miércoles, 3 de agosto de 2016

Beneficios de Dios para con su pueblo (Dt 32, 1-12)




Este hermoso  cántico del Deuteronomio, escrito por Moisés a su pueblo, recoge aquí un reproche por su mal comportamiento.

Comienza con las palabras del Shemá: ¡Escuchad cielos y hablaré! ¡Oye tierra los dichos de mi boca!

Y pide el descenso de la Palabra cual doctrina, igualándola a una lluvia fina, a un orvallo sobre la hierba. Incluso solicita su transformación en el rocío de la mañana. Palabra que nos recuerda el Salmo 110 cuando dice: “…yo mismo te engendré como rocío antes de la aurora...”, identificándola con Jesucristo.

Y que también nos recuerda el Credo cuando dice: “…engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre…”

  Y, continuando con el texto, el siguiente versículo dice:”…Voy a proclamar el nombre del Señor…” Es curioso: dice “proclamar”. La única palabra que se proclama en la Escritura es el Evangelio. Recordamos en la santa Misa cuando se va a proceder a dar lectura al Evangelio, y se dice: PROCLAMACIÓN DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN…y Moisés, unos cuanto siglos antes, ya identifica el Nombre del Señor con el Evangelio, que no conoció.

Todo esto para decir que el Señor Jesús, identificado con su Palabra, que es el Evangelio, fue profetizado ya desde los primeros tiempos por profetas como Moisés, o Isaías, o Jeremías, en diversos textos de la Escritura. Y es la belleza de su Palabra, que cual jeroglífico, está velada, la que, una vez roto el velo del Templo, con la muerte de Jesús, se nos presenta en extensa plenitud, anegándonos el alma.

El cántico continúa recordando que Dios, en la creación distribuye a los hijos de Adán trazando las fronteras de las naciones. Y Él se reserva un pueblo: el pueblo de Israel. Este pueblo que luego le traiciona, que cae en la idolatría, que adora al becerro de oro; este pueblo que propiciará la venida de Jesucristo en las entrañan purísimas de María, su madre y nuestra Madre. Este pueblo somos nosotros también como herederos suyos, con sus virtudes, sus caídas, sus traiciones y sus vicios. Y, a pesar de ello, Dios se enamora de este pueblo. Lo que no perdonó a los ángeles, lo perdona en nosotros.

 Por eso dice el Salmo 8: “…lo hiciste poco  inferior a los ángeles, le coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies…”.

Texto   que refiere a Jesucristo en cuanto hombre, y que también nos refiere a nosotros, como hombres que somos. Jesucristo coronado con la corona gloriosa del martirio.

Que luego recogerá Pablo diciendo: “…Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies…”

 El pueblo elegido, Israel, nosotros, estábamos en una “soledad poblada de aullidos”, dice el cántico. Sólo había aullidos, de lobos, y el pueblo se encontraba sólo. Pero no estaba solo. Dios lo rodeó cuidando de él, guardándolo como a las niñas de sus ojos.

No puedo por menos que ir al texto, que dice así:

Lo encontró en una tierra desierta
en una soledad poblada de aullidos, lo rodeó cuidando de él
lo guardó como a las niñas de sus ojos
como el águila incita a su nidada, revolando sobre sus polluelos
así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas

Así nos recoge Jesucristo, con sus alas, que son sus brazos extendidos en la Cruz, haciéndose pecado por nosotros, para que nuestro pie ni siquiera tropezase en piedra alguna, (Sal 90).

Bendito Dios, que saca bien del mal, que es Omnipresente en el tiempo, como vemos en la consecución de acontecimientos, y que para Él es el eterno presente.

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno



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