domingo, 16 de septiembre de 2018

¡Ama al enemigo!


                                 


                                                           
Jesús tiene un sentido del humor fantástico, lo grave es que lo dice en serio…

 Porque no te dice que te apartes, ni que pases, ni que… ¡No, no!, te dice que ames al enemigo. ¡Me parto conmigo misma!, primero se me pone la cara verde como la del “contrario”  y después cuando me acuerdo de lo que dijo, “me revierto”, le guiño un ojo y cambio de color. Lo mejor es que el otro avinagrado, no entiende nada en absoluto…  

Actuar como un pagano, es fácil, lo difícil es hacerlo como cristiano. Dios tiene toda la razón. Cuando te “sales del juego” con un gesto opuesto al que esperan de ti, desarmas al más hostil.

Me he puesto en la cabeza de Jesús que amaba a los malvados y me pregunto ¿Cómo amarles como Él? Es imposible, Él era Padre, nosotros no lo somos y no podemos sentir lo mismo, pero sí podemos hacer valer nuestra Fe en sus palabras de “medición” y desearles el bien
.     
La frase: “Porque con la medida que midáis se os medirá”… Es espectacular. Por si misma te conduce a la Paz entre los hombres y te advierte de la distancia a Dios. El tema es que se nos olvida de una manera bestial. 

La “cinta métrica” que Dios nos da, será la que entreguemos con nuestras medidas al prójimo. A ver si aumentamos centímetros de amor y rebajamos los de enemistad o aversión, por mucho que nos provoquen. La mía va genial “a trompicones”, pero va…

Emma Díez Lobo


sábado, 15 de septiembre de 2018

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario





¿Quién es Jesús? Jesús es el Mesías sufriente


        El Evangelio de hoy presenta uno de los temas centrales del cristianismo: ¿Quién es Jesús?  De la respuesta depende toda la vida cristiana.

        El pueblo judío era consciente de sus debilidades, religiosas y políticas, y esperaba de diversas maneras que Dios enviara un salvador. La forma más popular concebía este salvador como un caudillo político-religioso, que instauraría un gran imperio teocrático y que solían designar como Rey-Mesías o Rey-Ungido, es decir, capacitado por Dios para esta tarea. Igual que se unge con aceite a un atleta para realice un esfuerzo, igualmente Dios ungirá con su poder a este futuro rey.

Jesús ha proclamado la inminencia del Reino de Dios y ha realizado signos especiales que le acreditan como enviado especial de Dios. ¿Quién es? La gente lo reconoce como un personaje importante, sin llegar a más, solo los discípulos lo reconocen como el Rey-Mesías esperado. Jesús manda callar, no porque no aceptara el título sino porque rechazaba el significado que sus discípulos y la gente le daban. Él no es un Mesías político religioso sino un Mesías sufriente, en la línea del prometido Siervo de Yahvé (primera lectura). Por eso anuncia su muerte y resurrección, y rechaza fuertemente la opinión de Pedro.

Es importante la continuación del relato: “Llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo”. Se trata de una enseñanza importante y quiere que todos estén atentos. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo... La invitación sonaría extraña a sus discípulos. “¿Si alguno quiere venir en pos de mí?... Pero si ya llevamos mucho tiempo contigo” ... Es verdad, pero Jesús quiere que renueven la opción del seguimiento sabiendo que siguen a uno que triunfará mediante la muerte. Y este camino es fundamental para el discípulo.

        Jesús no se llamó a sí mismo nunca Mesías, pero se identificó y realizó en su existencia lo que significa Mesías, es decir, ungido por Dios para salvar, pero no como piensan los hombres, de forma poderosa y violenta sino como piensa Dios que es amor. Por eso el mesianismo de Jesús se realizó en la humildad del Siervo de Yahvé, que propone la salvación y da su vida por los hombres.  Paradójicamente fue Pilatos, sin saber lo que hacía, el que proclamó la verdadera realeza mesiánica de Jesús, poniendo sobre la cruz el título Jesús Nazareno Rey de los Judíos. En la cruz Jesús es el rey mesías esperado. Por eso la Iglesia primitiva lo llama Jesucristo, nombre propio que resume la confesión de fe cristiana: Jesús es el Mesías. En Jesús se identifica la persona con la misión, que son inseparables.

        Esto explica que Jesús invite a sus discípulos a compartir este modo de ser, que según los criterios humanos es hacer el necio, pero según criterios cristianos, es el verdadero camino que realiza a la persona.

        Ser cristiano es igual a ser del mesías y se es así porque en el bautismo la persona ha quedado injertada en Jesucristo, el que muere y resucita. Esto exige vivir así. Igualmente, la Iglesia es cristiana, si en su forma de actuar sigue el camino de Jesucristo, amor y servicio, hasta dar la vida.

        La celebración de la Eucaristía es central para el cristiano. En ella ejerce Jesús como Mesías y el cristiano y la Iglesia purifica y alimenta su identidad.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Yo soy Israel




                                                                                                 
Yo soy Israel, soy pueblo de Dios, pero no israelita que es bien diferente.

 Últimamente me asombra cómo los seguidores de Dios, nos estamos uniendo de tal manera que parece un milagro, es genial. Antes estábamos un poco dispersos y ahora… Más pegados imposible. Me encanta ver a Dios entre nosotros diciendo: ¡Venga, no os preocupéis, adelante, haced como los Ejércitos cuando invocaban a Santiago en las batallas! Yo os doy mi fuerza, mi baluarte y mi tesón, como a Santiago.

Si es que… Mientras más hablan ellos en contra, más hablamos nosotros a favor.

 Es fantástico porque lo que ignoran es que a Dios Le tenemos al frente. No hay retaguardia, todos estamos en primera línea de fuego. Y da la causalidad de que cuando más gritan, más silenciosamente nos unimos. Saber que estás en el lado bueno, es un premio, la mayor gracia que nos obsequian contra su voluntad.   
  
Es la consecuencia del empeño de estos “personajes extraños” de hacer desaparecer a Cristo. ¡Qué efecto tan contrario! Y qué regalo de honor y FE cada vez que nos lanzan sus maldades. 
     
Nosotros hablamos desde el corazón y ellos desde el rencor y el mal. Triste es ver almas tan oscuras y desviadas ¡Pobre gente! Rezar por ellos te da una altura que hasta sientes que rayas la vanidad.  

Somos un batallón de pastores, santos, ángeles, discípulos y ovejas por toda la tierra unidos como en tiempos de la Roma antigua… Por Bandera, una Madre Protectora y por Caudillo, el más Grande del universo ¡Dios!

¡Qué suerte, pueblo de Israel, lo tenemos todo!  

Emma Díez Lobo



martes, 11 de septiembre de 2018

MATER DEI. 12 SEPTIEMBRE: DULCE NOMBRE DE MARÍA





“El nombre de la virgen era María” (Lc 1,27)

Mater Dei. En el nombre se dice la persona. En el nombre de María, además, se dice todo el misterio de Dios. María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El evangelista Lucas la llama «María»; el ángel, en cambio, la llama «Llena de gracia». San Juan gusta de llamarla a menudo «Madre», mientras que el evangelista Mateo la llama «Esposa de José». Su prima Isabel se dirige a ella llamándola «Madre de mi Señor» y «La que ha creído». Y en el cántico del Magníficat, María se llama a sí misma «Esclava del Señor», al tiempo que profetiza que todas las generaciones la llamarán «Bienaventurada».

Todos los nombres y títulos de María resultan insuficientes para compendiar la grandiosa maternidad virginal que en Ella se cumple? Pronunciar despacio el nombre de María, dejando que el corazón se pare en la contemplación de esta Madre tan querida, es una forma sencilla y profunda de orar. Cómo se embelesa el alma al ponderar ese nombre santo, que enamoró el corazón de Dios, en los albores de la encarnación de Cristo. Cómo descansa el corazón en este dulce nombre, que tanto alivia nuestros sufrimientos y descansa nuestros afanes.

Cuando emprendas tareas especialmente delicadas y difíciles, cuando te topes con problemas que te superan, con personas difíciles, con situaciones de dolorosa lejanía de Dios, en tus labores más cotidianas, al salir de casa, al levantarte y acostarte, dí ¡…María…! María, siempre y en todo. Acostúmbrate a repetir suplicante ese nombre delicioso, en cualquier circunstancia y momento, y verás que tus días se colman de esa dulce presencia que también llenaba la casa sagrada de Nazareth.

