jueves, 14 de abril de 2016

Los gritos del Cristiano


                                                                           
¡Cristianos católicos perseguidos! Sois la divina Fe, más que muchos apóstoles en vida de Cristo, pues vosotros sin verle, no Le habéis negado.

Sois el orgullo de Dios y la imagen viva de Cristo. Señor ampara su terror y envíales ángeles para su consuelo como hicieron Contigo. Sé que son tus predilectos pues en su martirio, no Te abandonan ni renuncian.

La historia de los “Coliseos” se repite en tierras del Islam. ¿Qué han hecho sino amarte en el prójimo? Somos tus manos, tu boca y su esperanza.

¡Parlamento europeo, Américas, Asia…! ¿Qué hacéis? Estáis mirando a otro lado mientras sus gritos ahogan nuestros oídos.   

¡Made day may day!!! La muerte del creyente inunda las redes sociales en todos los continentes sin respuesta de mandatarios; no es asunto político, no es “provechoso”, no va con mi fe… ¿Verdad?

¿Es que a nadie importa?, ¿sólo a Dios?

El dedo del Cesar no se mueve, se ha puesto hablar de la economía de “Roma”; de qué hacer con tanto refugiado: “Tremendo gasto; sus raíces culturales no se avienen a las nuestras”; de paraísos fiscales… Otros callan y siguen con su vida.  

Mientras duermen, discuten, toman café y comen en grandes restaurantes… Pueblos cristianos son arrasados, quemados vivos, guillotinados, echados de sus casas, encarcelados y torturados…  

A Dios Le importa y a ti y a mí, también… ¿Qué podemos hacer?

Unámonos aprisa  en su defensa y libertad o veremos muy pronto (sin darnos cuenta) a nuestro asesino por toda la tierra.    


