lunes, 13 de agosto de 2018
sábado, 11 de agosto de 2018
XIX Domingo del Tiempo Ordinario
La fe en Jesús, pan del cielo y don de Dios, alimenta para la resurrección
Los que celebramos la Eucaristía somos creyentes en
Jesús. La palabra de Dios nos invita hoy a celebrar y agradecer nuestra
situación y a reflexionar sobre ella para vivirla con más entrega.
¿Por qué creemos?
Jesús nos dice que nuestra fe es un regalo que le ha hecho el Padre, que
nos ha puesto a todos en sus manos, y que él no dejará nunca a los que el Padre
le ha regalado, sino que los acompañará hasta darles a cada uno la vida eterna.
Por eso Jesús es pan de vida, porque unidos a él los creyentes alimentan sus
deseos de infinito y recibirán vida eterna, en un proceso que ya ha comenzado.
La fe es un regalo. Dios
creador está por encima del orden natural de la creación. Nos ha creado como
simples creaturas, capacitadas para todo lo referente a la creación: creced,
multiplicaos, dominad la creación, es el mandato que el Creador ha grabado en
el corazón de sus criaturas y que estas se afanan en obedecer: están
descubriendo los secretos de la creación con el bosón de Higgs, han enviado una
máquina a Marte… pero no tienen fuerzas para subir y participar del mundo de
Dios, pues, para llegar a él, no basta
el simple esfuerzo humano, es necesario que Dios mismo nos abra la puerta y nos
capacite para el paso que permita entrar en su mundo y participar de su vida.
Para hacer posible esto, Dios creador ha dotado a sus criaturas de inteligencia
y libertad y ha puesto en su corazón una
puerta especial, la apertura a lo trascendente, un hambre de felicidad infinita
que no puede saciar ninguna criatura.
Sobre esta puerta actúa Dios Padre ante el hombre
libre atrayéndolo a Jesús, haciendo
apetecible su aceptación. Así, respetando su libertad, el hombre aprende la enseñanza de Dios. Se trata
de una atracción que ofrece a todo el
mundo, pues quiere la salvación de todos (1 Tim 2,4), aunque nosotros no
sepamos quiénes son los que realmente responden. El término de la atracción es Jesús, el Dios-hombre, la
única persona capaz de enlazar la humanidad con la divinidad y darnos la vida
eterna.
El hombre responde libremente con la fe y el bautismo, en que se hace fuerte en Jesús, participa su
vida, comenzando un proceso de vivir con él que culminará en la resurrección.
Jesús alimenta hasta llegar a la meta (primera lectura).
Pero existe el peligro de cerrar la puerta a la
trascendencia, embotándola y haciéndola
insensible a la atracción de Dios. Es lo que sucede con algunas malas disposiciones, como son absolutizar los
bienes pasajeros, incapacitando a la persona para desear lo trascendente,
querer que Dios actúe de acuerdo con criterios de grandeza humana (escándalo de
Nazaret, Jn 6,41 cf. Mc 6,1-6a par), buscar la gloria humana, la vanidad y el
orgullo (Jn 5,41.44). La autosuficiencia es enemiga de la fe. Para llenar es
necesario previamente vaciar. La aportación básica del hombre es dejarse hacer por Dios, como el niño, que es el
destinatario privilegiado del Reino.
Toda la vida cristiana es vivir unidos a Jesús. Para
facilitarnos esta vivencia, el mismo Jesús ha querido convertirse
sacramentalmente en pan, en la Eucaristía que estamos celebrando. Los que ahora
la celebramos, hemos sido atraídos por Dios. Ahora nos toca agradecer este don
y corresponder, haciendo de Jesús el gran amor de nuestra vida.
Dr. Antonio Rodríguez Carmona
jueves, 9 de agosto de 2018
El grano de trigo
“…si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda infecundo”
(Jn 12, 24). Señor, qué metáfora más natural elegiste para explicar tu muerte.
Eso lo entiende cualquiera a poco que observe la naturaleza: la semilla que cae
al suelo y es enterrada de una u otro forma ‒bien intencionadamente por el hombre, bien por los agentes
meteorológicos‒, tras el tiempo
oportuno y con las condiciones propicias se pudre y germina, a la vez aquel
grano se convierte en una espiga de muchos granos. La muerte paradójicamente produce vida. Parece una contradicción, pero
ahí está la práctica del agricultor. Algo altamente demostrado.
Tú, Señor, quisiste demostrarnos
algo superior a este milagro de las plantas (muerte/vida). Diste un paso y lo
practicaste con tu propia vida: había pecado y con tu muerte lo transformaste
en gracia. Tú tuviste que morir para que germinara el perdón, la gracia y la salvación
para todos los hombres. Nunca te lo agradeceremos lo suficiente. Pocos seres
humanos tienen la ocasión de dar la vida por otros ‒bien porque no se da la circunstancia, bien porque, aunque se
dé, estemos dispuestos a afrontarla‒.
Sin embargo tú te presentaste voluntario. No cabe mayor amor.
En consecuencia y siguiendo esta
paradoja de muerte que engendra vida, también en nuestras vidas podemos ponerla
en práctica en otros varios aspectos, ya que, seguramente, no vamos a tener la
ocasión de llevar a cabo esta permuta (morir para que otro viva). Mas creo,
Señor, que sí podemos conseguir esta otra forma de santificarnos, como si
dijéramos a plazos, por entregas, pero con un final también fructífero.
Así para que abunde, florezca y
se multiplique el amor habrá que enterrar y dejar que se pudra el odio.
Necesitamos sepultar el rencor y el odio en el olvido para que brote el amor.
¿Y qué pasará, Señor, con mis
vicios si pongo en práctica esa misma experiencia? Pues claro, se convierten en
virtudes. Será cuestión de tomar nota y sobre todo hacerlo vida.
Si me trago mi soberbia, si me
doy cuenta de que no soy tan importante ni de que me necesita tanta gente y que
soy prescindible, cuando tenga claro que soy un don nadie, estaré enterrándola
y seguramente me convertiré en un hombre humilde.
Cuando ese afán por tener, ese
gusto por poseer y atesorar bienes lo deseche, haré que me transforme en un ser
generoso. Si mis cosas las cambio por nuestras cosas habrá brotado la
generosidad en mi vida.
Si en vez de dejar las obras para
después o escurrir el bulto para que otro haga mi trabajo, si hago lo debido en
el momento oportuno y necesario y no lo postergo con una vaga escusa y menos se
lo endoso a otra persona, estaré adquiriendo la virtud de la diligencia o, al
menos, estaré poniendo las primeras piedras en su cimiento.
Si mi dolor físico o moral lo
asumo como la cruz que cada cual tiene como medio de santificarse, lo llevo con
elegancia y no a rastras, lo convertiré, si no en felicidad física, sí en la
paz interior que proporciona la fuerza necesaria para tirar para adelante sin
amargura.
Gracias, Señor, por haberme dado
la pista de cómo morir un poquito cada día y que esa muerte produzca otra vida
más acorde contigo.
Pedro José Martínez Caparrós
martes, 7 de agosto de 2018
«Yo creo, pero no practico»
Casi seguro que muchos de nosotros hemos oído decir a algunas personas
esta frase: «Yo creo, pero no practico». Tal vez, incluso, algunos de nosotros
puede que la hayamos dicho y más de una vez.
Con esta frase se quiere decir que «creer, creer, sí que creo, pero yo
eso de ir a misa, de practicar los sacramentos, es algo que no entra
en mis proyectos».
La vida cristiana no es una ideología. Es una vida, un estilo de vida
que hay que vivir, que tenemos que hacer realidad en nuestra vida los que
nos decimos seguidores de Cristo. La vida cristiana consiste fundamentalmente
en dos actitudes que tenemos que tener y desarrollar en nosotros. Por
un lado, vivir personalmente lo que el Señor me pide, que está contenido
en los mandamientos de la ley de Dios, en las bienaventuranzas y en
el mandamiento nuevo.
Si no vivimos el estilo de vida que Jesús nos pone en el evangelio
no podemos decirnos cristianos. En esto consiste, digamos, el primer
momento de la fe de un cristiano. Pero no solo consiste en vivir nosotros
en nuestra vida estas actitudes y este estilo que Jesús pone para sus
seguidores, sino que, además, se nos pide que eso que tratamos de vivir
personalmente lo comuniquemos a los demás, seamos testigos de Jesús
en la Iglesia y en el mundo.
Ni la vivencia personal de la fe, ni el ser testigos de Jesús donde
quiera que nos encontremos y con quien quiera que vivamos es algo que resulte
fácil de hacer y de vivir y, mucho menos, en un momento como el de la sociedad
actual, en la que se valora lo material como la razón de todos los esfuerzos
personales y muy poco la fe y la importancia que Dios debe tener en la
vida de cada uno de nosotros.
La fe es una vida que cada uno debe preocuparse por alimentar, porque
si no, lo mismo que sucede con la vida humana física, termina por enfermar y morir.
Nuestra vida de fe la hemos de alimentar para que sea una fe cada día
más fuerte, porque precisamente en esta sociedad actual en la que nos
ha tocado vivir, los creyentes tenemos que vivir nuestra fe luchando
contracorriente, y para eso tenemos que estar fuertes, que nuestra fe
sea una fe madura.
Para alimentar nuestra fe tenemos que poner en ejercicio unos medios
muy importantes: la oración, porque necesitamos estar en contacto
con el Señor y que Él sea a l g u i e n realmente importante en nuestra
vida, y para ello tenemos que estar en contacto continuo con el Señor,
dándole gracias por todo lo que Él nos regala en cada momento, y pidiéndole
que su gracia y su ayuda supla nuestra fragilidad, que nos hace quedar
tantas veces a la mitad del camino.
Necesitamos alimentar nuestra fe en la eucaristía dominical,
porque en ella, en la Palabra de Dios que se proclama, nos marca el Señor
el camino que hemos de recorrer. Comulgando el Cuerpo de Cristo, el Señor
fortifica nuestra fe y nos da las fuerzas que necesitamos tanto para
vivir nuestra fe, como para ser sus testigos en medio del mundo. Porque
es el Señor el que nos da el verdadero pan del cielo, sin el cual no podríamos
responder a las exigencias de nuestra fe.
No podemos decir «yo creo, pero no practico»; sino «yo creo porque
practico», porque alimento mi fe y trato de vivirla en mi vida, precisamente
porque la alimento con la práctica cristiana.
+ Gerardo Melgar
Obispo de Ciudad Real
lunes, 6 de agosto de 2018
La calle única
Un día vas por la calle, tienes un
cometido concreto, haces tu gestión y te quedas en ese lugar un tiempo más
porque algo o alguien “te sujeta como si
te diera la mano”
… Y vuelves allí una y otra vez, guiado por una fuerza que
no sé determinar.
Nada de lo que vas descubriendo en “esa calle” estaba en tus planes y sin
embargo, se convierte en un nuevo plan de vida. Su recorrido es especial, sus
letreros luminosos te atrapan y te invitan a adquirir “cosas” que no tenías en
casa, pero tan necesarias…
Largo y lento es el trayecto, pero es
mejor así, porque está lleno de escaparates y reclamos en alta voz. Hay tanto que mirar… Todo es gratis, te
puedes llevar muchas veces el mismo regalo y compartirlo con quien tú quieras,
no hay problema, “la mercancía” se repone automáticamente para todos los que
quieran pisar esa “calle única”.
Cada “tienda” es novedosa en sus artículos. No puedes imaginarte el
papel con que te envuelven los obsequios, se llama papel Biblia, es suave y se
desliza entre tus dedos, pero muy frágil, a veces se rompe para dejar caer el
amado regalo. No te preocupes, lo puedes volver a conseguir, solo tienes que
pasar de nuevo por “la calle única”.
Sabes que los baches del empedrado
aumentarán sin duda, es la ley del “asfalto”, pero ahora será diferente. Tu
actitud ha cambiado, ya no hay desesperación ni heridas que no entiendas, porque
en cada esquina y hasta el final de la “calle”, donde Alguien te espera, encontrarás un cirineo, un gran pedazo de
paz y un brote de fe, que no conocías.
Emma
Díez Lobo
domingo, 5 de agosto de 2018
Salvación
Salvación, palabra con “vago” interés
para muchos. Se oye pero no se entiende, se escucha pero se le da la espalda. El
mundo cree que si hubiera algo después de la muerte, Dios te regala la
salvación; y no Leer a Dios, es no saber que esa idea es completamente falsa.
El alma se condena con una facilidad
extraordinaria sin Sacramento de confesión. Miles de millones de almas
corrientes, pueblan el hades para toda la eternidad (perpetuidad en la tortura,
el odio y el sufrimiento). Salvarte es LIBRARTE
DEL INFIERNO.
¿Si
no fuera por la existencia de ese lugar, Dios habría muerto por ti?
No lo
habría hecho. Él con su Muerte te ofreció la salvación de tan terrible lugar,
pero no te salva sin ti. Sus
advertencias son claras y contundentes, pero tú… Tú tienes tus propias ideas de
salvación, que por muy buenas que sean, no
son de Dios.
Oigo decir que Dios, siendo todo amor,
no permite que te condenes… No metas a
Dios en tus decisiones fuera del Evangelio. Tú eres el único responsable.
Él dijo: “Yo soy el camino… y la VIDA (salvación)”. ¿Te preocupa esta frase? Debería hacerlo. Tus erróneos
argumentos omiten sus Palabras y omitirlas es omitir a Dios. Jesús vino a
ampliar los 10 Mandamientos ¡No te quedes solo ahí!
Otros muchos piensan que con un acto de
contrición “en casa”, ya está todo resuelto. Lo más lejos de la verdad si no cumples con los Sacramentos por Él
instituidos. Y “por muy modernos que sean los tiempos”, nada ha cambiado para
Dios.
Mientras
vivas, Lee y cumple, después será tarde.
Emma
Díez Lobo
sábado, 4 de agosto de 2018
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
La fe en la persona de Cristo sacia existencialmente
El relato evangélico es continuación del signo de
los panes. Un grupo numeroso de personas se ha beneficiado del signo de los panes,
aunque no han entendido su sentido. Vienen en busca de Jesús de forma
interesada y errónea, no porque es el enviado de Dios que enseña el camino de
la vida, sino porque ven en él el rey carismático que les puede dar pan barato
y seguridad, solucionando sus problemas humanos.
Jesús desenmascara este tipo de búsqueda y les
invita a buscar en él algo mucho mejor, no el alimento que perece sino el que
permanece para siempre. Le preguntan en seguida: ¿qué tenemos que hacer? La respuesta de Jesús es fundamental: Dejaros hacer, es decir, creer en él
como enviado de Dios Padre, entregarse a él y dejarse transformar por él. La
pregunta deja entrever una mentalidad farisea del que “compra” la salvación. La
respuesta de Jesús la contradice, pues creer
es precisamente reconocer la propia pobreza y hacerse fuerte en Dios, de acuerdo con el sentido etimológico de
“creer” (heemin).
A los interlocutores les parece muy fuerte la
propuesta de Jesús y por ello piden un signo, aludiendo al maná. No les basta
el signo de los panes de que han sido testigos y han malinterpretado. Entonces
Jesús da un paso más y se presenta como el verdadero maná dado por Dios y que
alimenta a su pueblo.
Jesús nos invita hoy a renovar nuestra fe en él como
el verdadero alimento para cruzar el desierto camino de la patria; él solo
puede saciar nuestra vida. Realmente el cristiano es el que por el bautismo
está injertado en Cristo, compartiendo su vida y su proceso pascual con una
vida consagrada al amor del Padre y de los hermanos. Esto implica conocerlo
cada vez mejor para imitarlo cada vez más de cerca.
La persona tiene necesidades materiales y
espirituales, pues Dios lo ha creado con apertura a la trascendencia, con
hambre de infinito. Esta hambre solo la sacia Jesús, dando así sentido a la vida.
Desgraciadamente no pocos cristianos no lo perciben así y esto es grave, porque
no encuentran sentido a la vida cristiana. Esto exige, primero, rectificar la
idea que se tiene de Jesús: no es el tapagujeros que me resuelve los problemas
materiales ni el que proporciona ratos
de sentimentalismo religioso, al contrario, ser creyente implica a veces tener
más problemas y la vida cristiana normalmente se vive en la oscuridad de la fe,
sin que abunden los sentimentalismos. Por otra parte, implica relativizar las
satisfacciones materiales, como el afán por tener, por gozar los bienes
materiales, por el sexo… todo esto puede quitar el hambre por lo trascendente,
que es lo que ofrece Jesús y lo que da la verdadera felicidad y así alimenta a
la persona.
La Eucaristía es celebración de la fe o entrega a
Cristo. En ella nos unimos a su muerte y resurrección y nos alimenta para
seguir viviendo una vida con plenitud de sentido.
Dr. Antonio Rodríguez Carmona
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