No señala con el dedo, no acusa, no humilla.
Se ofrece.
Cargando sobre sí aquello que nos pesa,
aquello que no supimos amar,
aquello que rompimos por miedo, por orgullo o por cansancio.
El pecado no siempre grita; a veces susurra.
Se esconde en las pequeñas renuncias al bien,
en las palabras que no dijimos,
en las manos que no tendimos,
en la comodidad que elegimos antes que la verdad.
Somos frágiles.
Nos equivocamos.
Tropezamos una y otra vez con la misma piedra
y aun así seguimos teniendo sed de luz.
Y es ahí donde aparece el Cordero.
Manso, silencioso, fiel.
No viene a negar nuestra herida,
sino a atravesarla con misericordia.
No borra nuestra historia,
la redime.
No nos pide perfección,
nos pide el corazón.
Mirarlo es dejarse mirar.
Y en esa mirada nace la conversión:
no como miedo al castigo,
sino como deseo de volver a casa.
Convertirse es girar el alma hacia el Amor,
atreverse a empezar de nuevo,
creer que el bien aún es posible
porque Él ya ha cargado con nuestro mal.
Este es el Cordero de Dios.
El que quita el pecado del mundo
y también el mío.
El que no se cansa de esperarnos.
El que transforma nuestra fragilidad
en lugar de encuentro,
y nuestras caídas
en camino de resurrección.
Es más, mucho más,
la fuerza de un DIOS que levanta
a todo aquello que nos arrastra.
¡Menos mal!
Javier Leoz

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