lunes, 6 de julio de 2020

La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (IV)


Me parece que no se puede hablar hoy de la Virgen sin comenzar  recordando  aquellas  palabras  capitales  en las  que el  Concilio Vaticano II  recuerda  cómo  debe  ser una verdadera  devoción católica a María.

Por todo eso volveremos siempre a Ti, oh Madre Virgen del Mar. Porque Tú eres el más hondo sentir de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia. Porque Tú eres el orgullo de nuestra querida Almería.
Compruebo, cada año, los frutos que diariamente recogemos a manos llenas de la Santísima Virgen del Mar, fruto de la búsqueda incesante, actitud propia del cristiano, que siempre está en camino hacia Ella.
Y esto se llama valentía, la valentía; una actitud muy propia de los jóvenes: la disputa para conseguir el primer puesto en la vida. A ellos les digo hoy especialmente y les invito a reflexionar para que conecten de nuevo con los orígenes apostólicos de nuestra tradición cristiana que constituye la identidad del pueblo católico como un estilo de vida, que refleje y se manifieste en el amor como clave de la existencia humana y que potencie los valores de la persona, para comprometerla en la solución de los problemas humanos de nuestro tiempo. Una vez más los jóvenes son los que tienen que recibir la antorcha de nuestras manos cuando estamos en el momento de las más gigantescas transformaciones de su historia. Son ellos los que, recogiendo lo mejor de nuestro ejemplo y enseñanzas, van a formar la sociedad del mañana y la hermandad del futuro.
No estamos preocupados porque la sociedad que vais a constituir respetará la dignidad, la libertad, el derecho de las personas, porque esas personas sois vosotros.
San Marino, repetía a sus monjes, y hoy os lo digo yo a vosotros, jóvenes de Almería, Sevilla, Barcelona, Madrid y del mundo: Quien no se lanza mar adentro nada sabe del azul profundo del agua. Ni del hervor de las aguas que bullen.
Nada sabe de las noches tranquilas cuando el navío avanza dejando una estela de silencio.
Nada sabe de la alegría de quedarse sin amarras, apoyado solo en Dios, más seguro que el mismo océano. Virgen Madre de las vocaciones, toca el corazón de nuestros jóvenes para que descubran a Cristo y se entreguen a Él. Hazles generosos, puros, trabajadores, hombres y mujeres de fe. Danos una juventud nueva, santos nuevos, como quiere el Papa, para que sigas eligiendo entre ellos almas valientes que te sigan de cerca en el sacerdocio, en las misiones, en la vida contemplativa…
Madre del SÍ, hazles saborear la alegría de la entrega, la grandeza del amor generoso y la necesidad que tiene el mundo y la Iglesia de jóvenes santos. Los laicos tenemos una vocación que seguir, pero también tenemos algo que cumplir: una misión que llevar a cabo. Y, centrando todo esto, lo tenemos que hacer tanto dentro de la Iglesia católica como en el mundo porque no se entiende que no exista unidad de vida entre lo que se dice ser y lo que, en el mundo, se hace y dice. Y no es poco lo que dice: tratar de ser santos, no perder la oración como instrumento espiritual de primer orden, mantener un camino de fe que no debemos dejar y, en fin, tener en cuenta en nuestra vida a personas que nos pueden echar una mano muy grande en el recorrido de nuestro camino hacia el definitivo Reino de Dios. Es decir crear y vivir en hermandad.
A todo esto la Virgen del Mar le llama a ayudar a bien vivir, es decir, hacer el bien a manos llenas. La Virgen del Mar nos hace señales. Ella adivina nuestros miedos, pero penetra en nuestra afectividad con sus sentimientos tan lúcidos y a la vez tan misericordiosos.
En nuestra sociedad actual es necesario que el servicio de la Iglesia al mundo se exprese mediante fieles laicos iluminados, capaces de actuar dentro de la ciudad del hombre, con la voluntad de servir más allá del interés privado, más allá de puntos de vista parciales y particulares. El bien común es más importante que el bien de cada uno y los cristianos estamos también llamados a contribuir al nacimiento de una nueva ética pública.
Igualmente me siento impulsado a reflexionar en voz alta confesando una fe que vivo con amor y a expresar, de algún modo, las razones de la devoción entrañable que los almerienses dedicamos con especial veneración a nuestra Patrona la Santísima Virgen del Mar. La religiosidad popular que no se apaga y su figura son referencias elocuentes para la espiritualidad cristiana y que, concretamente en Almería, en Sevilla, en Barcelona y en Madrid, la seguimos contemplando gozosamente y su Purísima imagen la ubicamos en la historia de nuestra salvación. María es miembro eminente de la Iglesia. Ella escuchó atentamente la palabra del Hijo, meditó con amor sobre su contenido, lo asumió y lo puso en prácticas y vino a ser tierra buena donde agarró y creció el proyecto de Dios.
María es “la llena de Gracia”, la mujer donde la mirada benevolente de Dios se ha manifestado de modo especial, y la discípula más fiel de Jesús. Habiendo vivido de forma tan singular esa proximidad de Dios y la sintonía con el Hijo, la Virgen merece una veneración especialísima. Una fe madura no puede olvidar esta referencia.
Y continuando con la devoción, me parece que no se puede hablar hoy de la Virgen sin comenzar recordando aquellas palabras capitales en las que el Concilio Vaticano II recuerda cómo debe ser una verdadera devoción católica a María. “Recuerden los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un estéril y transitorio sentimentalismo, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos inclina a un amor filial hacia nuestra madre y a la imitación de sus virtudes” Creo que no se puede decir más en menos palabras. Y empieza el Concilio recordándonos, en primer lugar, lo que la devoción mariana no es, porque demasiada gente usa a la Virgen como un recurso emotivo, como un refugio sentimental, como un recuerdo infantil. La ternura es buena, buenas son las flores y las velas, pero siempre que no se quede todo ahí, siempre que la devoción no se reduzca a un estéril y transitorio sentimentalismo que afecta solo al corazón, pero no influye en la vida.
Explica luego el Concilio qué es la devoción mariana y señala tres aspectos fundamentales: algo que brota de la fe, que conduce al amor y produce la imitación de las virtudes. Tres aspectos fundamentales e imprescindibles.
La devoción mariana surge de la fe y es por tanto inseparable de Cristo. La grandeza de María viene de su relación con Jesús.
No es una diosa independiente. Es la madre del Salvador. Y mal se podría creer en María si no se creyera en serio en la salvación que a nosotros y a Ella nos llega de Jesús.
Esta fe conduce al amor. Nosotros queremos a la Virgen y la queremos tierna y apasionadamente, como se quiere, sin metáforas, a una verdadera madre. Ella no solo ayuda a engendrarnos en la gracia, sino que sigue engendrándonos en ella con su amor maternal.
María es el modelo de fe más grande que conocemos. Ella fue “feliz por haber creído”, aunque su vida fue un continuo caminar por el “claroscuro” de la fe. Su fe fue puesta a prueba muchas veces. Pero Ella se mantuvo firme, y su fe no la defraudó. Que Ella nos alcance la gracia de redescubrir y renovar el tesoro de nuestra fe, para que así experimentaremos también la felicidad de creer en un Dios que es Amor y que solo nos pide la apertura suficiente para dejarnos encontrar.
Ese amor se manifiesta en la imitación de sus virtudes. Esta es la verdadera piedra de toque de la devoción mariana. Porque de nada nos serviría visitar sus santuarios, rezarle rosarios, encenderle velas, hacerle promesas, llevarle flores, si no terminamos por parecernos a Ella.
Debemos preguntarnos en qué nos parecemos a Ella. Porque - como dijo Pablo VI- “es natural que los hijos tengan los mismos sentimientos que sus madres y reflejen sus méritos y virtudes”.


