miércoles, 8 de febrero de 2017

Vosotros sois la sal de la tierra



Uno de los encargos que nos hizo Jesús a los cristianos fue que fuésemos las personas que le pusiéramos sabor a la vida: Vosotros sois la sal de la tierra. La vida normalmente es rutinaria, casi a diario hacemos las mismas cosas y a la misma hora, convivimos con las mismas personas: familia y ámbito laboral. Esto, que en principio no debe ser negativo, sí puede convertirse en ello al ser todo tan repetitivo: nos acostumbramos, sabemos cómo actúan los otros, todo es previsible, etc. y nos dejamos llevar. Ahí es donde el cristiano tiene que actuar. Con su ejemplo y modo de proceder tiene que convertir lo repetitivo en novedad, tiene que darle un toque de alegría y chispa a la monotonía diaria. Su trabajo debe de ser sazonador, dar gusto a los sinsabores que nos proporciona el trascurso del día.

       Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Corremos el peligro contrario, esto es, que nosotros nos contaminemos de ese pasar el tiempo sin pena ni gloria; en este caso no serviremos para nada, sino para tirarla fuera y que la gente la pise. O colaboramos con Jesús o le estamos estorbando, no hay término medio. O sazonamos o contribuimos a hacer la vida insulsa.

       Otra virtud de la sal además de sazonar, más antigua y hasta puede que más importante y necesaria, es la de conservar. La sal conserva los alimentos durante mucho tiempo. También nos pide esto Jesús que le ayudemos a que su venida no sea baldía, a que su obra sea imperecedera. Que nuevamente nuestro actuar y ejemplo ayuden a los demás a conseguir una vida eterna. El pecado es el deterioro peor, pues que no seamos causa de mal ejemplo y mucho menos ayudemos a emponzoñar y podrir la vida del prójimo.

       La sal tiene otra bondad, que es la de cauterizar los pequeños cortes y heridas. Sí, es dolorosa pero efectiva. Quizá alguna vez sea necesario, con mucha educación y delicadeza, hurgar en alguna herida del prójimo. Si vemos que el hermano se desvía y va por malos caminos, habrá que reprenderlo. Si vemos que alguien se comporta de tal forma que desestabiliza el bien común, habrá, por el bien de todos, que conminarle. Si vemos que alguien se aparta de sus deberes con el consiguiente perjuicio ajeno, habrá que advertirle.  A lo largo del día habrá ocasiones en que tendremos que amonestar a alguien. Todo ello dolerá, pero estaremos cumpliendo con nuestro deber de ser sal, especialmente cuando nos la apliquemos a nosotros mismos.


Pedro José Martínez Caparrós

lunes, 6 de febrero de 2017

Vosotros sois luz del mundo


Jesús viene a anunciar un Reino misterioso, pero no invisible. Un Reino sin exhibicionismos, pero que sí se vea. Nos anuncia un Evangelio, buena noticia por parte de Dios.
Por eso, desde un comienzo, nos habla de que “somos sal de la tierra” y “luz del mundo”. “Sal” que da nuevo estilo y sabor a la vida. “Luz” que se deja ver y además alumbra para que otros también puedan ver.
La verdad no es para esconderla. La verdad es para anunciarla. Lo bueno no es para callarlo. Lo bueno es para compartirlo.
Jesús encendió las velas de nuestras vidas, y ahora es a nosotros a quienes nos toca mantenerlas encendidas. Él pone la luz en nuestras vidas. Mejor dicho Él mismo es luz en nosotros. A nosotros nos corresponde alumbrar al resto.
Se cuenta de un ciego que, en una noche oscura de invierno, se le ocurrió encender una linterna. Mientras iba de camino tanteando con su bastón, un amigo suyo le pregunta: “¿Pero para qué llevas esa linterna encendida si tú eres ciego y no te sirve para nada?” A lo que el ciego respondió: “A mí no, pero a ti sí. Sin la luz de mi linterna tú andarías mal para caminar en medio de la oscuridad.”
Cuando Jesús quería manifestarse hacía milagros, que Juan llama “signos”,”señales”. Es posible que nosotros no podamos “hacer milagros”, pero sí podemos hacer signos, señales que marquen y señalen el camino a los demás. Lo que Jesús quiere es eso: que seamos signos, señales que marquemos y señalemos el camino a los demás. Es preciso ser luz, lámpara que alumbre. Pero las lámparas alumbran en la medida en que están iluminadas por dentro. No es nuestro cuerpo el que alumbra, sino nuestra vida. No es nuestro traje el que ilumina, sino la luz que arde en nuestro corazón.
Alumbramos a Dios cuando dentro brilla la luz de Dios. Somos signos de Dios cuando dentro de nosotros, Dios es nuestra realidad. Siempre he sentido curiosidad por los focos o bombillas. Unos hilillos casi imperceptibles y cuánta luz emiten. Se quiebra uno de esos hilillos y la bombilla queda sin luz. Ya no alumbra.
¿Cómo serán esos hilos interiores en los que se prende la luz de Dios, para que podamos iluminar y alumbrar a los que están a nuestro lado?

