lunes, 8 de enero de 2018

Yo, igual que Él


                                                                                                     
Estamos bautizados como Jesús, tenemos el Espíritu Santo como Jesús y nos queda Evangelizar como Jesús… Y aunque no seamos Jesús con la Sabiduría de Dios, en nuestra medida, debemos hacerlo.

Guía no nos falta, fuerza tampoco y el entendimiento, Dios nos lo da en su Iglesia. ¿Nos cuesta “plata”? no, ¿nos da alergia? no, ¿es cansado? no, ¿nos quita el sueño? no, y así podría rellenar un montón de folios a favor del discipulado.

¿Cosas en contra? ¡Claro! Como a Él le pasó, ¿Os acordáis cuando los sacerdotes Le quisieron tirar por el barranco?, pues se marchó tan pancho pasando en medio de ellos. Seguir sus pasos es lo que tiene, atrae a Satán y su envidia, aparte de que el tema le chifla y le repugna. Jesús lo dijo: “Seréis perseguidos y rechazados por mi causa”.  Total, que todo el día detrás…

¡Pues anda que me asusta éste “chorizo con patas”! Ni soñando lo consigue, porque da la bendita “casualidad” de que no estamos solos, tenemos a Dios con nosotros ¡DIOS!, y contra Él, nada puede. A mí me da igual, que ande por donde quiera y como quiera ¡Ya ves como tiemblo!

Ni tiemblo, ni “na”, eso quisiera, pero no dejo de ver cómo atrapa mentes alejadas del Hijo de Dios. Lo vemos todos los días en ciertos políticos afiliados al odio; en la calle (pasotas de Dios, amigos de “la plata”); en el terror y maldad de pensamientos “nada religiosos”; en la muerte diaria de inocentes…

Recemos por ellos y nosotros los bautizados como Él, para repetir después las palabras de Santa Teresa: “Con Dios nada me falta, sólo Dios basta”.  

  Emma Díez Lobo



domingo, 7 de enero de 2018

Después de Reyes

                                                                  


                         
  ¡Hala ya pasó la Navidad!... Pues resulta que es ahora cuando empieza. Estos días pasados, no son más que los preparativos de tu nuevo ser para este año. 

Así es, porque no en vano nos han regalado Un Guía y tenemos que cambiar un pelo o muchos pelos!

El recuerdo del nacimiento de Cristo se llama oportunidad, otra más para los que aún pisamos la tierra. Oportunidad de meter “cosas” geniales en el petate que deberemos enseñar; lo peor que nos podría pasar es que pese poco o esté lleno de porquerías, que por cierto parece que nos encantan.

Mirad, no es tan complicado… (¡Jopé que no!):

Hoy, cuando vayamos a decir algo, pensemos si vamos a hacer “daño” a alguien o si es una crítica (lo de siempre), pues… justo, te pica la espalda.

Por la tarde, sonreír cuando se te acerquen por si “las moscas”, así todo irá mejor.

Por la noche, rezar por los que ese día se han ido del planeta (tropecientos); ellos pedirán a la Virgen por ti. ¡Fijaros qué Gracia!!!

De madrugada, si no puedes dormir por tristezas o dolores, habla con Dios y se lo ofreces por tu remisión. Pagar por adelantado tu miseria, es uno de los mejores regalos de Dios (no sabes de lo que te libras). El “quid pro quo” es genial.  

Y así, cada día una cosa nueva hasta ser “nuevos” en verdad (a ver si nos da tiempo). Sé que lo tenemos mega-difícil porque vivimos en “la calle”, no en conventos, pero el esfuerzo, Dios lo apunta.

Emma Díez Lobo



Los Reyes Magos



Los Reyes Magos, dejaron su confort de vida para ir en busca de la señal que emitía la estrella. Vivían confortablemente en sus respectivos países, tenían su vida de estudio e investigación, su familia, su ambiente de alto standing, pues eran relevantes socialmente. Sin embargo también tenían una gran inquietud, sentían un ansia irrefrenable de buscar algo superior, querían la excelencia y dejándolo todo se marchan en su busca. Ellos, probablemente, no sabrían en concreto lo que buscaban, pero las señales del cielo eran inequívocas para ellos y se ponen en marcha. Tienen una gran fe en sus estudios e investigaciones y lo arriesgan todo por esta causa.

