miércoles, 6 de julio de 2016

¡Confía en Mí!


                                                                                                       
Debo estar en “baja” o enfadada, porque no salgo del temita de las tribulaciones. Ellas no se van aunque lo intentes y lo peor es que “engordan” como ceporras con la suma de otras que… ¡Qué casualidad todas a un tiempo! (ley de Murphy), parece que tengan imán o un altavoz que diga “Aquí aquí, que ya me he infiltrado…”

Y a ellas nos quedamos pegados como los “pósits”… Mucho decir que “Sea Tu Voluntad” pero amigos ¡Qué impaciencia por Dios!, “todo sigue igual, nada mejora…”.

Y es que no va a llegar “la solución” hasta que Dios no lo quiera. No es cuestión de tiempo, ni tampoco que de nuestros lloros se apiade, ¡pues no!, simplemente Él sabe lo que hace y debemos tirar de la confianza: “Señor confío en Ti”.

Si nos desesperamos, rompemos los lazos con Dios. Siempre pienso que si en verdad confiáramos, esto no pasaría y nuestra vida sería mucho más tranquila sabiendo que es humano y divino sentir ansiedad y llorar.

Termino diciendo que hay que rezar por el don de la fe y la confianza. Dios no nos desea ningún mal que quede claro, pero el sufrimiento existe desde nuestros primeros padres. A veces sin culpa, otras con ella, siempre habremos de padecer nuestros errores o los de otros.  
  
Señor, consuélanos con la esperanza de que un día veamos la luz y la paz, o mejor, aumenta nuestra fe para que vivamos los segundos de nuestra vida con un giro de 360º, así tengamos todos los dolores de la Cruz.

-¡Así será! Confía en Mí. 

Emma Díez Lobo



martes, 5 de julio de 2016

Solo quiero estar Contigo


 .
Señor, tomo la gran decisión
y me siento en este sillón tan cómodo y amarillo.
Antes he abierto del todo la ventana.
Para verte mejor, para que entre el canto
del Espíritu Santo y de esos pájaros
que me transportan en el tiempo.
Ya no queda nadie en la casa.
.
Estamos solos. Tú y yo.
Tú con toda Tu Gloria
y yo en pijama. Lo sé, no son formas Señor,
no son formas de abrirte el alma,
pero me faltan las ganas y ando un poco triste.
.
Quizá porque no me atrevo
a amarte minuciosamente. Y te dejo
para otro rato, pues estoy ocupado
soñando con viajes y bibliotecas
o unas vistas encomiables del mar o de unos ojos.
Señor, no quisiera cansarte con mis monsergas.
.
Cuéntame de Ti, mi Dios, cuéntame
del porqué de este cielo gris, del significado
de todos estos pájaros 
que acuden tan puntuales al alma.
.
Levanto la cabeza para verte 
entre las nubes de mi negligencia.
Descruzo las piernas atento a cualquier resquicio
de Tu envolvente Presencia.
¡Qué majestad tiene la brisa! ¡Qué belleza 
ostenta la gracia de la vida!
.
Perdona el desorden. Espera, deja
que quite de ahí esos libros y esa pereza.
¿Qué puedo ofrecerte Jesús mío?
Quisiera que estuvieses a gusto en mi casa.
Descansa, no Te vayas. Entre todas estas palabras
mira a ver si encuentras alguna que sirva
para amarte, o que venga al caso
para alguno de Tus inefables designios.
.
De esos que el mundo ni por asomo sospecha.
Señor, no Te pido nada. Hoy
sólo quiero estar Contigo,
y que podamos contemplar el cielo juntos.
.
Guillermo Urbizu


lunes, 4 de julio de 2016

Dios no descansa




Llegados a este punto del curso, “el descanso” adquiere todo el protagonismo en nuestro pensamiento y en nuestra conversación. El descanso se exige como un derecho o se desea con ansia, desde los agobios del “estrés” y el sueño de una vida tranquila y libre.
Esto es así, hablando en general. Nada que objetar. Podemos recordar incluso aquellas invitaciones al descanso que nos hacía el Papa Benedicto XVI por estas fechas, llamándonos a vivirlo con un sentido humanista, como recuperación y crecimiento personal. Su mensaje obedecía a un análisis en profundidad de la cultura que mitifica la eficacia, el activismo y el éxito. El holandés Piet van Breemen escribía:
“La queja en boca de muchas personas de que están estresadas por el exceso de trabajo suena un poco como una autoglorificación disfrazada… apelar a la falta de tiempo se ha convertido en un elemento de distinción y de prestigio…”
En ese mismo sentido reconocemos a veces una cierta psicopatía que podemos denominar sencillamente “adicción al trabajo”. No solo adicción al dinero que con el trabajo se puede ganar, sino también adicción a la actividad misma, en la que la persona se siente realizada, creativa, poderosa… o quizá liberada de determinados problemas de la vida, a los que uno prefiere no enfrentarse.
Desgraciadamente no todos se pueden permitir estos lujos. No son pocos quienes hoy tienen un deseo y un sueño bien distinto, porque sufren la tragedia precisamente de estar en el paro. Son quienes viven en precariedad constante, en un descanso forzado y haciendo frente a sentimientos de inutilidad y marginación.
Quisiéramos vivir el tiempo de descanso con los ojos abiertos, con una mirada hacia la realidad y un corazón consecuente. Quisiéramos que el descanso no fuera un tiempo puramente evasivo. Quisiéramos, en pleno descanso, recordar que hay una forma de trabajar alienante y una vida sin trabajo que atenta contra la dignidad de la persona.
Nos ayudará a los creyentes recordar algo que animaba tanto a los fieles de Israel. Ellos estaban convencidos de que “Dios siempre tiene los ojos abiertos”. No hay ni un momento que escape de su cuidado amoroso, ni un lugar oculto a su mirada. De esta convicción brotaron bellas oraciones sálmicas:
“El sol durante el día no te hará daño, ni la luna de noche… Él te guarda a su sombra, no permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme, no duerme ni reposa el guardián de Israel” (Sl 121,3-6)

“Me cubres con tu palma… ¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo al cielo allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si emigro hasta el margen de la aurora o hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha” (Sl 138,5.7-8)

Son maneras de decir que Dios es eterno y omnipresente. Eterno quiere decir que está siempre vivo, que es una fuente inagotable. Omnipresente quiere decir que no hay lugar al que Él no pueda acceder y hacerse presente. Y, como su ser es amar, no hay ni un momento que deje de amarnos, como no hay lugar que escape de su abrazo.
Nosotros vivimos pasando del día a la noche, del calor al frío, del trabajo al descanso, del buen humor al mal genio, de la alegría al llanto… Pero el amor de Dios no es voluble, no se cansa ni se agota, sigue con los ojos abiertos día y noche, en el trabajo y en el descanso, aquí y en la otra parte del mundo. Por eso, quienes intentamos creer en Él no damos vacaciones al amor. Al contrario, ¿no será el descanso ocasión propicia para crecer amando?
† Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat


domingo, 3 de julio de 2016

Cumplir

                                                                 
                  
Yo no puedo enjuagar sus pies con mis lágrimas ni ungir su pelo con mis manos, pero sí sé que orando y cumpliendo su Ley, Le estoy acariciando el Corazón.

Cumplir o la eterna lucha del católico. La batalla que hay que ganar milímetro a milímetro ¿Cómo?, pues nada fácil.

Cuando comienzas a hablar de alguien, necesitas saber que es hijo de Dios… ¿Le miramos así? Nuestro comentario o crítica sería muy diferente.

Cuando conoces la necesidad ajena ¿Le ves como a tu hermano en necesidad?, ¡Qué se lo pregunten a los políticos!, en verdad que no…

Cuando una persona con maldad blasfema, se ríe de ti…  ¿Rezamos por él?, ¡ni de broma! (se nos olvida).

Cuando haces algo que te enorgullece, ¿lo sabe tu mano izquierda?... Pues sí.

¿Hablas con Dios en privado de tu problema? O coges e teléfono y se lo cuentas a tu amiga que te escucha… Lo más normal del mundo (a Dios rezo y pido consuelo, pero hablar, lo que se dice hablar… Eso le pasaba a Sor Faustina K.).

Cuando has tenido dinero, ¿Has pensado en los demás?... Primero “El Corte Inglés”, después, una buena merluza en salsa… Panamá… No se comparte mucho, no.

¿Tergiversamos a veces las cosas para no ser “atacados” si hemos cometido un error?... Pues va a ser que sí.   
  
Nos defendemos diciendo “lo hice porque…” ¿Para “liberarnos” de nuestra actitud? Siempre o casi siempre.

Pues como esto, todo. Por eso hay que hacer las cosas con lentitud, pensando en cumplir la Ley. Yo os digo que poco a poco y con la Gracia, se puede. Son muchos detalles al cabo del día en que no damos ¡ni una!

Amigos, hasta otra y pensad antes de hablar o actuar, tenemos normas que cumplir.

 Emma Díez Lobo


sábado, 2 de julio de 2016

XIV Domingo Tiempo Ordinario





El compromiso misionero es parte integrante de la vida cristiana

            La fe es un don que hay que compartir. Por ello el compromiso misionero es parte integrante de la vida cristiana. En la medida en que se comparte la fe, se crece y profundiza en el don.

            San Lucas da mucha importancia en su obra a los Doce Apóstoles, enviados cualificados de Jesús, núcleo de la Iglesia naciente y punto de referencia constante para la misma, pues es apostólica. Pero esto no quiere decir que sean ellos solos los enviados a la misión. La misión es obra de toda la Iglesia. Por eso recoge esta tradición que recuerda que Jesús envió también a todos sus discípulos, representada simbólicamente en el número 72 (a veces redondeado en 70), que en la Biblia es símbolo de universalidad (véase Gén 10: todos los pueblos son descendientes de Noe; la Biblia de los LXX o Biblia de todos los pueblos...).

            El espíritu misionero es expresión de la hondura con que se ha recibido la alegre noticia. Cuando una persona descubre algo que le llena de alegría, psicológicamente necesita comunicarlo a sus amigos, igualmente el que ha descubierto la alegría de conocer a Jesús y su obra salvadora, necesita compartirlo con los demás. A veces no compartimos porque no valoramos lo que tenemos, y desgraciadamente incluso porque nos avergonzamos de nuestra fe. Es una ocasión para que examinemos el espíritu misionero de nuestra comunidad. Una comunidad cristiana sin espíritu misionero está enferma.

Jesús recuerda en el evangelio de hoy cómo hay que ir a la misión.

            Lo primero que recuerda es que tenemos que pedir al Padre la gracia de ser enviados. La misión no es un favor que hacemos a Dios sino una gracia de Dios, que hemos de pedir con humildad. De aquí la necesidad de orar para ir, conscientes de que nos envía el Padre, lo que afianzará nuestra confianza en su ayuda. Por otra parte, vamos como precursores de Jesús, preparándole el camino. Nosotros tenemos que hacer lo que esté de nuestra parte, pero la acción decisiva la hará Jesús por medio de su Espíritu.

            Jesús envía como sus embajadores, de forma que el que nos oiga, oye a él y al Padre que lo envió. Esto es una gran responsabilidad que tiene que obligar al cristiano a conocer y vivir la palabra de Dios que debe anunciar. No somos enviados para dar nuestra palabra sino la de Dios. Más aún, Jesús nos pide que ofrezcamos la palabra, primero encarnada en nuestras buenas obras, de forma que la misión consista en explicar lo que estamos haciendo: curad a los enfermos y decid: está llegando el Reino de Dios. El enviado predica lo que vive.  En este contexto se nos exige entrega total a la tarea, lo que implica austeridad y disponibilidad. Lo importante es la misión y a su servicio se sacrifica lo que sea necesario.

            Toda la obra misionera tiene que estar al servicio de la paz, que implica un mundo nuevo filial y fraternal. Las reacciones de los destinatarios serán diversas. Hay que ir con realismo, como ovejas entre lobos, conscientes de que habrá rechazo, persecución, pero también buena acogida. Así se comparte la muerte de Jesús (2ª lectura). Pero siempre nos acompañará la providencia del Padre.

            Finalmente la alegría debe ser un móvil para la misión y debe acompañar todo el proceso. Los 70 volvieron contentos por los frutos obtenidos y Jesús aprovecha para decirles que el motivo principal para la alegría no debe ser el fruto en la misión, que se dará o no, sino el hecho de que somos ciudadanos del Reino.

            Cada celebración de la Eucaristía es recibir la Palabra que después hemos de transmitir a los demás.


Rvdo. Don Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 1 de julio de 2016

Agradecimiento


Bienaventurados los que encuentran en Ti su fuerza (Sal 83)



Bienaventurados los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación, nos dice el Salmo. Quizá no nos demos cuenta que estamos realizando un camino, como el pueblo de Israel, que representa una auténtica peregrinación hacia Dios, nuestro fin último.

Cuando el pueblo de Israel vio que Moisés tardaba en volver de la montaña - nos lo recuerda el libro del Éxodo en su capítulo 32 -, se reunió en torno a Aarón y le dijo: “… ¡Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros pues no sabemos qué ha sido de ese Moisés que nos sacó del país de Egipto!…”

El tiempo que emplearía Moisés en la presencia de Yahveh Dios no lo sabemos; lo que sí conocemos es la desconfianza del pueblo de Israel ante la “huida” de Moisés. Evidentemente que esta huida para estar en la presencia de Dios creó recelo en los israelitas; Moisés tardaba y no sabían nada de él; podría ser un impostor – creerían- a pesar de los milagros realizados ante su vista, primero con las siete plagas para convencer al faraón, luego con el paso del Mar Rojo, librándolos del poder de los egipcios, el alimento con el maná, poder saciar su sed con el  agua salida de la roca abierta por la vara de Moisés…Lo cierto es que van perdiendo las esperanzas y se hacen un dios de oro; ¿cómo podían creer en dios hecho por ellos mismos? Necesitaban creer en algo que ellos mismos pudieran dominar: un dios a su medida.

Es curiosa esa forma de llamar a Moisés: “ese Moisés”. Es la misma expresión de desprecio que emplea el hermano mayor de la parábola del “hijo pródigo” cuando recrimina al padre los pecados de “ese hijo tuyo…”. Ni siquiera le reconoce como hermano…

De la misma forma llaman a Jesús los fariseos cuando, una vez muerto y resucitado, comparecen los Apóstoles ante el Sanedrín, y les dicen: “… ¿No os habíamos prohibido predicar en nombre de “ese”? Este “semitismo”, recogido en (Hech 5. 27-29) entraña aquí forma de desprecio hacia la Persona de Jesús, al igual que en los casos señalados.

¿Nos va sonando esto? Igual que nosotros. Han pasado miles de años desde entonces y aun creemos en el dios-dinero; el dios que podemos dominar con nuestras manos, a pesar de que sabemos su perversa procedencia.

No puedo continuar el relato sin pararme a meditar algo realmente bello, que es fruto de otra catequesis, pero que se puede “pincelar” ahora: En el camino por el desierto frente a la fuente de Meribá, el pueblo tentó a Dios por la falta de agua. Entonces Moisés y Aarón, rogaron a Yahveh en la Tienda del Encuentro y Él les dijo: “…Toma la vara y reúne a la comunidad, tú con tu hermano Aarón. Hablad luego a la peña en presencia de ellos y ella dará sus aguas. Harás brotar para ellos agua de la peña, y darás de beber a la comunidad  y a sus ganados” (Num 20,6-9)

Con la fuerza de la Palabra - ¡Hablad!-, Moisés tocó la Roca- Cristo- y al punto salió el Agua. Y esta simbología es la fuerza de Jesucristo Palabra del Padre, Roca de salvación, Agua que salta hasta la Vida Eterna.  Es ya un preanuncio de la venida de Cristo Jesús. Con la fuerza de la Palabra que es su Evangelio, podemos saciar la sed de la Humanidad sedienta y agostada como nos recuerda el Salmo 62.

Continuando con el Salmo 83, dice: “…Bienaventurados los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación. Cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis, como si la lluvia temprana los cubriera de bendiciones, caminando de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión…”

Nuestra vida está llena de áridos valles. Estos valles necesitan ser regados por la lluvia temprana que es la Palabra de Dios, Jesucristo-Evangelio. Necesitamos de Él, para como le dijo a la Samaritana, no tener más sed y convertir en oasis de paz lo que antes estaba yermo. Y así vamos por la vida, saltando de baluarte en baluarte, de tropiezo en tropiezo y de conversión en conversión. Se cumplen, nuevamente, en nosotros, la Palabra de Dios revelada en esta caso, el  Salmo.

¡Señor de los ejércitos, bienaventurado el hombre que confía en Ti!

 Alabado sea Jesucristo.

Tomas Cremades Moreno