Me refiero a los “Therians” o personas que sienten una fuerte
conexión con el instinto animal que puede llegar a manifestarse en su forma de
vestir o de caminar. En determinados momentos pueden sentirse impulsados a
comportamientos propios del animal con el que se sienten conectados tales como
correr, marcar territorio o sentir que se poseen miembros propios del animal
como las alas o la cola.
Puede parecernos algo
extravagante o anecdótico, pero como en casi todo, no hay ningún comportamiento
humano que no tenga una raíz más profunda o exprese alguna inquietud que late
de forma casi inconsciente en el alma de cada individuo. No pretendo aquí hacer
un análisis exhaustivo de la situación. Creo que me basta con la sentencia de
Chesterton: «Cuando
la gente deja de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en
cualquier cosa».
La reflexión ha sido subvertida por el deseo provocando la
evasión de aquello que precisamente nos hace propiamente humanos: la razón que
se sobrepone al instinto. Hay una sed humana de pertenecer, de trascender los
límites ordinarios, de sentir que la vida no son solamente rutinas, consumo y
expectativas sociales. Al sustituir las grandes preguntas por las respuestas
rápidas, el alma sigue buscando caminos alternativos para expresar su hambre de
significado.
Esta moda, como tantas otras, expresan una misma verdad: el ser
humano no se conforma con lo inmediato. Quiere pertenecer, quiere significado y
trascendencia. Cuando los anhelos no van a lo profundo, se quedan en la
superficie y terminamos inventando símbolos que nos recuerdan que estamos
hechos para más. Este inicio de Cuaresma nos devuelve al origen de nuestra
vocación, somos polvo en el que Dios ha insuflado su vida y más que multiplicar
identidades hemos de redescubrir que somos sus hijos.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

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