lunes, 13 de julio de 2020

A ejemplo de María



 Evangelizar quiere decir hacer presente a Cristo en la vida de las personas al amparo maternal de la primera cristiana: María, Virgen y madre nuestra. La Evangelización “es el gran ministerio o servicio que la Iglesia presta al mundo y a los hombres, la Buena Nueva de que el Reino de Dios, Reino de Justicia y de Paz, llega a los hombres en Jesucristo”, recordaba el Beato Juan Pablo II. De ahí que la Iglesia, si quiere ser en verdad la portadora del Mensaje del Hijo de Dios, tiene que anunciar, vivir y testimoniar fiel y coherentemente el Evangelio. En la historia evangelizadora de la Iglesia, la Virgen María es fiel testimonio evangélico, discípula perfecta de su Hijo divino.
“Debemos recordar y agradecer el papel desempeñado en la evangelización (…) por la Virgen María. Ella nos muestra a Jesús y nos lleva a Él. Ella, la madre de Jesús ha sido verdaderamente la Estrella de la evangelización, la que precede y acompaña a sus hijos en la peregrinación de la fe y de la esperanza. No se puede anunciar a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, sin hablar de la Virgen María, su Madre (…). La Virgen nos ofrece a su divino Hijo y nos invita a creer en él como Maestro de verdad y Pan de Vida. Por eso las palabras de Caná constituyen también hoy el núcleo de la Nueva Evangelización”. (Juan Pablo II, 29 sept. 1995)
Con razón, pues, los Santos Padres estiman a María, no como un mero instrumento pasivo, sino como una cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo, “obedeciendo fue causa de la salvación propia y de la del género humano entero”.

Madre del Sí

Pero la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye la mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, fomentando la unión inmediata de los creyentes con Cristo.
Mientras que la Iglesia en la Santísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga (cf. Ef 5,27), los fieles, en cambio, aún nos esforzamos en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantamos nuestros ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos, como modelo de virtudes.
La Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan para regenerar a los hombres.
María, que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue ensalzada por encima de todos los ángeles y los hombres, en cuanto que es la Santísima Madre de Dios, que intervino en los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial culto por la Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Santísima Virgen es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acudimos con nuestras súplicas.
El arte sagrado nos deja ver con los ojos los misterios de la fe, y no solo ver; esas imágenes nos trasmiten la gracia. El sacerdote pone el cuerpo de Cristo sobre el altar con la palabra, el pintor y el escultor con los colores y la imagen. Un filósofo ruso se detuvo un día mirando a la gente que iba a rezar a una imagen en un santuario. Eran mujeres, muchas madres, pero también hombres y niños “No, eso no es un pedazo de madera”, se dijo el filósofo, la Virgen ha absorbido mucho dolor, mucha oración y lo trasuda. Las imágenes sagradas nos ayudan a orar; es su primer regalo. ¡Cuántas iglesias y capillas están dedicadas a Ella! ¡Con cuántos títulos, tan queridos por la piedad popular, invocamos a María de Nazaret, madre y primera discípula de Jesús.
¡mundo renovado!

¿Quién os hará mal si buscáis con entusiasmo el bien? “En tu palabra echaré las redes” (Luc 5,5,). Si yo creo que Jesús es Hijo de Dios y María su Madre, no puedo ya tratar a ninguna persona, sea cual sea, por muchas carencias o abundancias que tenga en el terreno económico, afectivo, intelectual, físico, psíquico o moral, como si no fuera un hijo de Dios.
Que así sea, Santa María, Señora que nos guías. Virgen Madre del Mar toca el corazón de nuestros jóvenes para que descubran a Cristo y se entreguen a Él. Hazles generosos, puros, trabajadores, hombres y mujeres de fe. Danos una juventud nueva, para que sean almas valientes que te sigan de cerca, en la vida familiar, en el estudio, en el trabajo, con los amigos, en el sacerdocio, en las misiones, en la vida contemplativa… ¡Mundo renovado!
Madre del SÍ, hazles saborear la alegría de la entrega, la grandeza del amor generoso, y la necesidad que tiene el mundo y la Iglesia de jóvenes santos. 
Escribía San Beda el Venerable: “La gloria es el gozo de la sociedad fraterna”
Miguel Iborra Viciana

domingo, 12 de julio de 2020

«La palabra, lluvia y semilla»