María ha de ser la Madre de esa casa de tu alma, en la que Dios quiere habitar y descansar. No hay nombre que más llene y embellezca el alma que el nombre santo de María, cuando se pronuncia y saborea en el silencio de la contemplación. 


SIGNIFICADO DEL NOMBRE DE MARIA

-En el idioma popular significa: "La Iluminadora". (S. Jeronimo M 1.23.780)

-En el idioma arameo significa: "Señora" o "Princesa" (Bover).

-El significado científico de María en el idioma hebreo es: "Hermosa" (Banderhewer).

-En el idioma egipcio que fue donde primero se utilizó este nombre significa: "La preferida de Yahvé Dios". (Éxodo 15, 20). Mar o Myr, en egipcio significaba la más preferida de las hijas. Y "Ya" o "Yam", significaba: El Dios verdadero -Yahvé-. Así que MAR-YA o MYR-YAM en egipcio significaría: "La Hija preferida de Dios" (Zorell).

Padres de la Iglesia:

El nombre hebreo de María se traduce por Domina en latín; el Ángel le da, por tanto, el título de Señora (SAN PEDRO CRISÓLOGO, Sermón sobre la Anunciación de la B. Virgen María, 142).

Estas palabras, el Señor es contigo, son las más excelsas que se le podían haber dicho. Con razón, pues, el Ángel reverencia a la Virgen, por ser Madre del Señor, y Señora por tanto. Y le es muy propio el nombre de María, que en siríaco quiere decir «Señora» (SANTO TOMÁS, Sobre el Avemaría, 1. c., p. 183).

Y el nombre de la Virgen era María. Digamos también acerca de este nombre, que significa «estrella del mar» y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción (SAN BERNARDO, Hom. sobre la Virgen Madre, 2).

Porque sólo Ella conjuró la maldición, trajo la bendición y abrió la puerta del paraíso. Por este motivo le va el nombre de «María», que significa «estrella del mar»; como la estrella del mar orienta a puerto a los navegantes, María dirige a los cristianos a la gloria (SANTO TOMÁS, Sobre el Avemaría, 1. c., p. 185).

Con razón se la llama «María», que quiere decir «iluminada»: El Señor llenará tu alma de resplandores (Is 58, 11), y significa además «iluminadora de otros», por referencia al mundo entero; y se la compara a la luna y al sol (SANTO TOMAS, Sobre el Avemaría, 1. c., 182).

La palabra María significa en hebreo estrella del mar, y en siríaco Señora. Y con razón, porque mereció llevar en sus entrañas al Señor del mundo y a la luz perenne de los siglos (SAN BEDA, en Catena Aurea, vol. V, p. 36).


lunes, 10 de septiembre de 2018

La ti­ra­nía del mal en­ten­di­do diá­lo­go



Tal vez re­sul­te un poco cho­can­te y has­ta es­can­da­lo­so que el tí­tu­lo de esta car­ta sea so­bre la ti­ra­nía del diá­lo­go y creo que pue­da has­ta dar la sen­sa­ción que es un des­pro­pó­si­to uti­li­zar la pa­la­bra ti­ra­nía en algo tan im­por­tan­te como el diá­lo­go. Pero si nos ate­ne­mos a los he­chos que ocu­rren en nues­tro am­bien­te so­cial, nos da­re­mos cuen­ta que lo que no se con­si­gue de bue­na ma­ne­ra -“a las bue­nas”- se con­si­gue “a las bra­vas” (con ma­ni­fes­ta­cio­nes, al­ga­ra­das y has­ta con vio­len­cia). De se­guir así ya no hay ley, ni nor­ma al­gu­na que pue­da pa­rar a aque­llos que quie­ren dia­lo­gar pero im­po­nien­do su cri­te­rio y sólo su cri­te­rio. A esto ¿cómo se le pue­de de­fi­nir? ¿Diá­lo­go pac­ta­do, diá­lo­go con­ve­ni­do, diá­lo­go ad­ver­ti­do, diá­lo­go mor­te­cino, diá­lo­go de con­ve­nien­cia…? El diá­lo­go nun­ca se im­po­ne sino que bus­ca ca­mi­nos para que la ver­dad y la jus­ti­cia, el amor y la mi­se­ri­cor­dia con­cuer­den. Si no es así, el diá­lo­go se con­vier­te en una pa­la­bra for­mal- cua­si má­gi­ca- pero que nada tie­ne que ver con la bús­que­da del bien y de la ver­dad.

Es muy co­mún es­cu­char y oír de­cir que siem­pre es con­ve­nien­te dia­lo­gar. Y es cier­to. Pero ¿a qué pre­cio? Cuan­do hay una dis­po­ni­bi­li­dad en la bús­que­da y se rea­li­za con hu­mil­dad, es el buen ca­mino para afron­tar las cir­cuns­tan­cias -por muy con­tras­tan­tes que fue­ran- que pue­den lle­var a la meta de lo que se ha ve­ni­do en ejer­ci­tar y es la co­mu­nión: “la unión en co­mún”. Aho­ra bien, en el diá­lo­go au­tén­ti­co siem­pre se han de sos­te­ner y man­te­ner los prin­ci­pios fun­da­men­ta­les que nun­ca de­ben ni des­pla­zar­se, ni des­truir­se. Cuan­do por con­ve­nien­cia o por lo que se lle­va en lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to se so­me­te de for­ma ser­vil y se mi­me­ti­za con las im­po­si­cio­nes ideo­ló­gi­cas, el diá­lo­go se con­vier­te en una men­ti­ra exis­ten­cial. Es un diá­lo­go co­bar­de. De ahí que nun­ca se pue­de lla­mar au­tén­ti­co diá­lo­go a los pac­tos co­bar­des. En este caso im­pe­ra más la ti­ra­nía que la co­mu­nión. Son las nue­vas ti­ra­nías con una capa pre­cio­sa pero ocul­tan­do como dice Je­su­cris­to que son como “los se­pul­cros blan­quea­dos que por fue­ra apa­re­céis her­mo­sos” (Mt 23, 27).

En los tiem­pos fuer­tes que nos toca vi­vir se re­quie­re un ma­yor sen­ti­do co­mún y un ma­yor dis­cer­ni­mien­to. “Mu­chas ve­ces se ex­hi­be una apa­rien­cia de vir­tud y se am­bi­cio­na una fama en­ga­ño­sa, sin nin­gún in­te­rés por la rec­ti­tud in­te­rior; así, lo que no es más que mal­dad es­con­di­da se com­pla­ce en la fal­sa apre­cia­ción de los hom­bres. El que ama a Dios se con­ten­ta con agra­dar­lo, por­que el ma­yor pre­mio que po­de­mos desear es el mis­mo amor; el amor, en efec­to, vie­ne de Dios, de tal ma­ne­ra que Dios mis­mo es el amor. El alma pia­do­sa e ín­te­gra bus­ca en ello su ple­ni­tud y desea otro de­lei­te” (San León Magno, Ser­mo­nes 92, 1-2). Todo esto nos ad­vier­te de la su­til men­ti­ra don­de se pue­de caer a la hora de de­jar­nos en­ga­ñar por los fal­sos diá­lo­gos. El mis­mo Je­su­cris­to si­gue afir­man­do: “¡Ay de vo­so­tros, es­cri­bas y fa­ri­seos hi­pó­cri­tas, que lim­piáis por fue­ra la copa y el pla­to, mien­tras por den­tro que­dan lle­nos de ra­pi­ña y de in­mun­di­cia!” (Mt 23, 25).
La ver­da­de­ra au­to­ri­dad es aque­lla que ayu­da a cre­cer a las per­so­nas en to­dos sus ám­bi­tos. Y esto nos lo en­se­ña, de modo es­pe­cial, el Se­ñor con su ejem­plo y su pa­la­bra. Ante los hi­pó­cri­tas y fa­ri­seos les des­mon­ta todo el or­gu­llo que lle­van por den­tro: “¡Guías cie­gos, que co­láis el mos­qui­to y os tra­gáis el ca­me­llo!” (Mt 23, 24). ¿Por qué Je­su­cris­to arre­me­te con­tra ellos? Por­que su diá­lo­go era pura ti­ra­nía, pura apa­rien­cia, puro egoís­mo y puro es­ca­pa­ra­te: “Por­que lim­piáis el ex­te­rior del vaso y del pla­to, pero por den­tro es­táis lle­nos de robo y de­sen­freno” (Mt 23, 25). No cabe duda que para dia­lo­gar con­vie­ne ante todo mi­rar cómo va el iti­ne­ra­rio de la in­te­rio­ri­dad y cuál es el modo de ha­blar sin­ce­ra­men­te. Si no es así, el diá­lo­go se con­vier­te en un “diá­lo­go de sor­dos” o más bien en una ti­ra­nía apa­ren­te­men­te bo­nan­ci­ble pero lle­na de mal­dad.
+ Fran­cis­co Pé­rez Gon­zá­lez
Ar­zo­bis­po de Pam­plo­na y Obis­po de Tu­de­la

