lunes, 13 de enero de 2020

Sacramento del Bautismo



                                                                 Camino hacia la felicidad
Muchas personas se preguntan si tiene algún sentido bautizar a un niño que ni se entera de lo que está sucediendo, ni lo ha solicitado por sí mismo. En una cultura tan individualista y tan poco comunitaria como la nuestra, es lógica la pregunta. Por su parte, también la teología deberá mostrar en este tema una mayor creatividad teniendo en cuenta que el sujeto, en el caso del bautismo de los niños es, de alguna manera, un sujeto compartido: padres-hijo con vistas a promover más tarde un sujeto autónomo. El niño no está solo.
Todo en el niño está llamado a crecer y desarrollarse; también la fe y el modo de vivirla. De ordinario, los padres deciden lo que creen que es mejor para el niño. Esto no sólo en el plano de los cuidados físicos y el alimento, sino también en la educación de los valores que lo capacitaran para caminar después de forma personal por la vida. La cosa es importante porque se trata de ir hacia la felicidad que todo hombre busca.
En la vida de la pareja, siempre es relevante la llegada de un nuevo hijo. Es una ocasión privilegiada para que sentimientos y pensamientos –profundos e intensos– se agolpen en el interior de los padres durante los primeros meses. Contemplan el misterio maravilloso de una vida ¡del no existir al existir! de una persona que llega a este mundo especialmente ligada a ellos. Luego se da, tanto la alegría de una vida nueva querida, como la inquietud esperanzada por el futuro de ese hijo. « ¿Qué será, será…? Es alguien que comienza el camino, ¿hacia dónde? ¿Sólo crecer sano, trabajar y sobrevivir hasta la tercera edad? ¿Hacia dónde vamos él y nosotros?. ¿Qué es la vida?. Cuando los padres desde su peculiar modo de ser (nivel cultural, formación religiosa, madurez humana, psicología particular…) relacionan con Dios este hecho de la vida, cumplen con su parte en el sacramento.
El contacto con Dios es el verdadero sacramento, dice Simone Weil. En cierto sentido, se puede decir que, por la educación en los valores trascendentales y solidarios, los padres van comunicando al hijo el «espíritu santo». Es como sembrar la Palabra de Dios en él y cultivarla. Ese es el compromiso de los padres.

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