La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre de modo llamativo y extraordinario: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, las vías que nos comunican la sabiduría de Dios son también sencillas y están al alcance de todos. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Es Palabra de Dios, pero también es palabra humana, cercana y accesible: es el mismo Cristo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es, junto con el judaísmo y el islam, una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.
Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.
Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por cien, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos y comprobar hasta qué punto hacemos nuestra parte, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.
Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.
El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos mojemos para acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos, mojarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.
El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio, de rencor o resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada hacia ciertas personas o grupos, o bien costumbres y aficiones que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente es el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia para profundizar y, en consecuencia, fidelidad.
En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en la vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. Pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios y de Cristo, pero no tengan tiempo para hablar con Él y escucharlo.
La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra de la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalifi­car o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insisten­cia.
El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra…, a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en tierra fecunda. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en sementera los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio.  Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser en ella sus letras vivas.
José María Vegas, cmf.




sábado, 11 de julio de 2020

Domingo XV del Tiempo Ordinario



    Jesús nos habla hoy de un sembrador que esparce sus semillas por sus campos. 

    Unos estaban descuidados, con piedras, zarzas, hierbajos...etc., de forma que todo se secaba y echaba a perder. También menciona parcelas bien cuidadas que dieron fruto en abundancia. Nuestra alma es una parcela de Dios, pero como dice San Pablo, tenemos una fuerte inclinación al mal (Rm 7,15...), inclinación que provoca que nuestra parcela se convierta en un erial, en el que acumulamos, incongruencias, mediocridades, y rezos que, aunque uno se sepa el Evangelio de memoria, no se hacen para estar a gusto con Dios sino sólo para "cumplir", ¡como si esto le importase algo a Él!... en fin, demasiados abrojos y estorbos que anulan la posibilidad de dar fruto.. . 

    Y si esta es nuestra situación  nos preguntamos: ¿Para qué intentar  ser discípulos de Jesús... ¿Qué esperanza tenemos de llegar a serlo?.. La buena noticia es que nuestra esperanza es que como sucedió con Leví el publicano. (Lc 5,27-29) Jesús pasa a nuestro lado y nos dice: ¡Sígueme! Y nosotros, perplejos ante esta deferencia del Hijo de Dios, nos levantamos de la mesa, bazar de nuestros desperdicios, y le seguimos... Y al dar este paso nuestra alegría es tal, que "montamos" una Fiesta de nuestra casa. 



P. Antonio Pavía-Misionero Comboniano


viernes, 10 de julio de 2020

‘Iguales o mejores’




Algunos comunicadores afirman que, después de lo vivido durante los días del confinamiento en nuestros hogares con ocasión de la pandemia, experimentaremos un cambio en la forma de pensar y esto tendrá su repercusión en la convivencia familiar y social. Otros señalan que, una vez superado el miedo y el sufrimiento, seguiremos viviendo y actuando como antes de la pandemia.

Para responder a estos interrogantes, ante todo deberíamos tener presente que un cambio de criterios y comportamientos no se produce si cada persona no pone los medios para comenzar a cambiar desde este momento. Los cambios personales no tienen lugar por la suma de impactos momentáneos, sino porque somos capaces de descubrir y comprender el sentido de lo que sucede.

La realidad vivida solo podrá hacer de nosotros criaturas nuevas si nos preguntamos ahora por los interrogantes que nos plantea la realidad y buscamos las respuestas adecuadas, teniendo en cuenta que los acontecimientos no suceden por casualidad. En cada acontecimiento se muestra, se manifiesta y se hace presente la providencia divina.

Si en este momento concreto no entramos en un proceso de reflexión y nos preguntamos por el sentido de la existencia y por la incidencia de lo vivido durante el tiempo de aislamiento, será muy difícil que cambie nuestro modo de pensar y actuar. Una vez superado el miedo y los sufrimientos acumulados durante los días de confinamiento, seguiremos haciendo las mismas cosas que antes y del mismo modo.

Sin una sincera reflexión sobre nosotros mismos y sobre nuestros proyectos no podremos aprender la lección de lo sucedido en este momento histórico y su incidencia en nuestra vida. Por eso, olvidando por un tiempo la obligatoriedad de los decretos dictados por las autoridades civiles, cada uno deberíamos reflexionar sobre la nueva realidad para tomar las decisiones oportunas desde la libertad y la utilización de la razón.

La experiencia de la pequeñez y de la finitud del ser humano, que hemos constatado durante estos últimos meses, nos ha permitido descubrir que no somos dioses y que necesitamos la ayuda y la gracia del Dios verdadero y de nuestros semejantes para crecer como personas y para dar pasos en la construcción de una sociedad más fraterna.

Los dioses del poder, del dinero y del consumismo compulsivo, a los que frecuentemente préstamos adoración, nunca podrán ofrecernos la felicidad y la salvación que ansiamos y esperamos. Solo la respuesta a las llamadas de Dios y la acogida cordial a nuestros hermanos nos permitirán renacer a una nueva vida dándole una orientación definitiva y plena de sentido.

Con mi sincero afecto y bendición,

 + Atilano Rodríguez,
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

jueves, 9 de julio de 2020

Decálogo de la lentitud




• No dejes que tu agenda te gobierne. Muchas cosas que te planteas ahora son postergables. Prueba y verás.

• Cuando estés con tu pareja y tus hijos o con tus amigos, apaga el celular y desconecta el teléfono.

• Tómate tiempo para comer y beber. Comer apurado genera males digestivos y si la comida es buena y está bien sazonada, no la apreciarás como se debe. Este es uno de los placeres de la vida, no lo arruines.

• Pasa tiempo a solas contigo mismo, en silencio. Escucha tu voz interior. Medita sobre la vida en general. No tengas miedo al silencio. Al principio te será difícil, luego notarás los beneficios.

• No te aturdas con ruidos o mires televisión como si fueras una medusa petrificada. Escucha música con calma y verás que es bellísima. No te quedes frente al televisor porque sí.

• Escribe un ranking de prioridades. Si lo primero que escribiste es trabajo, algo anda mal, vuelve a redactarlo. El trabajo es importante y debemos hacerlo, pero medita y notarás que no es lo más importante de tu vida.

• No creas eso de que en poco tiempo das amor. Escucha los sueños de la gente que amas, sus miedos, sus alegrías, sus fracasos, sus fantasías y problemas. Es una estupidez pensar que se puede amar una hora por día y basta con eso.

• No creas que tus hijos pueden seguir tu ritmo. Sois vos quien debe desacelerar e ir al ritmo de ellos. Recuerda que la conversación y la compañía silenciosa son los medios de comunicación más antiguos que existen.

• El virus de la prisa es una epidemia mundial. Si lo has contraído, trata de curarte.

(Carl Honore)

miércoles, 8 de julio de 2020

La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (VI)




Hoy  es  una  ocasión  estupenda  para  llenarnos  de  alegría  y empezar a  compartir. Virgen  del  Mar, nuestro  corazón  se dobla al peso de tanta promesa. Queremos ser esponja recalada en tu esencia, mar tranquilo...
María! “Morada de grandeza, /templo de caridad y de hermosura, /resplandece en Ella, la humanidad profunda,/ que la lleva a escuchar/ para ponderar y luego actuar,/ por ella hablan: su vida,/ testimonio de coherencia,/ porque conoce y sabe/ de dónde le viene,/ su valor y su dignidad,/ que plasma en la responsabilidad/ de la que sabe amar”.
Con estas hermosísimas palabras, Fray Luis de Granada nos deja entrever la hermosura sin par de la Madre de Dios.
No me desampare tu amparo, no me falte tu piedad, no me olvide tu memoria.
Si tú, Señora, me dejas, ¿quién me sostendrá? Si tú me olvidas, ¿quién se acordará de mí? Si tú, que eres Estrella de la mar y guía de los errados, no me alumbras, ¿dónde iré a parar?
Porque ejercitar el amor significa convertir la tierra en cielo, escribía san Juan Crisóstomo, por consiguiente el cielo es el Reino del amor y san Anselmo llamaba a la Virgen “cielo del cielo”. ¿Cabe otra alabanza mayor?
Gracia, plenitud de gracia del Señor que está en Ti. Bendita entre las mujeres por tu fe, y dichosa por el fruto bendito de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruégale en nosotros pecadores, desde ahora hasta el encuentro tras la muerte. Amen. Salve Virgen del Mar en Almería, la tierra de tus amores, gracias por permitirnos gozar cada día de tus gracias y de todas y cada una de tus glorias. Una mirada tuya puede encender y alimentar el fuego del amor entre las personas.
Una mirada inagotable es la que necesitamos, pues estamos esencialmente creados para un encuentro y como escribe Romano Guardini también podemos decir que vivimos de tu mirada: Me recibo continuamente de tus manos, esa es mi verdad y mi alegría; tus ojos me miran constantemente y yo vivo de tu mirada.
Y a nosotros, que nos dé espíritu de sabiduría, ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama. Solo desde el amor la libertad germina y la fe crece. Desde el cimiento mismo del corazón despierto, desde la fuente clara hay que ver a las personas y al mundo con la mirada limpia y el corazón cercano, ofrecer gozo y misericordia, soñar, amar, servir y esperar.
¡Qué despilfarro el nuestro, que hemos escuchado la buena noticia y no sabemos lo que hacer con ella! Hoy es una ocasión estupenda para llenarnos de alegría y empezar a compartir. Virgen del Mar, nuestro corazón se dobla al peso de tanta promesa. Queremos ser esponja recalada en tu esencia, mar tranquilo, agua de bonanza; déjanos la dicha de sabernos acogidos entre tus manos cada vez que salgamos a tu encuentro volteando nuestro corazón ardido en alborozos íntimos.
¿Qué más podríamos soñar que estarnos para siempre bajo el dardo encendido de tu dulce mirada y quedarnos prendidos en el silencio de tu morada como yedra joven, que sube y crece?
Escribía Villaespesa:
“La Virgen del Mar no está en su camarín dorado. ¡Naufragó un barco, y la Virgen anda salvando a los náufragos! ¡Marineros de Almería, no temed a los naufragios, porque la Virgen va siempre al timón de vuestros barcos”!
Gracias Virgen del Mar, bendice y premia a todos los hermanos de tu Hermandad en Madrid, en Almería, Barcelona y Sevilla, trae sobre nuestro corazón las olas de tus bendiciones divinas para que atempere el ardoroso palpitar de nuestro corazón. Invocamos tu luz para no abandonar la estela de tu barca y para gozo y alegría de toda la Iglesia. ¡Santa María, Reina y Madre, Virgen del Mar, ruega por nosotros!
Concluyo con las palabras que Pío XII cerraba la oración del Año Mariano: “Eres, ¡Oh María! la gloria, eres el gozo, eres el honor de nuestro pueblo”. Virgen del Mar, Tú eres nuestra sólida esperanza de salvación, de tu mano cantaremos eternamente las misericordias del Señor.
Gracias por permitimos celebrar en tu honor el SESENTA Aniversario de la fundación de nuestra Hermandad en Madrid y danos fortaleza para seguir la senda que nos tienes revelada.

