lunes, 11 de enero de 2021

Nuevos Buscadores de Dios

 

 Quizás nunca como hoy el hombre busca a Dios dentro de sí mismo, es decir a un Dios que le hable, le sostenga, le parta la Palabra incluso que respire con él... el Dios vivo que buscaba el salmista:

“Como suspira la cierva tras las corrientes de agua… así mi alma busca al Dios vivo" (Sl 42, 2-3). Creo que esta sed del salmista por encontrar a Dios - Vivo- caracteriza a los que podríamos llamar: los buscadores de Dios de hoy.

 Nunca el hombre llegó tan alto en todos los campos del saber: Medicina, Ciencia, Tecnología..., bueno en todos menos en uno: respuestas a sus preguntas existenciales.

 Son preguntas que están ahí aunque queramos ignorarlas. Son como la lava que fluyen de un volcán sin haberle dado permiso. A pesar de tanto ateísmo científico, esoterismo, ritos ancestrales… etc., las preguntas son tozudas y ahí están buscando respuestas. Los nuevos buscadores de Dios ansían encontrar al "Dios Vivo".

Él es la respuesta... por eso le buscan.


 P. Antonio Pavía

comunidadmariamadreapostoles.com

sábado, 9 de enero de 2021

Domingo de la Fiesta del Bautismo de Jesús (Mc 1, 7-11)

 

 Con gozo incontenible, pues nos atañe directamente, palpamos con nuestra alma este Evangelio del Bautismo de Jesús.

 Sabemos que su inmersión en las aguas simbolizo su muerte y su emersión, la resurrección. Al emerger de las aguas su Padre testificó ante todos: Este es mi Hijo amado en quien me complazco.

 Testimonio que da también acerca de sus discípulos. Los discípulos de Jesús no somos gente intachable ni extraordinaria, eso sí, llevamos en la médula del alma, como diría San Agustín, grabado su Evangelio.

 Al morirnos, mortales como somos, nos descienden a la tumba pero emergemos hacia Dios por la Fuerza de Salvación del Evangelio que hemos escuchado, amado y acogido (Rm 1,16).

 Así es; cuando muere un discípulo de Jesús, el Evangelio al que se ha abrazado, no abandona su alma y  como si fuera una espada del Espíritu (Ef 6,17) rasga el Cielo… entonces El Padre, al ver en él grabado el Discipulado, abre gozoso sus brazos y exultante exclama: ¡También tú eres mi hijo amado, en ti me complazco!

 P. Antonio Pavía

comunidadmariamadreapostoles.com

 

jueves, 7 de enero de 2021

Poder decirnos «feliz año nuevo»

 

Fue distinta la Semana Santa y sus alrededores. Lo está siendo también la Navidad y sus calendas. Hay un aire de extrañeza en el que no es fácil superar con nuevas normalidades todo cuanto está condicionando estas entrañables fiestas navideñas. Algunos lo han dicho en medio de la circunstancia que estamos viviendo, y quizás también nosotros lo hemos pensado: ¿podemos este año celebrar la Navidad como fiesta con la que está cayendo? La pandemia intrusa que se nos ha colado en la vida sin pedirnos permiso, nos está quitando tantas cosas. Nos quita la salud, nos llega a quitar la vida, como hemos visto en tanta gente querida que ha quedado tocada o que nos ha dejado. Ha llevado al traste el trabajo de personas sencillas que vivían del sudor de su frente, sumiendo a sus familias en situaciones tremendas. Niños que no entienden el llanto de sus mayores ante algo que ellos no acaban de comprender en su gravedad más fiera. Hay mucha gente asustada, que tiene miedo y ha perdido la esperanza. Al tiempo, hay otros que se aprovechan para imponernos sus ideologías políticas a cualquier precio, sus leyes abusivas contra la libertad y la vida, sus interesadas historias irrealmente maquilladas ante el espejo de su insufrible narcisismo. Cuando todo esto sucede, nos cuestionamos si es posible la esperanza, si podremos volver a comenzar cuando aparezcan las vacunas varias que necesitamos para las varias pandemias en curso.

