendo a la Iglesia. Es nuestro gran patriarca. En el concilio Vaticano I el beato Pío IX le nombró Patrono de la Iglesia. Y el beato Juan XXIII, ante el Vaticano II, puso el Concilio bajo su amparo y le nombró Protector.
Y su protección más mimada es la de todos los desamparados, huérfanos y dolientes, También de todos los padres. Sabemos también que es Patrono de la Buena Muerte, pues ninguna mejor que la suya, que murió en brazos de Jesús y María. Una protección muy especial sobre los seminaristas, que aprendan a ser Jesús.
PERFIL SACERDOTAL
Un sacerdote ha de tener ojos grandes,
que sepa ver con mirada comprensiva y compasiva.
Ha de tener oídos abiertos,
para escuchar palabras,
para escuchar gemidos, para captar anhelos.
Sus pies ligeros,
para acudir prontamente a la llamada.
Que sepa acercarse y sepa estar,
no solo físicamente, sino con ternura y empatía.
Sus manos serviciales y cariñosas,
como las del buen samaritano.
Y su corazón grande, entrañable,
para meter en él los problemas del amigo,
del vecino, de todos los hermanos.
Sobre todo, sea hombre de fe,
que se sienta enviado de Cristo
y de la comunidad parroquial,
que haga de su tarea un ministerio,
que su presencia misma sea una buena noticia,
y que descubra en todos los encuentros las huellas de Dios.
Manos: no limpias, sino gastadas de tanto servir; quizá quemadas, de tanta gracia ardiente que pasó por ella.
• Ojos: grandes y limpios; para descubrir a los alejados, por todas partes, y las huellas de Dios por doquier.
• Labios: rojos, por tanta sangre en que se han bañado; quemados, por el fuego de la palabra; sensibles, por tantos besos y ternura.
• Pies: gastados, muy gastados, de tanto andar en busca de ovejas perdidas. No le faltarán rasguños y callos.
• Corazón: grande, para que todos quepan; sensible, para la compasión renovada; ardiente, por el fuego del Espíritu que en él habita; limpio, bien purificado.
R.P.R.


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