Miguel Iborra Viciana

domingo, 5 de julio de 2020

... deja tu corazón abierto


La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (III)


Cada  primero  de  mes  y  año  tras  año  venimos asistiendo, en  Madrid, a  la  Virgen  del  Mar, que quiere residir por siempre con nosotros, por ello la acogemos y la veneramos clamorosamente

La Virgen del Mar es la brisa del espíritu de Dios, el reflejo de la Luz eterna que ilumina nuestras sombras, el preludio de la gloria del Señor, la roca donde edificar nuestros proyectos, el brillo de su bondad infinita, la suave y serena intimidad con Dios y celebrada por los almerienses como un don y como un signo para la esperanza del mundo. Mirándola a Ella se deja vislumbrar los signos de su historia, luz, consuelo y llamada para todos aquellos que nos esforzamos para querer ser verdaderamente más humanos.
Nuestra Patrona es un cielo abierto donde puedes saborear esa sabiduría escondida, donde otros solo verán nubes de tormenta. La Virgen del Mar es ese susurro suave y sutil que musita a nuestro espíritu la voluntad de Dios.
“…la estrella que es guía en la noche del navegante”, porque “el mar, son los propios pensamientos, que a veces están en bonanza y en ocasiones se agitan tempestuosamente poniendo a prueba la habilidad del piloto”. Tras haberlo vivido así, nos aconseja: “No te agobien las cosas de la tierra”. Aún en las más negras borrascas del mundo, si elevas los ojos a la Virgen..., algo verás”, queriendo decir que mirando a la Virgen del Mar, nunca se queda uno a oscuras.
De hecho, la Virgen María nunca estuvo ausente de su pensamiento y de su corazón; nada emprendió sin contar con Ella; le acompañó todos los días de su vida. No hay en sus anotaciones una sola página donde no aflore el nombre dulcísimo de María: “La Virgen todo lo puede”, “todo está en sus manos”, “todo se hace con su ayuda y la de Dios”. Y un día memorable, San Rafael Arnaiz, consigna sus vivencias en estos términos:“¡Qué bien conoce Dios el corazón del hombre, pequeño y asustadizo! ¡Qué bien conoce nuestra miseria que nos pone ese puente... que es María! […] No sé si diré algo que no esté bien, […] pero creo que no hay temor en amar demasiado a la Virgen. Creo que todo lo que en la Señora pongamos, lo recibe Jesús ampliado... Yo creo que, al amar a María, amamos a Dios y que a Él no se le quita nada, sino todo lo contrario”. “¡¡¡Cómo no amar a Dios teniendo a María!!!”.
Dios ha puesto a la Virgen “entre el cielo y la tierra” como intercesora, para que alcance del mismo Dios, todo aquello que nos da: guía, aliento, amparo, fortaleza, consuelo, compasión y dulzura”.
María es el espejo del rostro materno de Dios, su imagen más perfecta en una criatura humana, porque Ella es la única “llena de gracia”, es decir, llena del Espíritu Santo. Por eso escribe: “Dios nos ofrece el corazón de María como si fuera el suyo”.
Virgen María, Tú presides nuestras horas y nuestra vida acompañas. Nos enseñas a decir: “Hágase en mí tu palabra”.
En Ti vemos a la Iglesia, de Ti prendemos a amarla. Cantas el “cántico nuevo”, y el “Magníficat”. Proclama la grandeza del Señor y la humildad de su Esclava. Todos los pueblos pregonan que eres bienaventurada.
Madre de Dios, Madre nuestra, llena de amor y de gracia, Dolorosa en el Calvario y jubilosa en la Pascua, ya en cuerpo y alma en el cielo y de estrellas coronada.
Cada primero de mes y año tras año venimos asistiendo, en Madrid, a la llamada de la Virgen del Mar, que quiere residir por siempre con nosotros, por ello la acogemos y la veneramos clamorosamente.
Esta es la experiencia que hizo María de Nazaret y que el evangelista Lucas nos describe de forma magistral: María guardaba y meditaba en su corazón la Palabra. ¡Qué cosa más humana la memoria! Ella tenía memoria - guardaba las cosas en su corazón-.
Guardar y meditar, que no significa un proceso mental, sino acogerla hasta hacerla tuya. Pienso que Nuestra Señora está contenta, tuvo que aprender en el cielo primero griego (para entender bien lo que decidieron los de Éfeso, que hablaban y rezaban en griego) y luego, latín. Han sido tantos siglos oyendo como le decían sus hijos mil y millones de veces: “Ora pro nobis” “Virgo gloriosa et benedicta”. Incluso sonríe complacida por el acierto del adjetivo que le hemos añadido a su nombre de Dulce nombre de María. Qué lo es. Inútil investigar quién lo inventó, seguro que san José por la manera de llamarla “María”, tan dulcemente.
Yo he ido aprendiendo que hace falta hablar con la Virgen despacio, seria y delicadamente, sin impacientarse. Es tan cercana, con tanta ternura, confianza, una paz, un gusto que es difícil disfrutar tanto si no estamos a su lado.
Yo quisiera hoy mostrar mi amor a la Virgen, a Almería y mi gratitud a vosotros lectores de este libro conmemorativo, promulgando a la Virgen del Mar todas las glorias que tienen hoy cabida en su figura. Yo quisiera que las letras de este texto, alcanzasen o no finalmente vuestra benevolencia, fuesen sobre todo testimonio de ese amor que aprendimos de nuestros padres. Dejadme ser, en la torpeza de mi pluma, un portavoz ilusionado de las nuevas generaciones cofrades, que quieren dejar escrito un nuevo capítulo en esa gloriosa historia almeriense de amores a la Virgen, en su advocación del Mar.
Somos responsables de preservar un legado de creencias en un marco de bellísimas formas y tradiciones. Pero nuestra fe viva tendrá que alumbrar un entorno de tibieza religiosa, y, en ocasiones, de materialismo ciego. Hoy estamos llamados, más que nunca, a dar autenticidad a nuestro culto, a profundizar nuestra vida espiritual y nuestro compromiso social, haciendo de nuestras hermandades un cauce específico para vivir como verdaderos cristianos.
Consciente de ello solo quiero invitaros a recrear esas vivencias, reviviendo cada momento emotivo, cada ilusión renovada, en ese tiempo que la sabiduría de nuestro pueblo almeriense quiso y quiere dedicar a su excelsa Patrona: La Virgen del Mar. Despuntan esas alabanzas en el corazón mismo de la ciudad. Atardecer de agosto, apenas transcurran unas jornadas habremos de bajar por el recorrido de costumbre para encontrarnos con la serenidad de otra imagen, gentes ansiosas de acompañarle en procesión. También encontraremos viva nuestra herencia futura de los jóvenes con la devoción mariana y que terminará germinando por toda la ciudad.
También, en nuestra hermandad nos hacemos eco de todas estas vivencias, el primer domingo de junio, día de nuestra celebración en Madrid. La devoción escondida de tantos jóvenes quedará grabada por siempre en nuestra memoria colectiva, como la emoción desbordada y el gozo íntimo de los más puros sentimientos del pueblo a esta llamada, que os propongo, y, una vez que la encontréis, daréis gracias por haber atravesado el mar del mundo sin zozobrar en sus remolinos. Y seguimos a la espera de esa juventud, que traerá agua desbordada de amores, rezumando entusiasmo y esplendor cuando la tarde agosteña nos traiga a la calle la presencia de María, que sale a prender la llama del amor en esos corazones jóvenes.
Hay un nombre de María que repiten a porfía hasta las olas del mar. Su estela llegó a nuestra costa y Almería y los almerienses han querido embarcarse con ella, con su Virgen del Mar, en la tierra de sus amores.
El que escribe tiene la dicha de haber recibido su luz en el camino de la vida. Su amparo es, para mí, recuerdo entrañable de mi niñez y juventud, como seminarista; el más elemental deber de gratitud me obliga a hablar de mi etapa en el seminario -feliz memoria– pues fue sin duda el que marcó más hondamente mi vida y mi amor a la Virgen María, el que iba a llevarme de la mano hacia una paz interior, como debo confesar que después no he conocido otra semejante y que hoy mantengo junto al testimonio de pertenecer a la hermandad de la Virgen del Mar en Madrid. Gozos de agosto y junio, de fidelidad y fiesta entrañable mariana. Cofrades de Almería, de Sevilla, de Barcelona y Madrid, los actuales y los jóvenes que vendrán ¡conservad por siempre la hermandad que mejor refleja vuestro sentimiento! Que no se pierda entre las nuevas generaciones aquel espíritu de hermandad que hizo enriquecer a nuestros antepasados, sabiéndose precursores de la misma.

Miguel Iborra Viciana




sábado, 4 de julio de 2020

Domingo XIV del Tiempo Ordinario



 Exultante de gozo, Jesús eleva sus ojos al Padre y le dice: ¡Te doy gracias Padre, porque has encubierto estas cosas a los sabios y prudentes de este mundo y se las has revelado a los pequeños!
En la Espiritualidad de la Palabra, la expresión "estas cosas" indica el Misterio de Dios. 

Lo cierto es que por las diversas  Ciencias se puede aceptar la existencia de Dios, pero quién es, qué relación tiene contigo, qué puede hacer por ti, esto solo está al alcance de los pequeños. Estos no conocen a Dios como Ser Supremo, sino como "su Padre".

Dicho esto, tengamos en cuenta que la palabra "pequeño" en la Escritura es sinónimo de discípulo, en este caso, de Jesús. Una relación así con el Hijo de Dios, nos hace extraños al mundo al que Jesús y su Evangelio tanto estorban por la Luz que tanto cuestiona a ese mundo. Bien sabe esto Jesús, ... lo vivió en su propia carne y así como Él se refugió en el Amor del Padre, nos dice a todos los que a pesar de nuestras precariedades pretendemos alcanzar el Discipulado. ¡Venid a mí los que estáis agobiados y cansados...
conoceréis el descanso del alma!.

El descanso del alma es una creación de Dios, no está a nuestro alcance ni al alcance de nadie. Se trata de fiarnos del Señor Jesús y dejarle que cree en nosotros. ¡El Descanso del Alma!
P. Antonio Pavía-Misionero Comboniano


viernes, 3 de julio de 2020

La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (II)


Es mi deseo y mi intención, que tengan el gusto de lo imperecedero,  el  aroma  de  la vida  eterna con madera de cruz y  trigo  candeal,  un  color  transparente  como  la  brisa, un brillo de sol

Puedo así caminar por cualquier horizonte y recorrer los confines del mundo sin que me sienta huérfano. Adonde vaya estarás a mi espera. Como la sombra que proyecta mi cuerpo, y llega a cada cosa primero que mis pasos.
Virgen del Mar, trazo solamente, Madre, para dejar que mi corazón cante en su propio lenguaje. Bajo tu protección me acojo, Santa Madre de Dios. ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!
La providencia ha dispuesto que sea yo quien este Año de gracia, de nuestro sesenta aniversario, me dirija a Ti con filial respeto, con tacto, suavidad, amor y mirándote con infinita ternura. Quiero hacerlo, pero no sé si encontraré las palabras adecuadas para ensalzar debidamente tu gloria, pues han sido tantas veces las que me he estremecido de alegría, de esperanza, de plenitud y has gastado tanta ternura en acercarme hasta Ti que ya no sabría vivir sin Ti como referencia.
Te ruego derrames TÚ Gracia para exponer con precisión mis deseos.
Necesito estrenar palabras recién acuñadas, con copos de nieve, rayos de sol y perfume de nardos. Necesitaría hacerme niño, porque Tú, Madre, eres la que sabe la verdad de las cosas.
Necesito un largo, profundo y sereno silencio donde se oyeran tus pisadas en las “arenicas” de Torregarcía, para que en ese silencio caiga una campanada, como una estrella, como el sol que todo lo llena, la única palabra nueva: Madre, o esta otra que es igual, Virgen María.
Desearía que mis humildes letras, sencillas y límpidas, las pudierais degustar con el paladar del alma, como diría san Agustín.
Este es mi deseo y mi intención, que tengan el gusto de lo imperecedero, el aroma de la vida eterna con madera de cruz y trigo candeal, un color transparente como la brisa, un brillo de sol que alumbre una fragancia de ternura infinita y un perfume de misericordia que se expande por todo el ser.
El nombre de María es el otro nombre reconfortante de la oración sencilla, Miryam, Señora del Mar, un nombre realmente sonoro, y además polifónico, porque al pronunciarlo se oye el eco celestial sobre las olas. Con la Virgen del Mar se descubren nuevos mares cuanto más se navega. Era una ola tibia de ternura, de misteriosa confianza, rumor blando, limpio y cariñoso, acariciado por la espuma con sus aguas frescas. Escucha el eco que repite su nombre, como la caracola, el ruido de los mares.
Cuán alegre se anunciaba la aurora. Su presencia era silencio, llenando el vacío, y la pleamar creciente, invadiendo aquella playa secreta aún adormecida en las arenas donde el sol preconizaba izarse. Al fondo, el límite donde termina el mar y da comienzo el cielo, donde apuntan las blancas gaviotas el indiviso plano de una ruta infinita.
A pesar del oleaje Ella se acercaba lenta y oculta entre las aguas. Se iba arrimando pausadamente hasta la orilla, como pidiendo permiso para arribar a la playa de Torregarcía, pero de una manera abierta y transparente, mirando el torreón y golpeando suavemente y con prudencia, como si fuese el corazón de los almerienses.
Llegó con el rostro humedecido al mar interior de los almerienses y el repicar lejano de las campanas suena a gloria, corazón de fiesta que va soltando las amarras y zarpa buscando albergue y derramando ternura sobre el niño que duerme. Y desde entonces nosotros ya nunca más fuimos ajenos a las cosas eternas y nuestra fe siempre -o casi siempre- miró a la eternidad que nos inunda, alba de un sol naciente.
Por fin descubrimos el amor a María, el que se escribe con letras mayúsculas, y empezaron a salir de nuestra boca alabanzas y bendiciones, que colman las insatisfacciones de nuestra cansada vida y nos da a gustar el sabor ansiado de su amor maternal.
Ahora ya somos conocedores de lo que nos acerca y separa a nuestra Madre, la Santísima Virgen. Nos va mucho en decidir amar lo que tenemos entre manos, amar nuestro trabajo, nuestra familia, nuestra hermandad, querer lo que nos pasa, aunque no sea exactamente lo que nos hubiera gustado. Quien ama puede ser feliz en cualquier situación porque lo que da paz y alegría al alma no son las circunstancias, sino un corazón amante. María lo supo bien, Ella nos enseña a vivir ese olvido de Sí, en los momentos de gozo y de dolor, de luz y de gloria.


Miguel Iborra Viciana


jueves, 2 de julio de 2020

La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (I)



Una  heroica  historia  de  devoción mariana  y  espiritual que ha  logrado  superar  algunas  pequeñas  adversidades, pero  ahí está nuestro prestigioso boletín y la edición del libro.

La Hermandad de la Virgen del Mar, en Madrid, nació hace 60 años y ha permanecido en la historia gracias a la fidelidad y a su carisma mariano sustentado por las raíces de aquellos hermanos fundadores, que han sido siempre nuestro espejo y que nos han permitido perseverar y persistir durante este medio siglo y 10 años más, los suficientes para estar celebrando este significativo sexagésimo aniversario.
Una heroica historia de devoción mariana y espiritual que ha logrado superar algunas pequeñas adversidades, pero ahí está nuestro prestigioso boletín y la edición del libro, con motivo de los 50 años, que narra nuestra Historia y dan fe de ello.
Para un servidor, redactar sobre la Hermandad de la Virgen del Mar, en Madrid, sería referirme una vez más a lo ya escrito, que para mí fue una gran oportunidad de investigación, de gratitud y de acción de gracias, pues me beneficié de tanto don y presencia aportada por la Santísima Virgen María, en su advocación del Mar. Nuestros fundadores y siguientes hermanos nos dejaron tantas menciones explicitas de su devoción, espiritualidad, sensibilidad e inolvidables acontecimientos de hermandad, prevaleciendo siempre el aspecto mariano y el amor a nuestra querida tierra almeriense que propició y propicia un ambiente de auténtica fraternidad.
Pero lo que sí puedo y debo es dirigirme a nuestra Patrona la Virgen del Mar, que es un misterio de gracia y una historia de fe, y me complace saludarla de un modo muy especial y como un signo de gran interés por todo lo que anima la vida religiosa y mariana de esta ya muy longeva y sexagenaria Hermandad, fundada por almerienses para robustecer el espíritu de nuestra distinguida piedad mariana, devoción que forma parte del rico patrimonio espiritual del pueblo almeriense.
¡Salve Madre, Virgen del Mar, en la tierra de tus amores: Almería, Barcelona, Sevilla y Madrid y la de todos tus hijos repartidos por el mundo!
Dios te Salve, Virgen María, causa de nuestra alegría. Luz de la tierra almeriense. Alba de Dios... Agua donde las almas se miran, manantial, fuente y brisa en la brisa. Dios te salve María, Madre de Dios, por Ti las olas del mar, ya aplacadas y sedadas, nos trajeron con gozo y suavidad tu presencia entre nosotros.
La Virgen del Mar, Almería y un almeriense muy mariano, valores que me hacen profesar amores que no se doblegan, son fuente de renovación de alabanzas a la Madre de Dios.
Tomando como base las palabras del Magníficat, escribir de la Virgen es, ante todo, un acto de obediencia a la voluntad del Eterno, una manera de recordar sus maravillas y de celebrar su gloria. Tu nombre es Miriam.
El eco de tu nombre ultrapasa los confines del mundo. Cada pueblo lo dice con acentos diversos repletos de ternura. Cumplen así la profecía que en casa de Isabel resonó en las montañas: “Todos los pueblos me llamarán bendita”.
Tu cántico fue música al oído y para el vientre danza. Pregunto por tu nombre, tu nombre diminuto que en un solo golpe de voz podría pronunciarlo. Pero Tú tardarás tanto en responderme… Porque, pequeño, a la vez es tan grande que tendrás que susurrarlo de infinitas maneras.
Es como un arco iris que brilla cuando la lluvia pasa y con su inmensa curva abraza el horizonte, con el espectro sutil de todos los colores. Así también tu nombre, en cada meridiano, lo escucho decir con ternura indecible y en mi oído convoca nuevamente a la danza.
Por detrás de las palabras, tantísimas, que designan tu nombre, Te escondes sola, inconfundible y única. Suena tu nombre a mar. A pleamar diría. Tal vez por eso, nos deja entre los labios el gusto de la sal que abandonan las olas. Al decirlo, se iluminan los ojos.
Cuando alguien balbuciente Te llama, se encienden las estrellas y la noche adquiere luz de plenilunio. Reverberas la intensa claridad de un sol que tras de Ti se esconde, pero en Ti se adivina.
Miguel Iborra Viciana

http://www.hermandadvirgendelmar.es/





miércoles, 1 de julio de 2020

En ti está mi esperanza



El salmo 38 nos presenta un israelita que desea y busca ser fiel a Dios, y por ello lleva un estilo de vida que provoca el desprecio de incluso aquellos que anteriormente eran sus amigos. Este hombre, figura de Jesús, no entiende la aversión de esta gente por lo que con el alma desolada pregunta a Dios: "Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?” Dios le responde al instante con su infinita ternura, inspira la respuesta en su alma y ésta la lleva hacia sus labios: “¡Tú eres mi esperanza!”

Nuestro amigo recobra paulatinamente la paz; el Señor en quien confía es su refugio y defensa. Este hombre, fiel figura -como he dicho- de Jesucristo, lo es también de sus discípulos, que tantas veces nos vemos asolados por el desprecio del mundo.

Sepamos que así como el salmista tuvo su respuesta de parte de Dios, también nosotros la tenemos. Oímos a Jesús: "En el mundo tendréis tribulación, pero, ¡ánimo!, yo he vencido al mundo" (Jn 16,32b).

Sí, no perdamos la Paz del Señor, Él ha vencido al mundo que nos desprecia por ser sus Discípulos.
 

 PD. Con este texto finalizamos las mini-catequesis que iniciamos cuando se estableció el confinamiento. La buena noticia es que todas ellas van a ser publicadas, con más aportaciones, en el libro que verá  la luz (D.M.) a mediados de Septiembre y que lleva por título: "Luces del alma desde el confinamiento"

Mantenemos el contacto y os informaré de la Editorial y número de teléfono, para  que  podáis solicitarlo desde vuestro domicilio.
             ! Un abrazo y Bendito sea Dios!



P. Antonio Pavía