viernes, 6 de noviembre de 2020

Llevar la ternura de Dios a los que nos rodean

 

 Queridos diocesanos:

“En estos momentos difíciles, llevemos la ternura de Dios a quienes nos rodean con obras de bien” nos decía el Papa Francisco al principio de la pandemia, y éste ha sido el principio que nos ha inspirado a todos para afrontar estos meses tan duros. Junto al drama de los enfermos y fallecidos, por los que hemos orado y ofrecido la Santa Misa, está también la situación de tantas familias que en solo unos días han pasado de vivir un notable bienestar a depender para subsistir de las ayudas que las parroquias les han suministrado, así como el agravamiento de las dificultades que muchas personas ya estaban sufriendo.

Que tantas personas hayan encontrado en la Iglesia respuesta a sus necesidades materiales y espirituales ha sido posible gracias al enorme esfuerzo que se ha realizado desde las parroquias y otras instituciones eclesiales, que es posibles por la generosidad de muchas personas que han aportado importantes recursos según sus posibilidades.

Las necesidades continúan, es más, en no pocas familias se han incrementado, y este esfuerzo por asistirlas debe continuar, además del mantenimiento del habitual desarrollo de las actividades parroquiales que se ven sometidas a las restricciones que las normativas imponen, y que está suponiendo un trabajo adicional para poder realizarlas.

Esta situación difícil es una oportunidad para renovarnos, para ir a lo esencial, que es vivir y transmitir el amor de Jesucristo, y descubrir nuevos caminos para el anuncio del Evangelio.

Con esta Jornada de la Iglesia Diocesana queremos recordar que la Iglesia en el Sur de Madrid es una realidad muy rica en personas y realidades eclesiales, pero a la vez hay en ella muchas necesidades de todo orden, por lo que la ayuda económica de todos y el servicio que cada fiel puede realizar es fundamental para que nuestra diócesis sea una luz en estos momentos que para muchos son de oscuridad.

A María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino de nuestra Iglesia y en sus manos dejamos nuestras necesidades con el sufrimiento y las esperanzas de los hombres.

Con mi afecto y bendición.


+ Ginés García Beltrán,

Obispo de Getafe

jueves, 5 de noviembre de 2020

El Tesoro escondido

 


 "El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra y vuelve a esconderlo y por la alegría que le da vende todo lo que tiene para comprar el campo. (Mt 13, 44).

 Partimos con el estremecimiento que precede a la Adoración estás palabras de Jesús a la luz de lo que inspirado por el Espíritu Santo nos dijo Orígenes, Padre de la Iglesia del siglo III. Nos dio a conocer que la Escritura tiene un cuerpo -las palabras escritas- y un Espíritu -el Soplo de Dios- que alienta en el interior de lo escrito. Las palabras escritas, en cuanto tales nos emocionan, incluso nos mueven al crecimiento pero la realidad de nuestra debilidad es muy tozuda y pronto desistimos por falta de fuerzas.

 El sabio según Dios, consciente de su debilidad se adentra en el Soplo de Dios que habita en las palabras. Estas palabras serían el campo sin más; el Tesoro oculto es el Soplo de Dios que habita en los textos escritos. El sabio intuye que el Tesoro está en el campo y vende lo que tiene para hacerse con el campo, con su Tesoro oculto en él. ¡Atención! No vende lo que tiene por un derroche de generosidad, porque es el mejorcito de la clase, eso es muy voluble, sino como dice Jesús: "Por la alegría que le da". ¡A ver cuándo damos la vuelta a la tortilla!

 El Generoso es Dios contigo que pone a tu disposición su Espíritu y Vida (Jn 6, 63) a todo aquel que "sabe hacer cuentas" y por ello tiene sus ojos y su corazón más en el Tesoro del campo que en sus cosas.

 En cuanto a "vender todo lo que tiene"… El mismo Espíritu que buscas te orientará cómo y de qué manera, y por supuesto "sin que la mano derecha sepa lo que hace la izquierda" (Mt 6, 1-4)

 P. Antonio Pavía

https://www.comunidadmariamadreapostoles.com/

 

 

ORACIÓN A CRISTO

 



 Oh Cristo, único mediador nuestro:

Te necesitamos para entrar en comunión con Dios Padre; para llegar a ser hijos adoptivos suyos contigo que eres su Hijo único y Señor nuestro; para ser regenerados en el Espíritu Santo.

Te necesitamos, oh único y auténtico maestro de las verdades recónditas e indispensables de la vida, para conocer nuestro ser y nuestro destino, así como el camino para alcanzarlo.

Te necesitamos, oh Redentor nuestro, para descubrir nuestra miseria y remediarla; para tener el concepto del bien y del mal, y la esperanza de la santidad; para deplorar nuestros pecados y obtener el perdón.

Te necesitamos, oh hermano primogénito del género humano, para volver a encontrar las razones verdaderas de la fraternidad entre los hombres, los fundamentos de la justicia, los tesoros de la caridad y el sumo bien de la paz.

Te necesitamos, oh gran paciente de nuestros dolores, para conocer el significado del sufrimiento y para darle valor de expiación y de redención.

Te necesitamos, oh vencedor de la muerte, para librarnos de la desesperación y de la negación, y para tener certezas que no fallen jamás.

Te necesitamos, oh Cristo Señor, Dios-con-nosotros, para aprender el amor verdadero y caminar con el gozo y la fuerza de tu caridad a lo largo del camino de nuestra vida fatigosa, hasta el encuentro final contigo, amado, esperado, bendito por los siglos.

 PABLO VI

 

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

LA BELLEZA DEL ABRAZO


Me gusta sentir que los brazos y las manos no son sino una prolongación del corazón.

Por eso abrazar y dejarse abrazar es uno de los gestos que más humanos nos muestra y, sobre todo, que mejor revela lo mejor que podemos llevar dentro.

Un abrazo es siempre expresión de un pulso, el pulso de la amistad, vínculo del espíritu.

Un abrazo es siempre manifestación de un latido, el latido del amor, reclamo de la sangre.

En él, las hebras de nuestros brazos se unen en un mismo pespunte.

El abrazo es puente que me acerca a la orilla del otro, es camino que me adentra en lo mejor de mí mismo, es sendero colmado de afecto, mar de emociones, río por el que circulan silenciosas las palabras que no pueden decirse.

Todo aquello que no podemos decir y expresar cuando la boca se obstruye, cuando la emoción nos ahoga, se encauza y se libera a través de los meandros de nuestros abrazos.

Cuando las palabras faltan, y también cuando las palabras sobran, aparece el abrazo como susurro del alma.

Un abrazo es siempre palabra vertida en silencio, frase concreta y exacta, expresión precisa, verbo hecho carne.

El abrazo aproxima corazones, aúna latidos, acerca presencias, es pañuelo que enjuaga lágrimas y bandera que ondea al viento nuestra más honda alegría.

El abrazo es salud que se contagia.

El abrazo es alivio, calma, espacio sin tiempo, tiempo vivido en el espacio sagrado de lo circular donde lo tuyo es mío y lo mío tuyo porque mientras estamos abrazados, estamos en lo mismo, vivimos lo mismo.

El abrazo, en su circularidad, es pura geometría del amor, sello de comunión.

En él se secan las lágrimas frías del dolor y de él brotan tiernas las suaves lágrimas del gozo.

El abrazo es el pincel que mejor traza la línea curva de la sonrisa, es lumbre que enciende nuestros ojos y luz que ilumina nuestro rostro.

En su belleza, el abrazo rehace nuestra hermosura y nos devuelve al mundo como regalo.

(José María Toro)

martes, 3 de noviembre de 2020

Una Historia (2ª parte)

 

                                   

Otra pregunta que me hago: ¿Iría Dios a otros mundos como lo hizo en el nuestro?, es un enigma que… ¡Claro!, con Dios no hay muchas conversaciones y menos de esta categoría que es simple curiosidad. Pero tal vez lo sepamos el día que abandonemos este mundo y vayamos a ese lugar, sin tiempo solo pureza de espíritu y, un amor aquí desconocido.           

Y hablando de ese lugar de Dios, Juan el Apóstol dice que es muy especial. Se describe en el Apocalipsis, difícil de entender por cierto y que no me aclaro con tanto sello, tribus, jinetes, ángeles y caballos de colores, pero bueno, lo poco que entiendo, ese lugar es increíble.

Ignoro si “esos” seres también tuvieron su hecatombe y huyeron a otros planetas hace millones de años; solo sé que el nuestro, insignificante, fue el más querido por Dios -algún día se lo preguntaré-, pues Jesús murió una sola vez y precisamente lo hizo aquí, no creo que vaya muriendo de planeta en planeta, la verdad…      

Y volviendo al tema, cuando estos “desconocidos” vienen y no es tan raro porque nosotros ya hemos empezado a surcar el espacio, reconoces la realidad irrefutable de un universo habitado y de un Dios inmensurable.

Lo que digo es cierto y cuando se vuela día tras día, pueden suceder estas cosas. Una vez salió un disco del mar tiñéndolo de un rojo anaranjado para desaparecer en segundos en el cielo; otras te sobrepasan las alas del avión en vertical; otras, te dejan en el radar sus estelas de vuelo rodeando tu avión y en minutos ser perseguidos por Phantom del Ejército…

¿Sabéis qué se hacía en tierra después de un percance “ovni” que atañe a la seguridad de vuelo? El incidente se reportaba en sobres marrones “TOP SECRET” al Ministerio del Aire  y de ahí a Washington; y yo de allí a casa a rezar hasta el día siguiente.

La mayoría de personas a 900 m de altura reza a Dios por lo que pueda pasar y si algo pasa, rezan todos. Yo desde luego no paraba y los pilotos en cabina rezaban siempre.    

Gracias Dios por protegernos.  

Emma Diez Lobo

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

Los que mueren en el Señor (Ap 13, 14)

 


 Celebramos hoy la fiesta de los fieles Difuntos, los que, como dice el Apocalipsis, mueren en el Señor. Alcanzaron la Victoria de todas las victorias porque -cada cual a su manera- vivieron abrazados al Evangelio que hace posible que la muerte solo sea un trámite para encontrarnos con Dios.

 Leemos en el Evangelio que en el principio existía la Palabra, que en ella estaba la vida y que ésta es la luz de los hombres que brillando sobre las tinieblas las disipan (Jn 1, 1). Penetramos en este pasaje sabiendo que nos adentramos en el Misterio de Dios. El Evangelio de Jesús que sus discípulos intentamos hacer nuestro, está lleno de Vida y de Luz; ambas nos llevan de la mano a una categoría existencial infinitamente más sublime de la que nos puedan ofrecer todos los sabios y santurrones de este mundo  pues la Vida y la Luz del Evangelio al tiempo que nos introduce en el Misterio de Dios, capacita nuestra alma, y con ella todo nuestro ser para vivir en intimidad con Él.

 Cuanto más crece el Evangelio en nuestro corazón mayor es nuestra intimidad con el Señor. Es entonces cuando sentimos la urgencia de compartir nuestro Fuego interior con los demás, cercanos o lejanos. Un compartir al que Jesús puso este titular: ¡¡Anunciad mi Evangelio para que el hombre viva!!

 P. Antonio Pavía

 https://www.comunidadmariamadreapostoles.com/

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

¡Se acaba!

 


 Las cosas profundas dichas con sencillez llegan al fondo del espíritu y de la mente. El mes de noviembre se relaciona con la muerte, los difuntos…. El tránsito a otra vida es algo tan misterioso que ha planteado interrogantes a los seres humanos de todo las épocas. También a los del siglo XXI aunque ahora se ha tomado para la fiesta y la diversión..., con esto del Halloween, es decir, “la noche de los difuntos o de las brujas”.

Por eso me gustó tanto la poesía de Descalzo sobre la muerte, por su sencillez y porque cala profundo, “Morir tan solo es morir/Morir se acaba/Es cruzar una puerta a la deriva/y encontrar lo que tanto se buscaba".

¡Se acaba!

¡Sí, se acaba!, la niñez, la infancia, la adolescencia, la juventud, la madurez, la vejez, y llega la muerte y, ésta, también ¡se acaba! Es algo tan normal y evidente que casi se olvida.

Sí, se olvida que sin sol no puedes vivir, sin el sol todo se acaba. Pero ya casi nadie agradece que el Sol salga todos los días del año y sigamos vivos.

Sí, se olvida que sin agua no puedes vivir. Pero ya casi nadie agradece que la lluvia caiga del cielo e inunde nuestros suelos.

Sí, se olvida que sin el viento que transporta el oxígeno, tus pulmones explotarían. Pero ya casi nadie agradece el golpe del viento  en las mejillas, su ruido en las copas de los árboles.

Sí, se olvida que sin árboles, sin plantas que transforman el anhídrido carbónico en oxígeno, no podrías respirar y te asfixiarías. Pero ya casi nadie abraza, saluda a  la naturaleza, a las plantas, ni da gracias a Dios por el árbol que crece en la vereda de tu casa.

Sí, se olvida que sin amor, sin unos brazos que te acogieran en este mundo, sin unos pechos que te amamantaran, sin alguien que te recibiera no hubieras podido sobrevivir en este planeta tierra. Pero se te olvida agradecer cada día el don de la vida.

Vivir sin tener en cuenta que estás de paso, sin recordar una vez al día que nuestro tiempo es limitado sin analizar que las horas son reales y se acaban, sí, ¡se acaban!  Y llega nuestra hermana la muerte que no es más que “abrir una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba” y que también se acaba.

Empiezo diciendo y “sin querer queriendo” de mi boca brotan las palabras a borbotones, “¡Morir solo es morir, morir se acaba!”

Gumersindo Meiriño