Por tanto los Reyes Magos deben de ser un ejemplo a seguir para el género humano en general y concretamente para cada uno de nosotros. De ellos tenemos que aprender a sacrificar cierto estilo de vida confortable y segura, a arriesgar por tener fe en nuestro propio proyecto de vida, en nuestras convicciones, a ser consecuentes con nuestros propios pensamientos y llevarlos a la práctica aunque sea con el sacrificio y la incomodidad que conlleva tal decisión.

Hoy también vienen a nosotros gentes de otras tierras. Unos, en familia o en grupos sociales para alejarse de la hambruna, de las guerras, de las persecuciones por sus ideas políticas y, lo que es peor, por causa de sus creencias religiosas. Otros, dejando, con todo el dolor de su alma, a sus seres queridos en sus países de origen y, arriesgando su vida, se adentran por los desiertos e ignotos caminos a través de otros países en busca de una vida mejor. Pero unos y otros con la fe de encontrar, metafóricamente hablando, su portal y su niño que adorar. Aquellos sí vieron cumplido su deseo y encontraron lo que buscaban, pero estos lo que encuentran las más de las veces es, además de la fatiga del camino y el rechazo de la soledad de destino, la muerte en demasiadas ocasiones.

Pero el verdadero sentido de esta fiesta para el cristiano es la manifestación de Dios hecho niño a todas las gentes del resto del mundo no judío. Los Magos, que representan a los gentiles reciben la Nueva Buena, el líder del pueblo escogido rompe las barreras fronterizas y se da a conocer a la tierra entera en la figura de aquellos Reyes, universaliza su abrazo de amor y amplía el pacto de salvación de su pueblo a toda la tierra. Así, los paganos, de dioses indefinidos, pasamos de la esclavitud a la libertad, de la orfandad a la filiación divina y del frío de una deidad cosificada al cálido Dios de amor. Nunca jamás nos podríamos imaginar que un indefenso niño aportaría tan infinitos y gratuitos beneficios a la universalidad de los seres humanos, que, por ello y sin saberlo, adquirieron los derechos que antes estaban reservados solo y exclusivamente a un reducido grupo, pueblo elegido, que no supo ver y aceptar el favor de la salvación.

Pero sobre todo de los Reyes Magos debemos tomar ejemplo para salir de nuestras acomodadas vidas y acercarnos a Dios. Al igual que ellos deberíamos sentir la necesidad de acudir a Dios. Dice el papa Francisco que “…ellos, los Magos, nos dan un testimonio de disponibilidad ante la llamada de Dios y de perseverancia pese a las dificultades, la oscuridad, el engaño y las cosas terrenales que nos atan...”


Pedro José Martínez Caparrós

sábado, 6 de enero de 2018

Es­tre­nar el es­treno inaca­ba­do



No po­de­mos cen­su­rar­lo ni dis­traer­lo, por­que es una exi­gen­cia hu­mil­de que tie­ne nues­tro co­ra­zón: hay un gri­to de re­bel­día que des­de lo más sin­ce­ro y hon­do de no­so­tros sur­ge siem­pre que nos ador­mi­la­mos, nos des­cen­tra­mos, nos re­la­ja­mos… de­ján­do­nos lle­var por lo me­dio­cre. Ese in­quie­to co­ra­zón nues­tro sue­ña con algo que sea nue­vo, dis­tin­to, di­fe­ren­te, y no sa­be­mos ni que­re­mos re­sig­nar­nos a lo que, en el fon­do, no tie­ne que ver con lo más ver­da­de­ro de no­so­tros. Sue­ña con algo que pue­da sa­cu­dir todo lo que nos ha com­pli­ca­do tor­pe­men­te la vida, lo que la ha he­cho in­jus­ta, fal­sa e in­tra­ta­ble, todo cuan­to de pos­ti­zo, ma­qui­lla­do y tru­ca­do nos im­po­ne un per­so­na­je en el que nues­tra per­so­na no cabe. Y en­ton­ces, emer­ge como una im­pa­ra­ble flor de las se­mi­llas es­con­di­das, el en­sue­ño de po­der es­tre­nar lo que pro­pia­men­te nos co­rres­pon­de. He­mos sido crea­dos así y para esto. Es­te­mos como es­te­mos, nos su­ce­da lo que nos su­ce­da, siem­pre ha­brá ese ben­di­to in­con­for­mis­mo que nos de­vuel­ve a lo más au­tén­ti­co de no­so­tros mis­mos.

Este es el ri­tual que, de tan­tos mo­dos, es­ce­ni­fi­ca­mos cada co­mien­zo de año, cuan­do con ami­gos y fa­mi­lia nos dis­po­ne­mos a tras­pa­sar la lí­nea di­vi­so­ria de un re­loj que mar­ca las ho­ras al filo de la me­dia­no­che del úl­ti­mo día de cada año. Em­pe­zan­do por las uvas en­gu­lli­das con algo de su­pers­ti­ción y casi siem­pre atra­gan­to en la no­che­vie­ja, o los brin­dis con una copa de si­dri­na nues­tra o cava de otros la­res (no de to­dos, por cier­to), o el abra­zo car­ga­do de afec­to y sin­ce­ri­dad a las per­so­nas pre­sen­tes o au­sen­tes que más que­re­mos in­ter­cam­bian­do el sa­lu­do y el beso por algo que co­mien­za sor­pren­dién­do­nos jun­tos y no re­vuel­tos. Por­que al de­cir­nos nues­tro ha­bi­tual “fe­liz año nue­vo”, no es­ta­mos pro­nun­cian­do sin más una fra­se he­cha, sino que es­ta­mos tra­du­cien­do ama­ble­men­te la as­pi­ra­ción que to­dos te­ne­mos de po­der cons­truir con ilu­sión y go­zar con­ten­tos de la be­lle­za, la bon­dad, la ver­dad y la paz que pal­pi­tan en nues­tra en­tra­ña, esas que Dios qui­so sem­brar en el sur­co de nues­tra iden­ti­dad hu­ma­na y cris­tia­na.

Co­mien­za un nue­vo año te­nien­do por de­lan­te doce me­ses. Me pre­gun­to des­de los pri­me­ros lan­ces de enero, cuá­les se­rán las sor­pre­sas her­mo­sas, las sor­pre­sas bron­cas y las que re­sul­ta­rán en­tre am­bas sen­ci­lla­men­te agri­dul­ces. Per­so­nas que se nos irán, per­so­nas que nos lle­ga­rán. So­bre­sal­tos que nos ben­de­ci­rán con la paz o los que in­ten­ta­rán arru­gar nues­tra es­pe­ran­za. En­tre los pin­tos y los val­de­mo­ros, en­tre los pon­gas y los te­bon­gos, así ire­mos es­cri­bien­do el re­la­to de una his­to­ria que está to­da­vía por es­cri­bir.
Esta es la aven­tu­ra de la vida, cuan­do de­ja­mos que el Se­ñor, nues­tro di­vino es­cri­bano, re­la­te con no­so­tros la his­to­ria que no­so­tros no siem­pre he­mos re­la­ta­do. Y, como tan­tas ve­ces lo he­mos ex­pe­ri­men­ta­do, Él es­cri­bi­rá lo que nos de­vuel­ve a nues­tra hu­mil­de tra­ma, y ha­bla­rá de no­so­tros sin pla­gio de his­to­rias pres­ta­das ni tam­po­co con abu­rri­mien­to can­sino, in­clu­so en la tor­pe aven­tu­ra de nues­tros ren­glo­nes más tor­ci­dos. Así es nues­tro Dios, que es­cri­be con ver­sos y be­sos, si no­so­tros le de­ja­mos, esa his­to­ria para la que na­ci­mos.
Yo de­seo todo esto para to­dos, lo de­seo para mí. Y hago de ello una ple­ga­ria para que no sea nues­tra ce­rra­zón asus­ta­di­za ni nues­tra alo­ca­da pre­ten­sión las que mar­quen las ho­ras en este nue­vo año, sino la ren­di­da con­fian­za que nos per­mi­te es­tre­nar con sa­bor a algo fres­co la aven­tu­ra de vi­vir sa­bién­do­nos acom­pa­ña­dos por el buen Dios, y por tan­tas per­so­nas bue­nas que Él ha pues­to a nues­tro lado. Nos po­ne­mos bajo la mi­ra­da de nues­tra Ma­dre la San­ti­na en este año es­pe­cial de su cen­te­na­rio. Fe­liz año nue­vo, her­ma­nos.

 Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm
Ar­zo­bis­po de Ovie­do

viernes, 5 de enero de 2018

Epifanía del Señor



La salvación es para todos

Las lecturas de esta liturgia explican el sentido de la celebración, toda ella centrada en la universalidad de la salvación. La primera anuncia que la salvación aparecerá en Jerusalén como una luz creciente que poco a poco iluminará al mundo y que atraerá hacia ella a todos los hombres, incluso a los más lejanos, para rendir homenaje al Salvador y recibir sus beneficios. El salmo responsorial abunda en la misma idea. La segunda afirma que esta promesa ya se ha cumplido en Cristo y por ello la salvación, primero reservada al pueblo judío, ya se ofrece también con los mismos derechos al resto de los pueblos. El evangelio presenta la interpretación alegorizada que hace Mateo de una antigua tradición que decía que, cuando nació Jesús, se presentaron unos personajes de Persia que venían a rendirle homenaje como mesías, pues sus estrellas –que tanta importancia tienen en su cultura con mucha presencia de la astrología- les han indicado que ya ha nacido el Mesías esperado por el pueblo judío. Mateo ha visto en ello el cumplimiento de las promesas que se han recordado en la primera lectura y en el salmo responsorial y por ello cuanta esta tradición con motivos y palabras tomados de estos textos.

La salvación se recibe mediante la fe y ésta se ofrece a todos. En esta fiesta, en que tradicionalmente se intercambian regalos, se nos invita a valorar el mayor regalo recibido, junto con la vida, el don de la fe, que nos debe llenar de alegría y dar sentido a nuestra vida. Lo que se aprecia, se ama, se cuida, es motivo de orgullo y se ofrece a los demás.

Jesús nos ha conseguido una vida nueva con todos los órganos necesarios para vivirla y por ello con ojos nuevos y corazón nuevo. Los ojos nuevos se refieren al aspecto intelectual de la fe que nos permiten ver las cosas con los ojos de Dios, con una profundidad que va más allá de lo que puede iluminar la razón humana. Pero no se limita a esto la fe, además del aspecto intelectual comprende otro volitivo, pues nos concede un corazón nuevo que nos capacita para entregarnos confiadamente a Dios, viviendo de acuerdo con los ojos nuevos, con las nuevas certezas que nos da a conocer de Dios y que iluminan nuestro camino. Todo ello es un gran motivo de alegría que debe animar a agradecerlo y cuidarlo.

Esta fiesta invita a agradecer el regalo recibido a Dios de quien proviene, a la Madre Iglesia, que a pesar de sus deficiencias nos la ha transmitido y finalmente a las personas concretas, padres, educadores y catequistas, que también a veces con deficiencias, han sabido transmitirla con su vida y palabras; después hay que comprometerse a conocerla mejor para vivirla con gozo y saber dar razón de ella, finalmente a vivirla en nuestra vida concreta.

Hoy es fiesta misionera en cuanto que se nos recuerda la obligación de darla a conocer como testigos, es decir, personas que la viven. Es una tarea urgente en un tiempo en que la Iglesia habla de nueva evangelización, primero para nosotros que debemos descubrir el carácter de alegre noticia que tiene, después para los que están fuera de la Iglesia, a los que, con amor, respeto y humildad hemos de proponer los valores de nuestra fe. La Iglesia desea que cada uno de los creyentes cristianos sea un atrio de los gentiles donde los no creyentes puedan acercarse con gusto a la fe cristiana.

En la celebración de la Eucaristía debemos agradecer el don de la fe, pedir la gracia de conocerla y valorarla cada vez más para mejor vivirla y dar testimonio de ella.
  
       
Dr. D. Antonio Rodríguez Carmona


jueves, 4 de enero de 2018

Nosotros también vamos

                                                     
                     
No somos ni sabios ni reyes, ¿lo eres tú?, pues yo no y tengo que ir a “Belén” como ellos; yo soy uno más de la caravana.

La travesía es larga, a veces desértica y a veces dudo porque pierdo la luz de la estrella, hasta que de nuevo aparece para guiarme al Salvador. Es el mismo camino de ellos, extenuante y difícil, pero hay que ir sí o sí. Hasta hoy y cada día, cada año, tengo que llegar a “Belén” para reencontrarme con quien nació para amarme hasta morir por mí.

¿Cuántas veces mi pesebre se queda vació?, pues un montón y eso no puede ser. Si pensara que mi corazón es el refugio de Dios, esto no pasaría y mira que me lo recuerda siempre en Navidad, pues en cuanto pasa… ¡Hala! otra vez con los olvidos de la cuna que llevo dentro.

¿Es que Él se va? Ni hablar, él siempre está pero yo Le meto por otros lugares, entre venas, tendones y ¡qué sé yo!, total que Le pongo en sitios que ni Le veo. ¡Mea culpa y sólo mía! Arramplo con su lugar y pongo en él al gato, al florero, la iniquidad, la desesperación… Ya lo he dicho, mea culpa.

A ver si me sirve de algo el pedregoso camino, las inclemencias, la oscuridad y lo mal que se pasa en la travesía y me quedo para siempre cerca del establo, como Dios manda, para no tener que volver de “Mesopotamia” que está muy lejos.

Niño Jesús cuando veas que en tu “cuna” voy a poner a mi gata, por decir algo, pégame un grito de esos que hacen historia o me quede sorda.

Un beso mi Niño querido. 

      Emma Díez Lobo


miércoles, 3 de enero de 2018

“Yo hago nue­vas to­das las co­sas” (Ap 21,5)



Ter­mi­na­mos un año y pa­sa­mos pá­gi­na al ca­len­da­rio. Tan­tas co­sas que han pa­sa­do y que ha­bre­mos vi­vi­do… de ale­gría y de pro­ble­mas, de fa­mi­lia, de tra­ba­jo, de po­lí­ti­ca, de frus­tra­cio­nes y es­pe­ran­zas, de ale­grías y de cru­ces, de di­fun­tos que año­ra­mos y de gen­te pe­que­ña que ha na­ci­do… Hoy es­ta­mos in­vi­ta­dos a po­ner­lo todo en las ma­nos de Dios, el año 2017 que se ago­ta y el 2018 que lle­ga, por­que Él, que es Se­ñor de la his­to­ria y de la hu­ma­ni­dad, quie­ra te­ner com­pa­sión de to­dos no­so­tros, de la hu­ma­ni­dad en­te­ra. En­co­men­de­mos todo el mun­do al Se­ñor, para que per­do­ne las cul­pas y pe­ca­dos de los hom­bres, cure las he­ri­das, nos res­tau­re y nos sal­ve, y so­bre todo nos con­ce­da su gra­cia y su ben­di­ción para “em­pe­zar de nue­vo”, para reha­cer la alian­za de amor con Dios, y aco­ger su Reino. que no deja nun­ca de ve­nir y de cre­cer. “Yo hago nue­vas to­das las co­sas” (Ap 21,5) dice el Se­ñor, y en su fuer­za sal­va­do­ra con­fia­mos: que nos trans­for­me, “nos res­tau­re, que bri­lle su ros­tro y nos sal­ve” (Sal 79,4), nos lle­ne de amor y de es­pe­ran­za para ser fuer­tes y per­se­ve­ran­tes en la fe y en el com­pro­mi­so de vida.

Los cris­tia­nos mi­ra­mos con es­pe­ran­za el año que co­mien­za ya que, pase lo que pase y ven­ga lo que ven­ga, siem­pre es­ta­mos en las amo­ro­sas ma­nos de Dios. An­tes se de­cía: “To­dos los días son san­tos y bue­nos para los que es­tán en gra­cia de Dios”. Y es que si vi­vi­mos en el Se­ñor, si aco­ge­mos su gra­cia, si con­fia­mos en Él y tra­ta­mos de ha­cer el bien, sa­be­mos que el Se­ñor está cer­ca de no­so­tros, que nun­ca nos deja. De­je­mos re­so­nar hoy en nues­tros co­ra­zo­nes las pa­la­bras del Pa­dre mi­se­ri­cor­dio­so de la pa­rá­bo­la a su hijo ma­yor: “¡Hijo, tú siem­pre es­tás con­mi­go, y todo lo mío es tuyo!” (Lc 15,31). Que sea esta nues­tra con­fian­za al ini­ciar un nue­vo año, con vida re­no­va­da, con más fe, y so­bre todo con más obras de amor, cohe­ren­tes con nues­tra es­pe­ran­za cris­tia­na.

Ce­le­bra­mos la fies­ta de la Sa­gra­da Fa­mi­lia de Je­sús, Ma­ría y José, que con­ti­núan ani­man­do y sos­te­nien­do nues­tras fa­mi­lias ha­cia el ideal de amor, de tra­ba­jo, de aco­gi­da in­con­di­cio­nal de la vida, de co­mu­nión y com­par­ti­ción so­li­da­ria y de ser­vi­cio. De Na­za­ret nace una luz hu­mil­de pero po­ten­te, que ayu­da a en­ca­mi­nar las vi­das fa­mi­lia­res, de­fen­dien­do los va­lo­res de la fa­mi­lia, como hace el Papa Fran­cis­co en su Ex­hor­ta­ción “Amo­ris Lae­ti­tia” cuan­do pro­po­ne el Himno de St. Pa­blo en 1ª Co­rin­tios 13,4-7, y lo co­men­ta be­lla­men­te. Ha­blan­do del “Amor en el ma­tri­mo­nio” (ca­pí­tu­lo IV), des­ta­ca la pa­cien­cia, la ac­ti­tud de ser­vi­cio, la sa­na­ción de la en­vi­dia, no alar­dear ni agran­dar­se, ser ama­bles, des­pren­di­dos, sin  vio­len­cia in­te­rior, con per­dón, ale­grán­do­se con los de­más, dis­cul­pán­do­lo todo, con­fian­do, es­pe­ran­do y so­por­tán­do­lo todo.
Nues­tra De­le­ga­ción dio­ce­sa­na de Fa­mi­lia y vida tie­ne un am­bi­cio­so pro­yec­to de tra­ba­jo, y quie­re em­pe­zar rea­li­zan­do un re­no­va­do es­fuer­zo en el cam­po de la pre­pa­ra­ción al ma­tri­mo­nio. Nos ex­hor­ta a ello el Papa cuan­do afir­ma: «La com­ple­ja reali­dad so­cial y los desa­fíos que la fa­mi­lia está lla­ma­da a afron­tar hoy re­quie­ren un com­pro­mi­so ma­yor de toda la co­mu­ni­dad cris­tia­na en la pre­pa­ra­ción de los pro­me­ti­dos al ma­tri­mo­nio… Es ne­ce­sa­ria una ma­yor im­pli­ca­ción de toda la co­mu­ni­dad, pri­vi­le­gian­do el tes­ti­mo­nio de las fa­mi­lias, ade­más de un arrai­go de la pre­pa­ra­ción al ma­tri­mo­nio en el ca­mino de ini­cia­ción cris­tia­na, ha­cien­do hin­ca­pié en el nexo del ma­tri­mo­nio con el bau­tis­mo y los otros sa­cra­men­tos» (AL 206).
A to­dos os de­seo una go­zo­sa fies­ta de la Sda. Fa­mi­lia y un fe­liz Año Nue­vo.
+ Joan E. Vi­ves
Ar­zo­bis­po de Ur­gell