La profecía de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, se ha
cumplido. Jesús es el Mesías prometido por Dios para que la “salvación alcance
hasta el confín de la tierra” (Is 49,6). De ello nos da testimonio Juan el
Bautista en el evangelio (cfr. Jn 1,29-34). Es un triple testimonio: a) lo
reconoce como Cordero de Dios, es decir, como único sacrificio que puede expiar
nuestros pecados; b) como ungido por Dios en su bautismo al bajar sobre el
Espíritu santo; c) al reconocer a Cristo como Hijo de Dios. Jesús es nuestro
salvador. San Pablo se lo recuerda a los cristianos de la iglesia de Corintio:
“a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en
cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y
nuestro” (Cor 1,1-3). Ser cristiano es reconocer a Jesucristo como Señor. Él es
quien nos santifica.
Como aplicar este evangelio en nuestra vida. El evangelio nos recuerda las
palabras de Benedicto XVI en su primera encíclica: “No se comienza a ser
cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida”
(Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1). Ser cristiano no es hacer cosas o
tener unas determinadas ideas. Ser cristiano es, antes que nada, haberse
encontrado con Cristo y reconocer en él al único que puede dar sentido a mi
vida. Esto tiene una aplicación práctica: yo no tengo el control de mi vida. No
son mis planes, mis proyectos, mis trabajos, mis devociones, las que me
santifican. El único que me santifica (que me salva) es Cristo. Por eso podemos
repetir como letanía de esta semana las palabras del salmo: “para hacer tu
voluntad” (Salmo 39, 8b). Santificar nuestra vida no es otra cosa que buscar la
voluntad de Dios, los planes de Dios en mi vida, y ponerlos en práctica. Amén.
Fermín Jesús González Melado
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