sábado, 15 de agosto de 2020

Domingo XX del T.O.



                                                                    La Fe que agrada a Dios

Una mujer se acerca a Jesús, le reconoce como el Mesías pues le llama: Hijo de David. Es una Cananea, no perteneciente pues al pueblo elegido y representa a toda la humanidad salvada por Él: gentes de todo pueblo raza y nación como profetiza el Apocalipsis. (Ap 7,9).

Bebamos de uno de los pozos de este pasaje evangélico.

Esta mujer ha profesado, como hemos dicho, su fe en Jesús, con su boca. No está mal, pero aún insuficiente, si su fe no está arraigada en su corazón, como dice el mismo Jesús (Mt 15,8), queda estéril.

Jesús va a trabajar en ella. Los israelitas llaman perros a los que no son hijos del pueblo elegido. Jesús se dirige a la mujer con el término suavizado: perritos, que indica cierta cercanía; ella, lejos de marcar distancias con Él, se sirve de algo que distingue el verdadero amor de una persona a Dios: la audacia... sin ella no hubiésemos tenido a Moisés, Jeremías... ni, por supuesto, a ninguno de los Santos que conocemos; así pues le dice a Jesús que también los perritos tienen derecho a ser atendidos y amados por Dios; a continuación le pide la curación de su hija. Jesús accede, la cura y proclama: ¡Qué grande es tu fe! Sí, esta es la fe que agrada a Dios... la que arraiga en el corazón.

P. Antonio Pavía -Misionero Comboniano-
https://www.comunidadmariamadreapostoles.com/

viernes, 14 de agosto de 2020

En la Asunción de la Santísima Virgen



HOMILÍA DE S.S. JUAN PABLO II
Durante la santa misa celebrada en la solemnidad
de la Asunción de María del año 2001

En la Virgen María, elevada el cielo, resplandece la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte
Ilumina tú, Mujer fiel, a la humanidad de nuestro tiempo, para que comprenda que la vida de todo hombre no se extingue en un puñado de polvo, sino que está llamada a un destino de felicidad eterna


1. «El último enemigo aniquilado será la muerte"» (1 Co 15, 26).

Estas palabras de san Pablo, que acaban de resonar en la segunda lectura, nos ayudan a comprender el significado de la solemnidad que hoy celebramos. En María, elevada al cielo al concluir su vida terrena, resplandece la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte, que entró en el mundo a causa del pecado de Adán. Cristo, el "nuevo" Adán, derrotó la muerte, ofreciéndose como sacrificio en el Calvario, con actitud de amor obediente al Padre. Así, nos ha rescatado de la esclavitud del pecado y del mal. En el triunfo de la Virgen la Iglesia contempla a la Mujer que el Padre eligió como verdadera Madre de su Hijo unigénito, asociándola íntimamente al designio salvífico de la Redención.

Por esto María, como pone de relieve la liturgia, es signo consolador de nuestra esperanza. Al fijar nuestra mirada en ella, arrebatada al júbilo del ejército de los ángeles, toda la historia humana, mezcla de luces y sombras, se abre a la perspectiva de la felicidad eterna. Si la experiencia diaria nos permite comprobar cómo la peregrinación terrena está marcada por la incertidumbre y la lucha, la Virgen elevada a la gloria del Paraíso nos asegura que jamás nos faltará la protección divina.

2. «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol» (Ap 12, 1). Contemplemos a María, amadisimos hermanos y hermanas, reunidos aquí en un día tan importante para la devoción del pueblo cristiano (...) A cada uno deseo que viva con alegría esta solemnidad, rica en motivos de meditación.

Una gran señal aparece hoy para nosotros en el cielo: la Virgen Madre. De ella nos habla, con lenguaje profético, el autor sagrado de libro del Apocalipsis, en la primera lectura. ¡Qué extraordinario prodigio se presenta ante nuestros ojos atónitos! Acostumbrados a ver las realidades de la tierra, se nos invita a dirigir la mirada hacia lo alto: hacia el cielo, nuestra patria definitiva, donde nos espera la Virgen santísima.

El hombre moderno, quizá más que en el pasado, se siente arrastrado por intereses y preocupaciones materiales. Busca seguridad, pero a menudo experimenta soledad y angustia. ¿Y qué decir del enigma de la muerte? La Asunción de María es un acontecimiento que nos afecta de cerca, precisamente porque todo hombre está destinado a morir. Pero la muerte no es la última palabra, pues, como nos asegura el misterio de la Asunción de la Virgen, se trata de un paso hacia la vida, al encuentro del Amor. Es un paso hacia la bienaventuranza celestial reservada a cuantos luchan por la verdad y la justicia y se esfuerzan por seguir a Cristo.

