lunes, 12 de noviembre de 2018

Barriendo voy


                                     

                                                     

Me levanté, tomé café y seguidamente me puse a barrer el suelo… Me dije, lo que no deseo está a mis pies y el cubo de la basura espera con ansia de llenarse. Mientras más limpio, mejor queda la casa. ¿Por qué no hacer lo mismo con lo que no se ve y llevo dentro?

Mi porquería era más doliente, más tremebunda… Y volví a tomar café. Me quedé pensando un buen rato y seguidamente hice un acto de conciencia ¡Casi me da algo!

Había tanto que barrer… Que me fui al espejo a mirarme y… ¿? , no vi “nada sucio”. Pensé: ¡Cómo engañan los espejos, cómo oculto mi podredumbre!, ¡claro! con razón la gente me habla… Dios, en los principios, debió hacer algo con respecto a la visibilidad de la miseria en el rostro, pero no lo hizo y así nos va, de “modelito en modelito y pasarela” con una mugre interna que ya nos vale… 

A lo que Dios contestó que sí había “estudiado el caso” y decidió que en la libertad, estaba la honestidad, la caridad y el bien; que la conciencias grita cuando le haces caso... No era bueno ir por la calle con caras repugnantes porque todos tenemos la oportunidad de cambiar y, debíamos ayudarnos unos a otros.   

¡Con razón, me veo tan “mona”! Pero cogeré “la escoba” con la ayuda de mi Iglesia y, ¡lo bueno!, no seré yo quien barra de mí tanta miseria, sino Él.

De momento sigo barriendo el suelo -con mi cara de siempre-… Y Dios mi alma.    
Emma Díez Lobo

sábado, 10 de noviembre de 2018

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario






  
Compartir como expresión de nuestro sacrificio existencial


Otro de los valores que condicionan el conocimiento de Jesús es el compartir como expresión de donación existencial (Evangelio y primera lectura). La segunda lectura presenta el sacrificio existencial de Jesús en contraposición con los sacrificios del AT a base de ofrecimiento de animales. En la Biblia aparecen estos sacrificios como ordenados por Dios, pero como expresión de la entrega de la persona a Dios. Desgraciadamente era frecuente hacerlo sin las debidas disposiciones, por lo que de hecho no significaban nada, pues todo se quedaba en ofrecer a Dios carne y sangre como si tuvieran valor mágico y obligaran a actuar a Dios. Por ello los profetas los criticaban, como hace Oseas: Misericordia quiero y no sacrificio (6,6). A Dios no agrada la ofrenda de una persona injusta y opresora. Cristo, en cambio, ha ofrecido directamente a Dios lo que él desea, su corazón, su vida, manifestada en una entrega total a hacer su voluntad, lo que le llevó a la muerte. Dios es dueño de todas nuestras cosas. Lo único que nosotros tenemos propio es nuestro amor, nuestro corazón, pues el amor es esencialmente libre y Dios no puede hacer que le amemos a la fuerza, pues eso sería destruir el amor. Dios nos ama libremente y quiere que lo amemos también libremente, amándolo con todo el corazón, toda la mente, todas las fuerzas... Esta es la esencia de la vida cristiana.

Una de las formas de nuestro sacrificio existencial es el compartir sincero, como ponen de relieve el evangelio y la primera lectura. Jesús alaba la  pequeña limosna de la viuda porque era expresión de su entrega existencial a Dios. Una viuda en aquel contexto social era una persona sola y totalmente desamparada. El dar lo poco que tenía era un acto de amor y confianza plena en la providencia de Dios, que “sustenta al huérfano y a la viuda” (salmo responsorial). Es un gesto que recuerda el de la viuda de Sarepta (primera lectura), que también entregó todo lo que tenía, confiada en la palabra del profeta Elías. En cambio, las cantidades del rico no expresaban su entrega a Dios. El hecho de que Jesús viera lo que hacía, es señal de que actuaba de forma visible, de manera que todos vieran lo que echaba y lo alabaran. Por ello la cantidad donada solo era expresión de su vanidad. Es una deformación de la vida religiosa ponerla al servicio de nuestros egoísmos e intereses, que es lo que Jesús critica de los escribas, lo que a su vez explica el rechazo de las enseñanzas de Jesús por parte de ellos.

