viernes, 20 de septiembre de 2019

Los caminos del silencio





"Necesitamos imperiosamente volver a encontrar los caminos del silencio. El primer nivel de este silencio está al alcance de todos y no precisa una lectura de sabios tratados sobre el tema. No esperar a «reventar» para inventar, al menos periódicamente, otra forma de vivir y hacer de nuestras vacaciones, por ejemplo, un tiempo verdadero de descanso para el cuerpo y el espíritu. Primera forma de desintoxicación del ruido.

Volver a encontrar el sabor de los placeres senci­llos. El de andar muy temprano por la mañana a la ori­lla del mar. Respirar por todos los poros de la piel el perfume de los aromas de nuestra tierra natal.

Oír el rugir de las olas o el chapoteo regular del flujo y reflujo, eco de nuestra historia multimilenaria. Oír el silencio de las montañas nevadas cuya majestad cuenta la pequeñez del hombre y también su grandeza, pues es capaz de pensar en ella.

Vagar por el campo. Preferir los pequeños senderos encajonados a las luces de los casinos. Acercarse con paso lento a un manantial. Admirar la delicadeza de las nerviaciones de una hoja, la laboriosa habilidad de una hormiga, la perfección de una flor, una tela de araña en la que el rocío ha depositado perlas de luz.

Volver a encontrar algunas virtudes en la pereza dis­frutando de quedarse en la cama hasta tarde. Acostarse en la hierba al pie de los grandes árboles. Y allí, con la frente vuelta hacia el cielo, dejarse acariciar por el viento, abrazarse con el apacible balanceo de las ramas. No pen­sar en nada. Ser sencillamente un árbol. Captar la energía vital de su savia que sube desde las raíces al asalto de la cima. Convertirse por algunos momentos en esa asom­brosa encrucijada del reino mineral, vegetal y animal.

Placer de conversar con un viejo sentado a la puerta de su casa. Unirse a una partida de petanca con la gente del terruño. Volver a encontrar los gestos simples de la felicidad, de saborear la densidad y lo imprevisto de lo cotidiano. Saborear el encanto y la humilde penumbra de una capilla cuya llave hemos tenido que ir a buscar en casa de una vecina. Callarse. Callarse. Sumergirse en el silencio como en un baño que regenera.

Librarse de la tiranía de la «tele» o el celular para tejer de nuevo los lazos familiares con tanta frecuencia deshe­chos por las exigencias y los horarios del trabajo. Rela­jarse y reír juntos. Jugar al parchís, coger de la mano al más pequeño para correr, a merced del viento, por las campiñas perfumadas o leer con él, sentados en el suelo, su último tebeo.

Pero veremos que este descanso psíquico solo es una etapa. El silencio no es únicamente ausencia de ruidos. Tiene que acompañarle el silencio psicológico para abrirse sobre los otros niveles del silencio, el de la con­ciencia y el del alma o del «corazón» que escucha al Espíritu".

M Bault

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