sábado, 18 de marzo de 2017

III Domingo de Cuaresma


Conocer el don de Dios: el Espíritu santo

El compromiso cuaresmal implica, entre sus objetivos más importantes, conocer mejor el don de Dios y examinar la acogida que le estamos haciendo. Es un conocimiento que debe llenarnos de una alegría dinámica, que inspire y mueva toda la vida cristiana, como enseñó Jesús en la parábola del tesoro escondido (Mt 13,44). En la fiesta de Pascua agradeceremos este don de Dios, pero es necesario que previamente profundicemos en su conocimiento.
A esto nos invita la liturgia de hoy: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva... el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» En otro lugar nos  aclara cuál es este don que mana hasta la vida eterna, el Espíritu Santo, fruto de su resurrección: «  El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado. » (Jn 7,37-39).
        La segunda lectura abunda en esta idea: El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado,  es decir, gracias a la muerte de Cristo, en el bautismo hemos recibido el Espíritu que ha transformado nuestro corazón haciéndolo partícipe del amor de Dios.  Participamos el ADN divino. Somos hijos de Dios. El Espíritu Santo nos da nueva vida y nos capacita para vivir de acuerdo con ella. No nos saca de este mundo, pues la nueva vida hay que vivirla entre los hombres, humanizando la historia humana. En esta tarea el Espíritu es manantial permanente que ilumina y fortalece para las tareas que hay que desarrollar en las diversas facetas de la vida. Esto da sentido a nuestra vida, sabiendo de dónde venimos y a dónde vamos, incluso en las dificultades propias de toda existencia humana, porque Dios hace cooperar todas las cosas para el bien de los que le aman (Rom 8,28). Esta es el agua que verdaderamente sacia la sed existencial que tiene el ser humano, sediento de felicidad y murmurando frecuentemente por ella (primera lectura).
De esta forma la vida cristiana tiene carácter cultual, propia de verdaderos adoradores que adoran a Dios en Espíritu y verdad. Realmente lo que Dios espera de cada uno es nuestro amor, y esto lo podemos realizar porque el Espíritu  nos capacita para vivir una existencia dedicada a la verdad,  es decir, a hacer la voluntad de Dios, trabajando por el bien de los hermanos.
La Eucaristía es el acto principal del pueblo cristiano, pueblo sacerdotal, en el que realiza su culto en Espíritu y verdad. En ella hay dos peticiones importantes al Espíritu Santo (epíklesis), en la primera le pedimos que haga presente la ofrenda existencial de Jesús, transformando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, en la segunda le pedimos que una a ella a todos los presentes que quieran participar.

D. Antonio Rodríguez Carmona

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