El salmo responsorial (145) alaba a Dios porque cuida de los débiles y necesitados, tarea que quiere realizar por medio nuestro, capacitándonos para ello. Por eso el compartir es una faceta importante de la vida cristiana. El que se entrega a Dios pone sinceramente todo lo que tiene a su disposición y a la de los hermanos, compartiendo con alegría según sus posibilidades, pues Dios no mira la cantidad sino lo que representa en nuestra vida, que será diferente según la situación de cada uno. Unos céntimos representaban la vida de la viuda, pero para los que tienen bienes no representan nada. Aquí no hay reglas y cada uno tiene que proceder en conciencia y sin angustias ante Dios que conoce los corazones.

La celebración de la Eucaristía es celebración del sacrificio existencial de Jesús, al que unimos nuestro propio sacrificio, uno de cuyos elementos es compartir con el hermano necesitado, actuando como instrumentos de Dios que ampara al débil y al huérfano.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 9 de noviembre de 2018

¡La vida es muy dura!


                  


                                                  

Eso pensaba yo hasta que un día me di cuenta de lo que había dicho Jesús: 

“Quiero que seáis felices”…

- ¡Señor, me faltan las piernas!  

- Ya, las piernas…

-Y los brazos…

- Ya, también los brazos…

- Pues sí, y veo fatal y no me llega el sueldo ¡ah, ah!, y tengo bronquitis…

- ¡Hijo, a este paso no tendrás ni lengua para preguntarme!

- Sí, eso sí tengo y corazón y cerebro y alma y amor y humildad y agradecimiento… ¡Ah, ah! y Fe en Ti y me encanta rezar y saber que no me abandonas jamás, ¡espera!, y a los Santos y a tu Madre que siempre dice ¡Venga que no pasa nada!, y a mi Ángel Manuel…

- ¡Pues sí que tienes! No sabía Yo que coleccionabas tantas cosas importantes y que además, duermes por las noches…

- Sin pastillas ¡No!

- ¿También las tienes? Genial, dormirás fantásticamente. Has cogido todos los avances habidos y por haber ¡Qué suertaza!  

- ¡Pero no me puedo mover!, ¿es que no lo ves?

- Sí, veo un alma que vive, que agradece, que habla y sabe; que reza y me lleva consigo,  que viajará a la eternidad más grandiosa; veo un alma con Paz de Espíritu, que tiene Madre y Hermanos; que tiene un Ángel genial; que pase lo que pase no pierde la Fe… ¡Jolín, esas cosas son tesoros!

- ¡Pero esas cosas no se ven!

- ¿Y?... Lo que se ve se estropea, se rompe, se pierde… Pero tienes lo que el mundo ansía, la Virtud y la Gracia, tienes el alma a salvo.  

Pues tienes razón ¡Sí qué tengo!

- Y ¿Me preguntas como ser feliz? Eres un ser envidiable por toda la humanidad.

- Si lo llego a pensar, no digo nada porque faltarme, faltarme…     

Emma Díez Lobo

miércoles, 7 de noviembre de 2018

¿Te miras en Dios?


                                       


                                                       
Yo no lo veo… No aparece en tu lenguaje así hables, no conoces la caridad y mucho menos la humildad. Evalúas por lo que tienen y, haces “tú criba” particular. No miras al necesitado y, ahí precisamente está Dios, esperando que dejes el espejo y Le mires.

Pero no, tu dinero, tus negocios ¡TÚ y lo tuyo!, es tu mundo... Tremenda imagen para Dios y qué poco te pareces a su Hijo, más cuánto a los que Le rechazan.

¡Qué te sucede!, ¿no sabes que Dios te califica?: O Dios o la acumulación y alarde de tu condición; o Dios y su Palabra o en la lengua “la amistad con la casta podrida don dinero”…   

“Amasadores” hasta el alma y a veces de Comunión y crucifijos “con diamantes”…  No, no vienes de Pedro, ni de Pablo, ni de Roma, vienes de tu enorme falta de caridad y Evangelio por saber.

Lo peor de un “católico” es decir que lo es y “presumir de corbata italiana”. Me pregunto si tiene la osadía de entrar en algún templo Cristiano…

Llegará un día en que escuches: “No sé quién eres, aléjate de mí, malvado” (Lc 13, 22-30). Porque Dios no encontrará en ti, el menor rasgo cristiano en los años que pudiste hacer y no hiciste. Un católico es sensibilidad en acción.

¿Entiendes ahora por qué la puerta es tan estrecha? (Lc 13, 22-30). ¡No sabes el riesgo que corres!

Emma Díez Lobo


martes, 6 de noviembre de 2018

El gozo del don





«Pasó la noche orando a Dios. Al llegar el día, llamó a sus discípulos y escogió a doce de entre ellos» -  

    Creo que nuestras hermanas han recibido esta comunicación de gozo que se percibe en  muchos de los religiosos que se han dado a Dios sin reserva. Nuestra obra no es más que la expresión de nuestro amor por Dios. Este amor necesita a alguien que lo reciba, y de esta manera, la gente con la que nos encontramos nos dan el medio para poderlo expresar.

     Tenemos necesidad de encontrar a Dios, y no le vamos a encontrar ni en la agitación ni en medio del ruido. Dios es amigo del silencio. ¡En medio de qué silencio crecen los árboles, las flores y la hierba! ¡Y en medio de qué silencio de mueven las estrellas, la luna y el sol! Nuestra misión ¿no es dar a Dios a los pobres de las barracas? Pero no un Dios muerto, sino al Dios vivo y amante. Cuanto más recibamos en la oración silenciosa, más podremos dar en nuestra vida activa. Tenemos necesidad de silencio para ser capaces de llegar a las almas. Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice y dice a través nuestro. Todas nuestras palabras serán vanas en tanto que no vendrán de lo más íntimo; las palabras que no transmiten la luz de Cristo, no sirven más que para aumentar las tinieblas.

     Nuestro progreso en la santidad depende de Dios y de nosotros mismos, de la gracia de Dios y de nuestra voluntad de ser santos. Nos hace tomar en serio el compromiso vital de llegar a la santidad. «Quiero ser santo» significa: Quiero desligarme de todo lo que no es Dios, quiero despojar mi corazón de todas las cosas creadas, quiero vivir en la pobreza y en el desprendimiento, quiero renunciar a mi voluntad, a mis inclinaciones, a mis caprichos y gustos, y hacerme el servidor dócil de la voluntad de Dios.

Beata [hoy santa] Teresa de Calcuta


domingo, 4 de noviembre de 2018

Terrible advertencia


                                                        


           
Fue a nosotros, los bautizados, a quien Dios se dirige sin escrúpulos: “Os convertís o pereceréis” (en Lc 13 1,9). No basta con creer que Jesús existió. El 90% “creyente” no ha entendido que si no pone en práctica el Evangelio, no se salvará por mucha misa que “escuche”… ¡Un golpe de los buenos!

Conversión es que “te entre” el Evangelio y actúes en consecuencia:

¿Devuelves bien por mal? Ni se te ocurre, a “ese que le parta un rayo”.

¿Compartes ganancias con el necesitado? No es tu problema (te compras otro “Audi” mejor).

¿Expandes el Evangelio? ¡Uy! eso es cosa de curas…  ¡Claro, si no sabes ni lo que dice!

¿Pides por aumentar tu diminuta fe? ¡Qué es eso!  

Y cientos de actitudes que no interesa conocer… Pues sin conversión ¡No esperes sino la muerte!, porque no hay estados intermedios, ni interpretaciones, ni inventos. Quien es realmente de Dios, lo sabe. La pena es que tú que aún vives, ahí vas, infravalorando su advertencia ¡Te da igual!, ojalá tengas tiempo suficiente y, aunque Dios te espera, no reparas en un “desenlace” imprevisto (adiós a la oportunidad, en Mt. 24, 42-51).  

Me descuadra la maldita ignorancia de “los inteligentes”, poniéndose a la altura de Dios. ¡Mírate!, y no verás más que venas que se destruirán; lo único incorruptible que tienes es el alma. Si supieras cuántas se salvan y cuántas se condenan… ¡Temblarías!

No es más pecador aquel al que ves morir por su maldad, que todos  nosotros “galileos” sin conversión (en Lc 13 1-9). No viviremos mucho tiempo ¡escúchaLe!, todo lo que dice SE CUMPLE.

 Emma Díez Lobo
  


sábado, 3 de noviembre de 2018

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario



El mandamiento principal

El tema del Evangelio es el amor. Marcos lo presenta en un contexto de polémicas entre los dirigentes del pueblo y Jesús. En este caso en concreto Jesús desenmascara una deformación del conocimiento religioso puesto al servicio de envidias y celos. El escriba pregunta sobre el mandamiento principal, Jesús responde con el amor, y el escriba lo acepta y reconoce que el amor es lo fundamental. Jesús termina diciendo que no está lejos del reino de Dios. ¿Qué le falta? El reconocimiento y seguimiento de Jesús, lo que implica profundizar sobre el misterio de su persona, como pone de relieve la períoca siguiente. El conjunto, en el contexto de Marcos, pone de relieve que las diferencias entre Jesús y los escribas no están en la doctrina, pues profesan la misma, sino en celotipias y envidias, que buscan todo tipo de excusas, incluso doctrinales, para rechazar a Jesús.

