sábado, 24 de diciembre de 2016

Natividad del Señor. Misa del día



La Palabra se ha hecho hombre

En Navidad los cristianos no recordamos el nacimiento de un personaje importante, que pasó por este mundo y nos dejó valiosas aportaciones. Para los cristianos el que nació hace XXI siglos es el Hijo de Dios, el Viviente. Los cristianos celebramos Navidad a la luz de la resurrección. El que se hizo hombre continúa entre nosotros, nos acompaña y nos capacita para que compartamos plenamente su condición. Esto explica el que en muchos sectores del pueblo cristianos se llame a estos días “Pascua” , pues realmente Navidad es una “Pascua en tono menor”.

En estos días se nos invita a tomar conciencia de lo que significa la encarnación del Hijo de Dios. Ha asumido la condición humana permanentemente, no de forma pasajera. En las mitologías griegas y romanas se presenta a veces las historias de dioses que toman forma humana para darse un paseo por la tierra y volver después a su morada celestial. El Hijo de Dios no ha venido a darse un paseo por la tierra, ni sólo a darnos buenos consejos y retornar al cielo. A partir de su encarnación, la humanidad pertenece permanentemente al mundo divino. Nuestra humanidad ha sido divinizada. Jesús se hizo hombre, asumió la humanidad en un estado débil, consecuencia del pecado, y la transformó en su resurrección, posibilitando a los hombres compartir esta plenitud que él goza permanentemente. Su predicación no tiene sentido sin esta transformación que nos ha conseguido, pues toda ella tiende a enseñarnos cómo tenemos que seguirle e imitarle para compartir su meta. El problema de los hombres no es carencia de buenos consejos, sino carencia de medios para llevarlos a cabo. Es lo que nos ha dado el Hijo de Dios haciéndose hombre.

Por otra parte, el Hijo de Dios encarnado nos enseña quién es Dios. La palabra proclamada ayuda a descubrir este aspecto. Las tres lecturas hablan de palabra, de dar a conocer. En la primera, el Deuteroisaías  felicita al mensajero que anuncia la buena noticia de que Dios va a reinar  y lo hará de una forma especial (como Dios escondido, a la luz del resto de la teología de este profeta); Hebreos afirma que en su Hijo Dios nos ha dado la palabra definitiva de forma completa; el Evangelio afirma que la palabra se ha hecho carne. Palabra es el medio que usamos las personas para compartir el mensaje que tenemos en nuestro corazón. Siempre tenemos que utilizar palabras que sean comunes y puedan entender los destinatarios. Pues Dios nos ha hablado y ha usado un lenguaje común con la humanidad: su Palabra es su Hijo que se ha hecho hombre; y no se ha quedado aquí, ha vivido una existencia humana igual a la nuestra en todo menos en el pecado, ha muerto por nosotros y  ha resucitado por nosotros. Éste es el contenido de su Palabra. De esta manera nos revela que Dios es amor concreto, que nos ama y entrega a su Hijo (Jn 3,16). “A Dios nadie le ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer “(Jn 1,18). Éste es nuestro Dios, no el dios de los filósofos.

Navidad es tiempo de contemplación, de la que tiene que dimanar la alegría. ¡El Hijo de Dios se ha hecho hombre para que los hombres seamos hijos de Dios! Necesitamos silencio y oración para dar lugar a la contemplación.

La encarnación del Dios-hombre resucitado adquiere hoy, gracias a la resurrección, formas nuevas. Ha querido hacerse presente en nuestro corazón, en su palabra, en la Eucaristía, y especialmente en los necesitados. Por eso Navidad es invitación a acoger a Jesús en sus diferentes manifestaciones, especialmente en los necesitados. Las diferentes presencias son inseparables. No podemos acoger a Jesús ahora en la celebración de la Eucaristía si no lo acogemos en los necesitados.

Finalmente es también tiempo de compromiso. El Niño en el pesebre nos recuerda el camino de debilidad y solidaridad que anduvo Jesús y que nosotros ahora tenemos que compartir para que la humanidad pueda conseguir la plenitud que él consiguió con su resurrección.

D. Antonio Rodríguez Carmona



jueves, 22 de diciembre de 2016

Natividad del Señor. Misa de medianoche


Ser testigos de Navidad

San Lucas narra el nacimiento de Jesús,  unos 70 años después de que tuviera lugar, con un ojo en el pasado y otro en el presente. Recuerda unos hechos que tuvieron lugar en el pasado, el nacimiento de Jesús en la pobreza y unas tradiciones de pastores, y lo hace pensando en el presente, en que él y sus lectores saben que el que nació, creció, murió,  resucitó y, glorificado, continúa presente en el mundo de forma análoga a la primera, es decir, en la pobreza. Para ello divide el relato de 2,1-20 en tres cuadros: nacimiento de un pobre, su sentido, comprobación por parte de los pastores.

El primer cuadro (2,1-7) narra el nacimiento de Jesús en contexto histórico y en condiciones pobres. Sus padres se han visto obligados a abandonar en esos precisos momentos el hogar doméstico a causa de un decreto de empadronamiento. Los poderosos condicionan la vida de los pobres. Llegados al lugar del empadronamiento, no encuentran lugar adecuado para alojarse y se ven obligados a buscar una cueva natural en las afueras del lugar. Allí nace el Hijo de Dios de María virgen. El nacimiento de un pobre, como otros tantos miles de nacimientos en nuestro mundo.
El segundo cuadro (2.8-14)  ofrece el sentido de este hecho por medio de la palabra de Dios, personalizada en un ángel. Los destinatarios son los pobres, los pastores, en aquella época gente de mala fama. El contenido es un mensaje que debe llenar de alegría a todo el pueblo: hoy ha nacido un Salvador, que es el Mesías esperado por el pueblo judío, el Señor. Y les ofrece señales para que lo puedan reconocer, tres signos pobres: un niño, pañales, pesebre. Al retirarse los ángeles alaban a Dios por esta gran manifestación de su poder y felicitan a los hombres destinatarios de esta gracia.

El tercer cuadro (2,15-20) presenta la reacción de los pastores: a pesar del contraste entre la grandiosidad del sentido y la realidad de los signos pobres, van, comprueban y se convierten en testigos de la presencia de Dios entre nosotros en contexto de pobreza: “Y se volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que oyeron y vieron, (todo) como les había dicho el ángel” (2,14).
 
La palabra de Dios nos invita en este tiempo de Navidad a ser testigos de la presencia de Dios entre nosotros bajo muchas formas pobres: en los necesitados, en su palabra, en la en la Iglesia, en la Eucaristía. Pero no basta con saberlo, para ser testigos y vivir la alegría de Navidad es necesario comprobarlo a pesar de la pobreza de los signos. Son distintas presencias dinámicas de “la gracia de Dios para todos los hombres” (segunda lectura), el Dios fuerte y príncipe de la paz, que trae la salvación y la alegría. (primera lectura).

María aparece en este contexto como la creyente contemplativa: “María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. A pesar de la experiencia de un niño débil e indefenso, supo ver en él al Enviado salvador de Dios.

       Navidad es tiempo de alegría por legítimos motivos humanos (reuniones familiares) y especialmente por motivo religioso y este es Jesús, cuando uno se convierte en testigo de Navidad.

La celebración de la Eucaristía es una manifestación privilegiada de la presencia de Dios entre nosotros en su palabra, en el pan y el vino consagrados, en la comunidad. Esta presencia nos obliga a completarla sirviéndole en los necesitados. 


D. Antonio Rodríguez Carmona

Las alas de Dios



Muchas veces en los Salmos aparece esta expresión, de “las alas de Dios”. Estamos acostumbrados a las imágenes pictóricas donde se representan las alas de los ángeles, como si realmente fueran seres incorpóreos, pero con alas. La realidad es que los ángeles, son seres que no tiene cuerpo y son anunciadores de la Palabra de Dios; y para comunicar con imágenes la “celeridad”, la “rapidez” con que se comunican con el hombre en Nombre de Dios, el cumplimiento de su Palabra, el artista los dibuja con alas.

Cuando en la baja Edad Media se perdió todo vestigio de cristianismo, tan sólo los monjes conservaron los escritos que aún perduran en los monasterios, y los artistas y arquitectos de la época construyeron las catedrales con representaciones bíblicas que nos recuerdan multitud de episodios narrados en la Escritura, pero que el pueblo llano, muchas veces ignorante, o incluso sin saber leer, era incapaz de entender la Palabra de Dios.

Pero las “alas de Dios” no se han representado nunca. El Salmo 35, contrapone la maldad del pecador a la bondad de Dios, y dice:

El pecado es un oráculo para el impío
que le habla en el fondo de su corazón
no tiene temor de Dios
ni aun estando en su presencia

Continúa varios versículos, y al final, comenta la acción protectora de Dios en estos términos:

Tú proteges a hombres y animales
¡Qué admirable es tu Amor, oh Dios!
por eso los seres humanos
se cobijan a la sombra de tus alas

El Salmo 90, que leemos en la oración de Completas, que algunos autores denominan: A la sombra del Omnipotente”, y que otros lo llaman “Bajo las alas divinas”, según la Biblia de Jerusalén, dice:

Pues él te librará de la red del cazador
de la peste funesta
con sus plumas de protege
bajo sus alas hallas refugio

El mismo Jesucristo se lamenta: “¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!” (Mt23, 37)

El llanto de Jesús ya estaba profetizado en el cántico del Deuteronomio (Dt 32, 12):
Como el águila incita a la nidada
 revolando sobre sus polluelos
así extendió sus Alas, los tomó
y los llevó sobre sus plumas…

En su amor infinito al hombre, a pesar de sus idolatrías y traiciones, Cristo abrió sus Manos en la Cruz, cual alas de águila, y abrazando a todo el género humano entregó su Alma al Padre, clavando nuestros pecados en ella.

 “Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la quitó de en medio clavándola en la Cruz. (Col 2,14)”

Alabado sea Jesucristo


Tomas Cremades Moreno

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Credo de la Navidad


Creo en la bondad humilde de José de Nazaret y en la fe desbordada de María.

Creo en la pobreza del portal con un buey y una mula, y aun sin ellos.

Creo en el anuncio de los ángeles, presencias múltiples de Dios donde están la verdad, el amor y la belleza.

Y en el gozo compartido de los pobres pastores que sueñan ilusiones y viven de esperanzas.

Creo en la estrella peregrina y mensajera y en los Magos inquietos y tenaces, que siempre encuentran la luz cuando la siguen, asomada a la inmensa maravilla de Dios entre los hombres.

Creo en los caminos que llevan a Belén, en los ríos de plata, en los montes de musgo, en los árboles de corcho, en las luces de colores.

Creo en las estrellas, más curiosas y despiertas que nunca en el cielo madrugador de la Nochebuena.

Creo en la alegría natural, en la clara amistad entre los hombres, nacida de repente o crecida a ritmo de cosecha.

Creo en la sorpresa virgen y fértil de los niños.

Creo en la ternura de los hombres.

Creo en el amor, difícil e inseguro, pero cierto, muestra gratuita de Dios, ángel, estrella, belén de su hermosura generosa.

Creo en Jesús, hombre perfecto, Hijo de Dios, Dios perfecto a la altura del hombre.


lunes, 19 de diciembre de 2016

Alegría y solidaridad en Navidad



En 1843 Charles Dickens visitó a su hermana en Manchester y aprovechó esos días para encontrarse con representantes de organizaciones de caridad que ayudaban a las clases más desposeídas en esa ciudad industrial. Como periodista que era, además de escritor, pensaba publicar un reportaje denunciando la extrema pobreza que albergan las ciudades y la explotación de los niños en el mercado laboral. Pero un amigo le convenció para que escribiera una pieza literaria, en vez de un artículo, y en una semana se inventó el «Cuento de Navidad».

El éxito fue rotundo. Inmortalizó a Scrooge, un anciano avaro que aborrecía la Navidad y la alegría callejera que se vivía en estas fechas. Un hombre que recibe la visita de los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura, visión que le hace cambiar de vida y arrepentirse de haber sido insolidario.

Como en tantos personajes de Dickens, el modelo existe realmente, aunque en grado menos dramático. Hay poca gente que aborrezca la Navidad, pero sí hay mucha que no la vive con pleno sentido de lo que se celebra: el nacimiento de Jesucristo, el mayor acontecimiento de la historia humana.

Está muy bien que se coloquen luces en las calles, que los escaparates de las tiendas ofrezcan la posibilidad de hacernos regalos unos a otros, pero la alegría de la Navidad tiene un contenido espiritual que los cristianos debemos tener presente. Es el momento de mirarnos a nuestro interior, y a la vez de mirar a las personas que nos rodean, que son nuestros hermanos.

La solidaridad es el segundo nombre de la Navidad. Es bonito ver cómo las familias celebran estas fiestas, como se organizan comidas de empresa con compañeros de trabajo. Esto no debe hacernos olvidar a quienes no tienen nada porque no llegan a fin de mes y no pueden hacer unos mínimos gastos extras.

También debemos tener en la memoria a tantas personas que son víctimas de la guerra en lugares como Irak y Siria, donde ir a misa es en ocasiones un acto heroico porque supone desafiar peligros mortales. Y, por supuesto, nuestras Navidades han de ser solidarias con los refugiados.

Recordemos que María y José no encontraron posada para que naciera Jesús, y que los tres tuvieron que refugiarse en Egipto cuando Herodes determinó la matanza de inocentes. ¡Cuántos niños vagan ahora con sus padres o sin ellos por los países en conflicto, o incluso por Europa tratando de encontrar un lugar seguro!

Que a todos ellos los tengamos muy presentes en esta Navidad ya cercana.

+ Jaume Pujol Bacells


viernes, 16 de diciembre de 2016

IV Domingo de Adviento



María virgen, modelo de la iglesia

         Las tres lecturas recuerdan el nacimiento virginal de Jesús, descendiente de David. El Evangelio, la anunciación a José, recuerda que el nacimiento de Jesús, por una parte, fue virginal, y, por otra, le convirtió en hijo de David de una forma especial, por adopción de José, de acuerdo con el plan de Dios. El evangelista ve un anuncio de la concepción virginal en el antiguo oráculo de Isaías (primera  lectura) en que anunciaba al rey Acaz que su joven mujer  había concebido un hijo, cuyo nacimiento será signo de que Dios continuará acompañando a la amenazada dinastía de David, seguirá siendo Dios-con-nosotros, Enmanuel. Históricamente se trataba de la concepción natural del futuro rey Ezequías, pero Mt  reinterpreta el oráculo a la luz de la revelación cristiana.

        Hoy día hay en ciertos sectores cristianos reticencias para aceptar el hecho de la concepción virginal de Jesús, olvidando que el dato está presente en las confesiones de fe desde la antigüedad. Las reticencias se deben  a varios motivos, por una parte, a desconocimiento del sentido teológico de la concepción virginal, y, por otra, a la revalorización de la sexualidad humana y del matrimonio.

        En cuanto al sentido de la virginidad en este momento preciso, en el umbral del Nuevo Testamento, la virginidad es una realidad negativa. En Israel el ideal de la mujer es el matrimonio y la fecundidad, la virginidad es una desgracia. En este momento, la concepción virginal nos revela que Jesús es un don de Dios para el que se sirve de la colaboración de una mujer, cuya aportación básica es su pobreza. María hace presente a Jesús sólo por obra del Espíritu Santo. Por eso es modelo de la Iglesia y del cristiano, llamados a hacer constantemente presentes a Jesús virginalmente, solo por obra del Espíritu Santo, excluyendo todo poder humano coactivo, y sirviéndose de medios pobres. En Navidad vamos a celebrar el comienzo de la presencia humana del “Dios-con-nosotros”, presencia que quiere continuar sirviéndose de nuestra pobre colaboración, que hemos de ejercer con fe, humildad, amor y agradecimiento, como María, nuestra madre y modelo.

        María vivió su vocación como entrega total al servicio del plan salvador de Dios. A partir de ella la virginidad consagrada pasó a tener un sentido positivo en la Iglesia, como expresión y al servicio de la entrega total a Dios.

        Es verdad que la sexualidad humana es positiva y querida por Dios y, por ello, también el matrimonio, que vivido cristianamente, es medio de santificación. Por eso Jesús pudo haber nacido de un matrimonio normal. Si no lo acepta la fe de la Iglesia no es porque hubiera sido menos digno para el Hijo de Dios, sino por fidelidad a la revelación, a los datos del NT interpretados así por toda la tradición de la Iglesia.. En el credo apostólico profesamos: Y fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de María Virgen y en el Niceno-constantinopolitano: Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, Virgen.

        En la Eucaristía Jesús sigue siendo Dios-con-nosotros y Salvador de forma virginal, por obra del Espíritu Santo. Es el regalo que el Padre ofrece a sus hijos para alimentarles y ayudarles a hacer presente a Jesús en medio del mundo de forma virginal.

D. Antonio Rodríguez Carmona


jueves, 15 de diciembre de 2016

El trabajo, ¿castigo o don de Dios?



Planteadas así las cosas, si hacemos una encuesta incluso entre las personas religiosas, pienso que ganaría el considerar el trabajo como un castigo divino.
¿De dónde nos viene, pues,  este castigo?

Si nos vamos a la Biblia, además de libro por excelencia, Palabra revelada por Dios para los creyentes, pero para los no creyentes libro misterioso que contiene infinidad de verdades ciertas, contrastadas por la experiencia humana unas, veladas otras…Algo ha de tener para ser el libro más leído y vendido.

Pues bien, si nos vamos a la Biblia, en el Libro del Génesis se nos relata el principio de los tiempos, con la bellísima imagen de Adán y Eva en el Paraíso. No tienen que trabajar, todo está al alcance de la mano y tienen todas sus necesidades cubiertas, al igual que sus apetencias. No existe la concupiscencia como un deseo desordenado, no sólo en el plano sexual, sino en el plano más general de cualquier deseo.

Es sobradamente conocido el episodio del tentador en forma de serpiente. El hombre ya pecador, que ha desobedecido a Dios, se siente “desnudo”. En el capítulo 3 del Génesis, versículo 8 y ss., dice:”…Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Éste contestó: Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo porque estaba “desnudo”, por eso me he escondido”.

Estar desnudo es estar en pecado, haber transgredido el mandato-palabra-de Dios. Es curiosa esta apreciación.  Si vamos al Evangelio según san Juan, en el Epílogo, hay un dato similar: resulta que el Señor Jesús ha muerto en la Cruz. Los discípulos no entienden nada del por qué han pasado estos acontecimientos. No han comprendido el mensaje de Jesús. Creían en un reino de este mundo donde se peleaban por los primeros puestos; le traicionaron abandonándolo cuando más los necesitaba; se durmieron en el Monte de los Olivos cuando Jesús era tentado para abandonar su Misión, hasta sudar sangre…Pecaron de traición al no reconocerlo en el Sanedrín…estaban en pecado de traición y apostasía…Y eran conscientes de ello. Y se vuelven a su vida anterior, con ese: “Voy a pescar”, “vamos también nosotros” (Jn 1,3). Todo ha sido una horrible experiencia; una horrible pesadilla; y piensan en volver a su vida anterior.

Se parecen al pueblo de Israel por el desierto, mirando los tiempos de esclavitud con nostalgia porque podían comer ajos y cebollas, en vez del maná, que ya les sabía siempre igual…Nosotros también tenemos esa tentación de mirar atrás…
Y aparece Jesús en la orilla preguntándoles por la pesca. Lo reconoce Juan. Y dice: “Es el Señor”. Y Pedro, impetuoso, amante de Jesús, a pesar de todo, se lanza al mar, después de ponerse las ropas. Textualmente es así: “…cuando Simón Pedro oyó: es el Señor, se puso el vestido-pues estaba desnudo- y se lanzó al mar…”

Es la misma frase del Génesis; de ahí que este estar desnudo es la conciencia interior de estar en pecado; es el mismo pensamiento de Adán.

Y bien: sabemos lo que le ocurrió a Adán: perdió la gracia santificante, le vino el estar sujeto a la muerte, a las enfermedades, y un largo etc. Tuvo que ganarse el sustento con su trabajo, y demás problemas que conocemos. ¿Fue castigo de Dios? ¡No! Dios ama, no castiga. Se castiga el hombre con su conducta. Pero si el hombre pecó, Dios, en su infinita Misericordia, le envió a su Hijo Jesucristo para que fuera la Víctima propiciatoria del perdón.

¿Podía haber elegido el Padre un perdón menos cruento, menos doloroso? Podía haberlo hecho. Pero nosotros no podemos entender. Aceptamos este gran misterio de Dios, como “un niño”, porque los que son como niños son herederos del Reino de los Cielos. Y Jesús acepta de buen grado el trabajo de su padre adoptivo José; el trabajo de carpintero. Poco sabemos de la infancia de Jesús, y nada sabemos de la adolescencia de Él desde los doce años a los treinta. Sabemos que aceptó el trabajo de su padre terrenal; no hizo ascos al trabajo.

María su Madre y nuestra Madre, fue un ama de casa tradicional de su época; amó a su marido y a su Hijo con amor de madre y esposa, como una madre de su tiempo, como una madre de nuestro tiempo. Es el ejemplo de Madre por excelencia.

En las cartas de san Pablo, nos recuerda que era curtidor de pieles, para no ser carga para nadie y ganarse el sustento de cada día. “El que no trabaje que no coma” (2 Tes  3,10). Por tanto, tampoco le hizo asco al trabajo. ¿Y nosotros, dónde estamos? San Josemaría Escrivá de Balaguer pone “luz y taquígrafos” al anunciar la santificación en el trabajo. Voy a explicarme mejor: podemos realizar cualquier trabajo, por sencillo que sea, por ejemplo, recoger la mesa, lavar los platos, llevar los niños al colegio…cosas comunes que, aparentemente tienen el cariz de irrelevantes. Si lo hacemos ofreciéndoselo a Dios, es meritorio.
Todo trabajo es digno, no es despreciable, aunque sea “recoger la basura de la calle”. Se puede hacer porque me pagan por ello; pero si se hace por amor a Dios, ofreciéndoselo a Él, se convierte en meritorio; y además, seguro que nos esmeramos más, al tomar conciencia de estar en su Presencia. Y se lo podemos contar a Él mientras lo realizamos. Es la santificación en el trabajo. Así entendido, se convierte en oración permanente, y se realiza con más exquisitez, como merece al estar con Él.

Probemos esta experiencia, aunque solo sea una vez. El trabajo entonces se nos hará menos penoso, tendremos ganas de comenzar por la mañana para volver al encuentro, a la particular “tienda de encuentro”, donde Moisés hablaba con Dios “cara a cara” como un amigo hablaba con su amigo (Ex 33,7). Así el castigo será convertido en gracia a los Ojos de Dios

Alabado sea Jesucristo

Tomás Cremades