Emma Díez Lobo

miércoles, 13 de abril de 2016

Amoris Laetitia


 El Santo Padre acaba de ofrecernos su nueva Exhortación Apostólica, conclusión de los dos Sínodos convocados por él sobre la familia. Se publica en el Año Jubilar de la Misericordia. Él es consciente de que el lenguaje de la misericordia encarna la verdad en la vida,  y la doctrina de la Iglesia debe integrarse en relación al corazón del kerygma cristiano (el primer anuncio de la fe) y a la luz del contexto pastoral en que vendrá aplicada, siempre recordando que la ley suprema de la Iglesia debe ser la salus animarum, como establece el último canon del Código de Derecho Canónico: “…teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia” (Can.1752).  La preocupación del Pontífice es pues situar la doctrina al servicio de la misión pastoral de la Iglesia, pero contando con que Jesús ha vuelto a ser un desconocido en tantos países, también de occidente, y que “conviene ser realistas y no dar por supuesto que nuestros interlocutores conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que puedan conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que les otorga sentido, belleza y atractivo”, según se expresaba en su precedente Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (EG 34). La familia es un tesoro, pero se ha vuelto más frágil bajo el peso del consumismo, de la cultura de la gratificación inmediata, de la falta de perspectivas de empleo que permitan casarse, de los horarios laborales, los viajes de trabajo, del individualismo favorecido por las nuevas tecnologías, y de muchos otros factores. El objetivo del Papa es multiplicar los esfuerzos positivos para que todas las familias puedan disfrutar «La alegría del amor».
El estilo del Papa Francisco tiende a una “renovación”, más aún, a una verdadera “conversión”, también del lenguaje, para que la proclamación del Evangelio sea significativa y llegue a todos, y lograr que el anuncio del Evangelio no sea meramente teórico o sin vinculación con la vida real de las personas. En sus palabras se comprende que para hablar de la familia y a las familias, el desafío no es el de cambiar la doctrina, sino el de inculturar los principios generales a fin de que puedan ser comprendidos y practicados. Nuestro lenguaje debe animar y confortar cada paso de cada familia real. Francisco, por consiguiente, se expresa en un lenguaje atento a los interlocutores, lo cual implica discernimiento y diálogo. El discernimiento es un constante proceso de apertura a la Palabra de Dios para iluminar la realidad concreta de cada vida, un proceso que nos lleva a ser dóciles al Espíritu, que nos anima a cada uno de nosotros a actuar con amor, en las situaciones concretas y, en la medida de lo posible, nos anima a crecer de bien en mejor. El discernimiento deriva en el diálogo que busca siempre la salvación de las personas. Dialogo y discernimiento se entrecruzan, como dijo el Papa en su audiencia a La Civiltà Cattolica: “El discernimiento espiritual busca reconocer la presencia del Espíritu de Dios en la realidad humana y cultural, la semilla ya plantada de su presencia en los acontecimientos, en la sensibilidad, en los deseos, en las tensiones profundas de los corazones, de los contextos sociales, culturales y espirituales” (14.6.2013). Esto se traduce en la obligación de los pastores de discernir bien las situaciones, como ya se viene planteando desde hace mucho tiempo (cfr. Familiaris Consortio n. 84,  Sacramentum Caritatis29).
La Exhortación, por tanto, revela una preocupación pastoral que no debe ser interpretada como una contraposición respecto al derecho. Por el contrario, el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: la verdad no es abstracta sino que se integra en el itinerario humano y cristiano de cada uno de los fieles. Tampoco se trata de adecuar una pastoral a la doctrina, sino de no arrancar a la doctrina su sello pastoral original y constitutivo. Su pensamiento implica el esfuerzo de aceptar la diversidad, de dialogar con aquellos que piensan diversamente, de favorecer la participación de quien tiene capacidades diversas. El Santo Padre afirma claramente la doctrina sobre el matrimonio y la familia y la propone como un ideal irrenunciable. El mismo ha afirmado en varias ocasiones que “el tema no es cambiar la doctrina, sino que la pastoral tenga en cuenta las situaciones de cada persona”. Esta Exhortación Postsinodal solo puede interpretarse, por voluntad expresa de su autor, a la luz de la doctrina católica sobre el matrimonio y la moral y en ningún caso contra ella. La doctrina “irrenunciable” de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia  –dice el Papa–, debe “expresarse con claridad” (Amoris Laetitia 79), porque los pastores deben proponer a los fieles “el ideal pleno del Evangelio y la doctrina de la Iglesia” (AL 308) y la pastoral concreta debe tener en cuenta “tanto las enseñanzas de la Iglesia como las necesidades y los desafíos locales” (AL 199).
¿Cuáles son, pues, las novedades de la exhortación Amoris laetitia? La novedad, por encima de todo, es una renovada actitud de acompañamiento. El Papa Francisco, como hicieron sus predecesores, reconoce la complejidad de la vida familiar moderna. Pero acentúa mucho más la necesidad de que la Iglesia y sus ministros estén cerca de las personas sin importar la situación en que se encuentren o lo alejados que se puedan sentir de la Iglesia.
Debemos comprenderacompañarintegrar y tener los brazos abiertos especialmente para los que sufren (AL 312), sin desconectarse de los problemas reales de la gente.  La larga historia de enseñanza de la Iglesia y la experiencia muy intensa del Sínodo proporciona a la Exhortación la difícil fusión entre lo antiguo y lo nuevo. Pero no se puede olvidar que el título mismo, “La alegría del amor”, sugiere la actitud del documento, que recuerda constantemente la belleza de la vida familiar, a pesar de todas las dificultades que conlleva. Francisco escribe elocuentemente sobre cómo formar una familia, lo que significa ser parte del sueño de Dios, uniéndose a El en la construcción de un mundo “donde nadie se sienta solo.” (AL 321).
Francisco nos invita a leer con calma y por partes, sin atropellarse, este largo documento que recoge la variedad de aportaciones realizadas en dos intensas asambleas sinodales, materiales con los que el Sucesor de Pedro ha forjado su propia síntesis, llamada a marcar el camino de la Iglesia. Nadie debería precipitarse en la lectura de esta carta. Los lectores podrán sorprenderse gratamente de lo concreta que es. El Papa Francisco, con un corazón de pastor, entra simple pero profundamente en las realidades cotidianas de la vida familia. Hay, por ejemplo, muchos católicos divorciados que se han vuelto a casar civilmente y que se esfuerzan por hacer las cosas bien y educar a sus hijos en la Iglesia. El Santo Padre les da la garantía de que la Iglesia y sus ministros se preocupan por ellos y por su situación concreta. Quiere que sepan y que sientan que son parte de la Iglesia. Que no están excomulgados (AL 243), y, aunque todavía no puedan participar plenamente en la vida sacramental de la Iglesia, les anima a tomar parte activa en la vida de la comunidad.
Un concepto clave del documento es la integración. Los pastores tienen que hacer todo lo posible para ayudar a las personas en estas situaciones a involucrarse en la vida de la comunidad. Cualquier persona en una llamada situación “irregular” debería recibir una atención especial. “Ayudar a sanar las heridas de los padres y ayudarlos espiritualmente es un bien también para los hijos, quienes necesitan el rostro familiar de la Iglesia que los apoye en esta experiencia traumática” (AL 246). El Papa Francisco quiere que nos acerquemos a los frágiles con compasión, y no con juicios, para que “entren en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcan la fuerza de la ternura (cf. AL 308).
La exhortación del Papa rebosa esperanza. No encontraremos en ella una lista de reglas o de condenas, sino un llamamiento a la aceptación y al acompañamiento, a la participación y a la integración. Incluso cuando las personas –por muchas razones diferentes– no han sido capaces de cumplir con las exigencias de la enseñanza de Cristo, la Iglesia y sus ministros quieren estar a su lado para ayudarles en su camino. No es este un documento canónico, como sí lo fue la reciente simplificación de los procesos que estudian la nulidad matrimonial, ni tampoco un documento doctrinal, sino un documento pastoral, destinado a ayudar a los esposos, a los novios, a los catequistas, a los sacerdotes y obispos. El epígrafe final contempla a la familia que engendra y cuida, que transmite la vida, la sostiene y la educa. Es el hospital más cercano. Formar una familia es “ser parte del sueño de Dios”, dice Francisco, pues cada miembro de la familia es compañero de camino de los otros, para que alcancen su plenitud, aquí y en la vida eterna. Pero, además, la verdadera familia nunca se encierra en sí misma. Tiene la misión ante el mundo de ser presencia viva de la maternidad de la Iglesia. A pesar de todas las dificultades y situaciones excepcionales, cada discípulo del Señor encontrará la via caritatis que no elude las exigencias de la verdad ni hace rebajas, pero que, ciertamente, toma en cuenta la fragilidad de cada hombre y mujer para levantarla. El reflejo del misterio divino que se presenta en el camino del matrimonio, a pesar de tantas fatigas y obstáculos,  la belleza de la familia cristiana como la mejor respuesta a los males de nuestro tiempo, nos devuelve a la vocación de plenitud y  de alegría que contiene nuestra vocación al amor, al gozo del amor: Amoris Letitia.

+ Rafael Zornoza
Obispo de Cádiz y Ceuta

martes, 12 de abril de 2016

¿Cumplimos nuestra parte?


                                                                  
 Él hizo una alianza de paz con el hombre hace 80 generaciones.

Nos dio las armas para el combate con Satán; nos indicó el camino de la paz; nos regaló la fuerza y el consuelo; ordenó el perdón a sus representantes; nos contó ejemplos de actuación para cada momento difícil; nos regaló miles de milagros; nos advirtió sobre la mentira y el dinero; nos enseñó a bautizarnos en su Nombre; se llevó todos los pecados de la humanidad; nos ofreció su Cuerpo y su Sangre cada día para crecer en la Fe y nos abrió el cielo, eternidad sublime del alma. 

Después de tantos dones de Gracia, su parte de la alianza ¿Hemos cumplido nosotros con la nuestra?, ¿se lo hemos agradecido?, ¿nos quitó libertad haciéndonos rehenes de su  pacto?

¡Por Dios, qué NO! Y en nuestra libertad inalienable y poca inteligencia (mínima), el MAL campea a sus anchas con poder y manejo de nuestras vidas… 

Yo me pregunto ¿Tanto esfuerzo y Sacrificio por amor al hombre? No comprendo nuestra indiferencia, ingratitud y deslealtad, pero sí entiendo a Satán ahora más que nunca: Ambición y ansia del hombre para reírse del Hijo de Dios… Y nosotros le dejamos.

Hay una esperanza Jesús, la hay: Mira a esos pocos elegidos gritando su FE Cristiana, mira como no reniegan de Ti para salvarse; mírales abriéndote sus brazos.  

