martes, 17 de febrero de 2026

EL MIÉRCOLES DE CENIZA COMENZAMOS NUESTRO CAMINO HACIA LA PASCUA.

 




 Con el Miércoles de Ceniza iniciamos la Cuaresma, los cuarenta días de preparación para la Pascua: un tiempo de gracia, de perdón y de retorno a lo esencial. La Iglesia nos sitúa ante la verdad de nuestra vida para que, desde ahí, renazca la esperanza. No empezamos mirando nuestras fuerzas, sino reconociendo nuestra necesidad de Dios, de su amor y misericordia.

La imposición de la ceniza es un gesto austero y elocuente. En la Biblia, cubrirse de ceniza era señal de duelo y penitencia. Los primeros cristianos lo vivían de forma especialmente intensa quienes habían cometido pecados graves y se preparaban para ser reconciliados al final de la Cuaresma.

Con el paso de los siglos, este signo se extendió a todos los fieles: ya no solo como expresión de penitencia pública, sino como memoria de nuestra fragilidad y llamada universal a la conversión.

La ceniza que recibimos procede, desde el siglo XII, de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior. Aquellos ramos con los que aclamamos a Cristo como Rey se convierten ahora en polvo. Es un símbolo sobrio y verdadero: incluso nuestros mejores entusiasmos pueden quedarse en palabras si no se traducen en vida. La ceniza denuncia la incoherencia, pero al mismo tiempo abre un camino de conversión.

Las palabras que acompañan el gesto resumen el sentido de la jornada: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» y «Conviértete y cree en el evangelio». Somos criaturas limitadas, marcadas por la debilidad y la muerte; pero precisamente por eso somos también destinatarios de la misericordia. La Iglesia no nos impone la ceniza para humillarnos, sino para que despertemos al amor.

El evangelio propone los medios concretos de este camino: oración, ayuno y limosna. Ayunar nos libera de la avidez y nos enseña a amar con sacrificio. Orar nos arranca de la autosuficiencia y nos hace reconocer que necesitamos a Dios. Dar limosna rompe el encierro en nosotros mismos y nos devuelve la alegría de compartir.

La Cuaresma es, en expresión antigua, una “carrera” hacia la meta. Partimos de nuestra pobreza (como el viejo Adán, frágil y desobediente) para caminar hacia la vida nueva de Cristo, el hombre nuevo. El Miércoles de Ceniza no tiene consistencia en sí mismo, sino como primer paso de un itinerario que conduce a la Pascua: de la ceniza a la luz, de la muerte a la vida.

Señor Dios nuestro, que conoces nuestra fragilidad y no te cansas de ofrecernos caminos de retorno a ti, mira la pobreza de nuestro corazón al comenzar esta Cuaresma. Que la ceniza que recibimos no sea solo un gesto exterior, sino el inicio de una verdadera conversión. Haznos caminar tras las huellas de tu Hijo, para que, muriendo al pecado, lleguemos con gozo a la luz de la Pascua y participemos de la vida nueva que solo tú puedes dar. Amén. 

Eduardo Sanz de Miguel OCD

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