La Semana Santa llena las calles. Pasos imponentes, música que estremece,
silencio que sobrecoge… y multitudes. Pero la pregunta es inevitable:
¿Qué hay debajo?
Porque una procesión puede ser muchas cosas a la vez:
tradición, cultura, arte…
o también fe viva, conversión, encuentro con Cristo.
El riesgo es real:
que todo se quede en escaparate,
que la emoción sustituya a la oración,
que el aplauso ahogue el silencio interior.
No es malo que sea bello.
No es malo que emocione.
El problema es si todo termina ahí.
Una procesión auténtica no es un desfile: es un camino.
Un pueblo que camina con Cristo, o mejor, detrás de Cristo. Cuando eso es
verdad: el silencio no es vacío, es oración, la música no es espectáculo, es
súplica, la imagen no es adorno, es presencia que interpela
Entonces ya no miras… te dejas mirar.
Ya no observas… te conviertes en parte.
¿Qué hay que recuperar?
El sentido de fe. Volver a poner a Cristo en el centro, no como excusa,
sino como Señor.
¿Qué hay que mantener?
La belleza, la tradición, la identidad de un pueblo que ha sabido rezar con
los sentidos.
¿Qué hay que vivir?
La coherencia. Que lo que procesionamos por fuera, lo llevemos por dentro.
¿Y lo residual?
Todo lo que no lleva a Dios. Todo lo que se queda en apariencia. Todo lo
que pasa… sin tocar el alma.
Porque al final, la pregunta no es si la procesión ha sido bonita.
La pregunta es otra:
¿Ha pasado Cristo por mi vida… o solo por mi calle?
Aun así la Religiosidad Popular es un recurso que ayuda y muchísimo en el
camino de la fe. Pero ojo con aquellos que pretenden que sólo sea reclamo
turístico, cultura, tradición o simple identidad.
Feliz Semana Santa
J. Leoz

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