El combate es inherente a la vida cristiana. Es raro hablar de
mortificación, como si la palabra incomodara, como si ese camino no debiera
transitarse, sin embargo, el combate es normal y no es solamente una opción. Si
nos tomamos en serio la fe, aparecerá la lucha diaria contra el pecado y las
pasiones desordenadas, contra la pereza espiritual o el egoísmo. No olvidemos
que en cuestión de mortificación el principal campo de batalla es el propio
corazón.
Hábitos, impulsos, disciplina, ayuno… son palabras que hoy
podemos escuchar de cualquier coach o influencers sin escándalo, pero cuando nos
lo plantea el cura del barrio enseguida las ponemos en paréntesis. Nos decimos:
“Jesús no quiere que suframos”. Claro que no, pero es necesario que ordenemos
nuestros deseos y digamos “sí” a aquello que nos libera, morir a nosotros
mismos siempre supone estar dispuestos a asumir la cruz, sin olvidar que este
es el camino que Él eligió renunciando también a sí mismo y mostrándonos el
verdadero amor.
Como es una cuestión de amor lo que verdaderamente cuenta no son
los grandes gestos sino lo pequeño, constante y oculto. No me serviría de nada
que mis amigos me prepararan una gran fiesta de cumpleaños si no se acordasen
de mí el resto del año. Es en lo cotidiano donde se demuestra el verdadero
amor. Hoy en día, tenemos mucho que trabajar en el ámbito de los sentidos
haciendo silencio o interiormente dominando nuestros impulsos. El amor es
creativo y desde esa perspectiva hasta puede ser un detalle comenzar con
puntualidad cualquier tarea que nos propongamos.
Olvidar el camino de la
mortificación para crecer en la vida cristiana es como olvidar el camino de la
cruz que fue el elegido por Dios para nuestra redención. “Quien quiera seguirme, que se niegue a sí
mismo” (Mt 16, 24) son las palabras del mismo Cristo que nos
animan a ir en contra de la lógica del mundo. Una lógica que se basa en hacer
lo que nos apetece sin privarnos de nada.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

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