lunes, 6 de abril de 2026

LA OCTAVA DE PASCUA.

 



 La Iglesia no se conforma con celebrar la Pascua en un solo día. La resurrección de Cristo es un acontecimiento demasiado grande para quedar encerrado en veinticuatro horas. Por eso, desde el domingo de Pascua hasta el domingo siguiente, la liturgia prolonga la fiesta durante ocho días que se viven como si fueran un único y gran domingo: la Octava de Pascua. Es como si la Iglesia quisiera enseñarnos a detenernos, a saborear con calma la alegría que irrumpe en la historia con el Resucitado.

En realidad, esta semana tiene un origen muy concreto y muy hermoso: el bautismo de los nuevos cristianos en la Iglesia primitiva. Durante la Cuaresma, los catecúmenos se preparaban intensamente para recibir los sacramentos de iniciación en la Vigilia Pascual. Aquella noche nacían a la vida nueva. Pero el camino no terminaba allí. Durante los ocho días siguientes, los recién bautizados recibían catequesis especiales para comprender el misterio que habían celebrado. Era la llamada "mistagogía": una introducción más profunda en los sacramentos, especialmente en la eucaristía, cuyo sentido se les revelaba plenamente solo después de haber participado en ella.

La peregrina Egeria, a finales del siglo IV, testimonia que esta celebración de ocho días estaba ya extendida por toda la Iglesia. En Roma, los nuevos cristianos participaban cada día en la eucaristía vestidos con las túnicas blancas recibidas en la Vigilia Pascual. Esa vestidura simbolizaba la vida nueva que habían recibido. Al terminar la octava, la depositaban solemnemente sobre el altar de la basílica de san Pancracio, gesto que dio origen al nombre tradicional del domingo final: el domingo "in albis".

Con el tiempo, también los cristianos que habían sido bautizados el año anterior renovaban en ese día sus promesas bautismales, recordando que la Pascua no es solo un acontecimiento del pasado, sino una vida que debe renovarse continuamente.

La liturgia conserva aún hoy muchos signos de las antiguas tradiciones.

Durante la Octava se canta el Gloria cada día y las oraciones mantienen el mismo tono festivo, como si toda la semana fuera un único día de fiesta. Además, los evangelios nos conducen por las primeras apariciones del Resucitado: María Magdalena, las mujeres, los discípulos de Emaús, Pedro y sus compañeros. Cada encuentro es una invitación a reconocer a Cristo vivo en medio de nosotros.

Quizá ahí está la clave de esta semana luminosa: aprender, como aquellos primeros discípulos, a descubrir que el Resucitado sigue saliendo a nuestro encuentro. Y que la Pascua no es solo una fiesta que se recuerda, sino una vida nueva que comienza.

 

Eduardo Sanz de Miguel, OCD

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