En realidad, esta semana tiene un origen muy concreto y muy hermoso: el
bautismo de los nuevos cristianos en la Iglesia primitiva. Durante la Cuaresma,
los catecúmenos se preparaban intensamente para recibir los sacramentos de
iniciación en la Vigilia Pascual. Aquella noche nacían a la vida nueva. Pero el
camino no terminaba allí. Durante los ocho días siguientes, los recién
bautizados recibían catequesis especiales para comprender el misterio que
habían celebrado. Era la llamada "mistagogía": una introducción más
profunda en los sacramentos, especialmente en la eucaristía, cuyo sentido se
les revelaba plenamente solo después de haber participado en ella.
La peregrina Egeria, a finales del siglo IV, testimonia que esta
celebración de ocho días estaba ya extendida por toda la Iglesia. En Roma, los
nuevos cristianos participaban cada día en la eucaristía vestidos con las
túnicas blancas recibidas en la Vigilia Pascual. Esa vestidura simbolizaba la
vida nueva que habían recibido. Al terminar la octava, la depositaban
solemnemente sobre el altar de la basílica de san Pancracio, gesto que dio
origen al nombre tradicional del domingo final: el domingo "in
albis".
Con el tiempo, también los cristianos que habían sido bautizados el año
anterior renovaban en ese día sus promesas bautismales, recordando que la
Pascua no es solo un acontecimiento del pasado, sino una vida que debe
renovarse continuamente.
La liturgia conserva aún hoy muchos signos de las antiguas tradiciones.
Durante la Octava se canta el Gloria cada día y las oraciones mantienen el
mismo tono festivo, como si toda la semana fuera un único día de fiesta.
Además, los evangelios nos conducen por las primeras apariciones del
Resucitado: María Magdalena, las mujeres, los discípulos de Emaús, Pedro y sus
compañeros. Cada encuentro es una invitación a reconocer a Cristo vivo en medio
de nosotros.
Quizá ahí está la clave de esta semana luminosa: aprender, como aquellos
primeros discípulos, a descubrir que el Resucitado sigue saliendo a nuestro
encuentro. Y que la Pascua no es solo una fiesta que se recuerda, sino una vida
nueva que comienza.
Eduardo Sanz de Miguel, OCD

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