jueves, 28 de mayo de 2026

MAGNÍFICA HUMANITAS

 



 No, todavía no he tenido tiempo de leerla, ténganme paciencia. Sin embargo, ya he podido leer algún artículo sobre ella y me he asomado a su introducción. Con eso ha sido suficiente para notar el cambio de enfoque que el Papa León ha querido darle al magisterio poniendo en el centro una cuestión fundamental, la antropológica.

La visión cristiana del mundo pasa irremediablemente por la cuestión de la humanidad. En un tiempo en que se habla de derechos universales a la par que se descarta silenciosamente a quien deja de ser útil, autónomo o rentable; es necesario volver a hablar de dignidad humana.

Existe un valor propio en cada persona, inalienable y absoluto que no puede ser vulnerado. Una dignidad que no depende del tipo de vida que se vive o de las circunstancias en que se desarrolla, del bienestar o de la capacidad para disfrutar, sino de la misma pertenencia al género humano.

Se trata de evitar lo que el Papa León ha denominado: “síndrome de Babel”, el deseo de construir un lenguaje único capaz de reducir el misterio humano a datos y productividad. Un lenguaje que conduzca a la deshumanización. La pretensión cristiana puede parecer una lucha quijotesca contra molinos de viento pero, por ser incomprendida, no puede ser una lucha abandonada.

El concepto de dignidad ha sido vaciado de contenido porque su fundamento último se encuentra más allá de las cualidades fenotípicas de nuestra especie. Es desde allí, donde está lo trascendente, desde donde podemos entender qué nos hace verdaderamente humanos.

En el anhelo de inmortalidad y en el rechazo a ser un objeto para otros encontramos aquello que nos humaniza. Pero la renuncia a la trascendencia ha dado a luz la cosificación del ser humano. Ahí está el núcleo del problema. Sin trascendencia el ser humano se vuelve vulnerable porque se convierte en mero algoritmo.

Si nuestro valor únicamente depende de nosotros mismos, es muy difícil reconstruir la dignidad. Esta reconstrucción supone un auténtico reto para los creyentes que implica aprender y enseñar a vivir sin olvidar que Dios existe.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

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