J. Jáuregui

domingo, 5 de febrero de 2017

Tuve hambre y me disteis de comer


Hoy la humanidad necesita hombres y mujeres, y en especial jóvenes como vosotros, que no quieran vivir sus vidas «a medias», necesita jóvenes dispuestos a entregar sus vidas para servir generosamente a los hermanos más pobres y débiles, a semejanza de Cristo, que se entregó completamente por nuestra salvación, decía el Papa en el Vía Crucis de la JMJ

«Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36)

 Estas palabras de Jesús responden a la pregunta que a menudo resuena en nuestra mente y en nuestro corazón: «¿Dónde está Dios?». ¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o sed, que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio? ¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo, las guerras? ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos de la vida y el afecto? ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren graves patologías? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen el alma afligida? Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús, y preguntarle a él. Y la respuesta de Jesús es ésta: «Dios está en ellos». Jesús está en ellos, sufre en ellos, se identifica profundamente con cada uno. Él está tan unido a ellos, que forma casi como «un solo cuerpo» continuaba el Papa.


El Señor os invita, queridos jóvenes, a que seáis protagonistas de vuestro servicio; quiere hacer de vosotros una respuesta concreta a las necesidades y sufrimientos de la humanidad; quiere que seáis un signo de su amor misericordioso para nuestra época. Estamos llamados a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, a tocar su carne bendita en quien está excluido, tiene hambre o sed, está desnudo, preso, enfermo, desempleado, perseguido, refugiado, emigrante. Allí encontramos a nuestro Dios, allí tocamos al Señor. Jesús mismo nos lo ha dicho, cada vez que hagamos esto con el más pequeño de nuestros hermanos, lo hacemos con él. (cf. Mt 25,31-46) T

sábado, 4 de febrero de 2017

V Domingo del Tiempo Ordinario.

V  


 

