Cuando
escuché al Papa León hablar a los jóvenes en Madrid y decirles que les
encargaba la misión de ser humanos, inmediatamente vino a mi cabeza la
sentencia de Terencio: ¡Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno!
El Papa desglosó muy bien en qué
debía consistir esa tarea. Cito textualmente: “Hombres y mujeres de carne y hueso. No las
apariencias, sino rostros dignos de confianza. Personas que buscan la justicia
porque la anhelan, como el pan de cada día. Personas que desean una vida
honesta y recta, porque voluntariamente tratan a los demás como les gustaría
que los trataran a ellos”. Animaba el Papa a seguir este
camino como la forma de seguir a Cristo anunciándolo en un mundo que sufre
pobreza espiritual y material. Me parece mucho más que un reto esta invitación
del Santo Padre.
Pienso que este pensamiento choca frontalmente con esas
espiritualidades que basándose en el sentimiento se quedan solo en la
superficie de las cosas. También con aquellas que ponen l la estética o la
experiencia efímera por encima de la verdadera entrega.
En definitiva, atreverse a ser humano es atreverse a vivir.
Nuestra fe cristiana no ha pretendido nunca otra cosa más que esto. Tener la
suficiente valentía para vivir y dejarnos herir sabiendo que nos va la vida en
ello. Arriesgar y apostar por un estilo de vida contracorriente en el que prime
lo verdaderamente humano.
Ser cristiano no es una pose o una moda. Es dejar que la gracia
de Dios haga más humano nuestro corazón, más limpia nuestra mirada y más
generosa nuestra entrega. Y en un tiempo de apariencias, quizá no haya
testimonio más revolucionario que ese.
Porque cuanto más auténticamente humanos somos, más
transparentamos la presencia de Cristo.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

No hay comentarios:
Publicar un comentario