Dios os de la mejor de sus moradas, benditos del mundo, que bajo tortura y muerte a manos de los sicarios de Satán, sois ejemplo de nuestra parte en la Alianza.    

 Emma Díez Lobo

    

lunes, 11 de abril de 2016

¡Corregir al que yerra!



«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

LA TERCERA OBRA ESPIRITUAL DE MISERICORDIA

  Cuentan que a una abuela le tocó criar a su nieto huérfano. Enseguida se dio cuenta, con pena, de la afición a robar que tenía. Quiso ayudarle a vencer este defecto pero ni las amenazas ni las promesas le sirvieron de nada. Un día le advirtió que si volvía a robar calentaría el atizador y le traspasaría la mano. Estaba dispuesta a utilizar todos los medios a su alcance, con el fin de que su nieto se corrigiera. Un buen día el niño volvió a robar. Le quitó a su abuela un billete de la cartera. La abuela le arrastró hasta la cocina, empuñó el atizador y lo puso en los carbones del brasero. Cuando estuvo incandescente, lo sacó, soltó al niño y se traspasó la mano. Desde entonces, jamás volvió a robar. 

Pensaréis que soy un exagerado. Que se trata de un cuento idílico. Sin embargo, en treinta y seis años de sacerdote, mi humilde experiencia es que las personas cambiamos muy poco. Y si lo hacemos, únicamente es «por sobredosis de amor». 

La Madre Teresa de Calcuta tenía razón cuando me confesó su secreto: «amar hasta que duela». Sólo se es significativo cuando uno va más allá de lo que el otro espera de ti. Coincide con el consejo que San Juan de Ávila daba a los sacerdotes: que tuvieran un corazón «maternal». A quien quisiere ser padre (sacerdote), le aconsejaba un corazón tierno, y muy de carne, para tener compasión de sus hijos, lo cual es un gran martirio; y otro de hierro para sufrir los golpes que la muerte de los hijos te proporcionen. Y es que para un cristiano, como para cualquier madre, más allá de la justicia, está la misericordia. 

Esperanza, la madre de Pepe, José Antonio Pérez, el Guardia Civil que enterramos la semana pasada, me dejó sin palabras cuando la llamé por teléfono para darle el pésame: «Mi hijo ha muerto como Nuestro Señor Jesucristo, ‘arrastrado’. E inmediatamente suspirando añadió: ‘¡Pobre muchacho…!’, refiriéndose al menor que le había segado vilmente la vida a su hijo, ‘¡Dios le perdone…!’ ‘¡Cómo podría, si no rezar cada día yo el padrenuestro…!’». 

Aunque pueda parecer de ciencia ficción, hay hombres y mujeres en el mundo, imbuidos por este mismo espíritu de Jesucristo, capaces de un amor oblativo, de un amor que sabe ponerse en el «pellejo» del otro. Y si no pueden amarlos por lo que han hecho, sí por lo que son en el corazón de Dios. Sólo así se obra el milagro del cambio… como hiciera Jesucristo con nosotros, muriendo voluntariamente para que nosotros viviéramos y recobráramos la dignidad perdida. 

Carlos Mendi me ha enviado el testimonio de un juez de menores, Emilio Calatayud, al que se le conoce por sus sentencias ejemplares, como cuando condenó a un ladrón de 16 años a aprender a leer y a otro a terminar la Secundaria. Prefiere apostar por una justicia «que muestre al que ha faltado por qué y en qué se ha equivocado y cuáles son las consecuencias de sus actos; y que, además, le dé una oportunidad para enmendarse y enmendar, en lo posible, el daño que hayan podido causar». El juez granadino aplica unas pautas que valen para cualquier situación en la que se debe corregir al que yerra: «Para no perder la perspectiva, conviene pensar qué habría hecho yo si hubiese vivido una situación similar o cómo me gustaría que me tratasen». «Lo más importante es descubrir que para Dios, como Padre, no hay nadie que esté absolutamente perdido. Y menos, si es joven. Después, por supuesto, no ahorrarle la verdad: todos los actos tienen consecuencias y obrar mal lleva a un mal camino». Esto resulta más fácil cuando quien yerra se sabe sujeto de la misericordia, de la caricia de Dios. No conviene olvidar que ninguno de nosotros somos «pluscuamperfectos». Somos frágiles, vulnerables, imperfectos… necesitados, tantas veces de que alguien nos corrija fraternalmente, con delicadeza y ternura para no volver a errar.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

domingo, 10 de abril de 2016

Una esperanza más

                                                                                 
Me encontraba sentada tomando un café cuando alguien me preguntó si podía sentarse en mi mesa, la conocía de vista y no me importó, al contrario.

No sé cómo sucedió que a los 10 minutos le estaba hablando de Jesús. ¡Pobre hija! No sabía ni los nombres de los apóstoles (española bautizada). Le conté pasajes cruciales del Evangelio haciendo hincapié (con ímpetu) en que yo no hablaba sobre una religión, sino sobre un Hombre que había muerto de amor por ella.

De vez en cuando me sacaba el tema de los budistas etc. Le dije: Sí, son maneras de vivir con dioses de “madera”… Pero escucha, esto es “otra historia”. En este momento Dios está aquí, entre nosotras, porque estamos hablando de Él (“Dónde haya 2 o más personas hablando de Mí, ahí estaré Yo”). Le sorprendió...

- ¿A qué lado de mi hombro está? Me preguntó. No sé ¡qué graciosa, si no Le puedo ver!, le contesté; pero te rodea su “presencia”.

La mujer ni siquiera sabía donde acababa el Antiguo Testamento ni dónde empezaba el Nuevo… Y le hable de la Puerta Santa y de las Indulgencias plenarias (como si le hablara en chino). Pero después de explicarle, se apuntó para ir conmigo el Domingo.

- No sé confesar, nunca lo he hecho, me dijo… No importa le aclaré, el representante de Cristo te ayudará. Desde el Apóstol Pedro, es el único que puede hacerlo al estar Consagrado por el Espíritu Santo, ¿te acuerdas de las lenguas de fuego sobre sus cabezas?: “A quien perdonéis los pecados, les serán perdonados en el cielo, a los que se los retengáis, les serán retenidos…”).   

- Has hecho feliz a Dios ¿sabes? Y no por Él, sino por lo mucho que sufriría por ti si no consigues salvarte y, eso depende sólo de ti. No Le des la espalda. ¡Nos vemos!


    Emma Díez Lobo  

sábado, 9 de abril de 2016

Domingo III Tiempo Pascual



Jesús resucitado, Señor de la historia

       La segunda lectura presenta un himno a Jesús resucitado porque ha recibido de Dios Padre el libro de la historia. El libro del Apocalipsis ofrece una panorámica de la Historia de la salvación, en la que habrá dificultades, persecuciones, muertes e incluso derrotas parciales,  pero al final tiene lugar la victoria de Dios por medio de Jesucristo. Al comienzo de sus visiones, el libro narra la escena dramática de la humanidad dolorida porque parece que el libro de la historia no tiene dueño y no hay quien lo abra, pero Dios Padre lo entrega a Cristo resucitado, el Cordero degollado, a quien constituye jefe y salvador. Con ello se nos enseña simbólicamente la riqueza que tiene la resurrección de Jesús: con ella se ha realizado el plan de Dios en la historia y ya se ha conseguido la cosecha del Reino de Dios. Ya es realidad la nueva humanidad, el cielo nuevo y la tierra nueva. Ahora es el tiempo de distribuir la cosecha, porque Dios quiere que la conozcan todos los hombres y todos se aprovechen libremente de ella.

       Los cristianos, que ya compartimos la gracia de la nueva humanidad, tenemos la tarea de darla a conocer y de trabajar para que la historia que se construye cada día, esté orientada a esta nueva humanidad, en que reine la justicia, la fraternidad y el amor. Para ello contamos con la ayuda del Espíritu Santo. Pero en esta tarea nos encontramos también con las fuerzas que luchan por todo lo contrario, por el mundo del egoísmo, la injusticia y la insolidaridad. Actúan desde  el poder político, económico y cultural   con unas fuerzas aparentemente superiores a las nuestras. E inevitablemente habrá lucha. La certeza de que la victoria es nuestra es un acicate para luchar, conscientes de que estamos en el justo camino y que la victoria final ya ha tenido lugar.