V  El testimonio cristiano

El que ha recibido el don del discipulado, debe necesariamente ser testigo del amor de Dios (Evangelio). Los ejemplos empleados por Jesús muestran el carácter de esta necesidad. La luz, si es luz, alumbra; si no lo hace, es que no es luz; la sal, cuando es sal, sazona; si no lo hace, ha dejado de ser sal; igualmente una ciudad en el monte, está en un lugar alto, que le permite ser vista por los que están abajo; si no lo hace, es que no está en una altura.
Leída esta enseñanza inmediatamente después de las Bienaventuranzas, presentan el testimonio cristiano como una consecuencia natural de la vida del que ha recibido el perdón de Dios y coopera con él, con alegría, de cara a un futuro de plenitud y gozo.
Este mismo contexto explica el tipo de testimonio que naturalmente debe dar el cristiano que vive como tal: no es el testimonio puritano del que se empeña con un  voluntarismo inútil en ser ejemplar, ocultando sus debilidades. Es el testimonio del que se siente amado por Dios, y por ello perdonado constantemente y sostenido en la perseverancia de la vida cristiana. Todo es fruto de la gracia de Dios, no del simple esfuerzo humano. San Pablo lo recuerda (2ª lectura) cuando habla de la debilidad que experimentó en su llegada a Corinto y cuando resume su apostolado: Doy gracias al que me dio fuerzas, a Cristo Jesús, porque me consideró digno de su confianza, poniéndome en el ministerio, a mí, que primero fui blasfemo y perseguidor insolente; pero hallé misericordia… Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales el primero fui yo. Mas por esto alcancé misericordia, para que en mí primero mostrase Cristo Jesús toda su longanimidad, para ejemplo viviente de los que habían de creer en él para la vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén (1 Tm 1,12-17).
Dentro del plan de salvación, este tipo de vida tiene una finalidad misionera, querida por Dios y consiguientemente obligatoria: Que brille así vuestra luz delante de los hombres.  Si no es cristiano obrar de cara a la alabanza de los hombres (Mt 6,1), tampoco lo es ocultar la vida cristiana llevada a cabo como respuesta amorosa y gozosa a Dios. La finalidad misionera: que los hombres den gloria a vuestro Padre que está en los cielos: si esta persona, que es como yo, puede vivir así, porque ha aceptado a Dios como padre, esto significa que yo también lo puedo hacer. Y todo redundará en mayor gloria del Dios Padre, cuya gloria está en la salvación de todos sus hijos. Realmente la fuerza del ejemplo es impresionante.  El testimonio existencial  Jesús enseñó más con su vida que con su predicación. Igualmente la vida de los santos con sus altibajos. Por eso la Iglesia propone estas vidas como exégesis viviente de la palabra de Dios (Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini), como expresión del sensus fidei cristiano.    
La vida cristiana ha de ser luz viviendo de acuerdo con las bienaventuranzas, lo que se traduce en obrar la misericordia y ser constructores de paz, y con esto ofreciendo consuelo a los que sufren  y luz a los que andan en tinieblas con una vida sin sentido  (1ª lectura y salmo responsorial).
La Eucaristía es celebración y presencia sacramental del que es luz del mundo y nos ha dado la luz de la vida (Jn 8,12) con su palabra, vida y sacrificio existencial. En ella experimentamos de nuevo el perdón, nos unimos a su sacrificio, que nos capacita para vivir una existencia con sentido como la suya y nos alimenta para realizar la tarea de ser  luz y sal para los hermanos.   

D. Antonio Rodríguez Carmona



viernes, 3 de febrero de 2017

Ya es Niño ¿y los nuestros?

                                                   
                      

Ha crecido y empieza a despuntar en el “cole judío” dónde estudian a su Padre. Con razón era judío, con razón nacer allí. 

Aquella era “su tierra”, la de sus Profetas… ¿Qué mejor lugar para nacer? La verdad es que tuvieron una suerte increíble ¡Y qué desgracia de pueblo, después de tanto Sacrificio y milagro!   

2017, un año más de Dios para el corazón del hombre. Sus Palabras y frases de Niño se nos vuelven a mostrar con un solo sentido: Entender nuestra salvación  desde chiquitos.  

Jesús niño sobresalía por su sabiduría, ¿Y los nuestros?, Ellos no hablan de Dios, pero deberían, tal vez no con sabiduría, pero sí con orgullo de conocerle. Serían niños extraordinarios. Él fue Quien más les quiso… No es justo, es una gran pena.  

Construyamos algo ejemplar con sus vidas, pues a veces ellos también “se van” muy jóvenes y no están preparados. No basta con saber quién es Jesús y rezarle un Padrenuestro al acostarse, hay que hablarles, decirles… 
   
-Niño ven, quiero que sepas que Jesús-Dios te observa, habla con Él, cuéntale lo de clase, dile lo de tu amigo… No oirás su voz, pero Le verás en los ojos de quien te ayude. Ahí está Él, mirándote y esperando solucionar tu problema de la manera que Él desea para ti. ¡Hazme caso, Jesús tiene muchas miradas!  

Pienso en ellos y lo distanciados que están de Jesús, y Jesús, esperando… ¡Me cachis!!! Hagamos que ellos tengan a Jesús como su  mejor Amigo. ¿Lo haremos? 

  Emma Díez Lobo  



jueves, 2 de febrero de 2017

JESÚS cumplidor de las Bienaventuranzas




Bienaventurados los pobres de espíritu: imitad a aquel que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros (2 Cor 8,9).

Bienaventurados los mansos: imitad a aquel que dijo: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29).

Bienaventurados los que lloran: imitad a quien lloró sobre Jerusalén (Lc 19, 41).

Bienaventurados los que tienen hambre y sed justicia: imitad a aquel que dijo: Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4,34).

Bienaventurados los misericordiosos: imitad al que socorrió al herido por los ladrones y que yacía en el camino medio muerto y sin esperanzas (Lc 10,30-35).

Bienaventurados los limpios de corazón: imitad a aquel que no cometió pecado y en cuya boca no se halló dolo (1Pe 2,22).

 Bienaventurados los pacíficos: imitad a aquel que dijo en favor de sus perseguidores: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia (Mt 5, 5-10): imitad a aquel que padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas (1Pe 2,21). Quienes imitan estas virtudes, siguen en ellas al cordero.
                                         (S. Agustín, La santa Virginidad, 28,28)

SER POBRE COMO... San Francisco de Asís y los que se esfuerzan por vivir un estilo de vida austero y responsable en el consumo.

SER RESISTENTE COMO... Lolo y los enfermos y discapacitados como él, que logran superarse y ser santos.

ESTAR COMPROMETIDOS con la justicia y los pobres como el Beato Monseñor Romero y tantos voluntarios y voluntarias.

SER LIMPIO DE CORAZÓN COMO... el papa San Juan XXIII, el "papa bueno", y tantas personas honradas y honestas que hay en el mundo.

SER PACIFICADOR COMO... Gandhi y todas las personas que actúan de mediadores en muchos conflictos y guerras.

SER FIELES Y DAR LA VIDA COMO... santa Edith Stein, que dio su vida por los judíos, en Auschwitz.


Y por todos los que hoy ayudan a los refugiados, desplazados e inmigrantes.

miércoles, 1 de febrero de 2017

La piara de cerdos



        Jesús llega a la región de los gerasenos, le sale al encuentro un hombre poseído y le rogaba que no le expulsara de aquella región.

        Por regla general los hombres somos seres que nos  gusta la tranquilidad, nos acostumbramos a las rutinas y no nos gusta que nadie perturbe nuestros hábitos. Así que cuando la Iglesia y la realidad de nuestros hermanos nos suplican que salgamos de nosotros mismos y nos molestemos por el bien de nuestro prójimo no nos gusta. Con frecuencia miramos para otra parte o nos excusamos, no queremos que nos expulsen de nuestro cada día. Y si llega el caso llegamos a preferir degradarnos y vivir en aquellos cerdos que se precipitaron al mar.

        Las gentes, informadas por los testigos, se asustaron y rogaron a Jesús que se marchara. Cuando somos tocados en nuestros intereses nos asustamos y echamos de nuestras vidas al mismísimo Dios. Y Él se embarca y se marcha, no quiere molestar; solo enseña su doctrina, pero no obliga a nadie a aceptarla, ¡qué respetuoso es con la libertad que nos ha proporcionado!

        En cambio, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Cuando nos percatamos de la diferencia de una u otra forma de vivir sí que preferimos el cambio. Comparamos y deseamos la otra vida. Pero solo por comparación. Si pudiéramos seguir con nuestra comodidad, sin renunciar a nuestros intereses, no estoy tan seguro que cambiaríamos.

        Como cosa curiosa, no le permitió que lo acompañara, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti». Parece como si le dijera que se quedara con su familia, amigos y vecinos para que lo disfrutaran ya liberado de los graves problemas de los que había sido salvado. Que con su presencia diera testimonio del antes y después. Que en su persona vieran los de su entorno lo que es la misericordia divina. En su generosidad no quiere separarnos de nuestra vida, solo que le dediquemos, en las personas de nuestro alrededor, un poco de nuestro tiempo y nos desprendamos de parte de lo que tenemos en favor de los demás. Parece decirle que dé testimonio entre los suyos, que haga con los otros lo que han hecho con él, que remedie los sufrimientos de los demás. Y que solo a los que Él quiere les pide el sobreesfuerzo de dejarlo todo.


Pedro José Martínez Caparrós