jueves, 14 de septiembre de 2017

La Exaltación de la Santa Cruz




 - 14 Septiembre

Este día nos recuerda el hallazgo de la Santa Cruz en el año 320, por parte de Santa Elena, madre de Constantino. Más tarde Cosroas, rey de Persia se llevó la cruz a su país. Heraclio la devolvió a Jerusalén.-

El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además la Resurrección, más que la Cruz, da sentido a nuestra vida.-

Pero ahí está la Cruz, el escándalo de la Cruz, de San Pablo. Nosotros no hubiéramos introducido la Cruz. Pero los caminos de Dios son diferentes. Los apóstoles la rechazaban. Y nosotros también.-

La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor.-

Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un tremendo misterio.-

Jesús, en plena juventud, es eliminado y lo acepta para abrirnos el paraíso con la fuerza de su bondad: "En plenitud de vida y de sendero dio el paso hacia la muerte porque El quiso. Mirad, de par en par, el paraíso, abierto por la fuerza de un Cordero" (Himno de Laudes).-

En toda su vida Jesús no hizo más que bajar: en la Encarnación, en Belén, en el destierro. Perseguido, humillado, condenado. Sólo sube para ir a la Cruz. Y en ella está elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e infundirnos esperanza. Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la Cruz para adoctrinarnos olímpicamente, con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.-

Pero el discípulo no es de mejor condición que el maestro, dice Jesús. Y añade: "El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". Es fácil seguir a Jesús en Belén, en el Tabor. ¡Qué bien estamos aquí!, decía Pedro. En Getsemaní se duerme, y, luego le niega.-
"No se va al cielo hoy ni de aquí a veinte años. Se va cuando se es pobre y se está crucificado" (León Bloy). "Sube a mi Cruz. Yo no he bajado de ella todavía" (El Señor a Juan de la Cruz). No tengamos miedo. La Cruz es un signo más, enriquece, no es un signo menos. El sufrir pasa, el haber sufrido -la madurez adquirida en el dolor- no pasa jamás. La Cruz son dos palos que se cruzan: si acomodamos nuestra voluntad a la de Dios, pesa menos. Si besamos la Cruz de Jesús, besemos la nuestra, astilla de la suya.-
Es la ambigüedad del dolor. El que no sufre, queda inmaduro. El que lo acepta, se santifica. El que lo rechaza, se amarga y se rebela.-


Himno (laudes)

Brille la cruz del Verbo luminosa,
Brille como la carne sacratísima
De aquel Jesús nacido de la Virgen
Que en la gloria del Padre vive y brilla.

Gemía Adán, doliente y conturbado,
Lágrimas Eva junto a Adán vertía;
Brillen sus rostros por la cruz gloriosa,
Cruz que se enciende cuándo el Verbo expira.

¡ Salve cruz de los montes y caminos,
junto al enfermo suave medicina,
regio trono de Cristo en las familias,
cruz de nuestra fe, salve, cruz bendita!

Reine el señor crucificado,
Levantando la cruz donde moría;
Nuestros enfermos ojos buscan luz,
Nuestros labios, el río de la vida.

Te adoramos, oh cruz que fabricamos,
Pecadores, con manos deicidas;
Te adoramos, ornato del Señor,
Sacramento de nuestra eterna dicha. Amén

ORACIÓN

. Señor, Dios nuestro, que has querido salvar a los hombres por medio de tu Hijo muerto en la cruz, te pedimos, ya que nos has dado a conocer en la tierra la fuerza misteriosa de la Cruz de Cristo, que podamos alcanzar en el cielo los frutos de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.-

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Poesía “Signum Crucis”


“Para que el mundo se salve por ÉL” 

[…] Hecho hombre por amor a los hombres, 
regaló la plenitud de su vida humana 
a las almas que escogió.

Él, que formó cada corazón humano, 
quiere un día manifestar 
el sentido secreto del ser de cada uno 
con un nombre nuevo que sólo comprende el que lo recibe (Ap 2,17).

Se unió a cada uno de los elegidos 
de una manera misteriosa y única.

