martes, 7 de junio de 2016

La regla de tres indirecta

                                                                           
Ser imagen de Cristo es una “clase de matracas” increíble. No es fácil entenderlo a la primera pero si nos sumergimos en sus Palabras… Acabamos sacando un “pasa adecuadamente”, un notable o un sobresaliente; la Matrícula de Honor es para los santos  de Dios y no niego que tú puedas estar entre ellos. 

¿Qué decía Jesús de los que sufren?: “Ellos serán consolados” (el sufrimiento te acerca al cielo); pero: ¡Ay de los que viven para el dinero!, el lujo y la verruga que incomoda…

Desde que nacemos, el llanto adivina una vida difícil que habremos de vivir, pero hay quien se va del camino marcado...

Jesús la tuvo dolorosa en extremo y, todo sufrimiento se lo ofrecía a su Padre. Esta es la magistral clase que solemos suspender: Nos cuesta aceptar el dolor, aún por un bien mayor ¡Parecernos a Él!

Regla de TRES indirecta:

A mayor padecimiento (aceptándolo) ------ Menor carga ante Dios por parecernos a Él.

A menor pena ------ Mayor dificultad ante el cielo por no asemejarnos a Él.

Reconozco que a quejicas no nos gana nadie, pero pensemos en Él si queremos “seguir” la vida con una sonrisa divina a pesar de los pesares. 

Este es el lema que un hijo de Dios debe llevar en la mente, “Dolor y Gracia van juntos”: Con su Muerte, nos llegó la liberación.

También es Palabra de Dios: “En las tribulaciones, paciencia; la paciencia virtud probada; la virtud probada, esperanza y, la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en el hombre por el Espíritu que se nos ha dado”.

¡Esto es fenomenal!

Emma Díez Lobo


lunes, 6 de junio de 2016

Amoris Laetitia (y III): un canto a la Misericordia


 El Papa Francisco es consciente de que la situación de la familia en el momento actual es de una gran fragilidad. Si el pecado y sus efectos impregnan todas las realidades humanas, esto se vive especialmente en el ámbito de la vida familiar. Las rupturas, con todo el sufrimiento que conllevan, y una cierta cultura “que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de futuro”, o que “concede a muchos otros tantas oportunidades que también ellos se ven disuadidos de formar una familia” (nº 40), están creando nuevos hábitos de vida y transformando lo valores de nuestra sociedad. Junto a esto, otros hechos como las situaciones de penuria económica, una mentalidad que no valora positivamente la vida, la falta de trabajo o las heridas que provocan en las familias fenómenos como el uso de las drogas, etc… constituyen un desafío para la Iglesia y para nuestra sociedad.

Ante tanta herida el Papa nos invita a no ceder a la tentación del fariseísmo que divide el mundo en buenos y malos y que lleva al juicio y a la condena de aquellos que no viven en una situación considerada como “regular”. Todos hemos de reconocer con humildad que incluso en las familias “normales” pueden existir problemas, y ser conscientes de que si no los hay pueden aparecer. La condena no es nunca camino para la fe ni para la evangelización. Además de no juzgar ni condenar, el Papa nos invita a mostrar siempre una actitud de positiva acogida hacia todos. Esta actitud está expresada en tres palabras: “acompañar, discernir e integrar” (nn. 291ss) a quienes están en estas situaciones de fragilidad.
Esto implica una mirada de amor hacia quienes viven en estas situaciones; reconocer que muchas veces son víctimas de circunstancias que no han buscado; aceptar que incluso en esas duras realidades se pueden encontrar valores positivos; no afirmar nunca que son “pecadores” ni tratarlos como si no estuvieran llamados a la salvación; ayudarles a que en no pierdan la paz en el corazón ni la esperanza en Dios; acogerlos en la comunidad eclesial de tal modo que reciban los dones de salvación que Dios ofrece a través de la Iglesia como un regalo, y no los exijan como un derecho; tratar a todos de modo que nadie se sienta excluidos de la Iglesia; ofrecerles la posibilidad de realizar aquellos servicios eclesiales que puedan hacer bien a los demás; buscar con ellos caminos para que su corazón se alimente de la Palabra de Dios y se mantenga vivo en él el deseo de ir creciendo en amistad con Dios y en la vocación a la santidad, que es el ideal de todo bautizado al que todo estado de vida en la Iglesia (también el matrimonio) debe tender.
La esperanza en la misericordia de Dios para todos nos lleva a no condenar a ninguna persona por su situación, porque nadie puede estar seguro de su propio estado de gracia; a no perder la confianza en que Dios buscará y encontrará caminos de salvación para todos nosotros ofreciéndonos su perdón; y a mostrarnos comprensivos con todas las debilidades humanas (Veritatis Splendor, 104), de las cuales ninguno tenemos la seguridad de liberarnos, sin que ello implique considerarlas como algo positivo.