Los cristianos podemos y hasta debemos celebrar la Navidad, precisamente cuando más arrecia lo que nos puede acorralar la alegría y ensombrecer la esperanza. La Navidad no es sólo algo que sucedió hace dos mil años, sino algo que sucede cada día. Hay una luz más grande y poderosa que todas nuestras oscuridades juntas. Hay una ternura capaz de superar la dureza de nuestra existencia. Hay una paz que viene a desarmar nuestras violencias todas. Y tamaña gracia Dios la ha querido ofrecer a través de un pequeño y divino bebé, que nace de una joven doncella que se fió de Él, y de un artesano carpintero llamado José que, enamorado de María su prometida, supo respetar hasta el extremo lo que el Señor había dispuesto. Ellos tres, hace dos mil años, en aquella cueva de pastores ofrecían al mundo de todos los tiempos este regalo.

Y lo mismo nos decimos llegando el comienzo de un año nuevo, tras doblar por su esquina el año 2020 que nos ha resultado tan aciago. En estos primeros lances de enero nos saludamos con la expresión popular del “feliz año nuevo”. Quisiéramos que fuera un talismán bondadoso que produjera lo que nos decimos sin más. Pero, la dura realidad es que cuanto dejamos al tomarnos unas uvas confinadas que se nos atragantaban entre el miedo y el dolor por todo lo que nos está pasando, nos esperaba en el albor del nuevo año sin que apenas haya habido un cambio en la circunstancia.

Y, sin embargo, nos deseamos venturosos el “feliz año nuevo”, que en clave cristiana no significa una historia inventada para engañarnos diciendo que ya todo ha pasado, y que «año nuevo, vida nueva», sin más. La actitud cristiana no cambia la circunstancia que nos asola, sino que su novedad consiste en el modo nuevo de mirarla, en un momento duro que por tantos motivos nos duele, pero no nos destruye ya. Es mirar las cosas y vivirlas desde la confianza de sabernos en manos de un Dios al que le importa mi vida, que me concede su luz en medio de tanta penumbra, su paz cuando me amenazan los conflictos, su verdad como ayuda ante tantas mentiras, su gracia como don que me hace fuerte en la vulnerabilidad de mi pequeñez. Decirnos «feliz año nuevo» así significa precisamente esto: mirar la circunstancia como Dios la contempla con sus ojos mientras nos ofrece este tiempo cual oportunidad para crecer como hijos suyos y hermanos de los que nos ha puesto a nuestro lado. Esta es la novedad ante el año que comienza.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

martes, 5 de enero de 2021

Se burlaron de Jesús

 

Nos ubicamos en el Calvario; los Sumos Sacerdotes, fariseos... etc., se burlan de Él: "Ha puesto su confianza en Dios, pues bien que le Salve ya que dice que es hijo suyo..." (Mt 27,41).

Cuanto más resonaban estos desprecios más elocuentes fue el silencio del Crucificado; hizo frente al mal apurando el cáliz "de nuestras amarguras "Cuando estos" bufones-amargados "se sintieron satisfechos y vencedores”... El Cordero Inocente proclamó su grito de victoria sobre el mal: Padre perdónales, no saben lo que hacen. Sólo entonces los burlones se percataron del monstruo que llevaban dentro…solo entonces dieron sus primeros pasos de cara a la conversión como nos dice Lucas (Lc 23,48).

Si, el Hijo de Dios tuvo que entregarse a la más humillante de las muertes y encima a manos de hombres que tras su aparente piedad solo les interesaban sus ambiciones para que pudiésemos darnos cuenta y liberarnos de la Mentira que nos tiene esclavizados. Se burlaron de Él y el burlándose del demonio, abrió sus ojos.

La escena del Calvario prevalece. No hay conversión verdadera hasta que no nos sintamos " del grupo de los burlones" y hagamos nuestras las palabras del Crucificado. ! Padre, perdónales… con o sin capa de piedad, no saben quién les tiene sometido...¡

¡Padre mueve sus corazones hacia El Evangelio! Solo así...cambiarán la Mentira que les asfixia por la Verdad que les libera (Jn 8,31-32)

 P. Antonio Pavía

 Comunidad María Madre de los Apóstoles

lunes, 4 de enero de 2021

Carta a los Reyes Magos

 

¡Cuántos niños han enviado sus cartas a los Reyes Magos! Aunque sea adulto, un año más, también quiero escribir mi carta, sencilla, como la de tantos chavales.