Dios es amor, por eso la quintaesencia de la religión tiene que ser el amor, a Dios y a todos los hijos de Dios, que por eso son hermanos nuestros. La religión cristiana incluye enseñanzas, pero todas están encaminadas a  enseñarnos cómo amar a Dios y al prójimo; igualmente hay mandamientos, pero encaminados al amor, pues se resumen en dos, amor a Dios y al prójimo; hay celebraciones litúrgicas, pero todas son celebraciones del amor de Dios y peticiones de fuerza para poder corresponder; hay jerarquía, pero toda ella está ordenada a servir en la tarea de ayudar al pueblo a vivir su existencia como un sacrificio existencial de amor a Dios y al prójimo. Hay diversos carismas, pero todos están vacíos sin falta el amor (1 Cor 12,31b). Cuando falta el amor, se prostituye la religión cristiana.
Amor a Dios y amor al hombre son inseparables. Por eso, cuando a Jesús le preguntan por el mandamiento principal, responde con dos, diferentes, pero siempre unidos, amor a Dios y al prójimo. Amar a Dios es amar a sus criaturas a las que ama. Dios nos ha creado para que vivamos en la tierra creando un mundo fraternal y solidario, en que todos sus hijos puedan vivir con todas sus necesidades cubiertas.  De esta manera, ejercitándose y creciendo en el amor mutuo, nos preparamos para recibir el don de la  felicidad plena  en el cielo. Dios quiere que se “haga su voluntad en la tierra como ahora se hace en el cielo”. Obrando así, mostramos nuestro amor a Dios. Por otra parte, el amor a Dios alimenta el amor gratuito y constante a los hombres, frecuentemente sometido a prueba. Por todo esto el amor efectivo al prójimo es signo del verdadero amor a Dios, pues “si no amamos a nuestro hermano al que vemos, ¿cómo podremos amar a Dios al que no vemos?” (1 Jn 4,20). “Dios es amor y el que vive en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). A los primeros cristianos los llamaron “ateos” porque centraban su vida religiosa en el culto existencial de una vida consagrada a amar a Dios amando al prójimo, y al prójimo se le ama en la vida de cada día, en las calles y plazas, fuera del templo. De aquí el peligro de reducir la vida cristiana al culto, desconectado de la vida. El culto es fundamental, pero como celebración de nuestro sacrificio espiritual unido al de Jesús. Si no se une nada al sacrificio de Jesús, es culto vacío que defrauda la expectativa de Jesús al instituir la Eucaristía. 

El amor puede estar acompañado de sentimientos, incluso los sentimientos favorecen sus expresiones, pero no es fundamental. Lo básico del amor es dar vida a la persona amada Por eso Dios ha mostrado su amor al hombre entregando a su Hijo, y éste ha mostrado a su vez su amor entregándose a la muerte por todos nosotros. Mostramos nuestro amor a Dios y al prójimo con nuestra entrega por el bien concreto del prójimo.

Amar al prójimo es amar a todo hombre necesitado.  Prójimo significa cercano.  Entre los judíos se discutían quién era el cercano y en un largo proceso fueron ampliando el círculo de “cercanos”: primero el familiar, después el connacional que comparte la misma religión, después el forastero... respecto al enemigo se le puede ayudar, pero no entra en el círculo de los cercanos. Para Jesús incluso el enemigo es prójimo. Todos son hijos de Dios y por ello todos son cercanos, pero especialmente el necesitado, que ha caído en manos de ladrones y anda marginado por los caminos del mundo (Lc 10,33).

      Celebrar la Eucaristía es celebrar el amor que nos tiene el Padre, que nos entrega su Hijo; el amor que nos tiene el Hijo, que se entrega por nosotros; y el amor que debe tener la comunidad cristiana que se entrega a todo tipo de prójimos. Los cristianos damos gracias por lo que hacemos y pedimos fuerza para seguir haciendo de nuestra vida un sacrificio existencial.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona