martes, 8 de marzo de 2016

El milagro

                                                          


                                        
 Yo no tengo revelaciones ni oigo voces en mi corazón, soy demasiado insignificante; pero sí sé algo, no me preguntes cómo, pero lo sé.

Es cuando voy a misa. El primer detalle que me impresiona es la Señal de la Cruz porque sobre mí y en su Nombre me sello ¡Qué fuerte!, sus manos, son las mías. 

Después arrodillada Le doy las gracias por todo y sobre todo, por estar allí para escucharle. Aunque le veamos “gordito o lo que sea”, ¡Es Dios con un rostro humano!, y eso me hace taparme la cara y concentrarme, porque sé que me va a decir algo especial: “Esa frase que ha de quedarse clavada”. 
      
Una Santa dijo que en una ocasión, por la Gracia de Dios, vio durante la misa cómo ángeles de la Guarda llevaban en sus manos las peticiones de los fieles (algunos las tenían vacías) y las ponían a los pies del Altar. También vio en la Consagración (de rodillas) cómo Jesús rodeando al sacerdote, levantaba la Hostia Ensangrentada y cómo se llenaba el Cáliz con su Sangre (casi se derramaba). Jesús aparecía lacerado.   

En la Comunión, las personas iban acompañadas por su ángel y en el justo momento de recibir a Jesús, eran arropadas por una luz inmensa sobre los hombros. Esta visión era el milagro que debía conocer el mundo.

Cuando me fui de allí, di infinitas gracias por participar del milagro y llevarle conmigo. Siempre puede ser la última vez en la tierra…

           Emma Díez Lobo


lunes, 7 de marzo de 2016

Vuestros nombres están escritos en el cielo (Lc 10,20)


Dice el Salmo 90 (A la sombra del Omnipotente):
Te llevarán en sus manos
para que tu pie no tropiece en la piedra.
Caminarás sobre áspides y víboras
pisotearás leones y dragones…
(Sal 90,12)

Como todos los Salmos, en éste, Jesucristo se refugia la sombra de Yahvé, su Padre, Dios omnipotente, que le librará de la red del cazador, de la peste funesta-Satán-…que le cobija bajo sus Alas.

Es curioso cómo el diablo, en el episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto, le tienta con este Salmo, cuando le dice: “…Tírate desde lo alto, porque está escrito, tu Padre enviará ángeles para que tu pie no tropiece en la piedra…”

 Y leemos en Lucas (10,20) una catequesis bellísima donde Jesucristo nos dice cómo debemos alegrarnos los discípulos del Señor. Él ha enviado a setenta y dos de ellos a predicar, y, a la vuelta, llenos de gozo, explican que “hasta los demonios se someten en el Nombre de Jesús”:

Escuchemos: “Regresaron los setenta y dos, y dijeron alegres: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. Él les dijo: “Mirad, yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo”. Mirad os he dado poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10,20)

De esta forma tan precisa, Jesucristo nos anuncia esta buena noticia-el Evangelio- con las palabras del Salmo 90.

Más tarde Juan relatará la profecía de Jesucristo con la visión en el libro del Apocalipsis: “…Y fue arrojado el gran dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Oí entonces una fuete voz que decía en el cielo: “Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche…”(Ap 12,9-11)

Satanás nos engaña con los placeres del mundo, y luego nos acusa ante Dios, como nos recuerda el libro de Job

Estos nombres, siguiendo con el libro del Apocalipsis, estarán en nuestra frente, impresos, como un sello que nos identificará como los “amados de Dios, los elegidos”: “…Llevarán su Nombre en la frente, ya no habrá más noche, ni necesitarán luz de lámpara o del sol, porque el Señor Dios irradiará su Luz sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22, 4-6)

 Esta alegría del discípulo la recogerá más tarde san Pablo cuando les dice a los Corintios: “Si alguno se gloría, que se gloríe en Cristo Jesús” (1 Cor 31)

 Pues nosotros, hermanos busquemos el Reino de Dios, huyendo de la vanidad, que todo es obra de Él, y nuestros nombres también estarán escritos en los Cielos

Alabado sea Jesucristo.


Tomás Cremades

sábado, 5 de marzo de 2016

IV Domingo de Cuaresma



Parábola del padre misericordioso

La liturgia de domingo nos  invita a reconciliarnos con Dios y a ser instrumentos de reconciliación (Evangelio). Todo ello es posible porque ya Jesucristo nos ha conseguido el perdón del Padre misericordioso, pues en cierta manera ya hemos llegado a la tierra prometida (1ª lectura) con la muerte y resurrección de Jesús (2ª lectura).

                El recuerdo de la primera Pascua del pueblo de Dios en Palestina  invita a tomar conciencia de nuestra situación actual: Cristo nos ha reconciliado con el Padre. El ha echado sobre sí el pecado del mundo y lo ha destruido. Si el pecado es fruto de los egoísmos humanos, el antídoto adecuado es el amor. Jesús, consagró su vida a hacer la voluntad del Padre por amor y, como era nuestro representante, borró en él el pecado de todos, por ello “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio”.  Por eso “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2ª lectura). Es tiempo de acoger la invitación y ser criatura nueva.

                La Iglesia obedece el mandato de Cristo y proclama hoy la invitación a reconciliarnos con el Padre misericordioso. Por ello hoy de nuevo nos recuerda la parábola del Hijo Pródigo, que debe llamarse mejor del Padre misericordioso, invitándonos a ponernos en el lugar del hijo menor, del mayor y del Padre.

Punto de partida es el hijo menor. Vive en la casa del padre, pero no lo aprecia y cree que fuera puede ser feliz. El padre respeta la libre decisión del hijo y le da su parte de la herencia, que dilapida, perdiendo sus derechos filiales y la posibilidad de reclamar al padre otros bienes. El estado de postración le lleva a valorar los bienes de la casa del padre. Pero el padre es padre y no puede dejar de serlo: para él su hijo es su hijo y no puede dejar de serlo. Por ello el padre se mantiene fiel a sí mismo y a su hijo. Aunque se ha marchado, no pierde la esperanza de un retorno, lo que le empuja a otear el horizonte para verlo regresar. Y un día, su presentimiento se hizo realidad: el hijo aparece en el horizonte y se le conmovieron las entrañas. Por eso no espera que llegue sino que sale a su encuentro, lo abraza y besa, lo viste con vestiduras dignas de hijo, le pone el anillo y lo declara de nuevo hijo suyo, restituyendo sus derechos filiales y reconociendo de nuevo su dignidad.  La misericordia del Padre desborda toda medida esperada humanamente. No se ajusta a la justa distribución de los bienes sino a la dignidad filial. Este es el criterio del amor. Esta es la justicia suprema, pues la misericordia es la más perfecta realización de la justicia, ya que su finalidad es la desaparición del mal y la curación perfecta del dañado, en este caso del pecador arrepentido. La misericordia de Dios no humilla al hombre. El texto no alude a la alegría del hermano menor, obvia, sino la del padre, y en contraste el enfado y la crítica negativa del hermano mayor, que representa a los escribas y fariseos que critican el comportamiento de Jesús. Ante él, de nuevo el padre toma la iniciativa y, comprensivo, sale a su encuentro suplicando. El mayor tampoco valora su situación en la casa del padre. Vivía su relación con el padre no como filial confiada sino como obediencia laboral (dice: te sirvo, verbo típico de esclavos). Vive su situación como un contrato y cree que es suficiente guardar el reglamento. Consideraba sus relaciones con el padre como laborales. Se niega a reconocer al menor como hermano y juzga que el padre ha roto el contrato de trabajo, dando a su hermano lo que no le pertenece y nada a él, que tampoco lo ha pedido. El padre no defiende al menor ni aprueba al mayor, sino que reprende que deje de considerar hermano al menor, que no lo ame ni se alegre de su regreso, y le invita a entrar en la casa y a acoger a su hermano. ¿Entra? El texto no responde. Es una parábola abierta que espera la respuesta del oyente. Hay dos formas de huir de la casa paterna:
 1) huir de la casa buscando fuera la alegría. Cuando se constate el engaño existencial es posible el retorno;
2) estar en la casa pero sin conciencia de hijo, con conciencia de esclavo laboral sin alegría y con resentimiento por la acogida de los pecadores. Es el tipo fariseo cumplidor legalista sin amor. La parábola pone de manifiesta la misericordia de Dios padre que quiere el regreso de todos sus hijos, el pecador y el fariseo. Cada uno tenemos el corazón dividido, una parte es hermano menor y otra hermano mayor.

En cada Eucaristía el Padre nos invita a regresar a su casa  con todo el corazón y a hacer extensiva esta invitación a todos los hombres.

Rvdo. D. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 4 de marzo de 2016

Sembrad serenos






















Sin saber quién recoge, sembrad,
serenos, sin prisas,
las buenas palabras, acciones, sonrisas;
sin saber quién recoge,
dejad que se lleven la siembra las brisas.

Con un gesto que ahuyente el temor,
abarcad la tierra,
en ella se encierra
la gran esperanza para el sembrador.
Abarcad la tierra!

No os importe no ver germinar
el don de alegría. Sin melancolía,
dejad al capricho del viento volar,
la siembra de un día.

Las espigas dobles romperán después;
yo abriré la mano
para echar mi grano,
como una armoniosa promesa de mies
en el surco humano.

Brindará la tierra su fruto en agraz,
otros segadores cortarán las flores,
pero habré cumplido mi deber de paz,
mi misión de amores.

jueves, 3 de marzo de 2016

La viña



La lectura de esta parábola, Señor, me da pie para considerar sobre la misma, pero, permíteme, que haga una reflexión personal.

Viene a mi mente que la viña es la vida que me has regalado. Es tuya, pero me la has dado para que yo haga con ella según me parezca, al igual que a los arrendatarios. Me llamarás una sola vez para preguntarme cómo la he cuidado, entretanto yo seré el único señor y dueño de la misma, me has dado también toda la libertad para cuidarla de la manera que mejor sepa o quiera; no me has impuesto condición alguna en el contrato.

Como cualquier agricultor tendré que regarla, abonarla, quitar las malas hierbas y podarla a su debido tiempo.

Creo que la oración es el agua que a diario debo proporcionarle para que no se seque. El agua contiene todos los nutrientes necesarios para mantener frondosa la vid, para que al final dé buenas uvas. Cuento con buena tierra, puesto que Tú me la has proporcionado y Tú nunca das materia prima de mala calidad, pero si yo la riego con agua de mala calidad de poco va a valer esa buena tierra. Sabes que no riego con agua salobre, pero quizá no sea de la calidad que merece la donación.

Por otra parte me imagino que el abono son las obras buenas que a lo largo de la vida haga. Ahí tengo otro problema, ya que no siempre tengo la diligencia exigida, de vez en cuando me entra pereza, el calor del día me amodorra, el frío me entumece y en consecuencia no abono con la frecuencia debida.

También debo tener el terreno limpio de malas hierbas, pero no siempre las arranco. De vez en cuando crece alguna que otra y cuando vengo a darme cuenta ya está demasiado arraigada y cuesta mucho erradicarlas, eliminarlas completamente.

Por último viene la poda en el otoño. Entonces sí que no hay que fallar, hay que eliminar todo sarmiento inútil, todo sarmiento que no vaya a dar fruto. Señor, ya estoy en el otoño, ya de un momento a otro me vas a llamar para pedirme cuentas de cómo está la viña. No quiero pensar en ello, pero es una realidad.
No deseo, Señor, que me tengas que decir lo que a aquellos sacerdotes y ancianos del pueblo…se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.

Solo te pido sabiduría y diligencia para terminar de cuidar la viña, para terminar de arrancar las malas hierbas y sobre todo dar una buena y profunda poda.


Pedro José Martínez Caparrós

miércoles, 2 de marzo de 2016

Odio en las Instituciones



                                                 
 Pues sí, odio, mentiras y maldad se instalan desde hace meses en nuestras instituciones. Me recuerda a las palabras de S. Juan cuando escribió: “Llegarán anticristos con piel de cordero”; y la verdad es que mucha piel de cordero no tienen, sino todo lo contrario…

Había que decirles: ¡Menos lobos caperucitas…”! y a las gentes que les siguen, advertirles: “Ojo qué vais detrás de Amelín, hacia el precipicio”. Hay oídos que  ¡válgame Dios!, todo, menos música celestial.

Pues ahí los tenemos, siguiendo a una panda raros del color de la casulla del sacerdote en Cuaresma.

 Tal vez sea eso la piel del lobo… Pues a ver si “los que van delante con flauta” se dan cuenta y cambian su color morado por el marrón… Jajajaja lo que estoy pensando, ¡Eh!, que también es el color de la tierra mojada del desierto…   

A mí me da que a “estos raros”, hay que darles agua para que se refresquen y vuelvan a la civilización. No están bien, los pobres no saben, no conocen, ignoran y tienen sed de Poder, ofrecido desde dónde se arrastran las serpientes… ¡Ah, ah!, y lo peor, el alma se les está ennegreciendo por momentos y esto ¡Sí que no!

Es que los rostros, por eso lo digo, son el espejo del alma y tienen unas caras… ¡Ufff que feos! 

Pidamos a Dios porque no sean tan feos, no caigan al precipicio por resbalón y menos aún, hagan caer a inocentes. Ya, me dan lástima (unos por “feos”, otros por ignorantes).

Jesús, no somos “Faustinas Kowalskas”, pero porfa, no nos abandones pase lo que pase. Te prometemos rezar por ellos. Chissssss, muy bajito… Para que vayan de las Alcaldías. 

Emma Díez Lobo


martes, 1 de marzo de 2016

Cristo, el buen pastor



"Yo soy el buen Pastor, y conozco a mis ovejas, es decir, las amo, y ellas me conocen a mí. Es corno si dijese con toda claridad: «Los que me aman me obedecen.» Pues el que no ama la verdad es que todavía no la conoce.

Ya que habéis oído, hermanos, cuál sea nuestro peligro, pensad también, por estas palabras del Señor, cuál es el vuestro. Ved si sois verdaderamente ovejas suyas, ved si de verdad lo conocéis, ved si percibís la luz de la verdad. Me refiero a la percepción no por la fe, sino por el amor y por las obras. Pues el mismo evangelista Juan, de quien son estas palabras, afirma también: Quien dice: «Yo conozco a Dios», y no guarda sus mandamientos, miente.

Por esto el Señor añade, en este mismo texto: Como el Padre me conoce a mí, yo conozco al Padre y doy mi vida por mis ovejas, lo que equivale a decir: «En esto consiste mi conocimiento del Padre y el conocimiento que el Padre tiene de mí, en que doy mi vida por mis ovejas; esto es, el amor que me hace morir por mis ovejas demuestra hasta qué punto amo al Padre». Referente a sus ovejas, dice también: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Y un poco antes había dicho también acerca de ellas: El que entre por mí se salvará, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. Entrará, en efecto, al abrirse a la fe, saldrá al pasar de la fe a la visión y la contemplación, encontrará pastos en el banquete eterno. 

Sus ovejas encontrarán pastos, porque todo aquel que lo sigue con un corazón sencillo es alimentado con un pasto siempre verde. ¿Y cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios, que, al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre el espíritu con el alimento de vida. Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos, para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino. Que ninguna adversidad nos prive del gozo de esta fiesta interior, porque al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo en su propósito. No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino."  (De las Homilías de San Gregorio Magno, papa)