
domingo, 18 de noviembre de 2012
viernes, 16 de noviembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
viernes, 9 de noviembre de 2012
PASTORES Y MAESTROS
“El
Señor es mi Pastor, nada me falta”. Esta feliz intuición del salmista, que
hacemos nuestra, no es un principio
moral, ni siquiera el resultado de un camino ascético, sino una constatación,
fraguada por la experiencia de fe, que
crece conforme el Evangelio -que
es la misma savia de Dios- va empapando
nuestra alma.
Pastores y maestros
Pastores y maestros
Las últimas
palabras que Jesús lega a sus discípulos antes de subir al Padre, tal y como
nos refiere Mateo, definen la misión de la Iglesia así como su razón de ser:
“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo
os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo” (Mt 28,19-20).
El anuncio
del Evangelio de la gracia (Hch 20,24) y de la salvación (Ef 1,13) no es algo
superfluo en lo que respecta a la identidad de la Iglesia, como podría ser, por
ejemplo, que un sacerdote se limitase a impartir clases en un centro educativo.
El anuncio del Evangelio es lo que podríamos
llamar el elemento por excelencia identificador de los pastores llamados por el
Hijo de Dios. Pastores que son reconocidos como tales en la medida en que la
luz del Evangelio brilla en sus ojos, convirtiéndose en palabras de vida (Hch
7,38) en sus bocas.
Hay, sin
embargo, un aspecto en la cita que hemos recogido de Mateo que es fundamental
para comprender la relación entre Evangelio, Iglesia y Misión. Si nos fijamos
bien, al tiempo que el Hijo de Dios pone ante el corazón de sus discípulos el
mundo entero como campo de misión, les exhorta a que enseñen a los hombres a
guardar el Evangelio que de Él han recibido “…enseñándoles a guardar todo lo
que os he mandado”.
Tengamos en
cuenta que en Israel el verbo mandar no tiene el mismo significado que en
nuestra cultura occidental. Nosotros asociamos el mandato a toda una serie de
elementos que conforman la legalidad: ley, mandamiento, obligación, deber… No
así para los israelitas. Estos identifican los términos mandamiento o mandato
con la fuerza de la palabra, antes que cualquier otra connotación. El mismo
Jesús llama mandamientos a las palabras que su Padre le hace oír en orden a su
misión; asimismo llama mandamientos al Evangelio que proclama a sus discípulos:
“Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado
los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15,10).
Es muy
importante esta aclaración para poder comprender que el Evangelio, dado por el
Hijo de Dios al mundo al precio de su sangre, no es en absoluto un listón o
medida para ser sus discípulos, sino, por encima de todo, un don. Pablo lo
llama “fuerza de Dios para la salvación” (Rm 1,16).
Quizá ahora
entendamos mejor la puntualización del Señor Jesús a sus discípulos al
enviarlos con su Evangelio al mundo entero. No les impulsa a convencer a nadie
y, menos aún, a que se comprometan con una serie de normas hasta alcanzar la
idoneidad exigida para formar parte de la inmensa multitud de discípulos. La
aptitud llegará en su momento y como fruto de la fuerza de la Palabra que
escuchan y ¡guardan en el corazón! De ahí -vuelvo a insistir- su apreciación:
“enseñándoles a guardar”.
Con esta
puntualización, el Hijo de Dios nos revela uno de los rasgos esenciales de la
misión de la Iglesia y que, como ya señalé, no es superfluo u optativo. Guardar
la Palabra no es una faceta o corriente de la espiritualidad de la Iglesia. El
mismo Jesucristo subraya que este guardar su Palabra es la prueba cristalina y
diáfana de que una persona ama realmente a Dios; el amor tal y como es, sin
sugestiones ni sublimaciones generadas o sobrevenidas por carencias
humano-afectivas o por otras causas.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
domingo, 4 de noviembre de 2012
sábado, 3 de noviembre de 2012
TE PRESENTO MI SÚPLICA
Cuando todo lo que tengo entre mis manos ya no importa, cuando ya se llega a la conclusión de que lo único que tiene valor es si estamos viviendo ante Ti o ante Nadie, es entonces cuando empiezan a sonar melodiosamente los acordes de la libertad.
Te presento mi súplica
Nuestro buen
amigo Pablo se encuentra entre la espada y la pared. Por una parte, no resiste
más, está al límite de sus fuerzas; y por la otra, no puede dejar de anunciar
lo que a él mismo le da la vida. Está en la misma situación en la que su propio
pueblo se encontró al salir de Egipto: con el ejército del faraón a sus
espaldas, y por delante el mar Rojo cerrándole el paso (Éx 14). Bien sabe que,
así como la salida que se le abrió a Israel fue obra de Dios, el mismo Dios se
la abrirá a él. A Él, pues, recurre; a sus manos se acoge, como única
posibilidad de mantener la fidelidad a su llamada. Oigamos su recurso al Señor
Jesús, cómo se abandonó a Él: “Por este motivo tres veces rogué al Señor que se
alejase –el Satanás que le abofeteaba- de mí. Pero él me dijo: Mi gracia te
basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad. Por tanto, con sumo
gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis debilidades, para que habite en mí
la fuerza de Cristo” (2Co 12,8-9).
Por tres veces
supliqué al Señor, nos dice confidencialmente con una limpieza de alma que nos
estremece. En la cultura de Israel tres es un número simbólico que indica
pluralidad. No se está, pues, refiriendo a tres ocasiones concretas, sino a
unas súplicas constantes, habituales. Habitual y constante es también la
respuesta de Dios. Nos parece ver en Pablo al salmista que, cada mañana, acudía
a Dios con la absoluta confianza de que le iría a responder: “Atiende a la voz
de mi clamor, Dios mío. Porque a ti te suplico; ya de mañana oyes mi voz, de
mañana te presento mi súplica, y me quedo a la espera” (Sl 5,3-5).
Pablo recurre,
ora, gime, suplica al Señor, por quien está recibiendo en las mejillas de su
alma las bofetadas ininterrumpidas del odio del mundo. Jesús, su Señor y
Maestro, le oye –de hecho había profetizado este odio- (Jn 15,18-19); recoge en
su espíritu su dolor y consuela su corazón asegurándole: ¡Te basta mi gracia!
Te basta con mi
gracia, la misma que hice descender sobre ti y con la que te envié a los
gentiles para que, con tu predicación, les abrieses los ojos y se convirtieran
de las tinieblas a la luz (Hch 26,1-18). La misma gracia que se hizo voz y te
dijo: “No tengas miedo, sigue hablando, no te calles, porque yo estoy contigo”
(Hch 18,9). Así, con estas palabras, le confortó Jesús cuando los judíos de
Corinto quisieron obstaculizar su anuncio del Evangelio.
Así fue cómo
Pablo fue comprendiendo que su fe y su amor sólo podían crecer bajo la gracia.
Gracia que se hace más patente y fuerte cuanto más las fuerzas del mal se
confabulan contra él y, por supuesto, contra su misión. Tanto y tan bien lo
entendió que nos dejó este legado de incalculable valor para todo aquel que
haya sido o sea llamado al pastoreo: “Por eso me complazco en mis debilidades,
en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias
sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte”
(2Co 12,10).

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