Queridos Reyes Magos:

Os escribo para compartir con vosotros mi lista de deseos. Como bien sabéis, el 2020 ha sido un año difícil y, por ello, creo que esta carta también será difícil de escribir. Estoy convencido de que lo que os voy a pedir es un clamor general. Y, aunque la firmo yo, podrían haberla escrito millones de ciudadanos del mundo. Hombres, mujeres, niños, adultos, jóvenes, ancianos, empresarios, trabajadores, estudiantes, creyentes, ateos…

Reconforta pensar que toda la humanidad nos hemos unido en un mismo deseo para este próximo año: el deseo de volver a la normalidad y superar la pandemia de la Covid-19. Empezamos, según nos dicen, a salir del túnel, pero todavía nos falta un buen trecho por recorrer. Estamos ansiosos por convertir la exigida distancia de dos metros en la reconfortante cercanía de un abrazo, pero todavía tendremos que esperar. Quedan días de incertidumbre, de distancia y de prudencia. También de oscuridad, porque, por desgracia, la pandemia continuará dejando víctimas. Muchas veces continuaremos sintiéndonos confusos.

Por ello, os pedimos que pongáis en nuestra vida una estrella de Belén, como la que a vosotros os guió hasta el pesebre para adorar al niño Jesús. Una estrella que nos oriente en nuestro camino y que nos permita avanzar, sobre todo en medio de las dificultades como las que estamos viviendo. Una estrella que nos conduzca hacia la Estrella en mayúsculas, que es el mismísimo Jesús, que nos ofrece su luz. Una luz que es la Palabra de Dios, capaz de revitalizar nuestros corazones y darnos fuerza para vivir. Una luz que hará crecer nuestra fe y nos llevará a alcanzar, algún día, nuestra meta última: el encuentro con Dios. Una luz que nos ayudará a ver con claridad que, a pesar de todo, la vida es el mejor regalo que jamás hayamos recibido. «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12), nos dice Jesús.

Siguiendo esa luz descubriremos, además, que Dios nos invita a alcanzar metas más altas, pero sobre todo a tocar el cielo. Es la misma luz que nos ayuda a recordar a las personas que nos han dejado el pasado año, muchas de ellas afectadas por el coronavirus. Una luz que también nos permita alumbrar a las personas que aún sufren las secuelas de esta terrible pandemia.

Ojalá que, siguiendo la estrella de Belén, nos demos cuenta que nosotros también, unidos a Cristo, podemos ser estrellas y que hemos nacido para brillar. Estamos llamados a iluminar, no solo nuestros pasos sino también los de todos aquellos que caminan a nuestro lado, para mostrarles que Dios los ama.
Queridos Reyes Magos, os deseo un feliz año y me despido pidiéndoos que recéis por la humanidad entera.

† Card. Juan José Omella

Arzobispo de Barcelona

 

sábado, 2 de enero de 2021

Domingo II después de Navidad

 


https://youtu.be/Clo3W09qmOI


 ¡Déjame ver tu Rostro! Dijo Moisés a Dios. Él le respondió: "Hay un lugar junto a mí... podrás ver mis espaldas, pero mi Rostro es inaccesible"(Ex 33,18-23).

 Partamos con temblor sagrado estás palabras... "Puedes ver mis espaldas pero no mi Rostro". Sabemos que el Antiguo Testamento se abre paulatinamente hacia su Plenitud que es Jesús. Gracias a Él, Dios conocido de espaldas -la ley- nos va mostrando su Rostro.

 En su primera Carta Juan nos lo hace saber: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos... os lo anunciamos”; la Vida Eterna que estaba vuelta -de espaldas- al Padre se nos ha manifestado (1Jn 1,1-2).

 San Pablo certifica que podemos ver a Dios con los ojos del corazón (Ef 1,17-18). Falta aclarar cuál es ese “lugar junto a mi“ del que hablo Dios a Moisés... Nos lo da a conocer Juan… "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y..." (Jn 19, 25-27)

 P. Antonio Pavía