domingo, 13 de septiembre de 2020

Una nueva imaginación de la caridad

 

Queridos diocesanos:

Comenzamos un nuevo curso pastoral, un curso que sin duda será especial, lleno de incertidumbres en lo social, en lo económico y hasta en lo pastoral; será un curso con ritmo distinto, con actividades apostólicas realizadas de otro modo, pero sobre todo un año en el que tiene que hacerse más fuerte nuestra confianza en el Señor. Como dice S. Pablo, “Atribulados en todo, más no aplastados; apurados, más no desesperados” (2 Cor 4,8), y esto es posible porque sabemos quién nos ha amado, porque nada podrá separarnos del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús (cf. Rom 8,37-39).

Un amor que nos salva, y que hemos recibido no para guardarlo sino para darlo. Gran paradoja la del amor, cuando se guarda se pierde, cuando se da crece. El amor se da desde el corazón, en silencio, sin que sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, pero ese amor después se hace encuentro y crea vida porque el amor siempre es fecundo.

La Iglesia como Cuerpo de Cristo y Sacramento de salvación está llamada a continuar en cada momento y en cada lugar la misión de su Señor, ha de ser servidora de la humanidad con la espiritualidad del buen samaritano y el estilo eucarístico del Cenáculo en el lavatorio de los pies. Hoy el Señor nos pide que digamos una palabra al mundo en esta situación tan amarga de la pandemia y en las consecuencias que ésta está originando y va a seguir haciéndolo, mostrándonos la debilidad de nuestros pies de barro y la vulnerabilidad que llega al mismo corazón humano.

Nuestra palabra debe llevar siempre el aval de las obras. La caridad es salir de uno mismo para acercarse al otro; para compartir con él lo que vive, su existencia; para limpiar sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, y hacerlo desde la fraternidad y nunca desde la superioridad. Es lo que el Papa Francisco ha dicho de modo tan expresivo al referirse a la Iglesia: una Iglesia en salida siendo hospital de campaña en medio del mundo, entre los hombres.

Al comienzo de este Milenio, S. Juan Pablo II nos decía: “Es la hora de una nueva “imaginación de la caridad”, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno. Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como “en su casa”. ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino? ”(NMI, 50).

El pasado curso el Plan de Evangelización nos invitaba a mirar a la caridad; creo que a la luz del momento presente hemos de continuar con los mismos objetivos pastorales del curso pasado, pensando y adaptando las acciones a la realidad presente. Por ello, he querido que en todas las parroquias y comunidades de la diócesis este año siga siendo el Año de la Caridad. Invito a todos a renovarnos interiormente mediante el encuentro con el Señor para poder dar frutos de caridad.

Termino con las interpelantes palabras de S. Juan Pablo II en el mismo documento que antes citaba:

“Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras” (NMI, 50).

Con mi afecto y bendición,


+ Ginés García Beltrán

Obispo de Getafe

sábado, 12 de septiembre de 2020

Domingo XXIV T.O.

 


 En esta parábola, Jesús se sirve del exuberante lenguaje propio de la cultura oriental. Nos habla de un hombre que debiendo una cantidad enorme de dinero a un prestamista y que no pudiendo pagarle, fue perdonado por él.

 A continuación este hombre tan magnánimamente perdonado, se encuentra con un deudor suyo que le debía una insignificancia monetaria. Al no poder el deudor, pagar su pequeña deuda, se ceba despóticamente con él.

 Jesús, repito se sirve del ampuloso lenguaje oriental para catequizarnos acerca de la apremiante necesidad de perdonar de corazón.

 Dilema: ¿Cómo perdonar de corazón si lo tenemos enfermo  a causa de nuestras prepotencias... si lo tenemos ahí agazapado esperando la ocasión propicia para ajustar cuentas con quien nos ha humillado, ofendido engañado...etc.? Aparentemente no hay respuesta a esta pregunta...o sí. Pues sí, la hay. Dios mismo compadecido de nuestras impotencias nos hace la Promesa de que hará-creará, en quien en Él confía, un nuevo corazón: "Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, arrancaré vuestro corazón de piedra y os daré un corazón de carne" (Ex 36,26).

  ¡Atención! Un corazón nuevo capaz de perdonar, no indica sumisión sino Libertad... sí, estamos hablando de que un corazón libre de veleidades y caprichos es también libre para amar y perdonar.

 P. Antonio Pavía

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viernes, 11 de septiembre de 2020

LA TIENDA DEL ENCUENTRO

 En su caminar por el desierto Israel llevaba consigo la llamada Tienda del Encuentro y cuando hacían un alto en el camino Moisés la plantaba fuera del campamento para quien quisiera estar a solas con Dios. 

 Esta Tienda del Encuentro, figura del Templo Santo de Jerusalén, apuntaba a una promesa de Jesús inimaginable: la Tienda, Morada que Él mismo levanta en las entrañas de todo aquel que escucha y guarda su Palabra en su corazón: 

 "Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos Morada en él". (Jn 14,23) 

 Prestemos atención; Jesús promete, con su Padre, construir una Tienda-Morada en aquel que no se limite a leer, oír o incluso aprenderse su Evangelio, sino en aquel que, al igual que su Madre,- lo guarda en su corazón- Lo guarda en su corazón quien ya sabe que:

                        El Evangelio es el Gran Tesoro de su vida.

 Como intuyó aquel personaje de quién nos habla Jesús (Mt 13, 44),

este hombre guardó celosamente este Tesoro y no descansó hasta hacerlo suyo.

 Atentos; los mediocres o tibios (Ap3,15) jamás entenderán esto, cegados cómo están por los sensacionalismos, ni siquiera saben para qué sirve El Evangelio de Jesús...! A quien dicen que aman!

 Nos acercamos a este salmista que profetiza está Nueva Tienda del Encuentro, señalando que será como una fortaleza impugnable frente al mal en todas sus dimensiones, incluida la muerte; oigámosle: 

 "Qué bondad tan grande Señor, reservas para los que te aman...” En el asilo de tu presencia los escondes de las conjuras humanas, los ocultas en tu tienda... (Sl 31,20-21) 

 Reparemos en estas palabras: 

 "En el asilo de tu presencia les escondes"

 Un asilo se considera como un refugio, protección inviolable que ningún poder o autoridad podía invadir. Acojamos esta Gran Promesa de Jesús. 

 A todo aquel que ama su Evangelio -y lo guarda-, le levanta su Tienda de Encuentro, en sus entrañas y es en ella, a solas donde:

 "Nos brinda las maravillas de su amor" (Sl 31,22).

 P. Antonio Pavía 

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jueves, 10 de septiembre de 2020

EUCARISTÍA Y BELLEZA

 Frecuentemente oigo a personas lamentarse de que, en general, en nuestras Eucaristías la belleza está ausente y me apena, pues Dios es Belleza por antonomasia. 

 Sí, la Eucaristía debería de un ser un reflejo de la Belleza Infinita de Dios; esa Belleza que como dijo Benedicto XVI abre nuestra alma al Misterio Divino. 

 En una ocasión un sacerdote me dijo que la Eucaristía es la Gran Teofanía y así es, pues Dios resplandece en ella. Teofanía que ha de ir acompañada de la Teofanía, es decir que la predicación debe de centrarse en un partir la Palabra a los fieles para que beban el "Espíritu y Vida oculto en ella" (Jn 6,63b). 

 Dicho esto, puntualizó que ante la pobreza y frialdad de ciertas, o muchas Eucaristías, de nada sirve lamentarse sino que "hay que arrimar el hombro"

 Hay que pasar el boca a boca entre vosotros y, quien tenga buena voz, sepa tocar algún instrumento musical, tenga sentido de la estética, etc... se presente al párroco para echar una mano. 

 Hay cantos bellísimos tanto antiguos como actuales que pueden sumergir a los asistentes en el ámbito de esa Belleza que hace intuir que Dios está resplandeciendo entre ellos. 

 Puedes seguir lamentándote y no hacer nada pero no te lo aconsejo, ¡No hagas el ridículo ante Dios!! Aunque creas que no sirves para nada, Dios sí cuenta contigo pues para Él vales mucho.

 Ánimo... empezad el boca a boca en vuestros círculos... esa es la primera piedra que permitirá recuperar la Eucaristía como el "Resplandor de la Belleza de Dios"

 P. Antonio Pavía 

Misionero Comboniano 

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miércoles, 9 de septiembre de 2020

Retos cristianos en este tiempo


Si tuviéramos un sismógrafo para adentrarnos en el interior de la vida cristiana ciertamente que nos quedaríamos sorprendidos al constatar que hay muchos factores que están retardando lo auténtico de la fe en el corazón de los creyentes. Hoy hay muchos retos que hemos de afrontar y sin entrar en discusiones baratas o justificativas. La vida cristiana es un regalo que hemos recibido de Dios, no por nuestros méritos, sino por puro designio de nuestro Señor. La fe no es una consecución voluntarista, sino un regalo que hemos de cuidar con mucho mimo y, al mismo tiempo, no tenemos derecho de juzgar a nadie si este regalo le falta. Quien tiene el don de la fe, tiene un gran compromiso y es el de mostrar con la vida que Jesucristo supone lo más grande en su existencia. San Agustín que era pagano y no comprendía a los creyentes, un día se ve sorprendido por unos amigos cristianos y le impactan llegando a afirmar: “Si estos son cristianos y viven así ¿por qué yo no lo voy a ser?” Es el inicio de su conversión.

Hay varios retos que hemos de afrontar en este tiempo nada fácil. El primero: EN QUÉ CREEMOS. La fe católica se fundamenta en la Palabra de Dios y en el Magisterio de la Iglesia. A través de los siglos se ha ido formulando el CREDO que todos los domingos rezamos al asistir a Misa. Una joven me preguntaba en una ocasión: “¿Cómo puedo decir a mis amigos, que son ‘no creyentes’, en lo que creo?” A lo que le respondí: “Recítales el Credo”. Y este es un reto porque la fe no se inventa sino que se fundamenta en aquellos que son los artículos esenciales de la fe y que se expresan en el Credo. Con sencillez pero con ardor evangélico muchas veces tendremos que anunciar nuestra fe que hemos recibido como un don para también donarla a los demás sin miedo y con generosidad. “Surgirán muchos falsos profetas y seducirán a muchos. Y, al desbordarse la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos. Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Y se predicará este evangelio del Reino en todo el mundo en testimonio para todas las gentes, y entonces vendrá el fin” (Mt 24, 11-13). Jesucristo desvela, con estas palabras, un programa esperanzador para el cristiano: el fin del mundo no es una sucesión de catástrofes, sino un acontecimiento salvador; el evangelio que alcanza al mundo entero. Y con su enseñanza el Señor nos indica también que nuestra actitud debe ser perseverar en medio de las dificultades. La fe que anunciemos con palabras y obras será una luz que nadie podrá apagar.

Un segundo reto: PORTADORES Y TESTIGOS DE ESPERANZA. Los pesimismos, las angustias existenciales, los problemas y las dificultades siempre estarán entre nosotros. La esperanza según Aristóteles “Es el sueño de un hombre despierto”. Es tener la mirada puesta en la cima cuando se camina. “Es una virtud obligatoria para todo cristiano que nace de la confianza en tres verdades: Dios es todopoderoso, Dios me ama inmensamente y Dios es fiel a las promesas” (Juan Pablo I). No cabe duda que hoy se tiende a mirar las realidades humanas desde lo material y desde lo visible e incluso se afirma que esta es la auténtica libertad. Una persona sin esperanza se ve agobiada por la vida si ésta se realiza, se envuelve y se proyecta en lo material. De ahí que hoy se requiere retar a la vida mirando con la certeza que Dios cumple sus promesas. Abrahán “creía firmemente en la esperanza contra toda esperanza” (Cfr. Rm 4,18). Así lo sentía San Juan Pablo II afirmando que la virtud teologal de la esperanza, por una parte, impulsa al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a toda su existencia y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para su compromiso cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al plan de Dios. La esperanza es una victoria que no evita el dolor, sufrimiento y muerte; abre un camino hacia la realidad más auténtica y es que Cristo ha Resucitado y apuesta por la humanidad.

Un tercer reto: CUSTODIOS DEL AMOR. La fuerza de la Caridad es tal que transforma nuestras seguridades egoístas en paz, gozo, alegría. Nadie hay más feliz que el que ama. Desde el Bautismo hemos recibido este gran regalo. “Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Siempre que he leído este texto me he dado cuenta que me queda mucho camino por recorrer. Un día fui a visitar una madre que había perdido un hijo en accidente de helicóptero y ella me dijo: “Mi hijo de veinte años se fue a tierras lejanas como militar para defender a un pueblo oprimido por el terrorismo. Y mi hijo antes de despedirme me pidió que si un día moría que ni llorara ni tuviera pena puesto que él iba para entregarse y ayudar por la paz de este pueblo”. Era un joven cristiano y había entendido que amar es entrega como dice Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida” (Jn 15, 13). El amor además de entrega es misericordia, es restaurar los conflictos hacia la paz, es considerar al prójimo nuestro hermano. Dios es amor y de la fuente de este amor hemos sido creados a su imagen.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

Domingo XXIII T. O.

 

 Jesús nos habla hoy de la corrección fraterna. Os digo con tristeza que la traducción española utiliza el verbo reprender respecto a corregir cuando el texto original habla de la corrección con misericordia que es muy diferente a la reprensión.

 Dicho esto nos centramos en la corrección misericordiosa por excelencia: la que nos ofreció a todos el Hijo de Dios desde la Cruz. Despreciado hasta lo indecible, vejado y humillado incansablemente, traicionado, negado, abandonado y por último crucificado.

 Sin embargo y para sorpresa de todos con sus últimas fuerzas grito al Padre !Perdónales, no saben lo que hacen! Jesús corrigió a esta muchedumbre infame derramando sobre ella su Misericordia. Y para sorpresa de todos su Misericordia curo sus infamias. De hecho Lucas puntualiza que al morir Jesús..." La muchedumbre que había acudido a aquel espectáculo, al ver estas cosas, se volvieron golpeándose el pecho. Golpeándose el pecho, como el publicano. (Lc 18,13) Solo el que se ha dejado corregir sus infamias misericordiosamente por Jesús, está capacitado para corregir compasivamente a los demás

 P. Antonio Pavía

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viernes, 4 de septiembre de 2020

Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación.



El mensaje del Papa sobre la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se hace público cuando comienza  el  «Tiempo de la Creación» que dará comienzo el 1 de septiembre como un «Jubileo de la Tierra». «El concepto «Jubileo» se enraíza en la Biblia y subraya que tiene que existir un balance sostenible entre las realidades social, económica y ecológica.  
Con este motivo, la Comisión Episcopal para Pastoral Social y Promoción Humana, hace público un mensaje en el que recuerda  que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.
MENSAJE ANTE LA JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN
 
(1 de septiembre de 2020)
 EL CUIDADO DE LA FRAGILIDAD
El Papa Francisco nos ha recordado que la pandemia del COVID19 ha sido una auténtica tempestad, pues ha “desenmascarado nuestra vulnerabilidad y ha dejado al descubierto nuestras falsas y superfluas seguridades” Como consecuencia de ello, vivimos tiempos de hondo sufrimiento, incertidumbre y perplejidad que agudizan la urgencia del cuidado de la fragilidad.
La experiencia de estos meses de pandemia ha puesto al descubierto la convicción, expresada en Laudato sí, “de que en el mundo todo está conectado”. Estamos experimentando a flor de piel la interdependencia planetaria, la corresponsabilidad fraterna y la necesidad de la compasión humana.
Esta tempestad global, ha impactado en un mundo sumido en una profunda “crisis de los cuidados”. Esta crisis tiene sus manifestaciones en los descuidos hacia “nuestra oprimida y devastada tierra” (LS 2), en los descuidos hacia nuestros hermanos y hermanas bajo la “cultura del descarte” (LS 43), y en el descuido de nuestra vida interior que tanta relación tiene con “el cuidado de la ecología y con el bien común” (LS 225).
En tiempos de zozobra, cuando los descuidos nos asaltan, hemos de pedir a Dios una auténtica revolución de la ternura y de los cuidados que nos ayude a mostrar, desde la oración y el servicio silencioso, que “el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás” (LS 70). Velar responsablemente por nuestra vida es un imperativo evangélico, pero este cuidado no puede convertirse en un egoísmo indiferente que olvida a los prójimos y no custodia la creación “que gime bajo dolores de parto” (Rom 8, 22). En ningún momento hemos de olvidar “la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás”
“La Caridad de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14) y nos impulsa a cuidar la fragilidad de nuestra “madre tierra, la de nuestros semejantes y la propia, pues somos “templos del espíritu”. En todo momento, hemos de reconocer que no son dimensiones independientes, sino espacios intrínsecamente relacionados entre sí que aspiran a construir una “sociedad de los cuidados”.
“Custodios de todo lo creado” (LS 236)
Como Obispos de la Comisión Episcopal para la Pastoral social y Promoción humana, queremos haceros participes de nuestros sueños en un mundo donde los cuidados estén en el centro de la política, la economía, la ética, la familia y la pastoral.
La conversión ecológica se hace apremiante en nuestros días. La crisis del COVID19, como nos ha recordado el Papa reiteradamente no es un asunto absolutamente independiente de la crisis ecológica que vive el planeta. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación tienen una relación directa con la génesis y desarrollo de enfermedades. Cuidar de la “madre tierra” lleva consigo nuestro propio cuidado, pues no podemos olvidar que “somos tierra” (LS 2).
Con especial intensidad, en estos tiempos de tránsito, custodiar la casa común significa construir una “cultura del cuidado” de la Creación. “La ecología también supone el cuidado de las riquezas culturales de la humanidad” (LS 143) para promover un nuevo estilo de vida. La cultura del cuidado de la Creación debe “cultivar sin desarraigar” (QA, 28) una verdadera conversión de las ideas, las actitudes y las prácticas. Un cultivo para cosechar miradas “que vayan más allá de lo inmediato” (LS 36) y que aceleren la venida del Reino.
Cuidar del prójimo
Estos meses hemos podido contemplar el potencial humano para el cuidado de los hermanos y hermanas. Las profesiones del cuidado han sido testimonio de la grandeza de la humanidad, las familias han sabido acompañar incluso en la distancia, las organizaciones sociales han respondido con prontitud y creatividad al impacto social de la pandemia, y la Iglesia, desde su profunda humildad, se ha mostrado “experta en humanidad” (Pablo VI) en momentos complejos. Las personas, creadas para amar, hemos constatado que “en medio de los límites brotan inevitablemente gestos de generosidad, solidaridad y cuidado (LS 58).
También, con dolor profundo, hemos podido observar el abandono injusto de miles de personas mayores por el mero hecho de la edad, el crecimiento de las desigualdades sociales y educativas, así como algunas prácticas irresponsables de personas e instituciones que hacen aún más urgente una conversión de los cuidados.
Toda la vida está en juego cuando descuidamos la relación con el prójimo, pues tenemos el encargo y el deber de cuidar y custodiar a nuestros prójimos cercanos y lejanos. “Cuando todas estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro” (LS 70).  la Iglesia debe participar en las cadenas globales de cuidados que se expresan desde la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta.
Espiritualidad del cuidado
No hay conversión pastoral posible sin el cuidado profundo del gusto espiritual de ser tierra y pueblo. La paz interior, la profundidad del corazón, la experiencia de sentirse cuidado por un “Dios que es Amor” (1ª Jn 4,8) son condiciones básicas “para una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo y para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente” (LS 241).
Sin una mística que nos anime, nos aliente y nos sostenga, es imposible construir una auténtica sociedad de los cuidados. Necesitamos de “la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo” (LS 216) y para experimentar que “todo lo puedo con el que me da fuerzas” (Flp 4, 13).
La cultura del cuidado no se fundamenta únicamente en el desarrollo ético de nuestras actitudes y prácticas, sino que exige que “despertemos el sentido estético y contemplativo” para acoger con gratitud y gratuidad la misión a la que somos convocados.
En esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, pidamos al Señor, que es el primero en cuidar de nosotros, que “nos enseñe a cuidar de nuestros hermanos y hermanas, y del ambiente que cada día Él nos regala” (QA 41), desde la honda espiritualidad evangélica que nos alienta. Nos unimos en este quinto aniversario de la encíclica Laudato si a la convocatoria del Papa Francisco para celebrar un año especial, que va desde el 21 de mayo de 2020 hasta el 24 de mayo de 2021, año en el que “todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades” (LS, 14).
Departamento de Ecología Integral
Comisión Episcopal para la Pastoral Social y Promoción Humana