Miguel Iborra Viciana

martes, 7 de julio de 2020

La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (V)


Sube  aún  más  arriba, sobre los coros de los Ángeles, y hallarás  otra  gloria  singular,  la  cual  maravillosamente alegra toda  aquella  corte  soberana  y  embriaga  con  maravilloso dulzor  la  ciudad  de  Dios

La devoción es un estímulo, es una habilidad y un don celestial que inclina nuestra voluntad a querer con gran ánimo y deseo todo aquello que pertenece al servicio de Dios, escribía santo Tomás, es una de las cosas que las personas tenemos mayor necesidad, porque la devoción no es otra cosa sino un refresco del cielo, un soplo y aliento del Espíritu Santo.
Esto es lo que experimentamos cada día nosotros, fieles devotos de la Santísima Virgen del Mar, con nuestra señalada devoción y sentimos aquellas palabras del Profeta Isaías que dicen “Los que esperan en el Señor, mudarán la fortaleza, tomarán alas como el águila, correrán y no se cansarán, andarán y no desfallecerán”. Tiene también otra cosa la devoción: ser como una fuente y manantial de buenos deseos que riegan nuestro corazón. Y como ayuda es especialmente indicada la oración, cuando es atenta y devota y va acompañada de espíritu y fervor, como lo dice san Lorenzo Justiniano con estas palabras: “En el ejercicio de la oración se alimpia el alma de los pecados, apaciéntese la caridad, alumbrase la fe, fortalécese la esperanza, alégrese el espíritu, derrítanse las entrañas, pacifíquese el corazón, descúbrese la verdad, véncese la tentación, huye la tristeza, remuévanse los sentidos, repárase la virtud enflaquecida, despídase la tibieza, consúmense los vicios, y en ella saltan centellas vivas de deseos del cielo, entre las cuales arde la llama del divino amor”.
¡Qué maravilla el ejercicio de la devota oración que hace mudar las costumbres del hombre viejo y vestirse del nuevo y alcanzar las virtudes propias de un cristiano en sus tres partes principales: la utilidad, la necesidad y la perseverancia! María es modelo de la Iglesia en la acción de gracias más completa y perfecta y Maestra de intercesión, toda su vida es un Magníficat ininterrumpido, una intercesión constante a favor de sus hijos, así debe ser también la del cristiano.
La Virgen del Mar, la de todos los días, ya tan familiar que ha recibido miles y miles de confidencias generosas, implorantes o doloridas, anhelantes, ofrendas de favores concedidos y el correspondiente regalo de plegarias, hábito incesante de la oración, que es la respiración del alma, gozo placentero, regocijo con toda clase de amables luces.
En mi primer saludo invocaba a María como MADRE DE DIOS. Ya la semilla de Dios crecía en su blando seno. Y un apóstol no es apóstol si no es también mensajero. María se puso en camino y fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena de Espíritu Santo exclamó a grandes voces “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, y nosotros seguimos diciendo “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”.
De Ella aprendemos el ‘idioma materno’, esa forma de hablar y de expresarnos que nos es connatural, y que se aprende de los labios, los gestos, las expresiones, los tonos y cadencias de voz de la madre física. En el misterio de la vida en Dios, el idioma de la piedad se aprende por María.
La teología cristiana, renovada profundamente por la “primavera” del Concilio Vaticano II, en donde la mujer María está representada con un papel significativo atestiguada por las palabras “Me llamarán dichosa todas las generaciones”. A María, parte en la que está presente el todo, mujer verdadera y concreta, icono del misterio de gratuidad luminosa, imagen perfecta, Madre de Dios, don de la vida, amor sin condiciones ni reservas y la imagen de la inmensidad terrenal.
En este compendio tan denso, permitidme un recuerdo en testimonio de todo lo que he recibido de la mujer en mi ser humano y cristiano a mi madre, Carmen, que corresponde desde el cielo al cariño del recuerdo y a la gratitud del corazón en el dialogo de la oración, y en ella a todas las mujeres, gracias a ellas seguirá viviendo todavía el mundo, para que expresen en la plenitud del amor su capacidad de acogida fecunda, de gratuidad radiante, de reciprocidad y de anticipación del futuro que viene. Agradecimiento infinitamente debido en todo lugar y en todo tiempo de la historia a todas las que encuentran en María su imagen más transparente: la mujer.
Qué puedo escribir de Ti, Virgen María, no lo sé. Los caracteres se quedan cortos. Basta suspirar un momento, cerrar los ojos, reposar el corazón entre tus manos, para saber que estoy a salvo, que tu cariño envuelve mi alma con ternura, como acogiste al Verbo eterno en tus entrañas. Bastó un momento para que el tiempo se parara, para que la eternidad tomara forma, para que la historia fuera cierta. Todo cobró sentido cuando tu mirada, temblorosa, posó sus pupilas en la luz del Espíritu, y quedaste embriagada de amor. El sí de una joven hizo que el Cielo se llenara de esperanza, que todo un Dios inclinara su cabeza, agradecido ante la generosidad de su criatura. Cómo no se van a llenar los ojos de lágrimas al contemplar un hecho tan suave y ardoroso, cuando tu corazón se abrió, mostrando toda su pureza. Cómo no sobrecogerse cuando miras, cuando hasta el Creador llora de amor al unirse Contigo. Cómo no arrodillarse, al saber que eres Tú mi Madre, mi amiga… Esa sonrisa discreta, esa palabra callada, esa caricia dulce, esa mirada tierna… ¡Oh María! Qué momento tan sublime. Llena de gracia… Llena de vida… Llena de esperanza. Sube aún más arriba, sobre los coros de los Ángeles, y hallarás otra gloria singular, la cual maravillosamente alegra toda aquella corte soberana y embriaga con maravilloso dulzor la ciudad de Dios.
Alza los ojos y mira aquella Reina de misericordia, llena de claridad y hermosura, de cuya gloria se maravillan los Ángeles, de cuya grandeza se glorían los hombres. Esta es la Reina del cielo, coronada de estrellas, vestida de sol, calzada de la luna y bendita sobre todas las mujeres.
Mira, pues, qué gozo será ver a esta Señora y Madre nuestra, no ya de rodillas ante el pesebre, no ya con los sobresaltos y temores de lo que aquel santo Simeón le había profetizado, no ya llorando y buscando por todas partes al Niño perdido, sino con inestimable paz y seguridad asentada a la diestra del Hijo, sin temor de perder jamás aquel tesoro.
Ya no será menester buscar el silencio de la noche secreta para escapar el Niño de las celadas de Herodes huyendo a Egipto.
Ya no se verá más al pie de la cruz, recibiendo sobre su cabeza las gotas de sangre que de lo alto caían y llevando en su manto perpetúa memoria de aquel dolor. Ya no padecerá más el agravio de aquel triste cambio, cuando le dieron al discípulo por el Maestro y al criado por el Señor. Ya no oirán más aquellas dolorosas palabras que debajo de aquel árbol sangriento, con muchas lágrimas decía: ¡Quién me diese que yo muriese por ti, Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón!
Queridos paisanos, amigos, hermanos en la Santísima Virgen del Mar, ya todo esto se acabó, y la que en este mundo se vio más afligida que toda pura criatura, se verá ensalzada sobre toda criatura, gozando para siempre en la tierra de sus amores. Almería, porque en Ella están todos los bienes, toda la hermosura y todas las perfecciones. Es como un árbol del que pende toda clase de fruta, como una flor que tiene todas las gracias, como un manjar que tiene todos los sabores y como un piélago para donde corren todas las aguas.
Silencio. Hagamos silencio, exterior e interior, porque contemplaremos a la Madre de Dios…
Miguel Iborra Viciana