3. «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 48). Así exclama la Madre de Cristo durante el encuentro con su prima santa Isabel. El evangelio acaba de proponernos de nuevo el Magníficat, que la Iglesia canta todos los días. Es la respuesta de la Virgen a las palabras proféticas de santa Isabel: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). En María la promesa se hace realidad: dichosa es la Madre y dichosos seremos nosotros, sus hijos, si, como ella, escuchamos y ponemos en práctica la palabra del Señor.

Que esta solemnidad abra nuestro corazón a esa perspectiva superior de la existencia. Que la Virgen, a la que hoy contemplamos resplandeciente a la derecha del Hijo, ayude a vivir al hombre de hoy, creyendo «en el cumplimiento de la palabra del Señor».

4. «Hoy los hijos de la Iglesia en la tierra celebran con júbilo el tránsito de la Virgen a la ciudad superior, la Jerusalén celestial» (Laudes et hymni, VI). Así canta la liturgia armenia hoy. Hago mías estas palabras, pensando en la peregrinación apostólica a Kazajstán y Armenia que, si Dios quiere, realizaré dentro de poco más de un mes. A ti, María, te encomiendo el éxito de esta nueva etapa de mi servicio a la Iglesia y al mundo. Te pido que ayudes a los creyentes a ser centinelas de la esperanza que no defrauda, y a proclamar sin cesar que Cristo es el vencedor del mal y de la muerte. Ilumina tú, Mujer fiel, a la humanidad de nuestro tiempo, para que comprenda que la vida de todo hombre no se extingue en un puñado de polvo, sino que está llamada a un destino de felicidad eterna.

María, «que eres la alegría del cielo y de la tierra», vela y ruega por nosotros y por el mundo entero, ahora y siempre. Amén.

lunes, 10 de agosto de 2020

Preparemos la fiesta grande de la Asunción de la Virgen




Preparemos con devoción y vivamos con mucha alegría la gran solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María del próximo día 15. El misterio de la resurrección ya se ha realizado plenamente en Aquella que Dios creó Inmaculada. Su Asunción es gloriosa promesa de lo que Dios quiere hacer también en todos nosotros. Fiesta grande en la Iglesia y en muchísimos de nuestros pueblos, pues a todos protege nuestra Madre del Cielo. Hagamos fiesta mayor, alegrémonos por esta Madre tan grande y tan poderosa, y acudamos constantemente a Ella para que nos ayude a superar las dificultades de esta pandemia sanitaria que nos golpea.

El Papa Francisco en la dramática situación actual derivada de la pandemia del Covid-19, con tantos sufrimientos y angustias que oprimen el mundo entero, quiere que acudamos a María, Madre de Dios y Madre nuestra, y que busquemos refugio bajo tu protección. Pidió añadir una oración que entre otras peticiones pide: «María, acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria. Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio y la constancia en la oración”. Y añadía la oración más antigua que conocemos dirigida a la Virgen María: “Bajo tu amparo («Sub tuum praesidium») nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!”. Esta oración fue encontrada escrita en un papiro copto fechado hacia el año 250 y escrito en griego. ¡Cuántas generaciones de cristianos le habrán dirigido estas súplicas! Hagámoslo también nosotros.

Santa María Asunta al cielo nos anima a «buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra» (Col 3,1-2). Cuando estamos viviendo las consecuencias de esta pandemia tan terrible, con tantos difuntos y tantos enfermos en todo el mundo, dirijamonos a Santa María, «la llena de la gracia del Señor», porque Ella ya está Asunta con su Hijo. Ella comunica luz, salud y gracia a los enfermos de cuerpo y de espíritu. La Madre del Cielo nos sana y nos rehace, porque es Consuelo de los afligidos y Salud de los enfermos. Ella coopera para que la Vida Nueva de la Resurrección llegue a los enfermos, a los pobres, y sobre todo a los pecadores, y nos podamos levantar y ¡volver a la vida! Una Vida Nueva que se convierte en amor y confianza, sacrificio y humildad, servicio abnegado y oración en toda circunstancia.

Tengamos fe y pidamos crecer en la fe confiada. El Papa Francisco se pregunta: «¿Cómo es la fe de María? La fe de María desata el nudo del pecado. ‘Lo que ató la virgen Eva, por su falta de fe, lo desató la Virgen por su fe’ (S. Ireneo). Por la misericordia de Dios, nada es imposible. Hasta los nudos más enredados se deshacen con su gracia. Y María es la madre que con paciencia y ternura nos lleva a Dios, para que desate los nudos de nuestra alma con su misericordia de Padre.” Dejemos que la Asunta ablande nuestro corazón endurecido, y que sea nuestra protectora en medio de los miedos. Mantengámonos agradecidos por su sí generoso, aprendiendo de sus compromisos de vida y perseverando con Ella en la oración para que «venga a nosotros el Reino del Padre» (cf. Mt 6,10).

+Joan-Enric Vives,
Arzobispo de Urgell


domingo, 9 de agosto de 2020

Soy yo, no tengáis miedo


El evangelio de hoy nos presenta tres escenas sucesivas: Jesús despidiendo a la multitud; Jesús orando en soledad; Jesús caminando sobre las aguas al encuentro de los discípulos.
La primera escena cierra el episodio de la multiplicación de los panes: tras haberse compadecido de la gente, curado a los enfermos y saciado a la multitud hambrienta, Jesús se ocupa de ellos hasta el final, y permanece con ellos para despedirlos. Así se muestra la verdadera solicitud del que se ha definido como el buen pastor de su rebaño. Todo un estilo pastoral que los cristianos, especialmente lo que tienen responsabilidades pastorales, debemos aprender e imitar.
En la segunda se retoma algo que quedó en suspenso a causa de la gente que lo buscaba. Jesús renunció a su retiro para atenderla, pero, una vez que la ha despedido, vuelve a la soledad, el silencio y la oración. Si la oración no puede ser una huida, una excusa para evitar los problemas acuciantes de los hombres, la dedicación a estos problemas tampoco puede excusarnos del trato personal con Dios en el silencio y la soledad. Compromiso y oración se reclaman mutuamente; no pueden subsistir de verdad el uno sin la otra. La oración sin compromiso con las necesidades de los demás está vacía; el compromiso sin oración en la soledad puede ser algo ciego, un altruismo tal vez encomiable, pero carente del sello distintivo de la fe cristiana. Precisamente es la fe en Jesús lo que vincula estas dos dimensiones, y lo que las une con la tercera escena.
La fe puede ser a veces producto del temor. Existe una cierta inclinación a pensar que Dios ha de manifestarse por medio de signos que, como el huracán o el terremoto, expresan su fuerza irresistible, su poder, ante el que el hombre no puede hacer otra cosa que temer y someterse. Pero el Dios Padre de Jesucristo se manifiesta más bien en la amabilidad tenue de la brisa, en la cercanía solícita de su propio Hijo. Esta forma de manifestación no quiere inducir al temor sino a la confianza: en medio de la tormenta, de la oscuridad de la noche y con el viento en contra Jesús va al encuentro de sus discípulos. Podemos entender que la barca zarandeada por el viento es una imagen de la Iglesia, que con frecuencia se mueve en medio de un ambiente hostil y contrario, en circunstancias amenazantes que parecen poner en peligro su supervivencia. Los discípulos son presa del miedo, sienten que pueden hundirse, y no tienen ojos para reconocer a Jesús que, confortado y fortalecido por la oración en soledad, es capaz de caminar sereno sobre las aguas embravecidas, por encima de peligros y turbulencias. La fe basada en el temor ve fantasmas inexistentes o percibe en los acontecimientos adversos amenazas y castigos por parte de Dios. Pero no es ese el modo de actuar de un Dios que en la solicitud de Jesucristo hacia las masas enfermas y hambrientas ha revelado su rostro paterno. No es, pues, una voz de amenaza lo que nos dirige Jesús, sino de ánimo y de confianza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»

En los tiempos que vivimos, de crisis de fe, de abandono masivo de la práctica religiosa, de hostilidad creciente hacia la Iglesia, podemos sentir también nosotros la tentación del temor y el pesimismo, incapaces de ver a Jesús caminando con señorío en medio de la tormenta. Es importante que sepamos retirarnos a la soledad para aprender a percibir la voz de Jesús que nos da ánimo y nos invita a disipar el temor. Ahora bien, lo que ha de sustituir al temor no es una arrogancia pretenciosa que ignora los peligros y confía sólo en las propias fuerzas. En la actitud de Pedro hay una curiosa mezcla de fe verdadera y de arrogancia. Por un lado, la petición que dirige a Jesús («Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua») tiene algo de desafío y desconfianza («si eres tú»), que recuerda la tentación que los sumos sacerdotes lanzaron a Jesús en la cruz: «si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40). A veces exigimos que Dios nos muestre sus credenciales haciendo cosas extraordinarias, o dándonos la capacidad de hacerlas nosotros. Pero hay también algo auténtico en la petición de Pedro: en tiempos de turbulencias y viento contrario no es de recibo esconderse y buscar refugio en la barca. También esta es una tentación que debe ser evitada. Cuando pintan bastos algunos cristianos prefieren esconderse, evitar el conflicto, cerrarse sobre sí, aceptando que la fe es sólo una «opción privada», y buscando en la Iglesia un lugar seguro frente a la intemperie. Pero Jesús camina sobre las aguas, en medio de la tormenta, en medio del mundo al que ha venido a salvar a pesar de la hostilidad que le muestra. Como Pedro, hay que estar dispuesto a arriesgar, a salir de la barca incluso cuando los peligros acechan. Pero hay que hacerlo con una fe confiada en Jesús, que nos salva de la arrogancia, nos tiende la mano e impide que nos hundamos, enseñándonos que es sólo en Él, y no en nuestras fuerzas, en quien debemos depositar toda nuestra confianza. Sólo así podremos caminar también sobre las aguas de la adversidad y alcanzar la paz que sólo Jesús nos puede dar. Esta tercera escena del Evangelio de hoy nos evoca estas otras palabras de Cristo: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
Estas son las tres llamadas que resuenan con claridad en el Evangelio de hoy: solicitud hasta el final hacia las gentes necesitadas, encuentro con Dios en la soledad de la oración y, por fin, lo que une indisolublemente el primero con la segunda, en medio del mundo, de sus tormentas y amenazas, la firme profesión de fe de los Apóstoles («los de la barca»): «Realmente eres Hijo de Dios».
José María Vegas, cmf.


sábado, 8 de agosto de 2020

Domingo XIX T. O.



 Tú vas conmigo, Señor.

Los Apóstoles se hacen a la mar; Jesús queda en tierra. De pronto se levanta una terrible tempestad que azota tan violentamente la barca, que nuestros amigos creen llegada su última hora. Presos del miedo, atisban a lo lejos a alguien que camina hacia ellos. Movidos por el pánico gritan: ¡Es un fantasma!  El término fantasma se deriva de fantasía. Los apóstoles piensan que lo que han visto es una ficción sin más.

Nos encontramos con una catequesis determinante sobre la fe. Tiene que ver con la pregunta que surca la historia... ¿Existe Dios? Y... ¿Jesús es el Hijo de Dios? ...o todo ello no es más que un producto de la imaginación, tan dada a sobrenaturalizar la realidad. Pedro nos ayuda a discernir. En pie sobre la barca emplaza a Jesús que le ha dicho... ¡¡Soy yo!! Pedro le grita: ¡Vale. Si eres Tú, dame una palabra que me permita ir hacia ti sobre las aguas! 

Jesús acoge. Y con qué amor, el reto y le dice: ¡Ven! Es la palabra con la que toda persona inicia su discipulado. Pedro empieza a caminar… a un cierto momento se empieza a hundir y clama: ¡Señor sálvame! Dice Mateo que "al punto" Jesús le sostuvo; "al punto"... lo que indica que no se separó de él en cada paso que dio sobre el mar.

 "Tú vas conmigo..." había profetizado el salmista (Sl 23,4).

P. Antonio Pavía. Misionero Comboniano


jueves, 6 de agosto de 2020

La búsqueda de Dios



"Para algunos de vosotros, Dios se convirtió en una gran cuenta bancaria, o en una casa exquisita, o en un coche elegante. Para otros se convirtió en una educación cara, o en el éxito profesional. Y otros encontraron ídolos en una enseñanza o en un sistema de creencias, en un predicador o en un gurú. Unos pocos hicisteis ídolos de la botella, de las drogas, del sexo promiscuo, o de la promesa del amor. Todas estas cosas parecían ofrecerte satisfacción, pero ninguna de ellas te dio el amor o la comodidad que prometían.

Más bien, te dejaron vacío y deseando más. Llegaste a estar sobre estimulado externamente y perdiste tu capacidad de sentir y de conectar internamente. Tu relación con el amor se invirtió. Te sentiste necesitado, dependiente, solo. Olvidaste cómo ofrecer amor. Sólo podías pedirlo. Querías estar en relación desesperadamente, pero no podías soportar sus exigencias. Te habías vuelto demasiado egoísta, estabas demasiado a la defensiva. Te sentías arrinconado. 

Lo que más querías era precisamente lo que no podías tener, o al menos eso creías.
La búsqueda de Dios fuera de ti te puso contra una pared que no podías escalar ni rodear. Era demasiado alta y ancha. Estabas en un impasse. El viaje externo llegó a su fin. No podías hacer otra cosa que dar la vuelta hacia dentro. Y para volverte hacia dentro auténticamente, tuviste que reconocer la completa futilidad de buscar amor fuera de ti mismo. Ese momento de reconocimiento fue el comienzo de tu camino espiritual. Fue el final de tu caída de la gracia, y el comienzo de tu retorno al Jardín."


(Paul Ferrini)

miércoles, 5 de agosto de 2020

TODO ES ELECCIÓN




Ésa es la verdad más grande de la vida y también su lección más dura. Es una gran verdad porque nos recuerda el poder que tenemos. No el poder sobre otros, sino el poder a menudo desaprovechado para ser nosotros mismos y vivir la vida que hemos imaginado.

Es una dura lección porque nos hace darnos cuenta de que hemos elegido la vida que estamos viviendo en este mismo momento. Tal vez nos dé miedo pensar que hemos elegido vivir nuestra vida exactamente tal y como es el día de hoy. Nos da miedo porque puede no gustarnos lo que encontremos cuando miremos a nuestras vidas actuales. Pero también es una verdad liberadora, porque en este preciso instante podemos empezar a elegir aquello que nos vamos a encontrar cuando miremos a nuestra vida en los días por vivir que se extienden ante nosotros.

¿Qué verás cuando mires tu vida dentro de diez años? ¿Qué elegirás?

La vida está hecha de elecciones.
Has elegido vivir este día. Has elegido leer este texto. Has elegido vivir en una determinada ciudad. Has elegido creer en determinadas ideas. Has elegido a las personas a las que llamas amigos.

Eliges la comida que comes, la ropa que llevas y los pensamientos que piensas. Eliges estar tranquilo o inquieto, eliges ser agradecido o desagradecido.

El amor es una elección. La ira es una elección. El miedo es una elección. El valor es una elección.

Tú eliges.

A veces elegimos la mejor versión de nosotros mismos, y a veces elegimos una versión de segunda categoría.
Todo es elección y nuestras elecciones resuenan como un eco a lo largo de toda nuestra vida..., y a lo largo de la historia..., y una y otra vez sin cesar durante toda la eternidad.

La mayoría de la gente nunca llega a aceptar por completo esta verdad. Se pasan la vida justificando sus flaquezas, quejándose de su suerte en la vida o culpando a otros por sus flaquezas y por su suerte en la vida.

Puedes alegar que estás obligado a vivir en una determinada ciudad o a conducir un determinado automóvil, pero no es cierto. Y si lo es, es cierto sólo de manera temporal y debido a una elección que hiciste en el pasado.
Elegimos, y al hacerlo, construimos nuestras vidas.

Algunos podrían decir que no elegimos nuestras circunstancias, pero te sorprendería hasta qué punto el control que tenemos sobre las circunstancias de nuestras vidas es mayor de lo que la mayoría de hombres y mujeres admitiría jamás. E incluso si las circunstancias nos vienen impuestas, elegimos la forma en la que respondemos ante esas circunstancias.

Otros podrían alegar que ellos no eligieron el país en el que han nacido o quiénes iban a ser sus padres, pero ¿cómo sabemos que no hemos elegido esas cosas? Todos estamos dotados de libre albedrío. ¿No teníamos ese libre albedrío antes de nacer? Tal vez un día nos demos cuenta de que hemos elegido mucho más de lo que habíamos siquiera imaginado.

Espero que ese día sea hoy.

Porque el día que aceptemos que hemos elegido elegir nuestras elecciones es el día en el que romperemos las cadenas del victimismo y seremos libres para luchar por la vida para la que hemos nacido.

Aprende a dominar los factores del momento de la decisión y vivirás una vida fuera de lo común.

Matthew Kelly