Publicado el 04/01/2026
Ya hicimos el recuento de cuanto
durante los meses que nos quedan en el ayer de nuestras espaldas nos sucedió
día tras día. Y podemos decir que tantas cosas han quedado escritas en el
tablón de nuestra memoria, sabiendo que no pocas de ellas fueron una sorpresa
que no tuvieron el decoro de avisarnos de su llegada. Pero acontecieron, como
quien se cuela en la vida con la frescura de su imprevista llamada dejándonos
su fugaz enojo malencarado o su siempre graciosa esperanza.
La vida sigue con sus derroteros,
y ahí seguimos siendo peregrinos de la esperanza que no defrauda jamás con
todos los desafíos que tenemos por delante cuando pensamos en el acompañamiento
de los niños y los jóvenes, en la cercanía a las familias y el apoyo a los
enfermos con sus situaciones y los pobres con todos sus rostros, el reto de
seguir formando a nuestros numerosos seminaristas y de soñar con la vocación
misionera de nuestra comunidad diocesana en tierras lejanas a las que llevar el
Evangelio, como es nuestro deseo. Por este motivo pasamos la página de estos
meses, dejamos en las manos de Dios lo que vivimos con premura y agitados, o
con serenidad y calma, para continuar luego escribiendo nuestra historia
inacabada. Con aquellos que el Señor puso a nuestro lado, en medio de las
encomiendas que la divina Providencia nos confía, seguimos nuestro relato de la
vida. Habrá contradicciones y borrones, habrá apagones y sobresaltos, pero
también la humilde escritura del libro de la vida con su ilusión y su confianza.
Debemos estrenar algo que de suyo
sea eterno como eterno es Dios: el viejo sueño de felicidad para el que todos
hemos sido creados. Es una extraña paradoja esa de estrenar lo que es eterno,
pero así nos lo demanda lo mejor y más verdadero de nosotros mismos. Muchas
veces el estreno más hermoso es el de volver a tomar lo que torpemente hemos
abandonado; o el de volver a ilusionarnos con lo que una vez llenó de luz y de
color nuestros ojos; o el de pedir perdón y saber ofrecerlo, poniendo fin a
cuitas y enfados; o estrenar el amor y desempolvar la fe, tan amenazados ambos
por la cultura de la caducidad al uso. Tenemos una cita grande para pedir
también a Dios algo tan bello y necesario como el regalo de la Paz. Sabemos que
habrá trincheras bélicas, maquinaciones terroristas y violencias domésticas que
jamás entrarán en la fiesta de los hombres ni en la que nos ofrece Dios. Se
trata de pedir al Señor la verdadera Paz, la Paz con mayúsculas, y pedírsela
también desde el compromiso concreto y cotidiano de hacernos nosotros
instrumentos de ella para que, en el trozo de tierra y de vida que a diario
habitamos, pueda verse y gozarse esa Paz que sabe a lo que sabe Dios. Feliz año
nuevo.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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