domingo, 20 de junio de 2021
sábado, 19 de junio de 2021
Domingo XII del Tiempo Ordinario
En la otra orilla... Dios
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viernes, 18 de junio de 2021
Una ley para la muerte
La ley orgánica 3/2021 de 24 de marzo de 2021 legaliza la eutanasia en nuestro país. Su entrada en vigor, a los tres meses de su promulgación, será el 25 de junio próximo. En la justificación de motivos para aprobarla, el texto habla de demanda social, de derecho a elegir sobre la propia vida y la propia muerte, al tiempo que la Constitución garantiza el derecho a la vida y la defensa de la vida de toda persona. Esta ley supone un paso atrás en la defensa de la vida, y constituye una derrota del hombre de nuestro tiempo.
Se
presenta con tintes de libertad: yo decido sobre mi vida y sobre mi muerte,
pero esconde un egoísmo acumulado en nuestra sociedad, en la que no se acepta
el sufrimiento porque no se le encuentra ningún sentido y se exalta la propia
libertad para dominar la vida y la muerte, la propia y la ajena. Con esta ley,
en la práctica, podrán ser eliminados los que estorban, o a petición propia o a
petición de sus familiares, o incluso de oficio por parte del personal sanitario,
al que le cabe siempre la objeción de conciencia. El hombre asume una vez más
el papel de Dios, y se considera dueño absoluto de su vida.
El
sufrimiento se nos presenta siempre como absurdo. Sólo Jesucristo ha iluminado
esta realidad de la persona, porque él mismo ha recorrido ese camino
voluntariamente, decididamente, con ansiedad incluso de que llegara. El
sufrimiento, algo repelente por su propia naturaleza, Jesucristo lo ha
convertido en lenguaje para expresar el amor hasta el extremo. Mirando a Cristo
crucificado, millones de cristianos a lo largo de toda la historia han
encontrado paz, fuerza y esperanza, han encontrado sentido a sus propios
sufrimientos.
“Amó más
que padeció”, recuerda san Juan de Ávila. La religión cristiana no es por tanto
la religión del dolor, sino la religión del amor. Es la luz de Cristo que
ilumina el sufrimiento humano y le da sentido, porque puede ser vivido como
expresión de un amor más grande, y adquiere así un valor cuasinfinito, si lo
vivimos unidos a Cristo redentor.
Este
sentido del sufrimiento se ha ido perdiendo en las sociedades cristianas. Más
aún, ha ido creciendo el sentido hedonista de la vida; es decir, estamos aquí
para disfrutar de la vida, para sacarle todo el jugo de placer que podamos. Si
a esto, además, nos incitan desde fuera con el consumismo que nos invade, no
necesitamos más. La vida se convierte en una carrera hacia el placer, para
conseguirlo a cualquier precio. He aquí un motor de la economía.
Pero
llegan momentos en la vida que no tienen explicación ninguna, en los que el
placer desaparece y las energías vienen a menos. Qué sentido tiene entonces
sufrir. Viene entonces el planteamiento del suicidio, realizado por sí mismo o
con la ayuda de otros, “para dejar de sufrir”.´
Jesucristo
es capaz de iluminar el corazón del hombre, incluso en esas situaciones
extremas, para decirnos: tu vida es muy valiosa, porque puede convertirse en
una ofrenda de amor más limpio, y con tu vida, por muy limitada que esté,
podemos arreglar el mundo.
Para eso,
hemos de salir al encuentro de los que sufren: un familiar, un amigo, un
enfermo en el hospital, cualquier otra persona. He encontrado en mi vida
verdaderos testimonios heroicos en este campo, que son fruto del amor y por
nada del mundo hubieran pedido nunca la muerte. Se necesita un rearme moral en
nuestra sociedad para que a nadie le apetezca morir, sino que quiera siempre
vivir, porque se siente amado y alentado continuamente. Hoy, con los avances de
la ciencia, se puede controlar el dolor para no sufrir por encima de la propia
capacidad. La solución no es la muerte, sino los cuidados paliativos, que habrá
que desarrollar para que lleguen a todos. La solución sigue siendo Jesucristo,
el único que da sentido al dolor y a la muerte.
Recibid
mi afecto y mi bendición:
+
Demetrio Fernández,
Obispo de
Córdoba
jueves, 17 de junio de 2021
Las virtudes de la honradez y la integridad
Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero y lo verdadero como falso. La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en quererse vengar de la injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una insensatez toda obra conforme a la verdad. Esta narración moral tan acertada lo expresó siglos atrás San Gregorio Magno profundizando en el libro de Job y afirmó que de ahí parten los tratados morales.
Es
sintomático que todas las épocas de la historia se han caracterizado por los
mismos sesgos en confundir lo noble como algo que nada tiene que ver con las
situaciones ambientales dónde el más pillo y más inmoral parece que impera y,
aún más, se le considera en la avanzadilla de la mejor ideología. Hoy se tapa
la boca a quien se salga del guion y cuya marca es la progresía envalentonada y
orgullosa. Me hace gracia observar muchas manifestaciones públicas donde la
palabrería oculta el vacío de los contenidos que no existen. Por otra parte la
nobleza del corazón bien orientado y con valentía exponiendo los contenidos que
se albergan en la razón y en el sentido de la verdad, llegan como semilla que
se siembra y un día florecerá. Sin embargo los apoyos vacíos y aparentemente
victoriosos al final se quedan en “agua de borrajas”.
Recuerdo
cuando yo era un sacerdote recién salido del Seminario que un día me encontré
con un compañero que había dejado, años antes, el mismo. Con la furia de las
ideologías imperantes y con las nuevas formas de vida basadas en el liberalismo
más absurdo, me visitó un día y me narró su estilo de comportamiento y con la
euforia exaltada me presenta su estilo de vida totalmente al margen de
cualquier vivencia moral. Para él era lo mejor que había encontrado en su vida.
Después el tiempo -que no perdona- le pasó factura. Todos los falsos ídolos que
le habían fascinado se quedaron en traumas y en un vacío existencial. Al final
por una serie de circunstancias le sobrevino una enfermedad muy agresiva.
Cuando fui al Hospital a visitarlo me confesó: “Me he equivocado en la vida. La
mentira la tenía como verdad y la fascinación de lo superficial como signo de
libertad. Quise formar una familia y se derrumbó porque quise construir una
familia pero sin cimientos. Recordé el Evangelio que habla de la casa
construida sobre roca o construida sobre arena. Yo la he construido sobre arena
y todo se me ha derrumbado”. Murió en paz porque sabía que Dios es compasivo y
misericordioso. Tuve la oportunidad de ejercer mi ministerio con la gracia de
mediar con el sacramento del perdón.
Las
falsas ilusiones hacen que los sabios de este mundo consideren una tontería la
virtud de la integridad. Y la honradez es lo que ayuda a crecer en justicia,
verdad, amor y misericordia. La honradez depende a menudo de la honestidad que
busca y manifiesta la verdad. A esto lo llamamos también rectitud, dado que en
la vida elegimos el camino recto y directo y no el camino serpenteante, sinuoso
y que se oculta. La honradez es considerada una virtud. De una persona honrada
se espera que actúe de forma clara, transparente, sin engaños y sin tapujos. “A
los justos los guía su integridad, a los falsos los destruye su hipocresía” (Pr
11, 3). La persona honrada lleva consigo el mejor bagaje que, por sí mismo, se
convierte en la mejor recompensa.
+
Francisco Pérez González
Arzobispo
de Pamplona y Obispo de Tudela
miércoles, 16 de junio de 2021
Oscuridad, Voz y Luz
martes, 15 de junio de 2021
El Estremecimiento de María
"Los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies: ¿Qué templo pues vais a construirme... en quién voy a fijar mi mirada? En el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras" (Is 66, 1-2).
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lunes, 14 de junio de 2021
El colibrí y nuestros incendios
Ha sido una novela galardonada con uno de los premios literarios más importantes en Italia, como es el premio Strega. La he disfrutado mucho con todo el mensaje humano lleno de concreción y realismo. Son los registros que se dan en nuestra humana condición entre el amor y el temor, el desencanto escéptico y la ilusión enamorada. El título apunta quizás a lo más original y creativo del mensaje provocador que deja su largo relato. La novela se titula “El colibrí”, y su autor es Sandro Veronesi. Parece escrita para este tiempo de pandemia y otros estragos, donde mil desafíos nos retan a diario sin que tengamos recursos para solventar el agobio, la soledad, el miedo. Entonces aparece ese hilo de superación que anida en el corazón humano, y con titubeos, lentitud y fatiga, vamos encaramando el túnel oscuro mientras nos allegamos poco a poco a la puerta de salida.
+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo






