La imposición de la ceniza es un gesto austero y elocuente. En la Biblia,
cubrirse de ceniza era señal de duelo y penitencia. Los primeros cristianos lo
vivían de forma especialmente intensa quienes habían cometido pecados graves y
se preparaban para ser reconciliados al final de la Cuaresma.
Con el paso de los siglos, este signo se extendió a todos los fieles: ya no
solo como expresión de penitencia pública, sino como memoria de nuestra
fragilidad y llamada universal a la conversión.
La ceniza que recibimos procede, desde el siglo XII, de los ramos
bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior. Aquellos ramos con los que
aclamamos a Cristo como Rey se convierten ahora en polvo. Es un símbolo sobrio
y verdadero: incluso nuestros mejores entusiasmos pueden quedarse en palabras
si no se traducen en vida. La ceniza denuncia la incoherencia, pero al mismo
tiempo abre un camino de conversión.
Las palabras que acompañan el gesto resumen el sentido de la jornada:
«Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» y «Conviértete y cree en el
evangelio». Somos criaturas limitadas, marcadas por la debilidad y la muerte;
pero precisamente por eso somos también destinatarios de la misericordia. La
Iglesia no nos impone la ceniza para humillarnos, sino para que despertemos al
amor.
El evangelio propone los medios concretos de este camino: oración, ayuno y
limosna. Ayunar nos libera de la avidez y nos enseña a amar con sacrificio.
Orar nos arranca de la autosuficiencia y nos hace reconocer que necesitamos a
Dios. Dar limosna rompe el encierro en nosotros mismos y nos devuelve la
alegría de compartir.
La Cuaresma es, en expresión antigua, una “carrera” hacia la meta. Partimos
de nuestra pobreza (como el viejo Adán, frágil y desobediente) para caminar
hacia la vida nueva de Cristo, el hombre nuevo. El Miércoles de Ceniza no tiene
consistencia en sí mismo, sino como primer paso de un itinerario que conduce a
la Pascua: de la ceniza a la luz, de la muerte a la vida.
Señor Dios nuestro, que conoces nuestra fragilidad y no te cansas de ofrecernos caminos de retorno a ti, mira la pobreza de nuestro corazón al comenzar esta Cuaresma. Que la ceniza que recibimos no sea solo un gesto exterior, sino el inicio de una verdadera conversión. Haznos caminar tras las huellas de tu Hijo, para que, muriendo al pecado, lleguemos con gozo a la luz de la Pascua y participemos de la vida nueva que solo tú puedes dar. Amén.
Eduardo Sanz de Miguel OCD

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