sábado, 8 de septiembre de 2018

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario




crecer en la fe.

En los primeros siglos el catecumenado de las iglesias de Roma y de Milán incluía un rito en el que, en un determinado momento del proceso, se realizaba un exorcismo al catecúmeno; en él, imitando el relato del evangelio de hoy, se tocaba con saliva la oreja y se decía la palabra effetá, ábrete. Se trataba de pedir a Dios que liberara al bautizando de los demonios que impiden oír la palabra de Dios y lo capacitara para proclamar y confesar esta palabra.  Como resto de este antiguo rito en el nuevo ritual del bautismo solo ha quedado la unción en el pecho con el óleo de catecúmenos y una oración en que se pide librar del dominio de Satanás.

Esta praxis litúrgica antigua interpretaba correctamente el relato de Marcos. En él se presenta a Jesús misionando en territorio pagano y curando mediante un exorcismo a un sordo mudo. Una aclamación final, con dos citas del AT, explican el sentido de esta curación: Todo lo ha hecho bien es una cita de Gén 1,31, que se refiere al final de la creación. Con ello se quiere decir que Jesús está realizando una nueva creación, de la que forma parte esta curación; la otra cita está tomada de Isaías 35,4-7 (recordado en la primera lectura) que anuncia la futura actividad creadora del Mesías. En esta curación física de un pagano, Marcos sugiere cómo Jesús va abriendo poco a poco los oídos de sus discípulos hasta que lleguen a reconocerlo y alabarlo (salmo responsorial) como Mesías.

En el contexto de la celebración eucarística, el relato invita al creyente a agradecer el don de la fe y a cooperar con él. La fe es un don de Dios, pero requiere condiciones previas, y una vez recibida, un cultivo adecuado para que crezca.  Hoy día la mayoría de los bautizados han recibido el bautismo de pequeños y con pocos años hicieron la primera comunión después de una más o menos adecuada preparación. Desgraciadamente muchos se han quedado con esta iniciación cristiana. Un adulto no puede vivir su fe “con el traje de primera comunión”.

El don de la fe exige cooperar para que no se pierda y crezca. Esto exige, por una parte, pedir la gracia de la perseverancia y de la humildad, excluyendo todo tipo de autosuficiencias, intelectuales y morales; por otra, conocer mejor la fe.  De aquí la necesidad de una catequesis catecumenal de adultos, que ayude a conocer y vivir la fe. Como en todo proceso catecumenal, no se trata sólo de conocer, cosa necesaria, sino de compromisos que ayuden a vivir lo conocido,  pues la fe cristiana no es una teoría sino una vida. Para ello contamos con buenos medios, como el Catecismo de la Iglesia Católica, una obra que merece mejor acogida que la que se le está dispensando, y, en la medida de lo posible, una aproximación a los documentos del Vaticano II.

La Eucaristía es celebración de la fe: Este es el misterio de nuestra fe. La presupone, la celebra y la alimenta.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona




viernes, 7 de septiembre de 2018

Vacíos para la cordura





Es im­pac­tan­te lle­gar a mu­chas de nues­tras igle­sias y ver­las va­cías de obras de arte. Tem­plos que an­ta­ño po­se­ye­ron ma­ra­vi­llas gó­ti­cas, re­na­cen­tis­tas y ba­rro­cas, mues­tran sus pa­re­des de­sola­da­men­te va­cías, o qui­zás con pe­que­ños re­ta­blos de los años 50 del si­glo pa­sa­do. Al­gu­nas pa­rro­quias con­ser­van aún fo­tos en blan­co y ne­gro de la ri­que­za ar­tís­ti­ca que po­se­ye­ron, ya que sus ar­chi­vos his­tó­ri­cos tam­bién fue­ron que­ma­dos.

Ahora, que son tiem­pos de Me­mo­ria His­tó­ri­ca (en sin­gu­lar no en plu­ral), al­gu­nos ayun­ta­mien­tos reha­cen las to­rres de sus igle­sias o los pei­ro­nes, que, como hi­tos re­li­gio­sos en los ca­mi­nos, fue­ron des­trui­dos en la pa­sa­da gue­rra. To­da­vía en mu­chos pue­blos me se­ña­lan los la­dri­llos en­ne­gre­ci­dos, del sue­lo de la igle­sia, don­de se efec­tuó la pira. Tam­bién des­cu­bro como mu­chas pa­rro­quias, o in­clu­so el mu­seo dio­ce­sano, re­cu­pe­ran tro­zos de la des­truc­ción ma­si­va del pa­tri­mo­nio re­li­gio­so de todo un pue­blo. Miro al alto coro de una igle­sia y des­cu­bro unas cuan­tas ta­blas co­lo­ca­das, a modo de si­lue­ta, como el que co­mien­za el puz­le, de lo que fue la caja de un ór­gano. Es lo úni­co que que­dó, me di­cen con cier­to con­for­mis­mo.

Aho­ra, que nos va­mos acer­can­do al si­glo de lo que su­pu­so la ma­yor gue­rra fra­tri­ci­da de nues­tra his­to­ria mo­der­na, y que mu­chos han in­ten­ta­do re­co­lo­car en su co­ra­zón para po­der vi­vir en paz, veo como re­sur­gen, de una par­te y de otra, los vie­jos fan­tas­mas del mie­do y la re­van­cha. Cuan­do ha­blas con la gen­te de nues­tros pue­blos como sin que­rer sale el tema de la gue­rra. Solo los pue­blos que fue­ron gol­pea­dos por las dos par­tes ha­blan de la sin­ra­zón y la vis­ce­ra­li­dad que ge­ne­ró tan­to mal.

Tam­bién hubo al­cal­des que su­pie­ron de­fen­der a su pue­blo cuan­do vi­nie­ron a ase­si­nar (sólo por sus ideas) a al­gu­nos de los su­yos. Del mis­mo modo que pá­rro­cos que no qui­sie­ron dar lis­tas de su fe­li­gre­sía cuan­do se les pi­dió. To­dos ellos son ad­mi­ra­dos en la me­mo­ria co­lec­ti­va de sus pue­blos. A los que vi­vie­ron o se apro­ve­cha­ron de la re­van­cha, a esos debe se­pul­tar la losa del ol­vi­do.

Las per­so­nas sen­ci­llas de nues­tros pue­blos, nos dan cla­ses ma­gis­tra­les de cor­du­ra. Cuan­do me en­se­ñan los po­cos li­bros que pu­die­ron sal­var del sa­queo de su ar­chi­vo his­tó­ri­co, o la es­ta­tua re­com­pues­ta de mil pe­da­zos para que siga sir­vien­do para la de­vo­ción, cuan­do me di­cen aquí hubo un gran re­ta­blo y me mues­tran una foto aja­da don­de tan solo se vis­lum­bra la mag­ni­fi­cen­cia de aque­lla mo­nu­men­tal obra, cuan­do veo los va­cíos de­ja­dos tan solo ocu­pa­dos por tres pe­que­ñas ta­llas de es­ca­yo­la, cuan­do me se­ña­lan las bal­do­sas con la hue­lla abra­sa­da por el fue­go, … me re­con­for­ta ver cómo es­tas per­so­nas ha­blan con paz, ni si­quie­ra un mal ges­to, una pa­la­bra más alta, no anidan ni odio ni nada que se lo pa­rez­ca, lo úni­co que pi­den es que no re­pi­ta­mos la his­to­ria.

¡Ánimo y ade­lan­te!

+ An­to­nio Gó­mez Can­te­ro
Obis­po de Te­ruel y Al­ba­rra­cín