       La primera lectura habla de cristianos perseguidos por las autoridades que prohíben dar testimonio y “contentos de haber merecido aquel ultraje”, porque estaban ciertos de la resurrección de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo daban testimonio. El Evangelio, por su parte, habla de solidaridad y amor. Jesús se aparece y comparte con un grupo de discípulos que actúan solidariamente; en la segunda parte del relato Jesús confía sus ovejas de una manera especial al que ama también de una manera especial. Solidaridad y amor dentro de la comunidad son también necesarios para llevar adelante la tarea de construir la nueva humanidad, junto con Jesús. Nuestra forma de vida es la primera manera de hacer historia, pues debe ser testimonio elocuente de la nueva humanidad que anunciamos. Por eso la división de los cristianos es un antitestimonio.

       En la celebración de la Eucaristía actualizamos la escena del Evangelio. En ella, unidos solidariamente, celebramos la presencia de Jesús en la oscuridad de la fe. Ninguno pregunta quién es porque todos sabemos que es el Señor el que está en medio de nosotros. Él prepara la comida, pero nos pide que cada uno pongamos un trozo, que sea fruto de nuestro trabajo por un mundo mejor. Y así fortalece nuestra condición de testigos de la resurrección.


Rvdo. D. Antonio Rodriguez Carmona

viernes, 8 de abril de 2016

Seremos juzgados sobre el amor



Me causó una muy agradable sorpresa, al leer la bula de convocación del Año Santo comprobar que el papa Francisco citaba a San Juan de la Cruz, una cumbre de la mística y de la poesía religiosa. La cita era la siguiente: “En el atardecer de nuestras vidas seremos juzgados sobre el amor”.

En este tiempo de Pascua la Iglesia vive el gozo de la presencia en ella de Cristo resucitado gracias a la fe y los sacramentos. Pero este gozo va acompañado también de lo que se ha llamado “una mística de los ojos abiertos”. Ojos abiertos a las necesidades de nuestro prójimo. La Cuaresma, que ya hemos dejado atrás, ha sido un tiempo para vivir con mayor intensidad el Año Jubilar. Pero también lo es –lo ha de ser- el tiempo de Pascua. El Papa ha impregnado de sensibilidad social el Jubileo de la Misericordia y nos pide “realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales que con frecuencia el mundo moderno crea” (MV 15). Es bien conocido el deseo del Santo Padre de llevar a la Iglesia a las periferias tanto geográficas como existenciales.

Os invito a preguntaros: ¿qué lugar deben ocupar los pobres y las periferias en nuestra acción pastoral? El Santo Padre les adjudica un lugar privilegiado en el Pueblo de Dios. La opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Los pobres son los preferidos de Dios, aquellos a los que otorga «su primera misericordia», y esa preferencia ha de tener consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos. Inspirada en esa preferencia de Dios, la Iglesia hizo desde el principio una opción decidida por los pobres. Como señaló el papa Benedicto XVI, esta opción «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza».

El Papa insiste en que seremos juzgados sobre si hemos sido misericordiosos con los hermanos y hermanas a los que pudimos ayudar. Y pone unos ejemplos que son de mucha actualidad referidos a nuestra acogida para con los extranjeros o al tiempo que dedicamos a acompañar al que estaba enfermo o al que estaba privado de libertad. También se refiere a las obras de misericordia espirituales: “Si ayudamos a superar la duda; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños, privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en  la oración a nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos ‘más pequeños’ está presente Cristo mismo” (MV 15).

La Visita Pastoral a las parroquias es para mí un momento privilegiado para constatar que un gran número de personas ponen en práctica las obras de misericordia. Catequistas, voluntarios de Cáritas, colaboradores  de diferentes instituciones de acción social y caritativa, monitores que acompañan a niños y adolescentes en su formación, personas mayores o enfermas que rezan y se sacrifican por los demás, y un largo etc. Una multitud de personas buenas, generosas, entregadas, que con un trabajo discreto y socialmente poco conocido ayudan a los demás en su formación, en su crecimiento en la fe y también curan las heridas de los más golpeados por nuestra sociedad. Que Cristo resucitado sea su sostén y su esperanza.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa