
EL MIÉRCOLES DE CENIZA llega sin ruido, como una verdad dicha en voz baja.
No trae música ni luces, sino un gesto sencillo: un poco de ceniza sobre la
frente, un signo humilde que nos recuerda quiénes somos. Polvo que habla de la
vida que pasa, de los días que se escapan entre las manos, de las prisas que a
veces nos alejan de lo esencial. Y, sin embargo, también habla de esperanza,
porque Dios no se cansa de esperarnos.
Hoy la Iglesia nos invita a detenernos. A mirarnos por dentro sin miedo,
con sinceridad. A reconocer nuestras fragilidades, nuestras heridas, nuestras
incoherencias… no para quedarnos en ellas, sino para dejarlas en manos de un
Dios que siempre ofrece un comienzo nuevo.
La ceniza no es derrota: es camino. Es la señal de que queremos volver, de
que deseamos limpiar la mirada, ablandar el corazón, aprender a amar mejor. En
medio del ruido del mundo, la Cuaresma empieza como un susurro que dice:
“todavía estás a tiempo”.
Quizá este día nos encuentre cansados, distraídos o incluso con dudas. No
importa. Dios trabaja también con lo pequeño, con lo imperfecto, con lo que
apenas parece suficiente. Basta un gesto, un deseo sincero, una oración
sencilla para que Él empiece a hacer nueva la vida.
Que la ceniza sobre nuestra frente no sea solo un signo exterior, sino una
puerta abierta: a la reconciliación, al silencio que sana, a la caridad que
transforma, a la alegría profunda de sabernos amados.
Porque del polvo venimos… y en las manos de Dios, incluso el polvo puede
volver a florecer.
= Javier Leoz =
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