martes, 7 de agosto de 2018

«Yo creo, pero no prac­ti­co»



Casi se­gu­ro que mu­chos de no­so­tros he­mos oído de­cir a al­gu­nas per­so­nas esta fra­se: «Yo creo, pero no prac­ti­co». Tal vez, in­clu­so, al­gu­nos de no­so­tros pue­de que la ha­ya­mos di­cho y más de una vez.

Con esta fra­se se quie­re de­cir que «creer, creer, sí que creo, pero yo eso de ir a misa, de prac­ti­car los sa­cra­men­tos, es algo que no en­tra en mis pro­yec­tos».

La vida cris­tia­na no es una ideo­lo­gía. Es una vida, un es­ti­lo de vida que hay que vi­vir, que te­ne­mos que ha­cer reali­dad en nues­tra vida los que nos de­ci­mos se­gui­do­res de Cris­to. La vida cris­tia­na con­sis­te fun­da­men­tal­men­te en dos ac­ti­tu­des que te­ne­mos que te­ner y desa­rro­llar en no­so­tros. Por un lado, vi­vir per­so­nal­men­te lo que el Se­ñor me pide, que está con­te­ni­do en los man­da­mien­tos de la ley de Dios, en las bie­na­ven­tu­ran­zas y en el man­da­mien­to nue­vo.

Si no vi­vi­mos el es­ti­lo de vida que Je­sús nos pone en el evan­ge­lio no po­de­mos de­cir­nos cris­tia­nos. En esto con­sis­te, di­ga­mos, el pri­mer mo­men­to de la fe de un cris­tiano. Pero no solo con­sis­te en vi­vir no­so­tros en nues­tra vida es­tas ac­ti­tu­des y este es­ti­lo que Je­sús pone para sus se­gui­do­res, sino que, ade­más, se nos pide que eso que tra­ta­mos de vi­vir per­so­nal­men­te lo co­mu­ni­que­mos a los de­más, sea­mos tes­ti­gos de Je­sús en la Igle­sia y en el mun­do.

Ni la vi­ven­cia per­so­nal de la fe, ni el ser tes­ti­gos de Je­sús don­de quie­ra que nos en­con­tre­mos y con quien quie­ra que vi­va­mos es algo que re­sul­te fá­cil de ha­cer y de vi­vir y, mu­cho me­nos, en un mo­men­to como el de la so­cie­dad ac­tual, en la que se va­lo­ra lo ma­te­rial como la ra­zón de to­dos los es­fuer­zos per­so­na­les y muy poco la fe y la im­por­tan­cia que Dios debe te­ner en la vida de cada uno de no­so­tros.

La fe es una vida que cada uno debe preo­cu­par­se por ali­men­tar, por­que si no, lo mis­mo que su­ce­de con la vida hu­ma­na fí­si­ca, ter­mi­na por en­fer­mar y mo­rir.

Nues­tra vida de fe la he­mos de ali­men­tar para que sea una fe cada día más fuer­te, por­que pre­ci­sa­men­te en esta so­cie­dad ac­tual en la que nos ha to­ca­do vi­vir, los cre­yen­tes te­ne­mos que vi­vir nues­tra fe lu­chan­do con­tra­co­rrien­te, y para eso te­ne­mos que es­tar fuer­tes, que nues­tra fe sea una fe ma­du­ra.

Para ali­men­tar nues­tra fe te­ne­mos que po­ner en ejer­ci­cio unos me­dios muy im­por­tan­tes: la ora­ción, por­que ne­ce­si­ta­mos es­tar en con­tac­to con el Se­ñor y que Él sea a l g u i e n real­men­te im­por­tan­te en nues­tra vida, y para ello te­ne­mos que es­tar en con­tac­to con­ti­nuo con el Se­ñor, dán­do­le gra­cias por todo lo que Él nos re­ga­la en cada mo­men­to, y pi­dién­do­le que su gra­cia y su ayu­da su­pla nues­tra fra­gi­li­dad, que nos hace que­dar tan­tas ve­ces a la mi­tad del ca­mino.

Ne­ce­si­ta­mos ali­men­tar nues­tra fe en la eu­ca­ris­tía do­mi­ni­cal, por­que en ella, en la Pa­la­bra de Dios que se pro­cla­ma, nos mar­ca el Se­ñor el ca­mino que he­mos de re­co­rrer. Co­mul­gan­do el Cuer­po de Cris­to, el Se­ñor for­ti­fi­ca nues­tra fe y nos da las fuer­zas que ne­ce­si­ta­mos tan­to para vi­vir nues­tra fe, como para ser sus tes­ti­gos en me­dio del mun­do. Por­que es el Se­ñor el que nos da el ver­da­de­ro pan del cie­lo, sin el cual no po­dría­mos res­pon­der a las exi­gen­cias de nues­tra fe.

No po­de­mos de­cir «yo creo, pero no prac­ti­co»; sino «yo creo por­que prac­ti­co», por­que ali­men­to mi fe y tra­to de vi­vir­la en mi vida, pre­ci­sa­men­te por­que la ali­men­to con la prác­ti­ca cris­tia­na.

+ Ge­rar­do Mel­gar
Obis­po de Ciu­dad Real


lunes, 6 de agosto de 2018

La calle única





Un día vas por la calle, tienes un cometido concreto, haces tu gestión y te quedas en ese lugar un tiempo más porque algo o alguien “te sujeta como si te diera la mano”

… Y vuelves allí una y otra vez, guiado por una fuerza que no sé determinar.  

Nada de lo que vas descubriendo en “esa calle” estaba en tus planes y sin embargo, se convierte en un nuevo plan de vida. Su recorrido es especial, sus letreros luminosos te atrapan y te invitan a adquirir “cosas” que no tenías en casa, pero tan necesarias…    
    
Largo y lento es el trayecto, pero es mejor así, porque está lleno de escaparates y reclamos en alta voz.  Hay tanto que mirar… Todo es gratis, te puedes llevar muchas veces el mismo regalo y compartirlo con quien tú quieras, no hay problema, “la mercancía” se repone automáticamente para todos los que quieran pisar esa “calle única”. 

Cada “tienda” es novedosa en sus artículos. No puedes imaginarte el papel con que te envuelven los obsequios, se llama papel Biblia, es suave y se desliza entre tus dedos, pero muy frágil, a veces se rompe para dejar caer el amado regalo. No te preocupes, lo puedes volver a conseguir, solo tienes que pasar de nuevo por “la calle única”.

Sabes que los baches del empedrado aumentarán sin duda, es la ley del “asfalto”, pero ahora será diferente. Tu actitud ha cambiado, ya no hay desesperación ni heridas que no entiendas, porque en cada esquina y hasta el final de la “calle”, donde Alguien te espera, encontrarás un cirineo, un gran pedazo de paz y un brote de fe, que no conocías.        

Emma Díez Lobo


domingo, 5 de agosto de 2018

Salvación


                                                   
                       

        
Salvación, palabra con “vago” interés para muchos. Se oye pero no se entiende, se escucha pero se le da la espalda. El mundo cree que si hubiera algo después de la muerte, Dios te regala la salvación; y no Leer a Dios, es no saber que esa idea es completamente falsa.

El alma se condena con una facilidad extraordinaria sin Sacramento de confesión. Miles de millones de almas corrientes, pueblan el hades para toda la eternidad (perpetuidad en la tortura, el odio y el sufrimiento). Salvarte es LIBRARTE DEL INFIERNO.  

¿Si no fuera por la existencia de ese lugar, Dios habría muerto por ti?

 No lo habría hecho. Él con su Muerte te ofreció la salvación de tan terrible lugar, pero no te salva sin ti. Sus advertencias son claras y contundentes, pero tú… Tú tienes tus propias ideas de salvación, que por muy buenas que sean, no son de Dios
       
Oigo decir que Dios, siendo todo amor, no permite que te condenes… No metas a Dios en tus decisiones fuera del Evangelio. Tú eres el único responsable. 
       
Él dijo: “Yo soy el camino… y la VIDA (salvación). ¿Te preocupa esta frase? Debería hacerlo. Tus erróneos argumentos omiten sus Palabras y omitirlas es omitir a Dios. Jesús vino a ampliar los 10 Mandamientos ¡No te quedes solo ahí!       
Otros muchos piensan que con un acto de contrición “en casa”, ya está todo resuelto. Lo más lejos de la verdad si no cumples con los Sacramentos por Él instituidos. Y “por muy modernos que sean los tiempos”, nada ha cambiado para Dios.  

Mientras vivas, Lee y cumple, después será tarde.   
                    
Emma Díez Lobo


sábado, 4 de agosto de 2018

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario




La fe en la persona de Cristo sacia existencialmente


El relato evangélico es continuación del signo de los panes. Un grupo numeroso de personas se ha beneficiado del signo de los panes, aunque no han entendido su sentido. Vienen en busca de Jesús de forma interesada y errónea, no porque es el enviado de Dios que enseña el camino de la vida, sino porque ven en él el rey carismático que les puede dar pan barato y seguridad, solucionando sus problemas humanos.

Jesús desenmascara este tipo de búsqueda y les invita a buscar en él algo mucho mejor, no el alimento que perece sino el que permanece para siempre. Le preguntan en seguida: ¿qué tenemos que hacer? La respuesta de Jesús es fundamental: Dejaros hacer, es decir, creer en él como enviado de Dios Padre, entregarse a él y dejarse transformar por él. La pregunta deja entrever una mentalidad farisea del que “compra” la salvación. La respuesta de Jesús la contradice, pues creer es precisamente reconocer la propia pobreza y hacerse fuerte en Dios, de acuerdo con el sentido etimológico de “creer” (heemin).

A los interlocutores les parece muy fuerte la propuesta de Jesús y por ello piden un signo, aludiendo al maná. No les basta el signo de los panes de que han sido testigos y han malinterpretado. Entonces Jesús da un paso más y se presenta como el verdadero maná dado por Dios y que alimenta a su pueblo.
Jesús nos invita hoy a renovar nuestra fe en él como el verdadero alimento para cruzar el desierto camino de la patria; él solo puede saciar nuestra vida. Realmente el cristiano es el que por el bautismo está injertado en Cristo, compartiendo su vida y su proceso pascual con una vida consagrada al amor del Padre y de los hermanos. Esto implica conocerlo cada vez mejor para imitarlo cada vez más de cerca.

La persona tiene necesidades materiales y espirituales, pues Dios lo ha creado con apertura a la trascendencia, con hambre de infinito. Esta hambre solo la sacia Jesús, dando así sentido a la vida. Desgraciadamente no pocos cristianos no lo perciben así y esto es grave, porque no encuentran sentido a la vida cristiana. Esto exige, primero, rectificar la idea que se tiene de Jesús: no es el tapagujeros que me resuelve los problemas materiales  ni el que proporciona ratos de sentimentalismo religioso, al contrario, ser creyente implica a veces tener más problemas y la vida cristiana normalmente se vive en la oscuridad de la fe, sin que abunden los sentimentalismos. Por otra parte, implica relativizar las satisfacciones materiales, como el afán por tener, por gozar los bienes materiales, por el sexo… todo esto puede quitar el hambre por lo trascendente, que es lo que ofrece Jesús y lo que da la verdadera felicidad y así alimenta a la persona.

La Eucaristía es celebración de la fe o entrega a Cristo. En ella nos unimos a su muerte y resurrección y nos alimenta para seguir viviendo una vida con plenitud de sentido.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


martes, 31 de julio de 2018

Cuando eres creyente



                                                        

Te encanta escuchar a Dios, a leerle y… ¡Qué fácil nos resulta! No sé si es meritorio pero sí sé que es la mayor Gracia que cualquiera puede desear. Me pregunto cómo hacer con quienes no Le escuchan. 

Jesús Evangelizaba por los pueblos, como hoy los misioneros en tierras lejanas… Pero esto ya no sucede en países civilizados, donde ya fueron evangelizados. Gravísimo problema.  

Conocen a Jesús desde hace 2000 años, se hacen llamar cristianos, tienen Biblias y templos… Pero se han vuelto reticentes y extraños a Dios ¡después de tanto mártir por extender La Palabra! No, no estábamos preparados ante esta huida en masa; dicen que ya están de vuelta, que lo que les enseñaron de niños, ya no vale. 

¿Es lo que se lleva?, ¿es lo que toca? Sí, lo que se lleva y es tocado por Satán, así de sencillo. 
  
Los laicos tenemos una misión, pero a misa vamos los de siempre, los whatsupp sobre mi fe son entre nosotros… ¡No hay adelantos fuera de mí! 

- Dios, dime algo porque esto es como una epidemia…Y los sacerdotes en sus Iglesias poco pueden hacer por la brutal realidad de la calle. 

- Mis Consagrados oran por ellos, no te preocupes. Su labor ahora es salvar almas como la tuya. Y tú, sigue intentándolo fuera; mientras más hables de Mí, más posibilidad de que entren en mi Templo. Yo, te lo tendré en cuenta. Si no quieren escuchar, “sacúdete los zapatos en la entrada” y ve a otros lugares.  
  
- … Siempre estoy en los mismos ¡pero bueno!  -entiendo el mensaje-

  Emma Díez Lobo

lunes, 30 de julio de 2018

Duc in altum (Rema mar adentro) (Lc 5, 1-11)



“…Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra, y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre…”

Nos situamos en los principios del apostolado de Jesús: sus primeras catequesis en Galilea. Ha anunciado su misión y envío en la Sinagoga, leyendo el texto de Isaías (Is 61, 1-2), cura a un endemoniado, y realiza los primeros milagros, curando a muchos enfermos, entre ellos a la suegra de Pedro. La gente se agolpaba alrededor del lago de Genesaret, y Él observa dos barcas que acaban de llegar a la orilla. Una es la de Pedro. Jesús solicita que le lleven un poco dentro del mar al objeto de tener una perspectiva más amplia para predicar, pues la gente se agolpaba para escucharle.

Sabemos que la “barca”, en el lenguaje de la Escritura, representa a la Iglesia. Llegan dos barcas, pero Él elige una: la de Pedro. Jesús empieza a perfilar su misión. Sin que nadie se de cuenta, ya está eligiendo la barca de Pedro, su Iglesia. Y llama la atención la exquisita solicitud del Maestro rogando a Pedro, que aún conservaba el nombre de Simón, para que le alejara un poco de tierra. Jesús se sienta, en toda su Majestad, anunciando con la predicación el Reino de Dios, que es Él mismo.

La postura de “sentarse”, representa una actitud de, diríamos, posesión; es una actitud del que se “adueña” de la situación que vive en ese momento. Recordemos que más tarde, cuando llame a Mateo, éste se encontraba “sentado” a la mesa de los impuestos, es decir, era “un impuesto viviente”, sólo vivía para el dinero. Mateo era “dueño” de su propia gloria: los impuestos, el dinero…

Pues en esa actitud, de su propia Majestad, Jesús enseña al pueblo. Se produce una comunicación tal que están ambos, Jesús y el pueblo, en oración. Jesucristo nos enseña a rezar así, dejando por unos momentos, que olvidemos todo lo que nos rodea, que no pensemos de dónde hemos venido, lo que hemos hecho, o lo que hagamos después. En esos instantes, estamos con Él. Eso es orar.

Y continúa el Evangelio: “…cuando acabó de hablar, dijo a Simón: ·Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar…” Simón le respondió. “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada, pero por tu Palabra, echaré las redes” y, haciéndolo así pescaron gran cantidad de peces.

Jesús invita a “Remar mar adentro”. El mar en la Escritura es un lugar tenebroso, donde habita el Maligno, el Leviatán (Sal 104,26). Es donde hemos nosotros de entrar a predicar: a los alejados, a los tibios, a los que no conocen a Dios, o no quieren nada con Él…es el “mar adentro”, es el “Duc in Altum”, que significa ese “conducir hacia lo Alto”, hacia arriba.

Una vez que hemos orado, hemos de volver a nuestros quehaceres. Hay que volver a pescar, a faenar según nuestro propio trabajo.

Y Pedro cae de rodillas, lleno de temblor: “Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador”. Es el primer acto de fe, al encontrase en presencia del Altísimo. Jesús contestó: “…No temas, desde hoy serás pescador de hombres”

Sabemos que, según la Tradición Apostólica, en el griego clásico la palabra “pez” se dice “Ichthys”, y los primeros cristianos formaban un acróstico con las palabras Iesous Theous Uios Sotes, esto es: Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador. El primero que “acuñó” este acróstico fue Clemente de Alejandría (150-215)

Un segundo acto de fe lo protagonizará mucho más tarde el apóstol Tomás. Cuando habiendo solicitado “palpar” con sus manos a Cristo resucitado, Éste se le presenta en carne mortal para dar crédito a su Resurrección. Tomás, de rodillas, como Pedro, dirá esa hermosa oración: “…Señor mío y Dios mío…” (Jn 20,28)

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno


sábado, 28 de julio de 2018

XVII Domingo del Tiempo Ordinario




Entender correctamente el signo del pan.
el banquete que dios nos prepara por Jesús.

        Jesús anunció la llegada del Reino de Dios con palabras y signos que explicaban su contenido. El signo del pan multiplicado es uno de ellos, además un signo anunciado en el Antiguo Testamento, por lo que tenía también capacidad para legitimar a Jesús como el Mesías que tenía que venir.

        La primera lectura recuerda la multiplicación de los panes realizada por el profeta Eliseo, que, junto con Elías, fue uno de los mayores profetas del pueblo israelita. Según una tradición vigente en tiempos de Jesús, el Mesías cuando venga realizará prodigios mayores que Elías y Eliseo. Además, en un texto de un discípulo de Isaías se anuncia el futuro Reino de Dios como un gran banquete: Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados (Is 25,6). En este contexto Jesús realizó este signo para presentarse como Mesías y para significar qué es el Reino cuya llegada anuncia. Juan tiene interés en presentar este hecho como signo o realidad que debe llevar a otra; por ello en el relato escribe que la gente seguía a Jesús viendo los signos que hacía y al final constata que la gente lo vivió como signo, aunque erró en su interpretación.

Sube al monte para realizarlo (véase el texto de Isaías: en este monte). Se trata de un signo que sólo él puede realizar; la pregunta a Felipe quiere hacer ver que no es humanamente posible. Jesús es el protagonista, los discípulos colaboran al final y cada uno de ellos recoge un cesto de pedazos (en griego, klasmata, que era la palabra empleada por la iglesia antigua para los trozos consagrados de la Eucaristía). Evidentemente aquel pan no era eucarístico, pero Juan vio en él un anuncio de la Eucaristía, de acuerdo con la explicación que dará Jesús en el resto del capítulo 6. Por ello ve en los cestos recogidos por los Apóstoles un signo del pan de Jesús que los Apóstoles y sus sucesores distribuirán en el futuro.

        El signo funcionó en cuanto que el pueblo descubrió su significado mesiánico: “La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo”. Pero no interpretaron correctamente el significado, lo hicieron de acuerdo con su modo de pensar, religioso-nacionalista, y no según los planes de Dios que quiere un Mesías profeta en la línea del Siervo de Yahvé: quieren hacerlo rey. Jesús se quita de en medio y más adelante en la sinagoga de Cafarnaúm les explica el verdadero sentido.

        El sentido natural del pan se entiende como elemento básico de la alimentación. La comida es una necesidad existencial. Un instinto hace que todos la busquen. Pero no basta con alimentarse, lo normal es comer junto a otros. Lo normal es comer en familia, en la comunidad, en el grupo de amigos, con lo que la comida deviene satisfacción de una necesidad existencial en contexto de amistad, familiaridad, comunión, alegría, unidad. En el banquete se multiplican estos valores. Con este sentido Is 25,6 presente el banquete como signo del futuro Reino de Dios: será el banquete, que sólo Dios, padre de familia, puede preparar a su familia, banquete que satisfará plenamente las necesidades individuales y sociales de los comensales en contexto de alegría. El Reino futuro de Dios es plena comunión del hombre con Dios y con los hermanos, comunión que lo realizará plenamente, pues el hombre ha sido creado para amar y vivir en comunión. En este contexto Jesús, durante su ministerio, comió con los pecadores (Lc 15,1), anunciando lo que era el Reino ya comenzado y representado por sus discípulos, todos ellos pecadores-perdonados. Y en este contexto instituyó la Eucaristía.

        La Eucaristía es adelanto del banquete futuro y alimento para llegar a él, en el que los Doce y sus sucesores reparten los “restos” del pan de Jesús. No es un lujo ni “premio” a los méritos de nadie, sino una necesidad existencial del discípulo. Es el alimento en que Cristo resucitado da fuerzas para vivir en el amor, en la unidad y comunión (segunda lectura), y en la alegría. Es el alimento que capacita para vivir comunitariamente en la Iglesia y para que ésta siga trabajando realizando en este mundo el signo de los panes, dando de comer a los necesitados y trabajando por un mundo más humano. Es el signo que legitima a la Iglesia como cristiana o mesiánica. Si los antiguos beneficiarios del signo de Jesús lo malentendieron a la luz de sus criterios humanos, hoy también existe este peligro.


Dr. D. Antonio Rodríguez Carmona