No hay recetas, el tiempo no basta. Días, meses, años. Nadie sabe hasta
dónde llega el dolor en el alma. Me gustaría que dejaras de llorar, que
rehicieras tu vida, que consideraras emprender nuevos proyectos, que soñaras
con volver a empezar. Lo puedo esperar, pero no puedo exigírtelo. ¿Cuánto dura
el duelo por la ausencia de un ser querido? No hay nada que esté dicho antes de
que suceda. El duelo llega sin pedir permiso.
No toca la puerta, sólo irrumpe. Se sienta en la casa, ocupa la silla
vacía, se acuesta en la cama que ya no guarda el calor del otro. El dolor de la
pérdida no siempre grita, a menudo calla, hace silencio, pesa. Es un silencio
que pesa más que las palabras. Porque duele no solo quien se fue, sino todo lo
que ya no será. Me duelen las conversaciones pendientes, las risas que no
volvieron, los cambios que no sucedieron, los planes que se quedaron a medio
camino, a medio hacer.
Tantos planes inconclusos, sueños que no se han hecho realidad. Brota una
angustia muy honda al sentir que ya no hay quien me ame como antes, quien
pronuncie mi nombre con ternura, de una forma única, quien me mire sin tener
que dar explicaciones. En el duelo descubro que el corazón no es fuerte, es
frágil, y por eso ama tanto, y por eso duele tanto. Le grito a Dios para que me
quite el dolor. Pero Dios no suele arrancarlo de golpe, como yo le pido,
simplemente se queda escondido dentro de él, simplemente llora conmigo, me
abraza en silencio, espera y calla.
P Carlos Padilla Esteban

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