miércoles, 30 de marzo de 2016

¡Que Dios te bendiga, amigo!




Que hermoso es  haber sido alcanzado y sorprendido por la gracia de Dios y cumplir setenta años. Hoy es un día para felicitar, distinguir al amigo y colaborador literario de este blog, la alegría de comunicarlo, beber un trago de agua en la fuente Los Cañaricos, visitar la Balsa  del Tío Ratón, subir a la Fortaleza, buen lugar para contemplar ese Valle, sumidos en el silencio y en un espíritu de gratitud, y leer  el  siguiente testimonio que me manda el setentón, para corresponder a mi felicitación, ¡qué manera tan generosa de celebrarlo, dándole gracias a Dios!. ¡Querido amigo qué  sigas brillando con todos tus dones y talentos para la gloria de Dios y el beneficio de todos. Dios te guarde siempre.

Hoy, Señor, cumplo 70 años. Ya llevo un poco tiempo percatándome de que llegaba esta fecha, cosa que nunca antes, en otros cumpleaños, me había pasado; tenía la sensación de que me acercaba a una fecha determinante, taxativa y especial. Tengo la impresión de que este aniversario es singular, como si fuera una línea que marca un antes y un después en mi vida y eso cualquier fecha podría ser, pero no, es esta en concreto la que parece que me la señala. ¿Me quieres decir algo? o simplemente es cuestión psicológica. Me figuro que he ido ascendiendo por una no muy pendiente cuesta, pero de pronto me encuentro en una cima y ante mí se presenta, no un precipicio, pero sí un descenso bastante más pronunciado que el ascenso.

Cuando murió mi padre apenas ha pasado un año, hablando con un amigo coetáneo le decía que yo ya estaba en primera fila, pero lo decía más bromeando que pensándolo en serio, y hoy sí me tomo en serio esas mismas palabras. Sin embargo hoy sí tengo la sensación de que he comenzado la época definitiva. También me viene a la mente la respuesta que me dio mi padre, ya muy deteriorado, cuando en una conversación salió el tema de la muerte y le pregunté que qué pensaba al respecto: Pedro, estoy preparado, pero sin prisas.
Eso mismo parece que quisiera decirte hoy yo a Ti. ¡Hay que ver el apego que le tenemos a esta vida! cuando, Señor, sabemos que estamos de paso, es más, creemos que la definitiva vida posterior será mejor que esta, pero sin embargo nos resistimos. Te hablo en plural porque esta sensación no es solo mía, sino que la he contrastado en conversaciones al respecto con otros. Parece como si me resistiera, no me gustara que llegara ese día. No me lo tomes a falta de fe, creo en la resurrección, más aún, digo  con San Pablo aquello de que sin ella los seres humanos seríamos los seres más desgraciados de la creación, pero…

Todo lo anterior parece una reflexión u oración extravagante o grotesca, Señor, pero no, es la confesión a corazón abierto ante mi mejor amigo.

Gracias, Señor, por haberme permitido llegar hasta aquí y además muy bien acompañado de gente que me quiere. Gracias por todos los dones con los que me has colmado en este trayecto.

En fin, no te digo hasta pronto por ser coherente con todo lo anterior, pero sí hasta que quieras.

Pedro José Martínez Caparrós



martes, 29 de marzo de 2016

45ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada




Las jornadas se celebrarán en el aula Ángel Herrera de la Fundación Pablo VI (paseo Juan XXIII, 3. Metro: Metropolitano. Bus: C, C2, F y 132). MADRID.

