jueves, 23 de abril de 2026

NON C’ENTRA

 



  Se acerca el domingo del Buen Pastor en el que se recuerda la necesidad de orar por las vocaciones sacerdotales. Aquellas que vendrán y aquellas que ya están para que perseveren. No es necesario que tratemos acerca de la necesidad de estas vocaciones para la vida de la Iglesia, tampoco que hablemos de que el sacerdocio está en crisis o que hay que buscar un nuevo modelo de sacerdocio, tampoco indaguemos en que los seglares sustituyan a los sacerdotes en los ámbitos celebrativos. Todo esto, simplemente, “non c´entra”, que dirían los italianos.

Estos planteamientos transmiten una idea funcionarial del ministerio. Es decir, si lo único por lo que el sacerdocio es importante es por las funciones que los ministros llevan a cabo, entonces es irrelevante. Sustituyámoslo, que los fieles presidan las celebraciones y se turnen para presidir las comunidades, no hay problema. Pero los ordenados no cumplen ciertas tareas, viven una tarea: ser prolongación de aquel Pastor que da la vida por su rebaño. Esto requiere mucho más que presentar a los sacerdotes como “uno más”.

Hemos heredado un cierto complejo que nos hace entender que la vida propiamente sacerdotal nos segrega del resto. Porque, en cierto sentido, seguimos pensando que ser sacerdote dentro de la Iglesia es un privilegio y un puesto desde el que ejercer poder. Por eso nos empeñamos en “normalizar” el ser sacerdote, en equipararlo a las demás profesiones o compromisos humanos. Todo ello con la idea de transmitir una determinada imagen que atraiga, cuando lo atrayente es la conversión del corazón.

Este empeño está quebrando la vida de muchos jóvenes que tienen vocación, que acceden al sacerdocio, pero que sienten que no valen porque no dan la talla. Piensan que no pueden ser ellos mismos y tienen que ajustarse a unos estándares en los que no encajan. Aparece una suerte de esquizofrenia en el ministerio entre lo que se es, la imagen que institucionalmente se proyecta, lo que se piensa que debe ser y la vida real de los sacerdotes. Una enfermedad que, aunque se queda en la superficie, impide ir al núcleo mismo de la vocación para vivirla plenamente.

El griego kalos, que se aplica a Jesús en el evangelio, va más allá de la simple bondad, implica también una belleza más profunda cuya fuente es la nobleza del individuo, su virtud, la hermosura de sus acciones, la impronta de su divinidad. Quizá considerar esto nos ayude a entender la grandeza del ministerio y la importancia de presentarlo como algo accesible donde lo que cuenta es la libertad propia de la relación con Cristo.


Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

 

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