sábado, 28 de marzo de 2026

JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN. Reflexión bíblica sobre el Domingo de Ramos.

 


  La entrada de Jesús en Jerusalén está precedida por la curación del ciego Bartimeo en Jericó. Este, al recuperar la vista, reconoce a Jesús como «Hijo de David» y lo sigue por el camino, anticipando la actitud de quienes lo aclamarán en la ciudad santa. Ya desde este momento se insinúa la identidad mesiánica de Jesús y el camino que lo conduce hacia su destino final.

Al llegar a Jerusalén, un grupo de discípulos y acompañantes lo recibe con entusiasmo: lo aclaman como «Hijo de David», agitan ramos y extienden sus mantos, gestos propios de la entronización de los reyes de Israel.

Los evangelios matizan el alcance de esta acogida: no se trata de toda la ciudad, sino de un grupo relativamente limitado. El sentido pleno de estos gestos solo será comprendido después de la resurrección, cuando los discípulos relean los acontecimientos a la luz de las Escrituras.

En este episodio, Jesús acepta públicamente el título de mesías, cosa que antes había evitado para no suscitar expectativas políticas. No viene a instaurar un reino terreno ni a enfrentarse a los romanos. Su modo de entrar en Jerusalén lo deja claro: no lo hace como un rey guerrero, sino montado en un asno, signo de humildad y cercanía al pueblo sencillo. Este gesto evoca tanto la tradición davídica como la profecía de Zacarías, que presenta a un rey humilde, pacífico y universal. Jesús se revela como un mesías distinto: un rey de paz, no de violencia.

Además, su entrada manifiesta que no es una víctima pasiva: sabe que lo buscan para matarlo, pero entra libremente en la ciudad, consciente de que ha llegado su «hora». Su camino hacia la pasión forma parte del designio de Dios y él lo asume. En este sentido, su realeza se une a la figura del siervo sufriente: reinará entregando su vida.

El evangelio de Lucas añade un detalle significativo: Jesús llora sobre Jerusalén. Sus lágrimas expresan dolor por la ceguera de la ciudad, incapaz de reconocer el camino de la paz. Así anuncia un juicio: la destrucción futura de Jerusalén estará ligada a su rechazo del mensaje de salvación.

En este contexto, los gestos que Jesús realiza al entrar en la ciudad (la maldición de la higuera estéril y la purificación del templo) simbolizan el final de un culto vacío y el inicio de una nueva relación con Dios. Jesús mismo se presenta como el verdadero templo, el lugar donde Dios habita entre los hombres.

Su entrada en Jerusalén no es solo un gesto triunfal, sino la manifestación de un mesianismo humilde, pacífico y redentor que culminará en la cruz y la resurrección.

 Resumen de las páginas 89-93 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La Semana Santa según la Biblia", editorial Monte Carmelo, Burgos 2017, ISBN: 978-84-8353-819-7.

 

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