La visión cristiana del mundo pasa irremediablemente por la cuestión de la
humanidad. En un tiempo en que se habla de derechos universales a la par que se
descarta silenciosamente a quien deja de ser útil, autónomo o rentable; es
necesario volver a hablar de dignidad humana.
Existe un valor propio en cada persona, inalienable y absoluto que no puede
ser vulnerado. Una dignidad que no depende del tipo de vida que se vive o de
las circunstancias en que se desarrolla, del bienestar o de la capacidad para
disfrutar, sino de la misma pertenencia al género humano.
Se trata de evitar lo que el Papa León ha denominado: “síndrome de Babel”,
el deseo de construir un lenguaje único capaz de reducir el misterio humano a
datos y productividad. Un lenguaje que conduzca a la deshumanización. La
pretensión cristiana puede parecer una lucha quijotesca contra molinos de
viento pero, por ser incomprendida, no puede ser una lucha abandonada.
El concepto de dignidad ha sido vaciado de contenido porque su fundamento
último se encuentra más allá de las cualidades fenotípicas de nuestra especie.
Es desde allí, donde está lo trascendente, desde donde podemos entender qué nos
hace verdaderamente humanos.
En el anhelo de inmortalidad y en el rechazo a ser un objeto para otros
encontramos aquello que nos humaniza. Pero la renuncia a la trascendencia ha
dado a luz la cosificación del ser humano. Ahí está el núcleo del problema. Sin
trascendencia el ser humano se vuelve vulnerable porque se convierte en mero
algoritmo.
Si nuestro valor únicamente depende de nosotros mismos, es muy difícil
reconstruir la dignidad. Esta reconstrucción supone un auténtico reto para los
creyentes que implica aprender y enseñar a vivir sin olvidar que Dios existe.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

No hay comentarios:
Publicar un comentario