La Pascua de José




Piadosamente no me cabe duda, de que en el momento de la resurrección física de Jesús, cuando su cuerpo de carne herida se transformó en pura gloria, –como en aquel Tabor pero ya para siempre–, en el lado de acá de la losa que sostenía su cuerpo, estaba María, y en el lado que está más allá de la física, en el Sheol o sueño de Abraham, donde esperaban los justos la promesa de la palingenesia, estaba José. La propia fuerza interna de aquel cuerpo de Cristo, que ellos habían alimentado, contemplado y sentido con toda la epidemia de amor pegadizo que rebosaba, estaba siendo origen, génesis, principio y fin, de toda la esperanza del Adan perdido y recuperado en gloria. Tras mil generaciones de muerte en ADaN, al resucitar un hombre, Dios hizo eterno el barro de nuestra naturaleza. Hay muchos hombres que quieren ver hoy en el universo algún rastro del explosivo "big-bang", que dio origen al cosmos. Yo daría ahora mismo mi vida por ver algo de aquél momento clave, el momento de la Resurrección de Jesucristo. No creo que haya otro acontecimiento más grande en toda la historia de este cosmos que vemos y tocamos. El Alfa y la Omega de la creación, cerraron el círculo creativo en aquel segundo luminoso de la recreación.

En este lado nuestro, junto a la losa fría que soportaba el cuerpo castigado de muerte, estabas tú María. Y un poco más allá, en el 'poco' que conoce la fe, estabas tú José, en la puerta misma del seno de Abrahám, el seol, los infiernos... vaya Vd. a saber. Lo cierto es que hoy es ya noticia de nuestra sola fe. La Palabra que la proclama y la alimenta nos dice que tras morir en cruz, y puesto amortajado en un sepulcro, Jesús "descendió a los infiernos", abrió las puertas hacia el Reino y libró a los cautivos «bajo las sombras de la muerte, y puso sus pies en al camino de la paz».

Algunos, antes de irse al Reino, volvieron a esta vida y se aparecieron a muchos en Jerusalén, y si José estaba en aquellos infiernos, sería uno de ellos, al menos para gozarse con María de las profecías que hacía treinta años les habías proclamado Zacarías en la montaña, y Simeón en el Templo. María tenía aún la espada en el alma, y José también exploraba ya los Caminos de la Paz, para los nuevos hijos que pasan las sombras de la muerte. Su pascua personal, su salida de Egipto, es garantía de nuestra pascua eterna.

¡Yo me apunto a su tutela!


Manuel Requena

lunes, 28 de marzo de 2016

Las 3 de la tarde

                                                                               
               
Hoy se nublaron los cielos en Madrid, eran las 3 de la tarde cuando llegaba a mi casa después de hacer las 7 visitas de Viernes Santo. Sí, pensé, es la hora de mi Vida eterna. ¡Por Dios Jesús!, no dejes que me lleven después de tanta tortura por mi causa…  

Tú, me has liberado, me has perdonado todo absolutamente, hasta las penas del Purgatorio con esa Puerta Santa Misericordiosa. Si fuera por mí, llevaría un cojín y me sentaría debajo del dintel de la puerta hasta noviembre; sin hablar, sin comer, sin oportunidad de pecar y todo el día rezando por mis hermanos ¡Claro! confesando, Comulgando y ¡hala! otra vez a la Puerta a pedir por los que han muerto en Ti, para que salgan del sufrimiento.

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Ya no es Viernes sino Domingo de Resurrección y por fin tienes el cuerpo sin laceraciones, sin el pómulo hinchado y sin la marca de la lanza ni los clavos ¡Qué bestias, qué gordos eran! 

Soy feliz de verte Resucitado, pero casi siempre te escenifican con imágenes en la Cruz y no hay manera de descrucificarte, no es que lo intente con unos alicates delante de todo el mundo… Sino porque no hay modo de frenar nuestras ofensas ¡Jesús!

Menos mal que hiciste una alianza con el hombre, menos mal, porque si no, era para mandarnos a “freír monas”… ¡Cuánta clemencia!
 
En el día de hoy, son tantos Santos los que están contigo, que no sé a quién pedir que ore por mí para no ofenderte y ahora, hasta mis padres terrenales por los que he pasado la Puerta Santa. Cada vez son más y me armo tal lío que voy y se me olvidan, sólo os lo pido a Ti y a tu Madre, pero recuérdamelos para que te quiten trabajo.
     
Hasta la próxima Semana Santa, Jesús. Feliz Pascua desde la tierra y gracias por seguir bendiciéndonos con tu Resurrección, Comunión de los Santos… Con todo.

     Emma Díez Lobo


domingo, 27 de marzo de 2016

Bruselas


Creía, Señor, que Tú habías muerto para eliminar la muerte y el pecado de este mundo. Pero visto lo visto más de uno puede caer en la tentación de  pensar que tu venida fue un fracaso.

A ver, si no, cómo esas bestias salvajes, con toda la frialdad del mundo, dando un alarido que invoca a su dios, en breves instantes producen una barbarie tan grande. ¿Cómo se puede matar en nombre de una religión? ¿Qué clase de religión sería esa? Su odio es inversamente proporcional a su inteligencia. El Islán no es así, no es cierto que el Corán, su libro sagrado, les dé cobertura. Juzgamos falsamente si partimos de su adulterada premisa. Los auténticos musulmanes los desautorizan abiertamente.

Tú sí que moriste para salvar a todos los seres humanos y además moriste dando también otro desgarrador alarido a tu Padre Dios: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Qué paralelismo tan antagónico. Unos mueren matando por odio y Tú mueres dando la vida por amor. Esto, hasta los que no sean creyentes tuyos lo pueden entender y admitir, en cambio lo de las Torres Gemelas, Atocha, París, Bruselas… ¿quién lo va a entender?

Es muy difícil poner la otra mejilla con estos prójimos, así que ilumínanos y danos fuerza porque nuestra mente y nuestro corazón se resisten.

Gracias, Dios mío, por ser así, por darnos la vida, por amar y perdonar. Gracias por habernos dado una religión de libertad, pues en comparación, la pretendida de estas mentes atrofiadas es de servilismo. Perdona a tanto terrorista que anda ciego por este valle de lágrimas porque tampoco ellos saben lo que se hacen.

Ayúdanos a ambas partes a convivir, ya que inevitablemente estamos forzados a cohabitar. Ilumina y dale sabiduría a los verdaderos musulmanes, que son los más,  para que sean capaces de hacerles ver su error a esa minoría, aunque realmente cada vez es menos minoría, pero con mucho odio y mucha ansia de matar. Perdónales y reconviértelos al verdadero sentido de los principios de su religión, que nada de lo que engañosamente practican en su nombre es admisible.

 Pedro José Martínez Caparrós

sábado, 26 de marzo de 2016

Madre también en soledad



La soledad del Sábado -"Sabat" judío, descanso-, puede ser un encuentro en el silencio que acusa recibo de las soledades en que quedan los hombres tras una muerte. El muerto, y los vivos que lo aman, cada uno en su lado de la historia humana, están solos cuando acaba el sepelio. El Sábado Santo es como la celebración litúrgica de todas las soledades. Su sentido patético cursa como un arroyo hasta encontrar el gran río del sufrimiento desaliñado pero fértil de María, la madre de la Iglesia, la Madre de Jesús. 

La comunión con ese corazón sufriente durante un viernes y un sábado judío, es un tesoro de ciencia y conocimiento del misterio religioso que acompaña al hombre como parte de su identidad genética. La comunión con los muertos  que ahora tienen alguna forma de vida, es común en todas las religiones. Pero la comunión con los vivos, que pasada la puerta de la muerte escuchan, oyen, hablan y acuden al diálogo interviniendo incluso en el mundo físico que llamamos 'esta vida', la religión que más la ha desarrollado es la cristiana. El cristianismo tiene en su fundamento de fe la comunión de los santos. Los que entran al reino, están vivos, comunicantes.

La comunión más perceptible es la que se logra con María, la Madre que une umbilicalmente a la Iglesia con su Hijo, el Padre y el Espíritu. Y el Sábado Santo hay como una gracia especial para esa comunión. Sin palabras muchas, sin razonamientos pesados, sin promesas ni votos incumplibles, la presencia suya en la vida del espíritu cristiano que ora en soledad, es apreciable a simple vista de la fe. Alimenta solo con misterio de amor presente, como hizo con la primera iglesia reunida con temor, en lo escondido una sala amplia de la segunda planta, donde vibraba aún el eco emocional de las cuerdas bucales de su hijo diciendo: "Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre"... Ella lo entendería aquella misma noche, porque era la Madre de la Esperanza. Lo que a nosotros nos lleva sosteniendo dos mil años en la fe, la vuelta del amado que se fue, ella lo concentró en un solo 'sabat', un descanso, un sábado judío en el que uno no podía ni moverse. Pero ella se movió, como su Hijo. Con la espada clavada en el alma, que el viejo Simeón le había profetizado, fue capaz de volar en silencio hasta el sepulcro, y entender la promesa que había hecho. ¡Volveré y os llevaré conmigo! 

María del tiempo sagrado viajó en su soledad a todos los tiempos de su hijo. Incluyendo siglo XXI. Y aquí está, como aquella noche del año 33 desde su parto en Belén, sosteniendo la vida de los nacidos a su fe, atemorizados, gritando como ella: ¡¿Dónde estás?!

La Madre de Esperanza, fue madre del encuentro y lo seguirá siendo  tras la muerte.

Manuel Requena


Domingo de Pascua de Resurrección




Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo

         La resurrección de Jesús es el centro de nuestra fe y motivo de perenne alegría.

       Alegría porque su triunfo es nuestro triunfo. Con él todos hemos muerto y resucitado. En él la naturaleza humana ha sido glorificada para siempre y nos posibilita que un día seamos también nosotros glorificados.

       Alegría porque el hombre Jesús, se solidarizó con nosotros, echó sobre sí nuestras miserias, nos ha conseguido el perdón,  ahora intercede por nosotros ante el Padre y nos ayudará para que compartamos su resurrección y su gloria.

Alegría porque hemos recibido el don de la fe que nos permite conocer y vivir esta realidad, como Juan y Pedro (cf. Evangelio).

Alegría porque hemos recibido el bautismo que nos hace compartir ahora su muerte para vivir una vida nueva y después compartir su resurrección.

Alegría porque nos ha abierto el camino que conduce al Padre y a la felicidad, una vida consagrada al amor

Alegría porque tenemos una vida con sentido, porque nuestro camino no conduce al caos sino a la plenitud de la vida, porque compartiremos su resurrección.

Alegría porque en el cielo tenemos quién nos comprenda y nos ayude en nuestro caminar.

Alegría porque ya somos ciudadanos del cielo y hemos recibido la capacidad de vivir como tales (cf. 2ª lectura).

Alegría porque Jesús nos ha enviado su Espíritu que nos capacita para vivir como ciudadanos del cielo.

Alegría por nuestro amigo Jesús se fía de nosotros y nos ha confiado la tarea de ser testigos de su resurrección (ver 1ª lectura). Que nuestra alegría sea nuestro mejor testimonio.

Como pide Pablo, “alegraos siempre en el Señor, de nuevo lo digo, alegraos” (Flp 4,4,). Este es el fundamento de la alegría que nunca falla, pues Jesús, el resucitado, es nuestro amigo, a él estamos incorporados, él es nuestra vida, siempre nos acompaña y con él las alegrías serán más alegrías y los sufrimientos tendrán un nuevo sentido, estará con nosotros en la hora de la muerte y nos llevará a compartir su gloria junto al Padre.

Alegría porque en la Eucaristía podemos vivir una experiencia estrecha de comunión con el Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía nos haga auténticos testigos de su resurrección.


Rvdo. D. Antonio Rodríguez Carmona