Que esta exhortación sea una palabra esperanzadora para todos aquellos que pasan por momentos de dificultad.
+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa


domingo, 5 de junio de 2016

Sequía espiritual

                                                                                        
¡Jesús!!!

Menos mal que es cosa de “de vez en cuando”, sobre todo si nos dedicamos a asuntos “Cesáreos”,  como Hacienda, multas, dientes que se remueven (a lo mejor es que van a salir otros ¡qué lástima!), la llave que se pierde… En fin, colgajos varios que no paran de acosar; y aunque hagamos también angelitos en casa (los hago), no nos salva ni el “tato”.

Gracias amigo por recordarme que el día es suficientemente amplio incluso para pastorear, como Dios nos da a entender a cada uno. (Te pareces a Jesús echando broncas).

Y es que Dios es muy exigente y con razón; además las que somos “niña” podemos hacer muchas cosas a la vez (como siempre)… Ellos en cambio solo UNA (1) y no más Santo Tomás porque es imposible (si leen, no escuchan;  si comen no hablan;  si les llaman por teléfono, no preparan el café…  Jajajaja, un desastre).

Queda claro, no hacer “rosarios de bolas de colores” (por afición) si no sabemos utilizar las horas del día. Cuando nos parece que son pocas, es porque algunas se nos pierden en el camino (con las dichosas bolas) y si nos parece que son muchas… ¡Ay madre! ¿A quién le pasa eso? Pues a personas que sienten su corazón en soledad terrenal y, eso es triste porque tampoco contemplan la compañía de Jesús. Él siempre está y aguarda nuestra charla y nuestra vida.  

De sequía a inundación va un paso, sólo hay que darlo…


Emma Díez Lobo

sábado, 4 de junio de 2016

X Domingo del Tiempo Ordinario



Creo en la resurrección de los muertos

                Lucas dirige su Evangelio a cristianos que viven en un ambiente dominado por ideas paganas de salvación, muy parecido al nuestro, en que la mayor parte de la gente opina que lo importante en la vida es ser feliz aquí en este mundo y para ello es fundamental el dinero, el poder político y militar, el prestigio... Como consecuencia se busca a los que lo tienen y lo pueden dar y se margina a los restantes, especialmente a los débiles.

                En este ambiente, que se respira por todos los poros e influye en la comunidad cristiana, es importante que el cristiano sea consciente y valore las características de la salvación que ofrece Jesús: es una salvación que da la felicidad porque hace partícipe de la vida divina, da sentido a esta vida y resucita para una vida eterna.

Jesús hace posible el gran sueño de sobrevivir a la muerte. Los faraones construyeron las pirámides y sofisticadas sepulturas para que los enterrasen en ellas, colocando junto a sus cadáveres alimentos y joyas. Pero de nada sirve meter en la sepultura dinero ni joyas.  La resurrección es un regalo de Dios por Jesucristo. Por ello para el cristiano es un engaño el “comamos y bebamos que mañana moriremos”, porque sabe que la muerte no es el final, sino el momento en que devuelve a Dios la vida física que recibió de él y Dios se la transformará en vida eterna, si previamente en su vida mortal acogió libremente la invitación a la conversión, se unió a Cristo por el bautismo y procuró vivir como hijo de Dios. 
       
                Dos relatos de resurrecciones narra Lucas, éste y la hija de Jairo, y en ambos destaca el protagonismo de Jesús, que ofrece lo que el hombre no puede imaginar. En este caso Jesús se encuentra a las puertas de un pequeño poblado un cortejo fúnebre en que llevan a enterrar al hijo único de una mujer viuda. Es una mujer que se encuentra en una situación de desamparo total. En aquel contexto social el apoyo y defensa de una viuda está en sus hijos, pero a esta se le ha muerto el único que tenía. Jesús, movido de misericordia y espontáneamente resucita al muerto y lo devuelve a su madre. La resurrección aparece así como fruto de la misericordia de Jesús. Los presentes interpretan correctamente  el hecho como profético (Un profeta ha surgido entre nosotros), porque manifiesta que Dios es misericordioso y el Dios de la vida. Es una manifestación de la visita de Dios por Jesús.

                Hoy unos niegan todo tipo de supervivencia, otros opinan que algo puede haber, otros ni se plantean el problema. Las obligaciones familiares y los compromisos sociales obligan a todos a participar en entierros, pero se procura no plantearse problemas. En la 2ª lectura san Pablo recuerda cómo Dios le dio el don de la fe en Jesús resucitado y que este don llevaba aneja la obligación de darlo a conocer a los gentiles. Igualmente los cristianos, que creemos en Cristo resucitado, somos un pueblo de profetas que hemos de ofrecer esta palabra a nuestro mundo con nuestra forma de vivir y con nuestra palabra. 

                La resurrección es el final de toda una vida unidos a Jesús. Por el bautismo nos unimos a él y, a partir de ese momento, toda nuestra vida debe discurrir unida a él, el amigo que nunca nos abandona y está siempre con nosotros, especialmente en el momento de la muerte, en que hará que participemos plenamente su resurrección. A lo largo del camino nos acompaña de varias formas, especialmente en la Eucaristía, sacramento de vida eterna: Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo. » (Jn 6,48-51)


Rvdo. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 3 de junio de 2016

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús





El mes de junio está tradicionalmente dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, máxima expresión humana del amor divino. 

La piedad popular valoriza mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios; pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que ha brotado la salvación para la entera humanidad. 

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús, por ejemplo en el pasaje en el que el mismo Cristo dice: «Venid a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis vuestro alivio» (Mt 11,28-29). 

El relato de la muerte de Cristo según Juan es fundamental. Este evangelista testimonia de hecho aquello que vio en el Calvario, o sea, que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua (cfr Jn 19,33-34). 

Juan reconoció en aquel signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado sobre la cruz, brota el perdón y la vida para todos los hombres. Pero la misericordia de Jesús no es sólo sentimiento, es más, es una fuerza que da vida, ¡que resucita al hombre! Pensemos en esto. Es bello. 

La misericordia de Dios da vida al hombre, lo resucita de la muerte. El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. 

¡Es pura misericordia! 

No olvidemos esto: es pura misericordia. ¡Vayamos a Jesús! 

Papa Francisco

jueves, 2 de junio de 2016

Ni te van a cobrar más, X, ni te van a devolver menos

 
Nunca con una simple letra del abecedario habías podido enjugar tantas lágrimas, ni habías podido ofrecer tanto consuelo o esperanza, ni habías podido obrar tantos «milagros»… como con la « X » que has colocado en dos casillas de tu Declaración de la Renta: la del sostenimiento de la Iglesia Católica y la de Fines Sociales. Nunca con tan poco esfuerzo habías logrado multiplicar tanto tu dinero ni proporcionar tanta felicidad.

Pero más allá de las cifras, afortunadamente en alza, me gustaría que hoy sintieses el «escalofrío» que recorrería tu cuerpo si quien llamase a tu puerta fuese alguien afectado que venía para darte las gracias por este gesto, aparentemente imperceptible pero tan eficiente como fecundo.

Permíteme que sea tu obispo quien llame en esta ocasión a la puerta de tu corazón para decirte GRACIAS en nombre de tantos rostros anónimos, cuyas vidas han recobrado su dignidad como personas  y sus «historias» han podido tener un final feliz, merced a tu solidaridad.

Simplemente GRACIAS a quienes, adornados por el Señor con sus mismas entrañas de misericordia, ofrecéis el % de vuestra renta en favor del sostenimiento de la Iglesia y de los diferentes programas solidarios que ella impulsa; GRACIAS a quienes regaláis además vuestro tiempo como voluntarios (Cáritas, Manos Unidas, Frater, Misiones, etc.); GRACIAS a los que realizáis vuestra tarea humanizadora-divinizadora en la Iglesia Católica a través de la atención personal y familiar, de la educación y vivencia de la fe (celebración de los sacramentos), de la asistencia a los enfermos y ancianos, a los niños, adolescentes y jóvenes… a través de tantos sacerdotes, consagrados, laicos, catequistas, animadores de la comunidad, profesores de religión, monitores de grupos juveniles o apostólicos, movimientos, cofradías, «Prelatura Personal»…; GRACIAS a quienes ayudáis a gestionar estos recursos económicos y humanos que recibimos para que lleguen de forma justa y equitativa a cada uno.

Tu ayuda, sea del tipo que sea, no sólo se transformará en felicidad y se multiplicará, por tantos que necesitan tanto, sino que trascenderá el tiempo y el espacio. Detrás de cada gesto que tengas con los demás, por insignificante que parezca, emergerá una historia conmovedora que te dignificará y te plenificará. Que llenará de sentido tu vida.

Esta es la «revolución»  que estamos impulsando en la Diócesis.
Nuestra única «arma», la ternura de Dios: «amar hasta que duela» y servir radicalmente a cada uno, especialmente a quien más lo necesite. La clave, hacerlo como Él, en silencio, sin hacer ruido, sin buscar aplausos, honores o distinciones. Así lo ratificaba el Papa Benedicto XVI al iniciar su Pontificado: «al mundo no lo salvan los crucificadores sino los crucificados». De ello tenemos probada experiencia en nuestra tierra.

Aunque no siempre hemos sabido estar a la altura, reconocerlo y pedir perdón cuando fallamos, ni nos deshonra ni nos degrada. Al contrario, creo que nos ennoblece porque nos ayuda a descubrir con humildad nuestra frágil condición y la necesidad de contar siempre con el Señor. Esto, sin embargo, no nos impide reconocer que la Iglesia es realmente un bien «ecológico» para la humanidad, no sólo por su actividad celebrativa (celebra los momentos vitales de cada persona), pastoral, educativa, evangelizadora, cultural, caritativa y asistencial, sino también por los valores humanos y trascendentes que ofrece a la humanidad.  Y le permite, paradójicamente, a cada persona sentirse más libre, más auténtica y más feliz. También más fructuosa.

Ojalá que a través de este trabajo, callado pero fecundo, sepamos «replantar» a Dios en el corazón humano, sembrar en nuestros jóvenes el anhelo de servir, de «amar hasta que duela», de ser bálsamo, buena noticia (evangelio) en toda nuestra Diócesis.

Con mi afecto y bendición,
Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón


miércoles, 1 de junio de 2016

Hermanos judíos


                                                                                            
 Queridos hermanos, escuchad la verdad y reaccionad al ancestral engaño al que os sometieron vuestros sumos sacerdotes. Dios les hizo saber el día de su Muerte, el cumplimiento de las profecías.   

¡Culpables de su Muerte sin desgarro de vestiduras! Un error insalvable.  

Leed el juicio de Jesús al menos, sin pretensión alguna por mi parte y obtendréis la luz que os quitaron. Jesús os nombra un sinfín de veces en el Evangelio ¿Por qué?, ¿lo habéis pensado? Sabía bien qué haríais con Él.  

 -“Ay de aquél que entregue al Hijo del Hombre, más le valdría no haber nacido” (Mt).

Oh Dios, ¿Les harás responsables de la cantidad de almas que se llevaron y se llevan aún consigo?   

-“Y el que no fue hallado escrito en el libro de la Vida (Yo soy el camino, la verdad y la Vida),  fue lanzado en el fuego eterno” (Apocalipsis).

Esta Oración es de Jesús para el mundo: “El Padre Nuestro” Si la supierais…

Trae su Reino a la tierra (El Evangelio); Nos pide que hagamos Su voluntad y no la nuestra; nos da de comer el Pan de Vida (su Cuerpo); nos regala Misericordia con nuestro perdón y por último, nos aparta del maligno. 

-“Quien me ha visto a Mí, ha visto al Padre”. Apuntaros esta frase en el corazón.

-“Quien cree en Mí, tendrá vida eterna”. Pensadlo y salvaos.

-“Yo hablo por boca de mi Padre”. Es una afirmación tajante.

-“No vengo a abolir la Ley y los profetas sino a “llenarla” (traducción del Hebreo) y  cumplirla.  Y se cumplió, desarrolló y acrecentó por deseo del Padre.

NO esperéis al Hijo de Dios, porque no vendrá como El Mesías (los sacerdotes lo supieron), sino como Cristo Resucitado.

¡Resucitad!

Emma Díez Lobo