sábado, 19 de junio de 2021

Domingo XII del Tiempo Ordinario

 

 En la otra orilla... Dios

 Hoy vemos que Jesús dice a sus discípulos que preparen  la barca para ir a la otra orilla, sin especificar pueblo o lugar alguno que sería lo más lógico. Inician el recorrido cuando de pronto se levanta una tempestad tan violenta que parece que va a  hacer trizas la barca;  entretanto Jesús duerme. Los apóstoles aun siendo hombres de mar se ven desbordados por el miedo por lo que despertándole le dicen: “¿No te importa que perezcamos?”. Jesús se pone en pie y con su Palabra somete la furia de las olas.

 Sus discípulos pasan del miedo al mar al temor que sintieron tantos patriarcas, gobernadores y profetas de Israel ante Yahvé que se les presentaba. El miedo a morir ante Dios Santo y Omnipotente. Pasado el estupor se dicen: ¿Quién es este que hasta el mar y los vientos obedecen?... Sólo Dios tiene este poder. Jesús les dice y nos dice a todos que sufrimos tantas tormentas en la vida: ¿Aún no tenéis fe?  Ahora se nos aclara lo de "ir a la otra orilla".

 Jesús, nuestro Buen Pastor está con nosotros en nuestro camino de fe que culmina en el Padre; en la otra orilla de la vida, traspasado el umbral de la muerte. En esta orilla están sus brazos de Padre para acogernos en su abrazo eterno.

 P. Antonio Pavía

https://comunidadmariama.blogspot.com/

 

 

viernes, 18 de junio de 2021

Una ley para la muerte

 


La ley orgánica 3/2021 de 24 de marzo de 2021 legaliza la eutanasia en nuestro país. Su entrada en vigor, a los tres meses de su promulgación, será el 25 de junio próximo. En la justificación de motivos para aprobarla, el texto habla de demanda social, de derecho a elegir sobre la propia vida y la propia muerte, al tiempo que la Constitución garantiza el derecho a la vida y la defensa de la vida de toda persona. Esta ley supone un paso atrás en la defensa de la vida, y constituye una derrota del hombre de nuestro tiempo.

Se presenta con tintes de libertad: yo decido sobre mi vida y sobre mi muerte, pero esconde un egoísmo acumulado en nuestra sociedad, en la que no se acepta el sufrimiento porque no se le encuentra ningún sentido y se exalta la propia libertad para dominar la vida y la muerte, la propia y la ajena. Con esta ley, en la práctica, podrán ser eliminados los que estorban, o a petición propia o a petición de sus familiares, o incluso de oficio por parte del personal sanitario, al que le cabe siempre la objeción de conciencia. El hombre asume una vez más el papel de Dios, y se considera dueño absoluto de su vida.

El sufrimiento se nos presenta siempre como absurdo. Sólo Jesucristo ha iluminado esta realidad de la persona, porque él mismo ha recorrido ese camino voluntariamente, decididamente, con ansiedad incluso de que llegara. El sufrimiento, algo repelente por su propia naturaleza, Jesucristo lo ha convertido en lenguaje para expresar el amor hasta el extremo. Mirando a Cristo crucificado, millones de cristianos a lo largo de toda la historia han encontrado paz, fuerza y esperanza, han encontrado sentido a sus propios sufrimientos.

“Amó más que padeció”, recuerda san Juan de Ávila. La religión cristiana no es por tanto la religión del dolor, sino la religión del amor. Es la luz de Cristo que ilumina el sufrimiento humano y le da sentido, porque puede ser vivido como expresión de un amor más grande, y adquiere así un valor cuasinfinito, si lo vivimos unidos a Cristo redentor.

Este sentido del sufrimiento se ha ido perdiendo en las sociedades cristianas. Más aún, ha ido creciendo el sentido hedonista de la vida; es decir, estamos aquí para disfrutar de la vida, para sacarle todo el jugo de placer que podamos. Si a esto, además, nos incitan desde fuera con el consumismo que nos invade, no necesitamos más. La vida se convierte en una carrera hacia el placer, para conseguirlo a cualquier precio. He aquí un motor de la economía.

Pero llegan momentos en la vida que no tienen explicación ninguna, en los que el placer desaparece y las energías vienen a menos. Qué sentido tiene entonces sufrir. Viene entonces el planteamiento del suicidio, realizado por sí mismo o con la ayuda de otros, “para dejar de sufrir”.´

Jesucristo es capaz de iluminar el corazón del hombre, incluso en esas situaciones extremas, para decirnos: tu vida es muy valiosa, porque puede convertirse en una ofrenda de amor más limpio, y con tu vida, por muy limitada que esté, podemos arreglar el mundo.

Para eso, hemos de salir al encuentro de los que sufren: un familiar, un amigo, un enfermo en el hospital, cualquier otra persona. He encontrado en mi vida verdaderos testimonios heroicos en este campo, que son fruto del amor y por nada del mundo hubieran pedido nunca la muerte. Se necesita un rearme moral en nuestra sociedad para que a nadie le apetezca morir, sino que quiera siempre vivir, porque se siente amado y alentado continuamente. Hoy, con los avances de la ciencia, se puede controlar el dolor para no sufrir por encima de la propia capacidad. La solución no es la muerte, sino los cuidados paliativos, que habrá que desarrollar para que lleguen a todos. La solución sigue siendo Jesucristo, el único que da sentido al dolor y a la muerte.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

 

jueves, 17 de junio de 2021

Las virtudes de la honradez y la integridad

 

Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero y lo verdadero como falso. La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en quererse vengar de la injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una insensatez toda obra conforme a la verdad. Esta narración moral tan acertada lo expresó siglos atrás San Gregorio Magno profundizando en el libro de Job y afirmó que de ahí parten los tratados morales.

Es sintomático que todas las épocas de la historia se han caracterizado por los mismos sesgos en confundir lo noble como algo que nada tiene que ver con las situaciones ambientales dónde el más pillo y más inmoral parece que impera y, aún más, se le considera en la avanzadilla de la mejor ideología. Hoy se tapa la boca a quien se salga del guion y cuya marca es la progresía envalentonada y orgullosa. Me hace gracia observar muchas manifestaciones públicas donde la palabrería oculta el vacío de los contenidos que no existen. Por otra parte la nobleza del corazón bien orientado y con valentía exponiendo los contenidos que se albergan en la razón y en el sentido de la verdad, llegan como semilla que se siembra y un día florecerá. Sin embargo los apoyos vacíos y aparentemente victoriosos al final se quedan en “agua de borrajas”.

Recuerdo cuando yo era un sacerdote recién salido del Seminario que un día me encontré con un compañero que había dejado, años antes, el mismo. Con la furia de las ideologías imperantes y con las nuevas formas de vida basadas en el liberalismo más absurdo, me visitó un día y me narró su estilo de comportamiento y con la euforia exaltada me presenta su estilo de vida totalmente al margen de cualquier vivencia moral. Para él era lo mejor que había encontrado en su vida. Después el tiempo -que no perdona- le pasó factura. Todos los falsos ídolos que le habían fascinado se quedaron en traumas y en un vacío existencial. Al final por una serie de circunstancias le sobrevino una enfermedad muy agresiva. Cuando fui al Hospital a visitarlo me confesó: “Me he equivocado en la vida. La mentira la tenía como verdad y la fascinación de lo superficial como signo de libertad. Quise formar una familia y se derrumbó porque quise construir una familia pero sin cimientos. Recordé el Evangelio que habla de la casa construida sobre roca o construida sobre arena. Yo la he construido sobre arena y todo se me ha derrumbado”. Murió en paz porque sabía que Dios es compasivo y misericordioso. Tuve la oportunidad de ejercer mi ministerio con la gracia de mediar con el sacramento del perdón.

Las falsas ilusiones hacen que los sabios de este mundo consideren una tontería la virtud de la integridad. Y la honradez es lo que ayuda a crecer en justicia, verdad, amor y misericordia. La honradez depende a menudo de la honestidad que busca y manifiesta la verdad. A esto lo llamamos también rectitud, dado que en la vida elegimos el camino recto y directo y no el camino serpenteante, sinuoso y que se oculta. La honradez es considerada una virtud. De una persona honrada se espera que actúe de forma clara, transparente, sin engaños y sin tapujos. “A los justos los guía su integridad, a los falsos los destruye su hipocresía” (Pr 11, 3). La persona honrada lleva consigo el mejor bagaje que, por sí mismo, se convierte en la mejor recompensa.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

 

miércoles, 16 de junio de 2021

Oscuridad, Voz y Luz

 


Partimos, como se parte un pan esta profecía: "El que de entre vosotros tema al Señor, oiga la voz de su Siervo, el que ande a oscuras y carezca de luz, confíe en el nombre de Yahvé, que se apoye en Él” (Is 50,10).

 Alentadora profecía para aquellos que incluso a oscuras siguen buscando a Dios. Partimos estas Palabras de Vida. Isaías habla del temor a Dios que apunta, bíblicamente, a la íntima piedad filial con Él; un  temor arropado por la Sabiduría (Pr 1,7).

 Isaías invita a estos que buscan a Dios a "escuchar la voz de su Siervo, el Mesías". Jesús recoge esta profecía y de hecho comienza su Anuncio del Evangelio así: "¡Convertíos y creed en el Evangelio!” (Mc 1,15), y así lo proclama porque el Evangelio que anuncia nace de la Voz del Padre que resuena en su corazón (Jn 12,49).

 Sí, es el Evangelio lo que permite a los buscadores de Dios, encontrarle y por supuesto convertirse... de corazón.

 P. Antonio Pavía  

 https://comunidadmariama.blogspot.com/

 

 

martes, 15 de junio de 2021

El Estremecimiento de María

 

"Los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies: ¿Qué templo pues vais a construirme... en quién voy a fijar mi mirada? En el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras" (Is 66, 1-2).

 Bellísima esta profecía que se cumple en los discípulos de Jesús por el amor con el que acogen el Evangelio. Pablo dice que son templos del Dios Vivo (I Co 3,16). María Madre de la Iglesia fue el primer Templo del Señor Jesús, la Gracia de Dios la envolvió por completo... ¡¡Llena de Gracia!!, le dijo el Ángel al tiempo que le hizo saber que Dios quería encarnarse en su seno.

 Nos dice Lucas que María se turbó, que toda ella se estremeció y no por miedo sino por esa especie de movimiento sísmico interior que experimentó ante esta Teofanía -La Voz de Dios- que se le aparecía..., manifestaba en su Palabra. Bien sabía Dios en quien quería encarnarse... en Ella la humilde capaz de estremecerse ante sus palabras.

 Jesús nos enseña por medio de sus palabras a estremecernos ante su Presencia... como nuestra Madre. ¡¡Cuándo abriremos nuestro corazón de par en par al Evangelio de Jesús para vivir la turbación, el estremecimiento profetizado por Isaías y vivido por Ella, nuestra Madre!! 

 P. Antonio Pavía

https://comunidadmariama.blogspot.com/

 

 

 

lunes, 14 de junio de 2021

El colibrí y nuestros incendios

 

 Ha sido una novela galardonada con uno de los premios literarios más importantes en Italia, como es el premio Strega. La he disfrutado mucho con todo el mensaje humano lleno de concreción y realismo. Son los registros que se dan en nuestra humana condición entre el amor y el temor, el desencanto escéptico y la ilusión enamorada. El título apunta quizás a lo más original y creativo del mensaje provocador que deja su largo relato. La novela se titula “El colibrí”, y su autor es Sandro Veronesi. Parece escrita para este tiempo de pandemia y otros estragos, donde mil desafíos nos retan a diario sin que tengamos recursos para solventar el agobio, la soledad, el miedo. Entonces aparece ese hilo de superación que anida en el corazón humano, y con titubeos, lentitud y fatiga, vamos encaramando el túnel oscuro mientras nos allegamos poco a poco a la puerta de salida.

 El colibrí es un pájaro diminuto que es capaz de mantenerse quieto en el aire con su batir de alas increíblemente rápido, casi supersónico, como si quedara suspendido en un espacio sin tierra en el que él se yergue seguro. Desde allí otea, vislumbra, se fija y luego actúa. Tantos escenarios variopintos en la vida vistos al vuelo desde la pequeñez de este pajarillo vivaracho que tiene mirada aguda y concreta como su pico afilado.

 Se cuenta una hermosa parábola en esta novela que vale por todo un discurso de bondad humana llena de realismo y de esperanza. Ante un incendio uno siempre se queda impávido y sobrecogido. ¿Quién puede gestionar tanta llama? ¿Y cómo controlar su voracidad devoradora que nos deja todo en ascuas? Es una verdadera metáfora de cuanto en la vida se puede destruir en un instante, sin cita previa, al albur de un pispás que nos encoge con el santiamén que nos hiela el alma.

 El colibrí, de pronto, baja hasta el arroyo y se eleva luego cargando el sorbo de agua que cabe en su pico. Dos, tres, cuatro gotas mal contadas. Y así sucesivamente, yendo y viniendo desde el regato hasta las copas de los árboles incendiados. Ante ese rito de emergencia agotador, alguien le llama la atención recriminando tanto esfuerzo aparentemente baldío y desproporcionado. ¿Vale la pena el sinvivir del pequeño colibrí cuando su aportación es más diminuta que él? ¿El desgaste que supone tanta entrega denodada tendrá una aportación significativa en el desastre chamuscado de un bosque en llamas? Esta es la provocación y la paradójica enseñanza.

 Entonces, el pequeño colibrí responderá a sus fisgones observadores que empezaban a sentir mala conciencia en una clara incomodidad por el agravio comparativo con el que ellos veían al pajarillo dejándose las plumas y la vida, mientras ellos no hacían nada. Su respuesta será todo un alegato de sensatez, de brillante y humilde compromiso con lo que cada uno puede hacer en un momento dado. No se le pedía al colibrí que fuera un potente hidroavión capaz de volcar toneladas de agua en cada viaje sobre tantas llamas. Ni siquiera que fuera un avispado bombero capaz de sofocar paulatinamente el incendio en el círculo que controlaban sus mangueras, sus pericias, sus experiencias largamente acumuladas. Al colibrí sólo se le pedía eso: que fuera lo que era, y como tal, que actuara.

 Esta fue la preciosa respuesta: yo hago mi parte, la mía. Lo que otros deban hacer que lo hagan. La suma de todas las entregas es lo que señala el milagro cotidiano de salvar lo que tan fácilmente se derrumba, tan distraídamente se olvida y traiciona, tan torpemente dejamos que se destruya y se muera aquello que se soñó que para siempre durara. Yo hago lo mío, mi parte. Aunque sean tres o cuatro gotas frente a un incendio que nos asola. Pero sin mis pocas gotas derramadas, el incendio o sus cenizas no serán ya lo mismo, y no podrán imputarme el desprecio, la sospecha o el reproche por no haber hecho lo que debía. El colibrí tiene esa dulce y comprometida enseñanza, que reflejaban los versos de Pemán: “no hay virtud más eminente que hacer sencillamente lo que tenemos que hacer”.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo