Entre los detalles que añade el texto, uno resulta particularmente
revelador: los cristianos se reunían en las casas para la fracción del pan
(nombre con el que designaban la eucaristía) y lo hacían «con alegría y
sencillez de corazón». Estas dos palabras describen el clima espiritual de
aquellas primeras celebraciones.
La ALEGRÍA no es aquí una emoción superficial ni un entusiasmo pasajero.
Nace del acontecimiento que sostiene la fe de la comunidad: Cristo vive. Los
discípulos no se reúnen movidos por una obligación ritual, sino por el gozo de
encontrarse con el Señor resucitado en medio de ellos. La eucaristía era para
ellos la experiencia viva de su presencia. Por eso la celebración estaba
marcada por un tono festivo, por la alabanza agradecida y por la conciencia de
haber sido alcanzados por una gracia inmerecida.
Junto a la alegría, aparece la SENCILLEZ DE CORAZÓN. La expresión indica
una actitud interior de transparencia y humildad. Se trata de una fe despojada
de artificios. La comunidad se reúne tal como es, sin pretensiones ni cálculos.
La sencillez expresa la autenticidad de una relación con Dios y los hermanos
que no necesita máscaras.
Estas dos notas (alegría y sencillez) constituyen un criterio permanente
para la vida de la Iglesia. Con el paso del tiempo las formas litúrgicas se han
enriquecido y estructurado, lo cual es un bien; pero el espíritu que debe
animarlas sigue siendo el mismo. Cuando la celebración pierde la alegría
pascual o cuando se vuelve complicada y distante del corazón de los fieles,
algo esencial del Evangelio queda oscurecido.
Las primeras comunidades no buscaban una perfección exterior, sino la
verdad del encuentro con el Señor. Se reunían para escuchar su palabra, para
compartir la vida y para partir el pan que los unía. Y lo hacían con la
naturalidad de quien sabe que ha sido amado y salvado.
Quizá este sea uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades:
redescubrir la alegría serena de la Pascua y la sencillez de un corazón que se
reúne para encontrarse con Cristo vivo. Allí donde estas dos actitudes están
presentes, la Iglesia vuelve a respirar con el mismo espíritu de sus comienzos.
Eduardo Sanz de Miguel, ocd

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