Sacando fuerzas la plenitud de su vida humana, 
nos regaló la cruz. 

¿Qué es la cruz?

El signo del mayor oprobio. 
El que entra en contacto con ella 
es rechazado por los hombres.

Los que un día Lo aclamaron 
se vuelven contra Él con pavor y no Le conocen de nada. 
Les es entregado sin defensa a sus enemigos. 
Sobre tierra no le quedan nada más 
que los sufrimientos, los tormentos y la muerte. 

¿Qué es la cruz?

El signo que señala el cielo. 
Muy por encima del polvo y las brumas de aquí abajo 
se eleva alta, hasta la luz más pura. 
Abandona pues lo que los hombres pueden coger, 
abre las manos, estréchate contra la cruz: 
ella te lleva entonces 
hasta la luz eterna. 

Levanta la mirada hacia la cruz:

Ella extiende sus travesaños 
a manera de un hombre que abre los brazos 
para acoger al mundo entero. 
Venid todos, vosotros que penáis bajo el peso de la carga (Mt 11,28) 
y también los que gritáis, sobre la cruz con Él.

Ella es la imagen de Dios que, crucificado, se quedó lívida. 
Ella se eleva de la tierra hasta el cielo, 
como El que subió al cielo 
y quiso llevarnos allí a todos juntos con Él. 

Abrazando solamente la cruz, lo posees a Él, 
el Camino, la Verdad, la Vida (Jn 14,6). 
Si llevas tu cruz, es ella quien te llevará, 
será tu gloria. 

(Santa Teresa Benedicta de la Cruz)


martes, 12 de septiembre de 2017

Sobre Ti, María

                         


                                                                 
 Me han dicho que escriba sobre Ti, María. Sí, eres la Madre del mundo mundial pero no puedo evitar el gran amor a la mía que me pusisteis para que yo naciera. Si me preguntara Dios a quien quiero más de este mundo, Le diría con honestidad que a mi madre terrenal; si me preguntara a quién salvaría, diría que a Ti, por ser la Madre que dio a luz al Salvador de mi Vida.

Ahora puedo decir que sin Ti María sería imposible vivir. Necesito de tu amor por el alma de mis padres, mis hijos y del mundo; necesito de tu obediencia, humildad y silencios para superarme cada día. 

Tal vez te utilizo, tal vez te pido demasiado, pero créeme que te alabo hasta lo indecible, pues como mujer, esposa y madre, eres el ejemplo universal.

 Perdóname si a veces los Rosarios se me hacen tan largos que no soy capaz de terminarlos porque me duermo como un “cesto”, pero sé que con la intención de hacerlo por mi alma, te vale.

También imagino lo enfadada que debes estar con estos hijos que el Tuyo te dejó en prenda, es cierto, somos una verdadera calamidad; Tú repites y repites lo que se avecina y nosotros “ancha es Castilla”… ¡Qué barbaridad! 

Ya dijo Jesús que los sanos no necesitaban médico… Pues María si no es por Ti, ni toda la Seguridad Social médica mundial podrían hacer nada por nadie.

 Gracias por tu paciencia y amor por los “desastres más desastrosos que andamos por aquí”.

T.Q. 

   Emma Díez Lobo


lunes, 11 de septiembre de 2017

El milagro


                                                                            

Si ellos, los abogados del diablo en Roma, llegaron a rendirse ante milagros acaecidos en el mundo y por tales hechos proclamaron Santos, no comprendo cómo hay millones de personas que duden de la verdadera intervención Divina.

 Recuerdo a Santo Tomás el apóstol, él es la imagen de la incredulidad:    

“Si no lo veo no lo creo”… Y yo digo: ¡Pues ve y entérate que no es tan difícil! 

Lo que sucede es que no hay interés en la verdad… Pero “alucina”, estos mismos son los que simplemente por oír hablar al vecino de turno, dan crédito al testimonio… Me quedo perpleja. Los milagros de Jesús siempre fueron relatados por testigos directos (excepto Lucas a quien la Virgen le contó).
       
Lo mejor es cuando intentan dar explicación a lo inexplicable con argumentos geniales de casualidades imposibles, mucho más difíciles que los simples milagros. En fin ¡Dios, ten paciencia!, ya caerán por su propio peso como cayeron los más acérrimos científicos ateos.

A la real evidencia de hechos Divinos, no hay que buscarle inventos racionales porque no los tiene, no hay que temer al milagro: Todo aquél que intente saber y averiguar, acaba creyendo. 

Y sí, me da pena esa gente sin fuerza espiritual (débiles), de los que se aprovecha Satán por no recibir a Jesús para decir después: No tengo fe… ¡A ver, normal!  

La FE Cristiana te da la explicación verdadera de todo sin estrujarte el cerebro. ¡Acoge a Jesús y la tendrás! No dejes de dar el único y máximo valor a Dios: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Milagro de conversión, sólo Dios lo hace.  


Emma Díez Lobo

sábado, 9 de septiembre de 2017

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario






La Iglesia es santa y pecadora.
Postura ante el pecado: corrección fraterna


La Iglesia es a la vez santa y pecadora. Es importante mantener siempre ambos extremos, pues si nos que damos sólo con el primero se puede caer en una secta puritana y si nos quedamos sólo  con el segundo en el pesimismo.

Es santa porque está compuesta por personas  convocadas por Jesús para hacer la voluntad del Padre, personas incorporadas por el Espíritu Santo en el bautismo a Cristo resucitado, personas que se reúnen en el nombre de Jesús donde él está dinámicamente presente (Evangelio), por lo que forman la familia de Dios padre y son templo vivo de Dios. El Espíritu Santo, que es alma de la Iglesia, la ayuda a crecer constantemente en la realización de su vocación, que es la santificación creciente, que se resume en crecer en el amor (segunda lectura cf. 1 Tes 4,3).

Pero también es pecadora.  Basta apelar a nuestra experiencia de cada día. Es interesante constatar que en el evangelio de Mateo, siempre que Jesús habla de hermano, lo hace en contexto de ofensa o perdón, es decir, Jesús tiene una idea muy real de lo que somos sus discípulos (5,22.23-24; 7,4-5; 18,15.21.35). Esto explica el interés de Mt por las situaciones de mezcla (trigo y cizaña, peces buenos y malos, vírgenes sabias y necias, invitados al banquete con o sin vestido de fiesta...). 

¿Qué hacer ante el pecado del hermano? Jesús nos ofrece una serie de normas para afrontar la situación: Hay que amar siempre al hermano pecador; aunque peque, no deja de ser hermano.   Hay que ver la manera de salvar al hermano que comete el mal, pues no es voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, de que perezca ninguno de los pequeños (Mt 18,14). No hay que condenarlo como definitivamente perdido y sin remedio: No juzguéis y no seréis juzgados (Mt 7,1); la razón es que no conocemos suficientemente el corazón del hombre y nos exponemos a arrancar trigo, creyendo que arrancamos cizaña. Esta tarea se la reserva Jesús en el juicio final (Mt 13,28-30). Queda totalmente excluida la crítica negativa y despiadada, que sólo es expresión de envidia y falta de amor. Una madre puede reconocer  el pecado de su hijo, pero jamás se dedicará a darlo a conocer. Finalmente la corrección fraterna y el perdón.  El Evangelio de hoy subraya la corrección fraterna y el del próximo domingo hablará del perdón.

La corrección fraterna es importante en la vida cristiana. Ante el pecado del hermano no vale quedar impasible, si realmente se le ama, pues se está autodestruyendo. En la 1ª lectura el texto de Ezequiel recuerda que somos corresponsables del hermano y obligados a corregirle. Jesús igualmente nos manda la corrección fraterna, que  hay que hacer de la forma más delicada posible, buscando sólo el bien del hermano; de aquí la gradación que propone. A veces no da resultado, porque no se hace con amor y todos tenemos un quinto sentido que capta el sentimiento del corazón por encima de las palabras más o menos correctas o amables con que se corrige.  No se trata de corregir cualquier desvío pequeño, sino algo grave, que puede hacer daño a la comunidad. Por eso, si tampoco diere oídos a la comunidad eclesial, míralo como al gentil o publicano o no perteneciente de hecho a la comunidad, puesto que realmente se ha autoexcluido de ella con su comportamiento. Os digo con toda verdad que cuánto atareis sobre la tierra, será atado en el cielo, y cuanto desatareis sobre la tierra, será desatado en el cielo (Mt 18,17b-18).

La comunidad cristiana tiene que caminar de forma realista, consciente de la presencia del Espíritu que la santifica y la empuja a luchar siempre contra el pecado presente en ella.

En esta tarea la Eucaristía tiene un papel importante, pues en cada celebración el Espíritu nos purifica y fortalece para hacer de nuestra existencia un sacrificio existencial, unido al de Cristo.


Dr. Antonio Rodríguez Carmona



viernes, 8 de septiembre de 2017

Un año lleno de gracias


Llega a su término el Año jubilar del Saliente, que la Penitenciaría Apostólica del Santo Padre concedió al Santuario de Nuestra Señora de los Desamparados y del Buen Retiro, con motivo del cumplimiento de los trescientos años desde que la sagrada imagen de la Virgen llegara a su casa de Monte Roel, en la Sierra de las Estancias. La fiesta de la Natividad de la Virgen abría el Año jubilar y esta misma fiesta mariana lo cierras con la misa estacional que el Obispo diocesano y la impartición de la bendición apostólica.

Hasta las plantas de la Virgen han llegado peregrinos de las parroquias de todas las comarcas de la diócesis almeriense y son muchos los peregrinos venidos de lugares cercanos y lejanos al santuario de la Señora. Aquí han llorado de emoción y han suplicado a la Madre del Redentor les conceda vivir con el gozo de tener salud o recobrarla, para sí y para sus seres queridos. Le han pedido fidelidad conyugal y que los hijos crezcan sin la perturbación del mal moral que aqueja a una sociedad permisiva y violenta, donde todo parece valer lo mismo y el pensamiento y los hábitos de los que se impone como correcto y necesario para estar al día, socaban la fe y desvían la conducta cristiana a la peligrosa zona donde se pierde el criterio. Le han suplicado maternal ayuda para recobrar la paz de conciencia, cuando las tormentas de la vida azotan la conciencia y arrastran las convicciones de fe a la insegura zona de la duda y el escepticismo.

Han acudido grupos de fieles de las comunidades parroquiales acompañados de sus sacerdotes, y éstos y los fieles le han pedido a la Virgen vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, encomendándole la salud espiritual de los jóvenes, amenazados por la ideología de género y por la promiscuidad, destinatarios de una visión de la fe cristiana sectaria y laicista, fruto de los prejuicios históricos que perduran y de la proclividad del ser humano a repetir los mismos errores que sus antepasados.

Los cristianos no podemos confiar tan sólo en los sentimientos religiosos, sino aprender en la escuela de María que la fe debe iluminar estos sentimientos. Debemos examinar cada día qué intereses orientan nuestra oración y nuestra relación con Dios, fundamento de una vida recta y de una convivencia fundada sobre la voluntad de Dios. Hemos de examinar si nuestra súplica a la Virgen está separada de una vida recta y en justicia ante Dios. El Año jubilar concluye, pero si no hemos revisado la vida para ajustarla a la voluntad de Dios y cumplir los mandamientos, no habremos alcanzado el objetivo del Año jubilar, es decir, la renovación de vida.

Vivimos bajo la presión de una cultura de la diversidad impuesta dogmáticamente como más provechosa y benéfica que una cultura homogénea, pero para que sea provechosa no puede ser impuesta a costa de relativizar la visión cristiana de la vida, mayoritaria entre nosotros, por eso los cristianos corremos el peligro de acomplejarnos ante la incitación al relativismo como alternativa a la concepción cristiana de las cosas, si no reaccionamos. El año jubilar ha puesto de manifiesto que las raíces cristianas de nuestra cultura son hondas y siguen siendo mayoritarias, aunque el indiferentismo inducido desde los medios de comunicación por élites y sectores culturales y políticos beligerantemente anticristianas plantea no pocos obstáculos y dificultades a quien quiera vivir conforme al espíritu y la letra del Evangelio. La falta de formación religiosa no la vamos a suplir con los sentimientos religiosos, es necesaria la acogida con apertura de corazón de las enseñanza de la Iglesia y sincera voluntad de vivir según las exigencias de la fe que profesamos.

La Virgen María es el modelo y la figura de fiel cristiano, porque es figura y madre de la Iglesia, ejemplo vivo de apertura a la palabra de Dios y a la acción del Espíritu en nuestro interior. Ojalá que el Año jubilar que ahora clausuramos deje como fruto el compromiso de cada peregrino al Saliente de obtener mediante la conversión a Dios una mayor apertura de alma y corazón a la palabra del Evangelio, para que sea Dios el que guíe siempre nuestro camino hacia él y sostenga una relación con nuestro prójimo ajustada a la voluntad divina. Es cierto que es costoso vivir contracorriente, pero en este Año jubilar hemos vivido la beatificación de los Mártires del siglo XX en Almería, que estimulan con su ejemplo y la ayuda espiritual de la Reina de los Mártires nuestro compromiso. Sacerdotes y religiosos, fieles laicos, hombres y mujeres que dieron testimonio de Cristo en circunstancias adversas infinitamente más arriesgadas que las nuestras, por eso han sido asociados al triunfo de Cristo: “Ellos le vencieron (al Maligno) gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio que dieron, porque no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12,11).

La Virgen nos acoge bajo su regazo, como Madre de los Desamparados, para arropar nuestras vidas cuando la inclemencia de las dificultades amenace son enfriar la fe y dejar gélida el alma. Acudamos a ella y dejémonos guiar por ella, que una vez y otra nos recordará que hemos de ir a Jesús y hacer lo que él nos ha dicho ayer y nos dice hoy y nos dirá siempre: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en é, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.” (Jn,15,5). Así, pues, María no puede menos de llevarnos a su Hijo, pues lo llevó en su vientre y lo dio a luz para que nosotros tengamos vida por él.

† Adolfo González Montes
Obispo de Almería


lunes, 4 de septiembre de 2017

Re­to­mar el ca­mino con es­pe­ran­za



Sep­tiem­bre es tiem­po de re­to­mar el ca­mino. Aho­ra los días vie­nen mar­ca­dos por la reanu­da­ción de la nor­ma­li­dad, por­que el nue­vo cur­so ya lo te­ne­mos en­ci­ma… Nos mar­ca el cur­so es­co­lar que da es­ta­bi­li­dad a los ho­ra­rios fa­mi­lia­res y a la vida de las co­mu­ni­da­des cris­tia­nas y has­ta al dis­cu­rrir de los días en el pue­blo y en la ciu­dad. Las va­ca­cio­nes se aca­ban y es­pe­ra­mos que nos ha­yan dado fuer­zas para se­guir ca­mi­nan­do. Aho­ra mi­re­mos el tiem­po que te­ne­mos de­lan­te y que siem­pre es tiem­po de gra­cia, re­ga­lo de Dios. Lo ex­pre­sa bien S. Pa­blo: “Ol­vi­dán­do­me de lo que que­da atrás y lan­zán­do­me ha­cia lo que está por de­lan­te, co­rro ha­cia la meta, ha­cia el pre­mio, al cual me lla­ma Dios des­de arri­ba en Cris­to Je­sús” (Fil 3,13-14). Sin pe­re­zas ni desáni­mos, de­be­mos es­tar a pun­to para re­to­mar con re­no­va­da es­pe­ran­za las pro­gra­ma­cio­nes y ac­ti­vi­da­des más ha­bi­tua­les, y vi­vá­mos­lo todo des­de el com­pro­mi­so de ser­vir y de amar, para que la fe sea atra­yen­te.

Nece­si­ta­mos creer que el he­roís­mo exis­te y que la gra­cia de Dios lo hace po­si­ble. ¿He­mos co­no­ci­do tes­ti­mo­nios que nos alien­tan por par­te de ami­gos, de fa­mi­lia­res, de per­so­nas que aman y que se dan de for­ma ge­ne­ro­sa y a ve­ces he­roi­ca? Pen­se­mos en per­so­nas ge­ne­ro­sas en gra­do ex­tre­mo: un ma­tri­mo­nio ya ma­yor que se ha ani­ma­do a re­ci­bir una niña jo­ven­ci­ta en aco­gi­da, en su casa, y le ha­rán de pa­dres/​abue­los; le han abier­to su casa, y so­bre todo su co­ra­zón; aquel jo­ven que arries­gó y per­dió su vida en un aten­ta­do te­rro­ris­ta por­que plan­tó cara, y otros se pu­die­ron sal­var; un ma­tri­mo­nio que to­das sus va­ca­cio­nes las de­di­ca­ron en una mi­sión afri­ca­na, para que los que du­ran­te el año es­tán allí, pu­die­ran des­can­sar un poco; unos ami­gos que tie­nen ya cin­co hi­jos y han ido a bus­car un sex­to, sin mie­do al fu­tu­ro; un jo­ven que ha de­ci­di­do se­guir a Cris­to has­ta las úl­ti­mas con­se­cuen­cias y en­tra­rá en la co­mu­ni­dad for­ma­ti­va para ser sa­cer­do­te; un es­po­so a quien su mu­jer ya casi no lo co­no­ce por cau­sa de una en­fer­me­dad de­ge­ne­ra­ti­va, pero él cada día está allí, siem­pre a su lado, con un amor pu­ri­fi­ca­do y ser­vi­cial; y aque­lla ma­dre que no ha te­ni­do va­ca­cio­nes, que asu­me el es­tig­ma del hijo en la cár­cel y cada se­ma­na va a vi­si­tar­lo aun­que él no siem­pre se lo agra­de­ce, pero ella es fiel. Y así mu­chos ca­sos de he­roís­mos ca­lla­dos, lu­mi­no­sos, que no sa­len en los no­ti­cia­rios pero que re­ve­lan lo me­jor de la hu­ma­ni­dad. Y Dios está sos­te­nien­do, re­crean­do, ve­lan­do es­tas vi­das en­tre­ga­das… por­que ¡Dios es amor!

Y si to­dos hi­cié­ra­mos algo más de lo que pa­re­ce jus­to y equi­ta­ti­vo? Hay gen­te ge­ne­ro­sa, que por Je­sús hace co­sas, toma com­pro­mi­sos, que pa­re­cen lo­cu­ras. De­be­ría­mos ser gen­te arries­ga­da por cau­sa del Evan­ge­lio. Hay mu­chos, más de los que pen­sa­mos. “El Reino de Dios está en me­dio de vo­so­tros” (Lc 17,21). Y yo ¿no ama­ré algo más, no me sa­cri­fi­ca­ré un poco más, no daré un poco de mi tiem­po a los que me ro­dean, en la pa­rro­quia, en el pue­blo, a los de­más, en la mul­ti­tud de co­sas que pue­do ha­cer y qué debo ha­cer? ¿Qué tie­ne que sig­ni­fi­car para mí amar como Je­su­cris­to nos ama, con obras y de ver­dad? ¿Qué con­ver­sio­nes y qué cre­ci­mien­tos me urge mi fe? Tenemos un cur­so por de­lan­te, y sa­be­mos que Dios siem­pre está cer­ca de no­so­tros. Se nos avan­za con su amor. Amar es aco­ger este amor que por el Es­pí­ri­tu San­to ha­bi­ta ya en no­so­tros, y ha­cer­lo fruc­ti­fi­car. To­dos po­de­mos vi­vir el don del amor. To­dos po­de­mos amar más y me­jor, vi­vien­do en su amor. De­be­mos ir más le­jos, siem­pre mu­cho más le­jos, de lo que ya he­mos re­co­rri­do. ¡Bue­na reanu­da­ción del cur­so!

+ Joan E. Vi­ves
Ar­zo­bis­po de Ur­gell